A propósito del Día del Periodista

A propósito del Día del Periodista

Hace un par de años había escrito para este medio una opinión acerca de la incursión de los influencers en los espacios de prensa y la forma en que estos deforman el oficio de los “testigos de la historia”, porque hacen de los hechos un espectáculo, un “reality”, y brindan una visión en demasía solapada de la actualidad nacional, por no mencionar su complicidad por omisión con cuestiones que son concretamente secretos a voces.

Hoy es un día clave para hacer una crítica al periodismo nacional, en este día en que se conmemora los albores de la prensa en nuestro país y el fallecimiento de verdaderos próceres del ejercicio periodístico como Santiago Leguizamón, de quien huelga hablar por su conocido final y su dilatada lucha en el norte del país.

Muchos se preguntan hoy, ¿en qué momento dejó de ser la prensa aquel aliado, aquel defensor de los intereses y derechos del pueblo? Sin embargo, me gustaría reformular esa incógnita preguntando, en realidad, ¿cuándo lo fue? Salvo honrosas excepciones, me atrevo a referir que muy escasamente en la historia reciente de nuestro país hubo trabajadores de la prensa realmente abocados a los intereses del pueblo. Y el único que, empero, viene a mi mente cuando hablamos de ese perfil ideal de periodista ni siquiera fue paraguayo: Rafael Barrett.

Pero volviendo a los influencers y la predilección sobre estos a la hora de la selección de personal de prensa, es innegable que ahora el perfil ideal para los grandes holdings de prensa es el que tiene un gran “community” (utilizo el anglicismo para nombrar a la degradación de la comunidad que supone el acceso globalizado a las redes) que sustenta su fama ficticia y digital, porque, en términos publicitarios, este influencer “arrearía” a todo un ejército de seguidores al feudo empresarial que lo contrate.

Poco importan los estudios, especializaciones e incluso, increíble y paradójicamente, los hábitos de lectura que un “periodista” pueda tener actualmente para saberse idóneo del cargo al que aspira o al que le persuaden a ocupar. No obstante, quien quiera refutar lo que digo, siempre tiene a mano al buen García Márquez como único referente del periodismo al cual uno puede mirar. Utilizan al colombiano como ardid para esconder su escasa bibliografía y dar a entender que el estilo que hacía este Premio Nobel de Literatura es insuperable -no se malinterprete este punto, ni se me tome por iconoclasta. No se trata de discutir la evidente e indiscutible calidad literaria del colombiano, sin embargo, su imagen, cual Friedrich Nietzsche en filosofía, es sobreexplotada por quienes se quieren posicionar como grandes exponentes sólo por haber leído (y lo digo escepticismo), como mucho, un par de obras suyas-.

A lo largo de estos años en los que he dado una mirada más centrada y detenida en la labor periodística, he aprendido a mirar con sospecha a quienes buscan ser virales en las redes sociales y a quienes luego, sobre esa base, acuden a los medios de prensa, luego de una campaña en la que explotan sus opiniones superficiales, su vida personal y otras facetas en busca de “me gusta” a borbotones y logran, sin mucho esfuerzo académico, posicionarse.

¿Y cuál es el problema que los influencers ejerzan la profesión? Me cuestionaría algún que otro escéptico. Y la respuesta se puede ver a través de la vacuidad en el contenido de la prensa – y vale decir que no en todos los medios. Hubo, no obstante, algunos periódicos que realmente hicieron una labor encomiable en un año tan problemático como el anterior-, en la banalidad y en el modo en que transmiten cuestiones que deberían tener un alto rigor crítico para que se sienta esa función contralora que debería tener una prensa crítica.

La decadencia de la prensa no es un hecho aislado percibido por sólo por lo críticos, la propia ciudadanía puede dar cuentas de ellos. Ya no se confía en la prensa y ya no se la ve como una aliada de la ciudadanía, como el contrapoder favorable a la gente, lo que es, desde todo punto de vista, perjudicial para la democracia puesto que, si los medios defienden, aunque sea indirectamente, los intereses de la clase gobernante, ¿de qué democracia se puede hablar? ¿En dónde tendría el pueblo un espacio en el que refugiarse cuando se atropellan los derechos y garantías constitucionales?

A finales de marzo, luego de todas las escaramuzas que sucedieron al principio de ese mes, realicé una encuesta en Twitter para fundamentar una suposición mía con respecto a la visualización de la prensa por parte de la gente. Participaron 100 personas, de las que el 49% considera que la prensa nacional “tergiversa la información”; el 32% considera que “son funcionales al poder”, y un 6% consideraban que la prensa “no representan a la gente”. Sólo el 12% de los que respondieron consideran que la prensa trabaja bien, sin ninguna falencia.

El descrédito actual hacia la prensa se puede explicar en gran medida con la incursión de estos influencers, quienes generalmente son sólo mercaderes de la información. Menos que eso: son un instrumento que utilizan los grandes grupos de poder para emitir su visión de la situación, puesto que el influencer es sólo un siervo, es un agente no deliberativo que opina sólo en función a lo que se le dice que opine.

Sería un ejercicio muy interesante invitar estos “periodistas” a debates serios para comprender a ciencia exacta dónde empieza y termina su libreto, su capacidad argumentativa. De hecho, son de común conocimiento los programas de debates que están de moda hoy día en los que, curiosamente, lo último que se puede apreciar es un debate porque casi no existen posiciones antagónicas.

La prensa paraguaya tuvo el génesis más ilustre posible: nació del legítimo derecho a hacer apología de la libertad nacional en el siglo XIX. Volver al origen sería el ejercicio necesario para recuperar la capacidad crítica y el horizonte real que toda prensa debería, idealmente tener, es decir, la defensa de la gente.

En el Día del Periodista Paraguayo, como lector y consumidor de prensa, abogo por el regreso de aquellos periodistas que, ante todo, eran unos ciudadanos más de esta isla rodeada de tierra, eran personas como cualquier que conocían lo que es ser un humano con necesidades diarias. Necesitamos que el periodismo se reconcilie con el humanismo.

Rodolfo Sosa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *