El Parlante

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COVID-19 y el eventual cambio de paradigma sociopolítico

Situaciones como la actual pandemia del COVID-19 hacen de Foucault, Orwell y otros filósofos y literatos, lecturas obligatorias para entender cómo una amenaza global puede ser el pretexto ideal para establecer regímenes de vigilancia y control más eficaces y estrictos.

Actualmente el virus obliga a los estados a buscar métodos para controlar el contagio masivo de este “enemigo invisible” y poder aplanar la tan citada curva de contagio para evitar escenarios catastróficos similares a Italia y España.

Situación actual del COVID-19 a nivel mundial. Foto: CNN

En el artículo “La emergencia viral y el mundo del mañana”, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica que países como China, Corea y Japón pudieron sobrellevar mejor la epidemia gracias a su cultura confuciana que facilita la disciplina, el respeto y la confianza a las autoridades. Sin embargo, menciona otro hecho llamativo, el control público a través del Big Data.

Utiliza como ejemplo a China y menciona que a través del control biométrico de las personas se puede saber si un sujeto tiene una temperatura más alta de lo normal y, a la vez, identificar a todo el entorno con el que estuvo en contacto.

Byung-Chul Han. Foto: Cultura inquieta

Este sistema tiene como antecedente a la utilización del Big Data como criterio para créditos en China. A través de tus actividades, el Big Data analiza tu capacidad de pago y te brinda una calificación decisiva a la hora de aspirar a algún préstamo.

Aquí es donde entra la teoría foucaultiana, ya que situaciones como la actual nublan el juicio de las personas y la desesperación y el miedo a la muerte hacen que soluciones como la vigilancia y control totales sean adoptados casi con unanimidad para hacer frente a este tipo de problemas. Pero la cuestión radica en que estas medidas no dejarán de tener vigencia una vez que pase el temblor, al contrario, perdurarán y con mayor rigor.

Yuval Noah Harari, el historiador y filósofo de facto, en su libro Homo Deus, hace una analogía interesante con el famoso Principio de Chejov que sugiere que si en la primera escena aparece un rifle, es categórico que en el segundo o tercer acto el rifle sea disparado.

Yuval Noah Harari. Foto: Twitter

Este principio fue refutado durante la carrera armamentística de la Guerra Fría, cuando la URSS y Estados Unidos hacían gala de su poderío con las armas nucleares que hasta hoy día –gracias a Dios, tal vez- no fueron detonadas en guerra.

Pero probablemente el COVID-19 haga que el principio de Chejov se cumpla cuando a partir de aquí la tendencia del control biométrico se vuelva deseable para las naciones de occidente dado la eficacia demostrada en China, Japón y Corea.

Byung-Chul Han menciona que en esos países no existe conciencia crítica acerca del Big Data porque simplemente se encuentran “embriagados” por todos los beneficios que brinda este sistema de control, aduciendo quizá la fórmula maquiavélica del “fin que justifica los medios”.

Y es por esto mismo que en su crítica al filósofo Slavoj Zizek explica que el capitalismo no será vencido por este virus, sino que lo reivindicará.

Cuando este sistema termine de convencer a los países occidentales, sería hasta obligatorio doblegarse al sistema de Big Data porque será una herramienta para garantizar la salud pública, así como requisito incluso para encontrar trabajo, ya que como el valor del ser humano comenzará a ser completamente cuantificable, habrá aún más diferencias entre una y otra persona a la hora de ser elegidos por el empleador. Probablemente sea hasta ilegal no someterse al control biométrico porque “podríamos poner en riesgo a la salud colectiva”.

Harari explica en Homo Deus que “la medicina casi siempre empieza salvando a las personas de caer por debajo de la norma, pero las mismas herramientas y conocimientos pueden usarse entonces para sobrepasar la norma”. Y este ejemplo aplica a cualquier ámbito.

A partir de la conexión masiva de la gente al Big Data, desarrolladores de inteligencia artificial como Google podrían procesar en minutos las posibilidades de una nueva pandemia de gripe ya que, como dice Harari, bastaría con un cruce de datos de síntomas de la enfermedad en los buscadores de Google.

“Supongamos que en un día medio las palabras jaqueca, fiebre, náuseas y estornudo aparecen 100.000 veces en los correos electrónicos y las búsquedas. Si hoy el algoritmo de Google advierte que estas palabras aparecen 300.000 veces, ¡bingo!: tenemos una epidemia de gripe. No hay necesidad que Mary vaya a médico”, explica.

No obstante, el mismo Harari pide que esto se tome con pinzas ya que la transparencia total de la población es un terreno muy fértil para los totalitarismos. En un artículo publicado en Financial Times menciona que hay que tener en cuenta las consecuencias a largo plazo de nuestras decisiones actuales. Para el historiador israelí, la situación actual se divide en dos importantes cuestiones, la vigilancia totalitaria vs el empoderamiento de los ciudadanos, o bien, el aislamiento nacionalista o la solidaridad global.

“Incluso si las infecciones de coronavirus se reducen a cero, algunos gobiernos hambrientos de datos mantendrán la vigilancia biométrica por si surge algún nuevo virus. La batalla de la privacidad puede perderse porque cuando hay que elegir entre privacidad y salud, habitualmente se elige a la salud”, refiere.

Es por este motivo que nuestro principal derecho, el de la vida, es también nuestra mayor debilidad, con el fin de salvaguardar nuestra vida no nos tiembla la mano para permitir medidas extremas que a largo plazo nos pueden perjudicar.

Quizá el ser humano solo puede concentrar su miedo en una sola cosa, y es ese nuestro talón de Aquiles. Es urgente reducir el miedo en los medios de comunicación para recuperar la sobriedad analítica para que la gente no se decante en aprobar espejismos, como el galáctico crédito que solicitó nuestro gobierno para combatir este virus, ya que lo que debemos pujar como ciudadanos de un estado social de derecho es la reducción radical de gastos superfluos de un estado podrido por la corrupción impune.

Según el libro “La sociedad de la transparencia” de Han, nuestra sociedad positiva tiende a huir del conflicto, rehúye de lo negativo, (esto se entiende como la capacidad de una sociedad de tocar ciertas decisiones políticas bajo el ámbito de un grupo reducido, o lo mistérico que aún se repite en lo religioso, el politburó comunista también se maneja por un ritual, en el que están enfrascadas pocas personas, y ninguna persona fuera de ese ámbito, tiene derecho a criticar o estar en contra de las decisiones que toman unas pocas personas, lo positivo de lo transparente es que se pide a todos que tengan opinión sobre cualquier tema, incluso sin saber exactamente de qué se trata ese tema ni tener conocimiento mínimo, al menos sobre lo discutido, lo que genera una gran desinformación) y en ese afán se genera una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que se apoya en el control.

Y situaciones como la actual hacen que el control se vea necesario, ya que un debido control garantizará el control del contagio, sin embargo, ¿cómo evitaríamos que el control no transcienda la situación actual y se quede instalada en la sociedad? ¿Cómo evitaríamos que nuestros datos biométricos no sean utilizados en nuestra contra más adelante?

Si bien en Paraguay aún estamos lejos de esta situación, no estaría mal empezar a plantearnos cómo lo abordaríamos si llega como una “solución” para salvaguardar a la salud pública. No estaría demás empezar a analizar cuáles son actualmente los datos que estamos proporcionando al Big Data y qué tan privada es actualmente nuestra vida.

Como país tercermundista cuyo gobierno se rehúsa tercamente ponerse a la vanguardia en cuanto ciencia y tecnología, no nos queda más que esperar a que los líderes mundiales tomen la decisión correcta.

Somos tal vez los espectadores que en primera fila presenciaremos cómo el mundo tomará un giro drástico en cuanto las nuevas formas de convivencia y de la relación estado-sociedad. Veremos a la realidad superar a la ficción y tal vez nuestro concepto de “ciencia ficción” debería ser replanteado.

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