El Parlante

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Actualidad Ortografía

El uso de la letra h, según la RAE

«La […] española es, pues, una ortografía histórica, que nace de la práctica misma de la escritura en un lento proceso de evolución sin ruptura desde el latín al romance. No se trata, por lo tanto, de un sistema ortográfico creado a propósito para nuestra lengua, sino que surge de la progresiva adecuación del sistema ortográfico latino a la representación medieval y, desde ahí, a la del español moderno»

Reza, inclaudicablemente, en los primeros párrafos de la sección «La ortografía del español», del libro de Ortografía (RAE, 2010); recordándonos que estamos frente a una lengua evolucionada, estudiada y adaptada a nuestro moderno sistema fonológico. No obstante, este texto tratará de hallar el argumento, factible o no, refutable o no, del uso de la única letra muda en nuestro sistema ortográfico.

Nuestro idioma asienta sus bases, en su mayor parte, en el latín de Séneca y Virgilio. Heredando, intrínsecamente, los signos y los sonidos de los antiguos augurios y presagios que viajaban con la diosa Feme. En ese lapso, se perdieron muchos sonidos y se agregaron otros como, por ejemplo, las consonantes sibilantes (silbido) que son representadas por las letras z y j.

Así, frente a estos nuevos fonemas, inexistentes en el latín, fue necesario encontrar nuevas formas de representación. En cuanto a la h, en la lengua latina, consistió en un fonema aspirado y su desaparición fue precipitosa en esta lengua moderna. En cambio, el uso de la h sobrevivió como sonido gracias a la nueva combinación de los grafemas c y h.

En los siglos XVI y XVII, se publicaron muchos tratados de ortografía. Nebrija, por ejemplo, defendía la adecuación entre grafía y pronunciación: «assí tenemos que escrivir como pronunciamos, pronunciar como escrivimos»; en contra parte, otros defendían la noción de «la presencia y el valor de las grafías etimológicas en la escritura de las palabras, en especial si están ya suficientemente arraigadas en el uso». La historia nos cuenta que fueron varios los argumentos cruzados entre cada tratadista, empero, se observan tres criterios importantes y no variables en la fijación de las normas ortográficas: pronunciación, etimología y uso tradicional consolidado.

De estos tres criterios, el que más peso tuvo fue la pronunciación. Sin embargo, había que pasar un siglo entero para que estos criterios obtuvieran el respaldo institucional que apenas estaba empezando a nacer en aquel entonces. En el siglo XVIII, nos encontramos con nuevas variaciones fonológicas que surgieron en la transición entre el español medieval y el moderno.

En 1713 se crea la Real Academia Española, el cual, se encargó de llevar a la imprenta su primer diccionario que incluía, tras la definición, ejemplos de autores que ilustran el uso de cada palabra. Es este hecho, en particular, el que dio a luz a la idea de realizar una profunda reflexión sobre la ortografía y establecer su propio modelo ortográfico y, desde este entonces, el tobogán que bajaba directo a la piscina, se trasformaría en un gran laberinto.

En 1726, la etimología y el uso constante serían primordiales, dejando en último lugar la pronunciación; el cual, retornaría como primer criterio en 1741 y el criterio etimológico ocuparía el tercer puesto y es aquí, en donde volvemos a tener un giro lingüístico (si se permite la expresión) al establecerse un criterio adicional: «en caso de ser desconocido o dudoso el origen de una voz y varias las opciones gráficas para transcribir su pronunciación, se escogerá la letra que se considera más natural y propia del idioma (primará, por ejemplo, la b sobre la v, la c sobre la q y la k, etc.)». De esta manera, es que se conservó la h por razones etimológicas o de uso tradicional consolidado.

«El nombre hache parece proceder de la denominación francesa de esta letra, préstamo que pudo tener lugar a raíz de la introducción de la escritura carolingia por los monjes cluniacenses a finales de la Baja Edad Media, de donde también tomamos el dígrafo ch. El nombre francés hache parece provenir, a su vez, del latín vulgar hacca, forma que responde a la imitación deformada del sonido aspirado que esta letra representaba en su origen, y que desapareció muy pronto del latín hablado».

Como último legado y a modo de reconocimiento, va una enumeración del uso de la palabra h procedente de la antigua aspiración del latín: facӗre (hacer), farĩna (harina), ferĩre (herir), ferramenta (herramienta), filius (hijo), formica (hormiga), fundere (hundir), furtum (hurto), etc.

Para finalizar, se expone las diversas razones etimológicas del uso de la h:

Voces tomadas del griego: hemi, hidro, hiper, etc. Del árabe: alcohol, alhaja, almohada, etc. Del hebreo: hitita, Jehová. Del francés: halar, higiene, horda, hotel, etc. Del inglés: hamburguesa, hipnotismo, hurra. Del húngaro: húsar. Del japonés: harakiri. De las lenguas amerindias: hamaca, huracán, etc. Sin embargo, en algunos casos vemos, por fin, el uso de la h con su sonido aspirado: Hawái, hachís, hámster, hándicap, haiku, etc.

En este texto se tomaron algunos ejemplos simples, concretos y de extensión sumamente limitada, basados en el libro Ortografía de la lengua española, RAE (2010), con la intención de que el lector se encuentre con explicaciones básicas en un tiempo muy corto.

Existen muchas otras acotaciones al respecto y sugerencias para determinar el uso o no, o el porqué; no obstante, esta letra ha sufrido bastantes modificaciones por lo que no se puede lograr una determinación certera y, dato interesante, es una de las pocas letras que no ha seguido pautas fijas en el idioma español.

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