El Parlante

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Los dos Papas: pesada es la corona

El realizador de la clásica película del cine latinoamericano y universal «Ciudad de Dios» se embarcó en este proyecto que levantaba cejas desde el principio: ¿»Los Dos Papas»? se preguntaban expertos y no-expertos. Era un desafío que podía hacer temblar a cualquiera, pero Fernando Meirelles lo llevó adelante con mucha gracia y tino, mostrándonos que es uno de los mejores cineastas de Iberoamérica.

El brasileño se hace asesorar muy correctamente por el autor de la obra original «The Two Popes», Anthony McCarten, quien realiza una adaptación ajustada, ensamblada de manera meticulosa para la gran pantalla. Y es que toda la película podría resumirse en los diálogos contrapuestos entre dos personajes muy distintos en sus personalidades, pero que tienen una pasión y un sufrimiento común: defender a la Iglesia Católica de Nuestro Señor Jesucristo, cada uno a su manera y con su visión peculiar de como debe encararse la lucha de la Santa Iglesia en el mundo posmoderno.

Fuente: El Comercio Perú

Para mejor efecto cinematográfico, la obra de McCarten resalta y refuerza los aspectos principales de la personalidad de ambos Santos Padres: Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, es presentado como un intelectual con gran sensibilidad artística (de hecho, Ratzinger probablemente sea el máximo filósofo de nuestros tiempos y es cierto que es eximio pianista y compositor, creador de música sacra) que está muy alejado del mundano ruido, alemán (o más bien: bávaro) que observa a la Iglesia como esa fuerza implacable e inmóvil, que resiste a todo cambio por su propio poder e inmenso peso.

El actual Santo Padre, Francisco, es mostrado como un hombre del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, amante del fútbol, el tango, argentino de pura cepa que hizo de todo un poco durante su vida, desde trabajar en un laboratorio químico hasta dejar «plantada» a su prometida para entregarse a la vocación sacerdotal.

En ese juego de contrastes entre el disciplinado intelectual germano y el vivaz luchador hispano, se da un choque que es más aparente que real: el Cardenal Ratzinger muestra abierto desagrado ante todas las posturas del Cardenal Bergoglio. Y con gran maestría, el Director Fernando Meirelles nos presenta con sencillez y amenidad algo que bien podría caer pesado para la mayoría: el complejísimo, espléndido, misterioso y fascinante mundo de la Iglesia Católica encarnada en sus dos personajes más importantes de la actualidad.

No se puede, sencillamente es imposible recorrer XXI siglos de Historia Cristiana (que es la historia de la Iglesia Católica) en dos horas de metraje. Por eso, Meirelles es suficientemente inteligente para acotarlo en el tiempo: se habla desde la muerte de San Juan Pablo II «El Grande» hasta nuestros días, y se concentra específicamente en los últimos días de papado de Benedicto XVI y los primeros de Francisco.

La Iglesia está rodeada de escándalos: sacerdotes corruptos, abusos sexuales, malversaciones en la Banca Vaticana y todo aquello que es «vox populi». Sin embargo, la obra de Meirelles deja a esto como un elemento externo a la trama principal, que se enfoca en la enorme carga y responsabilidad que implica el Papado, la Silla Petrina, el Imperio de Tres Milenios que forjó al mundo occidental (y también oriental) encabezado por un solo hombre.

¡Pesada es la Corona! 1.200 millones de católicos romanos (1600 millones si contamos a los no-romanos) que ponen todas sus esperanzas de salvación en la Santa Iglesia cuyo líder máximo, el máximo líder mundial, es el Obispo de Roma.

Fuente: Proceso.

Y allí se debaten, en medio de las tormentas, dos hombres que tienen mucho en común y también muchas diferencias. La obra nos dice que Benedicto decide renunciar porque ya no se siente capacitado para continuar la dura tarea, y que (con gran altura moral e intelectual) se reconoce pecador y con la necesidad de llamar a alguien con nuevas energías, visión reformadora y dinámica.

El elegido es no otro sino su adversario, Jorge Bergoglio, quien también carga con muchos pecados (¿acaso existe algún ser humano libre de pecado?) pero que tiene la profunda convicción, a pesar de sus dudas anteriores en su juventud, de que la Iglesia es Santa e invencible.

Meirelles logra así mostrar algo que muchos, por propaganda o quizás por dogmático prejuicio, no logran entender: que sacerdotes, obispos, cardenales y el Papa no son Santos. Cargan con sus terribles dolores y fallas, como cualquier ser humano. Pero como menciona Francisco en la parte final: «Caritas in Veritate», porque como dice el título de esa famosa obra de Benedicto XVI, la Verdad es irresistible sin el Amor.

Nada más profundo que ese ligero pero interesante debate entre dos visiones, algo no muy común en el cine de la actualidad, tan vacío y tan unidimensional. La película está tan bien llevada que uno quisiera escuchar a Benedicto XVI y Francisco hablar por horas y horas…

Y eso se logra gracias a las brillantes caracterizaciones de Anthony Hopkins que se interpreta a sí mismo disfrazado de Joseph Ratzinger (lo que le sale muy bien) y sobre todo Jonathan Pryce, quien tiene un sorprendente parecido físico con Jorge Bergoglio y que le imita en cada gesto, en cada expresión facial e incluso en la manera de caminar casi a la perfección e incluso intenta hablar en español (aunque no podemos pedir milagros: existe un trabajo de doblaje muy bien logrado para corregir los defectos y dar la pronunciación porteña a Francisco).

Algunas escenas son espectaculares: el breve diálogo entre Francisco y Benedicto en latín nos muestra que la lengua del Imperio Romano no está muerta y que incluso se halla en un proceso de renacimiento gracias al creciente número de Iglesias de enfoque «tradicionalista» que ganan adeptos y utilizan al Rito Tridentino como su liturgia.

La música es ecléctica y variada por momentos y la cinematografía es dinámica, intercambia estilos: blanquinegro con toque noir en los raccontos, estilo latino en las escenas de la juventud de Francisco, que parecen más artesanales y con toque independiente, y una luminosa, espléndida claridad en altísima definición en las escenas de los diálogos y en el Vaticano…

Es como si Meirelles quiere dejarnos mensajes sutilísimos… De todas maneras, esto podría ser visto como el principal defecto de la película: por momentos, esos notorios cambios en la cinematografía dan una atmósfera de «quiebre» más que de «continuidad» (y aquí no estoy hablando con simbolismos). No hacía falta resaltar con efectos cinematográficos los contrastes. La gente es capaz de darse cuenta con sus propios ojos. También me pareció un poco cliché utilizar la musiquilla latina de hilacha zurda y progre. ¡Cómo si fuera que no existe otro tipo de música latina que no sea «Bella Ciao» o las canciones de Mercedes Sosa! Si la intención de Meirelles era ser provocador, lo único que consiguió ahí es ser repetitivo y poco original.

Cabe agregar que la película, evidentemente, fue hecha con autorización. Las personas involucradas están vivas y se da ese caso único y peculiar que sólo la Iglesia Católica puede ofrecer: confesar pecados ante el mundo, aunque sea de manera indirecta, confesarlos abiertamente y pedir perdón por ellos. ¡Sólo la Iglesia Católica tiene esa humildad, de mostrar a sus dos más grandes líderes de la actualidad, que están vivos y coleando, revelando aunque sea de manera pequeña, sus debilidades y pecados!

InfoVaticana

Espero fumando una pipa al estilo Tolkien a que me muestren algo similar de otros líderes u organizaciones mundiales…Finalmente, otro pequeño simbolismo: el primer viaje del Papa Francisco fue a Lampedusa…

Sí. Lampedusa. ¿Les suena? ¿Oyeron hablar del «Gatopardo»? «Cambiar todo sin que nada cambie». Lo dejamos abierto, para que cada quien reflexione al respecto…

La película es muy buena. Mejor de lo que parece a simple vista. Y debe ser vista como lo que es: una obra del séptimo arte. Ni más, ni menos… Aunque, tratándose de los Sumos Pontífices, quizás sea mucho más… Quien sabe…

CALIFICACIÓN: 7/10 (muy buena).

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