El Parlante

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Actualidad Crítica

Metrobús y la estafa simpsoniana

Los Simpsons es un programa televisivo que divierte a grandes y chicos, pero así como ocurre con la buena literatura, se va comprendiendo mejor su profundidad con el paso de los años y la experiencia que viene de la mano con la adquisición de conocimientos en el marco histórico, sociológico y, por sobre todo, político.

Springfield es una ciudad en la que, en la imaginación de los productores del show, ocurre todo lo impensable, lo ilógico, lo absurdo; cosas que nunca pasarían en ninguna sociedad en el mundo (en teoría).

“Marge contra el Monorriel”, es el décimo-segundo episodio de la cuarta temporada de esta universal serie, en el cual se muestra que, tras una multa de tres millones de dólares al magnate Charles Montgomery Burns, tras haber vertido residuos nucleares en el parque de la ciudad, se llama a una audiencia pública para decidir cómo gastar tan galáctico monto.

Es así que Marge Simpson propone, dentro de su conciencia pragmática, austera y lúcida, reparar la avenida principal de la ciudad, la cual se encontraba en deplorable estado. Al principio a todos los ciudadanos de Springfield les pareció la mejor idea, hasta que entra en escena un personaje curioso: Lyle Lanley, un extraño con una curiosa habilidad retórica quien, mediante una pegajosa canción, convence a los ciudadanos de destinar el dinero para la compra de un monorriel.

La única que se mantuvo escéptica ante tan mesiánico, “innovador y visionario” proyecto fue Marge, quien manifestó su preocupación por esta adquisición porque le daba una sensación de inseguridad. Es así que decide visitar a Lanley y descubre unas notas en donde se revelan las verdaderas intenciones del extraño vendedor, quien se fuga con el dinero público.

Tras esto, Marge viaja a North Haverbrook, una ciudad supuestamente beneficiada con el prometedor Monorriel. Pero grande fue su sorpresa al toparse con una ciudad en ruinas, y los lugareños afirmaban que nunca habían tenido ningún monorriel, a pesar de ver por doquier anuncios sobre este tren elevado.

Hasta el momento, querido lector, quizá se estará preguntado a qué va toda esta narración. Pues le comento, caso similar ocurrió con nuestro “Monorriel paraguayo” llamado “Metrobús”, un proyecto anunciado con bombos y platillos durante el gobierno anterior, y que prometía una reconversión urbana y solución al caótico tráfico de la Ruta N° 2 “Mariscal José Félix Estigarribia”, una de las principales arterias de entrada y salida a la ciudad capital.

Mota Engil es la empresa adjudicada para este “prometedor” emprendimiento, que apenas pudo concretar 800 metros en dos años. Sí, leyó bien, 800 metros en dos años. Súmele a estos horripilantes datos, apreciado lector, que esta empresa anunció su retirada de la zona de obras, el pasado sábado 20 de octubre.

Varias fueron las causantes del fracaso de este proyecto que se desarrolló a paso de tortuga, pero este proyecto nació mal, se desarrolló peor, y terminó de forma aún más grave: con la pérdida de una inversión ya desembolsada de US$ 21.341.240.

El fraude de estas obras estuvo siempre a la vista de todos los ciudadanos. Toda persona que sufrió en carne propia la odisea de transitar por San Lorenzo y Fernando de la Mora, compartió la misma postal: la ruta destrozada, señaléticas parcialmente ubicadas, escaso personal y maquinaria estacionada, sin acción.

Pocas personas, así como Marge Simpson se mantuvieron escépticas desde el inicio, no se tragaron el cuento, ya que sabían que el Estado no tenía la suficiente capacidad de expropiar lo requerido para concretar este maldito proyecto manejado desde la improvisación, desde los tratos torcidos y la inviabilidad técnica. Pero como es costumbre en esta isla rodeada de tierra, las voces críticas siempre son abucheadas o desoídas. A nadie le gusta oír a los “contreras”.

El ministro de Obras Públicas, el teólogo Arnoldo Wiens, se constituyó en el lugar el sábado y en un discurso ahogado en nudos de garganta, expresó que “el Estado no abandonará a los afectados”. Manifestó asimismo que “hemos perdido todos”.

El hecho de que un Ministro de Obras Públicas se quiebre ante una grave situación como ésta, grafica perfectamente la situación gubernamental de una de las carteras más importantes del Ejecutivo: tenemos un Ministerio que ante la estafa, reacciona llorando y amenazando tímidamente con acciones legales. ¡Qué puerilidad!

Así como North Haverbrook ha quedado Fernando de la Mora, una de las ciudades más vitales en términos comerciales y que conecta a varias ciudades con Asunción. La “Ciudad joven y feliz” hoy parece una de esas ciudades sitiadas de medio oriente, pero no por guerra ni por ninguna acción terrorista, sino por un proyecto mesiánico que la única “reconversión” que trajo fue convertir un tráfico lineal en un inmenso laberinto; y la otrora ruta, en un peligroso río cuando ocurren intensas lluvias.

¿Pero cuál es el panorama a partir de ahora? Pues con un ministro de Obras quebradizo, una empresa que ya abandonó la zona de obras, y una sociedad que prefiere sufrir las vicisitudes antes de reclamar y accionar civilmente, pues el panorama continuará empeorando.

Lastimosamente no tenemos (o si la tenemos, no la oímos) en Paraguay a una Marge Simpson, escéptica, crítica, investigadora y confrontadora, una persona consciente que sabe lo que es viable y lo que es falacia populista.

Somos una sociedad con la mentalidad de Homero Simpson, una sociedad que cambia oro por espejos, una sociedad estafable, burlable, y risible.

Imagen: En el recuerdo de las obras que comenzaron frente al Campus Universitario de San Lorenzo. Foto gentileza ABC Color.

Mota Engil no solo se ha llevado el dinero de los contribuyentes, sino que se retiró con la dignidad, sueños y futuro de cientos de frentistas que han tenido que cerrar sus negocios por una estafa denominada “Metrobús”, sin olvidar a los árboles que daban sombra que fueron talados indiscriminadamente dejando a la avenida más transitada como un campo de batalla pos apocalíptico o destruyendo una plaza frente a la UNA.

Con lo poco que le queda de respetable al Estado, se deben tomar acciones que evidencien la soberanía de la cual se jactan en los discursos.

Que demuestren que, así como dice el eslogan, el Paraguay “es de la gente”.

Por Cipriano Reinaldo Shuster-Meinster

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