El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

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Mitólogos Posmodernos y los Sospechosos de Siempre

Un caso notorio y reciente es el de ciertas entidades que se las pasan estudiando si algo es «verdad» o «noticia falsa». Aunque la intención pueda ser buena, en el fondo es simple reflejo del absoluto embotamiento y entumecimiento cerebral al que ha caído la «civilización occidental», incapaz de distinguir la verdad de la mentira, incapaz de darse cuenta de qué cosas son «comprobables» y que otra cosa son meras «manipulaciones».

De hecho, la gran pregunta que todo autor sincero y serio debería hacerse es: ¿acaso alguna vez hemos sido capaces, por sí solos, de hacer esos discernimientos?

Recientemente, tuvimos el «Lancet Gate», escándalo internacional de «The Lancet», quizás la más prestigiosa revista de publicaciones científicas que había dado a conocer varios estudios en los que se afirmaba que la «hidroxicloroquina», medicamento que había mostrado ciertos indicios clínicos que podía funcionar para el tratamiento del COVID (gripe china), en realidad lo que hacía era agravar el cuadro de los pacientes y recomendaba que sea eliminado su uso para el tratamiento del SARS-COV-2. Esta noticia causó sensación, muchos otros científicos rápidamente «replicaron» estos resultados y la «hidroxicloroquina» (una droga relativamente accesible y de fácil fabricación) quedó automáticamente «demonizada».

Pocos meses después, los mismos editores de «The Lancet» anunciaron al mundo que habían cometido un gravísimo error, que los estudios que publicaron sobre la «hidroxicloroquina» estaban errados (por infinidad de razones que no detallaron), que las conclusiones que se tomaron sobre esa droga fueron apresuradas y que nada indicaba suficientemente que ella fuera nociva o peligrosa para el tratamiento contra el COVID 19.

¿Acaso alguien pegó el grito al cielo? ¿Acaso alguien pidió explicaciones a The Lancet por haber publicado un estudio que, evidentemente, tenía más motivaciones políticas y socioeconómicas que verdadera intención científica? ¿Acaso el mundo entero hizo sufrir, al menos mínimamente, a los acelerados y apurados «revisores de pares» de The Lancet un golpe a su prestigio tan siquiera? ¿Cuántos millones de dólares, cuántos estudios científicos tomaron por fuente y «palabra santa» a The Lancet para sus propias obras y que ahora, también han sido debilitados ante la declaración de los editores? ¿Cuántos cientos, quizás miles, de papers científicos se habrán publicado y estaban fallidos, pero nadie se dio cuenta por no ser un tema de interés general como este caso particular del COVID? Y todavía peor: ¿cuántas vidas se perdieron por este error, accidental o deliberado, por los motivos que uno quiera?

Imagen de uno de los estudios de «The Lancet» que terminaría siendo retirado. Habría sido publicado por intereses políticos y socioeconómicos, aunque el «Lancet Gate» sigue siendo investigado. [Extraído de Internet].

¿O quizás, aunque nos cueste admitirlo, The Lancet… The British Medical Journal… Son «vacas sagradas» de la posmodernidad, seres intocables que están más allá del error, más allá de la responsabilidad social y política, más allá de los fallos humanos, más allá de las consecuencias de sus actos?

Tal vez estamos ante la presencia de un MITO. De un «tótem» que se ha construido a lo largo del tiempo y al que todos nosotros observamos como fuente de autoridad, de liderazgo y sabiduría más o menos infalibles. Al que atribuimos virtudes humanas, muchas veces hasta sobrenaturales, capacidad para responderlo todo o cuanto menos, significarlo todo.

He mencionado el caso reciente de «The Lancet» (pero podríamos agregar muchísimos más en la historia de la ciencia) para demostrarnos que en toda actividad humana, los errores existen. La ciencia (lo sabemos todos las que, en mayor o menor medida la practicamos) es un constante ensayo de prueba y error. Tanto como la política, la filosofía, el arte, la música, las matemáticas, incluso la religión… ¡Vivimos siempre ensayando, probando, cometiendo grandiosos errores y luego enmendando, avanzando y descubriendo mejores cosas a partir de los fallos del pasado!

¿Acaso por los tantos errores cometidos históricamente por «The Lancet» u otros casos tan notorios de la ciencia moderna, deberíamos empezar a quemar monumentos que señalan nuestras proezas en el desarrollo científico o tecnológico, deberíamos empezar a derribar estatuas de grandes científicos que tenían teorías fallidas (sobre los más diversos temas), deberíamos destrozar hasta la última piedra que sustenta estos grandes éxitos, levantados sobre hombros de innumerables errores?

¿Quedaría una sola gran figura de la historia universal en pie, si siguiésemos este irracional y completamente inhumano procedimiento histórico o filosófico para nuestros juicios posmodernos?

¡Sabemos perfectamente que ningún solo ser humano está libre de errores, sea cual fuere la actividad a la que se hayan dedicado! ¡Sólo la Santísima Trinidad es Santa por propia virtud (apelando a la teología)!

Precisamente por ello, la decisión más razonable y justa que todos tomamos es aceptar la «idea» del «mito», es decir, aceptar que lo esencial y fundamental no está en los errores, graves o pequeños, que los grandes hombres hayan cometido sino en reconocer sus éxitos, el inmenso sacrificio que esto costó, la gran o pequeña proeza en torno a la cuál se construyen los relatos de superación, de creación, de renacimiento, de restauración, de grandezas y glorias.

En pocas palabras: los seres humanos (normal y naturalmente) tienen héroes. Siguen a personajes que, con luces y sombras, encarnan modelos de valores y de virtudes que son dignas de ser imitadas en aquello que fue positivo y de ser superadas en lo que haya sido negativo. Los seres humanos tenemos héroes en la música, en el arte, en la ciencia, en las letras, en la historiografía, en la política, en la milicia… Son héroes, generan una admiración espontánea y natural porque supieron convertirse en causa y en esencia de aquello que decían defender o promover. Son héroes porque demuestran la potencialidad máxima del ser humano, para bien y para mal, como actitud que construye un proceso de conocimientos, habilidades y valores que crean el ambiente natural y social en el que nos desenvolvemos.

Y esto, señoras y señores, es lo que diferencia a un tipo de «filosofía de la historia» de la otra.

Porque existen quienes creen en su «filosofía de la historia» (notablemente, en lo referente a Paraguay, el Prof. Andrew Nickson de la Universidad de Birmingham), que los héroes no existen. Que los «mitos» no tienen valor alguno, que son una simple invención y convención social o a lo sumo, la creación literaria o poética de ciertos narradores que buscaron algun beneficio político a través de un discurso. Así, para esta «filosofía de la historia», no existen «grandes hombres», no existen «grandes causas», ni el sacrificio colectivo en pos de un bien común. Los «mártires» fueron unos tontos de capirote, los que derramaron «sangre, sudor y lágrimas» fueron simplemente manipulados por el «mito» de la «Patria», esa cuasi deidad que se ha tragado a millones como Saturno se devora a sus propios hijos.

Para la «filosofía de la historia» de lo anti-heroico, las personas comunes y corrientes son las más importantes. Lo que significa, en pocas palabras: que no hace falta hacer algo «extraordinario» para ser héroe. ¡Quizás esto refleja las propias debilidades y resentimientos de quienes defienden esta visión historiográfica, pues muchas veces el que no puede hacer cosas extraordinarias niega la posibilidad de que existan hombres fantásticos capaces de lograrlas!

En pocas palabras, esta «filosofía de la historia» de lo anti-heroico vive de un fideísmo simplón, barato, acomodaticio, propio de una sociedad burocrática y posmoderna: elige en que creer, pero nunca cree lo suficiente como para llevarlo adelante. Elige defender a la «Industria de la Ciencia», pero nunca lo suficiente como para cuestionarla cuando comete graves errores. Pretende disfrazarse de científico, pero nunca lo suficiente como para entregar su vida para hacer ciencia (sea cual fuere). Elige ser historiador, pero nunca lo suficiente como para reconocer las grandes hazañas realizadas por héroes y patriotas a lo largo de la historia.

¡Es una filosofía de cobardes, de gente incapaz de reconocer la grandeza de otros, con virtudes y defectos! ¡Ellos son los «mitólogos», pero incapaces de tomar el papel de Ulíses en la Ilíada y la Odisea! ¡Es una historiografía estéril, propia de gente estéril en los tiempos estériles en que vivimos!

Lastimosamente, esta es la razón por la cual hoy en día vemos a los jovenes posmodernos en varios lugares de Occidente derribando estatuas, destruyendo pedestales, tumbando monumentos, quemando banderas y viejos edificios… Porque fueron educados para ser incapaces de reconocer el heroísmo de los demás y por ende, son incapaces de llevar a cabo actos verdaderamente heroicos… Y también es el signo de los tiempos, la marca de la irremediable muerte de nuestra civilización, que ha abandonado a Dios, a la Patria y a cualquier idea del «gran hombre» en la historia.

Por esta razón, siguiendo a la «historiografía anti-heroica» promovida por el citado Andrew Nickson: un gran hombre como Sir Winston Churchill, que soñó con mantener viva la grandeza de su Patria, que la defendió con uñas y dientes en los momentos más críticos y difíciles (nos lo recuerda siempre Hollywood, con hagiografía incluida), que sangró varias veces por ella, que con los discursos y las letras alentó la resistencia de su pueblo y que hizo de Gran Bretaña su máxima aspiración personal, su máxima causa; en fin, con todos sus defectos de borracho, pésimo estratega militar, asesino de negros que no levantó su voz de protesta por los campos de concentración en Sudáfrica, genocida de hindúes… Para esta «historiografía anti-heroica», lo único que merece un hombre como Sir Winston Churchill es que todas sus estatuas sean destruidas, derribadas, destrozadas, vandalizadas… ¡Y el que se opone a esto, defiende un «mito de nacionalismo» que no existe, lo dicen los «mitólogos» de la esterilidad, los internacionalistas y trotskystas, el eterno resentido y los sospechosos de siempre!

Estatua del ex Primer Ministro de Gran Bretaña, Sir Winston Churchill, siendo vandalizada por manifestantes en Londres, Junio del 2020. [Foto: ISABEL INFANTES / AFP].

¡Ah! ¡Qué párvulos hippies e inmaduros son los que ostentan rimbombantes diplomas de historiadores para dictar cátedra sobre lo que no conocen! Aquí citamos libremente (a pesar de que no nos guste muchas veces lo que dice y tenemos profundas, profundísimas diferencias) al periodista Enrique Vargas Peña en su artículo «Profesores de Harvard», publicado el 20 de Junio de 2020 en Asunción del Paraguay:

«… Necesitan degradar la idea de nación y sus consecuencias lógicas, el Estado y la Democracia Nacionales, para lograr la imposición del corporativismo y por eso atacan los elementos de la Identidad Nacional, no solo en Paraguay… Pero los paraguayos somos una realidad sociológica, una nación culturalmente homogénea formada durante cinco siglos. El guaraní es quizás su característica más significativa, por eso lo odian. Nuestra comida, nuestro tereré nos diferencian, por eso los desprecian… Harvard no otorga ningún derecho. Esas escuelas no son más que lugares donde se tejen redes de influencia y se leen manuales ya perimidos cuando se terminan de leer. La idea de que estos consultores saben mejor que nosotros sobre nosotros es una estafa comparable a la que logró que la gente se someta al absurdo de algún dios elige a quién gobernar».

Aplíquese el texto citado a la «historiografía anti-heroica» que pretenden imponer algunos contra los «mitos nacionalistas».

Por nuestra parte, nosotros sí creemos en el heroísmo. Creemos en que existen individuos extraordinarios que, con sus claroscuros, con sus fortalezas y flaquezas, han dado todo para construir algo. Sea una nación, sea una idea, sea un proyecto científico, una nueva visión del mundo, un gran descubrimiento. Creemos en que Nikola Tesla fue gran héroe de la ciencia, no solamente por ser genial, sino porque lo entregó todo, lo sacrificó todo para lograr sus proezas científicas. Creemos que el Mariscal Francisco Solano López es el héroe máximo del Paraguay (quizás de América Latina), no solo por su visión de estadista y patriotismo a toda prueba, sino porque estuvo dispuesto al máximo sacrificio (hasta entregar la vida, ¡gloriosa e incomprensible locura!) para luchar por su justa causa y preservar la independencia y libertad de su Nación, con todos los defectos que algunos podrían pretender atribuirle.

Nuestra «filosofía de la historia» es similar a la que alguna vez propuso el inolvidable Thomas Carlyle cuando enseñaba, palabras más palabras menos, que «la Historia no es sino la Biografía de los Grandes Hombres». Sí, con luces y sombras, con aciertos y errores. Porque en el fondo, creemos en Dios y que los Santos pueden hacerse camino al andar, con dolores, superando pecados, sufriendo estigmas, cargando la cruz, hasta llegar a la victoria final o sucumbir en el más glorioso martirio. Nuestra «filosofía de la historia» en Paraguay, orgullosamente, es la que ha marcado Juan E. O’Leary (con sus cosas buenas y malas): seguir el camino de los héroes, soñar con una Patria digna, justa, respetada, heroica y valiente ante la adversidad, visionaria y con planes de desarrollo para el país. Soñar con levantar estatuas, monumentos bellos, construir un legado inspirados por el pasado y con esperanza en el futuro. ¡Levantar miles de estatuas!

El historiador y filósofo británico Thomas Carlyle, quien fue admirador del Dr. Francia y los López y a quien se atribuye la frase: «la historia no es sino la biografía de los grandes hombres». [Foto: Alamy/Radio 1000].

¡Ah! Si fuéramos capaces de lograr el 1% de lo que logró Churchill o Beethoven… El 1% de lograr lo que logró Santo Tomás Moro o Isabel la Católica… El 1% de lo que hicieron George Washington o Víctor Emmanuel de Italia!

Pero siempre nos queda el camino más facil: negar la existencia de los grandes hombres, negar la existencia de los «mitos» (en el buen sentido de esa palabra), pensar que la Historia no es sino una «mera construcción social», que los hechos históricos no son sino un «relato que se acomoda a conveniencia de cada fuente, y al final, sin que signifiquen nada en sí mismos, pues nada de nada tiene valor en sí mismo». Negarlo todo, porque uno mismo vive en la negación, sin reconocer la propia pequeñez y futilidad… Pero sin dejar de creer en los dogmas de la posmodernidad, en los «tótems» del fideísmo ateo tercermilenario, crédulo y cínico, aunque nunca sin serlo del todo, para no pasar por fanático.

¡Ah! ¡Dios me libre de tanta arrogancia fatua e injustificada!

Nosotros estamos dispuestos a perdonar a The Lancet por sus errores (al fin y al cabo, ¿quién no se equivoca? Además, son muy importantes para que se sostenga, de manera positiva, el «mito» de la ciencia moderna, pues creemos en ella como herramienta a pesar de los errores humanos). El mundo entero está lleno de «mitos», algunos de ellos injustificados pero otros construidos sobre bases sólidas, tradición, realidades que son fácilmente demostrables. Por esta razón, estamos dispuestos a perdonar errores cuando en medio de ellos se encuentra el espíritu de grandeza. Podemos perdonar los errores de «The Lancet» porque sabemos que, quizás muy pero muy en el fondo, hay una obra noble y una causa justa detrás de ellos. Aplíquese esto mismo a varias figuras históricas, varios «mitos» que son mucho más que eso: son factores de construcción de una sociedad, para bien o para mal.

Los promotores del anti-heroísmo… ¡Con qué fundamento perdonarían a la Ciencia, a la Filosofía, al Arte y a los Grandes Hombres sus errores, pequeños o graves! ¿Tienen acaso la misma vara para medir, o todo es puro fideísmo, pura ceguera pertinaz, puro sesgo e incoherencia? ¿Creen siquiera en la justicia, en los principios que sostienen la vida del hombre (muchos de ellos levantados en torno a «mitos») o solo repiten consignas basadas en el capricho personal y el relativismo ideológico del día siguiente?

Por estas razones (y otras tantas) siempre afirmaremos con toda la intensidad que nos permita la pluma y la voz: que Juan E. O’Leary, habiendo sido un simple periodista e historiador aficionado del Paraguay, es inmensamente más grande, más valioso, más importante que cualquier obra que haya escrito Andrew Nickson.

Porque O’Leary, con todas sus virtudes y defectos como historiador, gracias a su pluma nacionalista y su obra ha conseguido que se levanten miles de monumentos y estatuas para héroes, mitos y leyendas… Mientras que Nickson, con tanta supuesta erudición, con internacionalismo hippie y trotskysta, aun no ha logrado (al menos en Paraguay) que se derribe ninguna…

O como dirían los británicos de King Crimson, una de mis bandas de rock favoritas: «Están los que construyen… Y están los que ni siquiera destruyen…».

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