El legendario Capablanca

!Comparte!

Su nombre es sinónimo de leyenda. Es difícil referirse a José Raúl Capablanca y Graupera sin agregar las palabras “genio”, “legendario” e incluso “invencible”.

Este ícono de los escaques, nacía un día como hoy pero de 1888, en La Habana, Cuba, y desde muy pequeño manifestó una descomunal capacidad para el deporte ciencia, hecho que lo llevaría más adelante a ser uno de los más memorables campeones mundiales de ajedrez.

Hijo de José María Capablanca y María Graupera Marín, José Raúl inició su acercamiento al ajedrez allá por el año 1892 viendo partidas de su padre, quien solía jugar con amigos. Según el propio José Raúl, aprendió las reglas del juego simplemente observando a su progenitor, e incluso, en una ocasión, teniendo sólo cuatro años de edad, señaló que Don José María, movió el caballo de manera errónea, llamando la atención de todos los presentes.

También ese mismo año, el pequeño Capablanca logró su primera hazaña cuando derrotó en un juego a su mentor. Su meteórico ascenso comienza cuando su padre decide llevarlo al Club de Ajedrez de La Habana, en donde coincidió con fuertes jugadores que pronto dejaron de darle ventajas de dama o torre, teniendo en cuenta su gran habilidad de juego.

En 1901, con apenas 13 años, Capablanca se coronaría campeón nacional tras vencer a Juan Corzo, el mejor jugador del país en ese entonces, y constituyéndose de esa manera para los aficionados como “el Mozart del Ajedrez”.

“El Morphy cubano”, como lo denomina el multi campeón Garry Kaspárov, vivió la cumbre de su carrera durante una época muy peculiar: “La era del Jazz”, el periodo entreguerras caracterizado por las extravagancias y la ociosidad, con la que se pretendía enterrar el recuerdo de la Primera Guerra Mundial, sin imaginarse que otra guerra aún más grande se avecinaba.

De buena presencia, elegancia marcada y una disciplina estética considerable, Capablanca parecía un personaje salido de una novela de Scott Fitzgerald, lo cual lo convertía, como bien lo dice el célebre periodista Leontxo García, en “la antítesis de la imagen tópica de un gran maestro de ajedrez”.

En su libro “Mis geniales predecesores 1”, Kasparov menciona que “La máquina, como solían llamar sus admiradores a este genio cubano por la clarividencia y precisión de su estilo, era el favorito del público en virtud de sus maneras refinadas y su imagen atractiva y mundana. El genial Capa parecía demoler a sus adversarios sin el menor esfuerzo, con maravillosa facilidad y elegancia. Su atractivo también radicaba en el hecho de que aparentemente conseguía triunfos brillantes sin apenas entrenamiento. Conviene que recordemos los tiempos de esperanza y optimismo, cuando el mundo se deleitaba en el sosiego, tras el miedo y la angustia de la Primera Guerra Mundial. Eran tiempos en los que comenzaba la exportación del modelo cultural norteamericano: la literatura de los best-sellers y las producciones cinematográficas de Hollywood. Las historias felices y heroicas, chispeantes, las sonrisas cautivadoras, y el inevitable final feliz, que dejaba atrás las guerras pasadas. Y Capa, semejante a un elegante héroe mundano y mimado del destino, no podía simbolizar mejor el espíritu de la época.”

El gran Capablanca ocupó el trono mundial del deporte ciencia desde 1921 hasta 1927, siendo el ajedrecista con menos derrotas en la historia. Para Kaspárov, el apogeo de “la Máquina” fue en su periodo anterior a la conquista de su primer campeonato mundial, ya que fue donde demostró un ajedrez fresco e interesante, lo cual propició el mito de su invencibilidad.

Pero asimismo, como todo personaje de la época del Jazz, encontró su ocaso en 1927, cuando un fortísimo Alexander Alekhine, le arrebata la corona del ajedrez mundial. Ante esto, Kaspárov menciona: “Capablanca conoció la derrota “por culpa de su proverbial pereza, y una cierta negligencia en su juego. Si tenía éxito, ¿para qué esforzarse más?”.

Aunque ya no recuperaría el título mundial, el cubano volvería a encontrarse con Alekhine, en el torneo de Nottingham de 1936, donde pudo perpetrar su venganza hacia el soviético, con quien se cuenta que tenía un profundo desagrado mutuo. Las crónicas del match dicen que, teniendo una posición inferior, el genio cubano logró atrapar a Alekhine en una trampa tan elaborada que ninguno de los otros jugadores, excepto Emanuel Lasker, se dio cuenta de dónde el perdedor había cometido el error.

La vida de este genio de los trebejos tuvo su final en 1942, cuando durante un ameno encuentro en el Club de Ajedrez de Manhattan, sorprendió a todos cuando exclamó su última frase “Por favor, ayúdenme a quitarme el abrigo. Tengo una jaqueca insoportable”, para luego desplomarse y abandonar este mundo con tan solo 53 años, no sin antes haber marcado un antes y un después, en el deporte de reyes y conquistadores.

Fue enterrado con grandes honores en La Habana, siendo el dictador de Cuba, el General Fulgencio Batista, quien ordenó que le otorguen la condecoración “Coronel Caído en Campaña”, el máximo honor póstumo de esa época, y condecorado en un rango más elevado, con la Orden Manuel de Céspedes.

!Comparte!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *