Un trauma infantil trasladado al séptimo arte

Un trauma infantil trasladado al séptimo arte

Si analizamos la mayoría de las obras cinematográficas del maestro del suspenso Alfred Hitchcock, notaremos que existe un argumento central que se repite; «el falso culpable». El mismo Hitchcock relata que esto proviene de un acontecimiento ocurrido en su infancia, en Leytonstone, barrio situado en el East End.

«No tendría más de seis años, o quizás menos, cuando hice algo, no recuerdo qué, por lo que mi padre decidió darme un escarmiento. El hecho es que mi padre me envió a la comisaría de policía local con una nota. El agente de policía que estaba de servicio la leyó. Acto seguido y sin mediar palabra, me acompañó por un largo corredor hasta el calabozo donde me encerró durante varias horas; o eso me pareció, porque fue una eternidad, aunque probablemente no fueron más de cinco minutos. Aquel agente dijo: «Eso es lo que hacemos con los chicos traviesos». Siempre he dicho que no recuerdo por qué me castigaron»¹.

Este severo castigo lo marcó para toda su vida, en sus filmografías observamos el miedo que infunde las miradas de los policías. La fría racionalización de las emociones se refleja en los silencios planificados que perturban la conciencia hasta del más inocente de los hombres. 
Esto último se constata en su mítica película que lleva por nombre el “Falso culpable/ El hombre equivocado/The Wrong Man» de 1956, en la cual el propio Hitchcock aparece en los primeros minutos para advertirnos que la película está basada en una historia real.

El film trata de un hombre llamado » Manny Balestrero «, músico de profesión que trabaja en el club Stork de Nueva York (interpretado por el célebre actor Henry Fonda) quién por confusión es acusado por unos atracos que no cometió. Los policías esperan a Balestrero frente a su hogar, y cuando lo ven llegar es detenido por los agentes, quiénes trasladan al pobre hombre a la comisaría.

Poster Oficial de «Wrong Man» de 1956.

Lo interrogan, llaman a testigos que lo visualizan y todos coinciden en que se trata del atracador, Balestrero intenta defenderse, pero sus palabras se agotan ante las miradas que insisten en su culpabilidad. Entonces los policías lo llevan al calabozo, el sonido de las puertas metálicas suena de una manera que perturban al espectador y remueven los recuerdos de la infancia de Hitchcock.

El director afirma:

«Todavía no puedo oír el sonido metálico de la puerta de aquella celda cerrándose a mis espaldas».

Si hablamos de la infancia de Hitchcock no se puede dejar pasar la película «Recuerda/Cuéntame tu vida/Spellbound» de 1945, donde el director hace un guiño al psicoanálisis freudiano, apelando a la interpretación de los sueños, y recuerdos de la infancia de los personajes.

Con la inolvidable actuación de Ingrid Bergman como la Dra. Constance y la de Gregory Peck como el supuesto Dr. Edwardes. Dicha película también contó con la participación de Salvador Dalí quién se encargó del decorado (específicamente en la escena donde aparecen los sueños del Dr. Edwardes).

Trailer oficial de la película

Traslado aquí un formidable diálogo que se produce en la película.

Dra. Constance: Creo que la gente que más daño ha hecho a la raza humana han sido los poetas.

Dr. Edwardes: Yo no los considero perversos.

Dra. Constance: Se dedican a llenar a la gente la cabeza con engaños acerca del amor. Escriben sobre él como si fuera una orquesta sinfónica de música celestial.

Dr. Edwardes: ¿Y no es cierto?

Dra. Constance: Pues claro que no, la gente se enamora porque la persona amada responde a cierto color de pelo o tono de voz, o alguna expresión que le recuerden a sus padres.

Dr. Edwardes: O a veces sin razón alguna.

Dra. Constance: Pero no se trata de eso, lo malo es que la gente lee cosas sobre el amor y la experiencia los desengaña porque esperan que un beso sea un poema lírico y un abrazo parezca un drama de Shakespeare…

Dr. Edwardes: …y cuando descubren que no es así, enferman y tienen que consultar al psiquiatra.

En el plano donde se muestran los créditos aparece la imagen de un árbol desprendiéndose de sus hojas.

Para el psicólogo clínico español Carlos Martín «esto puede ser una alegoría de ese Yo psicoanalítico desprendiéndose de sus recuerdos».

Por Fernando Escobar

El Parlante

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