In hoc signo vinces…

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Un 27 de febrero nacía un tal Flavio Valerio Aurelio Constantino al que tiempo después llamarían «El Grande», yo lo defino como el primer bizantino. El año: 272 d.C. La ciudad: Naissus. Personalidad histórica bajo la cual el Imperio Romano tuvo a su último dueño indiscutido, antes de su división inevitable. Un visionario como pocos. Un sanguinario como muchos, PERO TAMBIÉN, UN HOMBRE, simplemente eso, con luces y sombras y la mayor de las preseas por la que los mortales encorvan la columna: LA AMBICIÓN TODOPODEROSA QUE MUEVE AL MUNDO.

La fama de Constantino está siempre acompañada de la religión cristiana, que había nacido al abrigo del silencio y la oscuridad, en las tortuosas redes catacúmbicas, de las alcantarillas de la ciudad eterna de Roma, se erigió el baluarte cristiano que poco a poco fue minando el antiguo régimen imperial y la tradición pagana asentada en el trono. Su administración luego de la guerra civil sangrienta en la que enfrentó a Magencio, supo llevar las riendas del imperio y otorgarle por un periodo de tiempo relativamente largo una estabilidad que no se había visto desde la entronización de la tetrarquía, esa majestuosa idea llevada a la práctica por el gran Diocleciano.

Estatua de Constantino en York, ciudad donde fue proclamado emperador.

Como Gibbon mencionó: esta fama, ha logrado para mal o para bien, que la posteridad asuma una predominancia en los análisis e investigaciones tanto serias como “incómodas” sobre las obras de su vida, sus acciones menos conocidas o hasta el abolengo de su estirpe.

Es además, la lejana y bárbara Dacia, ya civilizada por los legionarios de Trajano e invadida posteriormente por la bondad y la gran gestión de Adriano y los Antoninos, el ejemplo de que en aquellas tierras, el joven Constantino no prevaleciese por una inclinación suficiente por el conocimiento, sino por la tradición del amor a las armas, enseña de su familia por parte de su padre Constancio de origen serbio. Recordemos que Helena fue hija de un posadero del posadero del emperador, y denunciada en la historia por ser concubina de Constancio, aunque casada legalmente con este último[1].

Textualmente refiere: “La fase de su nacimiento, así como la condición de su madre Helena, han sido objeto no solo de disputas literarias sino nacionales[2].

Notemos que en la fase final de la guerra civil que enfrentó a Majencio en contra de Constantino en la batalla del puente Milvio nuestro homenajeado ganó mediante la intervención divina, esto, según los dichos de Eusebio de Cesarea, un gran “influencer” de la época que extendió la leyenda que cuenta, que antes de la batalla, el emperador vio en el cielo una cruz con la inscripción «Εν Τούτῳ Νίκα» en latín: in hoc signo vinces “por este signo vencerás/en este signo vencerás/con este signo vencerás”; supuestamente, por esta razón y la victoria, Constantino se convierte tiempo después al cristianismo e impone que dicha religión sea ampliamente difundida. Con la victoria sobre Majencio, Constantino destruyó el sistema impuesto por el magnánimo pero violento Diocleciano, la tetrarquía.

Detalle de la Visión de la Cruz realizada por los ayudantes de Rafael, que representa a Constantino I y la visión de la cruz en el cielo con el lema «con este signo vencerás».

Por último dejo la descripción de Gibbon sobre Constantino El Grande:

La figura de Constantino era alta y majestuosa; era diestro en todos sus ejercicios, intrépido en la guerra, afable en la paz; En toda su conducta, el espíritu activo de la juventud fue atenuado por la prudencia habitual; y, aunque su mente estaba absorta en la ambición, parecía frío e insensible a los atractivos del placer. El favor del pueblo y los soldados, que lo habían nombrado como un candidato digno para el rango de César, solo sirvió para exasperar los celos de Galerio; y aunque la prudencia podría evitar que ejerza cualquier tipo de violencia abierta, como monarca absoluto siempre pensó cómo urdir una venganza segura y secreta[3].

Galerio[4] era el enemigo más acérrimo; esto provocó una preocupación cada vez más evidente, una situación exasperante de ansiedad por parte de su padre quién en numerosas cartas avisaba a su hijo del peligro inminente para atentar contra su vida.

Constantino al acceder al poder inconmensurable del Imperio Romano, consolidó su gestión con una serie de movimientos políticos y administrativos que marcaron no solo una época, sino el destino final de Roma, su mudanza y fundación de la ciudad de Constantinopla, en Bizancio, actual Estambul fue quizás el más importante de los acontecimientos. Sus leyes impuestas fueron sin iguales en aquellos tiempos, como dios civilizador debía aportar a la historia su propia idea de cómo debían comportarse los ciudadanos romanos y cómo debían ser gobernados. En los albores de la era cristiana, el Sol Invictus refulgía desde Aureliano, como testigo infiel de la nueva raza de seres humanos que tomarían el control de Roma, una raza fiera y envuelta en los retortijones del fanatismo.

Convocó al Concilio de Nicea en el año para poner fin a los desplantes en el seno de la Iglesia Católica, que se iba formando por esos años y principalmente, para destruir con fuerza y sanguinaria fuerza el arrianismo situándolo como herético, persiguió a los paganos de manera brutal, no sin antes deshacerse de una parte de su familia sin despeinarse.

Unas décadas después, y tras el desastre de Juliano (el último de la dinastía instaurada por Constantino) por tratar de imponer de nuevo, la antigua religión de estado, Teodosio, otro férreo defensor del cristianismo y no menos brutal y sanguinario que sus predecesores, decretó mediante el edicto de Tesalónica al cristianismo como religión oficial del Imperio en el 380.

La estatua colosal de Constantino en el Palazzo dei Conservatori. Palacio de los Conservadores (Palazzo dei Conservatori – Museos Capitolinos de Roma).

Difícil sería en estos breves comentarios situar la figura de Constantino El Grande en sus diversas facetas, la humanidad tiene sus contradicciones, un emperador romano actuaba conforme al poder y a la consecución del mismo a toda costa y con las herramientas a su disposición, una vez conseguido el trono, se luchaba para mantenerlo de la mejor manera, si se debía matar a la propia madre o a un hijo querido, se hacía sin chistar, sin dudar, tamaña conducta asociada al hombre práctico dedicado a la política.

Podremos finalizar planteando una interrogante histórica:

¿Qué podemos criticar a nuestros antepasados cuando se analizan las gestas, macabras persecuciones y masacres, todas ellas, encumbradas en la aureola del Sol Invictus que azuzaba los corazones de sus seguidores, encendía las pasiones que desbordaban en los Campos de Marte, producían los cambios y revoluciones que para mal o para bien, movieron el avispero de la Madre Tierra?

Cuando del poder se trata, mucho estorba y todo vale.


[1] Gibbon, Edward. The Decline And Fall Of The Roman Empire – Volumen 1. Págs. 310-311. The Modern Library. (1995).

[2]Ibíd.

[3]Ibíd.

[4]Cayo Galerio Valerio Maximiano o simplemente Galerio, conformó la tetrarquía junto a Diocleciano, Constancio y Marco Aurelio Valerio Maximiano Hercúleo, conocido como Maximiano.

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Gabriel Ojeda

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