Eyes Wide Shut: Infidelidad, fantasías y un llamado al renacimiento

Eyes Wide Shut: Infidelidad, fantasías y un llamado al renacimiento

Por David Cáceres Fleitas

Los enigmas son un condimento inevitable en las relaciones humanas. Secretos que por convenio a no beber de la copa del deshonor muchos prefieren no destaparlos, o en todo caso, no intentar resolverlos, pues podrían desencadenar situaciones que lleven el estado emocional y por, sobre todo, a la autoestima a una dimensión no deseada, aunque todo ello fuera necesario para dejar morir una versión, la cual, lleva tiempo siendo inservible y así, renacer en una nueva y necesaria para enfrentar los desafíos por venir.

Esto fue lo que entendió Stanley Kubrick, quien adaptó “Relato Soñado” de Arthur Schnitzler en “Eyes Wide Shut”, una obra sin precedentes que entrelaza a la perfección el misterio, la incertidumbre y el arte, invitando así a una exploración profunda hacia el núcleo de las emociones humanas, los sentimientos, las fantasías, la sexualidad que va mas allá de lo que el hombre en su necedad usualmente da por sentado… ¿y por qué no decirlo? Invita por sobre todo a un despertar consciente ante la sociedad que nos rodea y más aun, a mirar con perspicacia a quienes nos observan con intereses desde lo alto.

En las afueras de la fría ciudad de Nueva York, reside un reputado médico de grandes personalidades, el doctor William “Bill” Hartford (Tom Cruise), quien es marido de la bella mujer, Alice Hartford (Nicole Kidman) y también padre de Helena. Cabe recordar que Eyes Wide Shut es una película estrenada en 1999, año en el que los protagonistas formalizaban un matrimonio contraído desde 1990 y el cual concluyó en un “amistoso” divorcio en 2001.

En aquel entonces, muy por el contrario a lo que la audiencia mundial esperaba, Cruise y Kidman realizando la performance de una pareja perfecta en todo sentido, alimentando así la idealización del público consumista sobre el amor y las relaciones humanas, la sorpresa fue que ambos terminaron plasmando a un matrimonio común y corriente, con problemas tan reales que más de uno tal vez termine sintiéndose identificado, tanto con los protagonistas como con el entorno en el que se encuentran encerrados.

Podemos ver que, en medio de una fumada de hierba, Alice inicia una discusión debido a unos desafortunados comentarios de Bill, a quien lo acusa de machista. Empeorando aun las cosas, Bill declara estar seguro de la fidelidad de su esposa, asumiendo que ella toma la relación tan en serio como reciprocidad hacia él. Tras una incontenible carcajada mofándose de la inocente ingenuidad de su marido, Alice le confiesa a Bill la tentadora ocasión cuando estuvo dispuesta a dejar toda su vida, su familia y a él, por una noche con un oficial de la marina a quien había visto en un hotel durante un viaje realizado por ellos, un año atrás.

Confiesa que tan solo con una mirada bastó en demasía para sentir toda la montaña rusa de emociones que Bill nunca le había producido (o que había dejado de producirle), y que, al no estar con él y saber que quizá nunca tendría una oportunidad de experimentar todo lo que deseaba en ese fugaz instante, su amor por Bill se había vuelto “tierno y triste”.

“Las fantasías no realizadas pesan más que las ya cumplidas”, éste pareciera ser el pensamiento inconsciente con el que vive día a día la esposa del prestigioso doctor neoyorkino.

De la negación a la ira

Tras la inclemente confesión de su mujer, Bill desciende a los infiernos de su mente combatiendo los demonios que por mucho tiempo fueron sus pilares mentales. A través de situaciones cotidianas en las que cualquier hombre de su estatus pudiera involucrarse, va redescubriéndose a sí mismo y abraza quizás algo de lo que Alice le había sentenciado en la discusión previa a su salida nocturna.

Bill recibe la llamada de Marion Nathanson con motivo del reciente fallecimiento de su padre, Lou Nathanson, quien también fuera paciente habitual de Bill. Marion, prometida a casarse pronto con Carl Thomas, le declara su amor y que sería capaz de dejarlo todo por vivir su vida con él (algo muy similar a las declaraciones de Alice). Tras dejar la residencia de su ya difunto paciente, por las melancólicas calles de Nueva York, conoce a una prostituta de alias “Domino” a quien acompaña a su apartamento. Una vez adentro, estando dispuesto a vivir, aunque sea unas horas de placer con el fin de olvidar el monólogo impiadoso de Alice, recibe una llamada de su esposa, tras la cual, Bill decide marcharse.

Es a partir de aquí donde nuestro protagonista empieza a adentrarse en la atmósfera de lo inesperado y surrealista. El ansia por escapar de su estado poco gallardo lo arrastra por sectores de la sociedad que nunca había imaginado quizá que existiesen, mostrándole así la abundancia de actividad sexual de la que otros podían disponer y por la cual andaba sediento en ese momento. Con la invitación de su amigo Nick, una contraseña “Fidelio” y una dirección con destino a un majestuoso castillo nombrado Somerton, emprende su búsqueda por una capa y una máscara que permitan su acceso a un mundo, el cual, despertaba poderosamente su interés.

Luego de presenciar una aparente violación a una menor en la tienda de disfraces Rainbow, Bill parte a Somerton. Allí, un ritual orgiástico se encuentra en proceso, ritual que pareciera tomar la forma de un ente que expone a Bill ante sus propios deseos, donde a la vez pareciera recalcarle lo errático de su marco mental antes de salir de su residencia esa misma noche.

Mujeres entregadas a los hombres más poderosos, entregadas sin la más mínima duda de complacer y disfrutar de la libertad sexual que les fue otorgada por ser parte de la sociedad secreta, toda esa libertad vestida en obscenidad mezclada con un espíritu renacentista veneciano y un toque remarcado de ocultismo. Hombres sin restricción alguna a ser complacidos de la forma que demanden y mujeres sumisas, ante la voluntad de cada uno de ellos.

Al regresar Bill de su escapada nocturna, es testigo de una risa poco agraciada de su esposa mientras duerme. Tras consultarle si tal risa podría ser atribuida a algún sueño, Alice relata que, en él, un centenar de hombres tenían sexo con ella, incluido el oficial de la marina de la primera confesión. Para desestabilizar aún más al protagonista, declara que, en medio de su desenfreno sexual, ella reía en forma burlona con el fin de hacer enojar a su marido. Bill queda atónito y entiende de forma inconsciente, que todo lo vivido en el castillo Somerton resultó ser el prólogo de la segunda confesión de Alice, en esa misma noche.

Aceptación, muerte y renacimiento

Los sueños de Alice y las vivencias de Bill, parecieran ser orquestados por una fuerza sobrenatural que busca advertir en ambos, la cuerda floja, en la cual, agonizante deambula equilibrándose, la relación entre los dos. Cabe decir también que esa misma fuerza pareciera ser la que impide a Bill ser infiel a su esposa en cada uno de los escenarios donde es protagonista, pues, en Somerton, lo identifican como alguien no habitué de esos encuentros, concluyendo así con su expulsión del lugar. Su deseo por restablecer su masculinidad a base de la infidelidad se ve saboteado en múltiples intentos.

No sabemos absolutamente nada del pasado de Bill y Alice, no tenemos idea alguna de como se conocieron o cómo logró Bill rendir a tal hermosa mujer en sus brazos, lo que es posible deducir siendo algo observadores, es que Bill siempre fue un hombre que dio por sentado su capacidad de alcance a cualquier cosa que se proponga, todo a base de dinero o de su alzada reputación como personal de la salud.

Como en numeradas ocasiones, lo vemos luciendo su estatus de médico prestigioso y su capacidad de pagar lo que sea necesario con el fin de acceder a lo que busca, o incluso, si de ofrecer un obsequio se trata. No en vano, conociendo a Kubrick, la primera escena nos muestra al protagonista buscando su billetera. No dice todo, pero sí, gran parte de él.

El viaje por los abismos de Bill concluye en la noche siguiente al ver la máscara de alquiler yaciendo desafiante al lado de su esposa durmiendo. El frio, tierno y triste color azul de la noche invadiendo la habitación, es testigo de Bill tendiéndose en la cama y llorar desconsoladamente, lo cual despierta a su mujer sin entender el significado de tan sublime y vil plano del hombre que se arrastró en su doloroso renacer, siendo esta vez él, cargando con la obligación de dar la confesión de sus salidas, confesión que significaría su liberación.

No conocemos el monólogo dado por Bill, pero el funesto y mísero rostro de Alice viendo al vacío con un cigarrillo en la mano, ilustra la inquietud de una mujer al saber que el hombre a quien dio por jurada su fidelidad, estuvo dispuesto olvidarlo todo por una noche en pos de reconstruirse a sí mismo, entregándose a toda lujuria y pasión carnal existente en la faz de la tierra, todo originado en una confesión inoportuna.

La escena final nos muestra la expiación de ambos de sus infidelidades, sean estas materializadas o imaginarias. En una tienda de juguetes se desata lo que podríamos llamar el diálogo final más directo y críptico a la vez;

Alice: Sea como sea, hay algo que debemos hacer cuanto antes.

Bill: ¿Qué?

Alice: Follar…

El mensaje final de Kubrick en esta fantástica entrega podría tener una, dos o mil caras. Tras abordar en una misma historia los problemas personales de una pareja de clase media-alta, dándonos a entender que una relación de años puede entrar en coma de la manera más inesperada , y a la vez, el soberbio andar misterioso de una sociedad secreta, actividad orgia-ritual compuesta por poderosos y celebridades de alto calibre, podemos deducir que el mensaje en segundo plano de “Eyes Wide Shut” es percatarse del otro lado no contado, o muchas veces minimizado de nuestra sociedad y por ende, aunque doloroso resulte, abrir de una vez nuestros ojos bien cerrados.

El Parlante

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