El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Crítica

Indignación selectiva o sin el “visto bueno” de terceros

Existe un nuevo juez que determina el valor o la validez de las “indignaciones”. Llamémoslo el “juez del teclado”. No lo vislumbremos como a un viejo y experimentado magistrado vestido de toga negra y que empuña un mazo de madera… no, veámoslo más bien como una silla vacía al que cualquiera pueda sentarse a indicar lo que es justo y lo que no, a juzgar lo que vale la pena ser reclamado y lo que no.

La indignación -que tal vez siempre habrá sido selectiva pues el “indignado” es el hombre, un ser construido en base a simbolismos, conjunto de valores y criterios morales bien establecidos- ahora transmitida en el supersenado virtual a cuyos escaños se ingresa a través de las redes sociales, es expuesta ante el “juez de turno” que se sienta en aquella silla central y analiza el motivo para dar su veredicto.

Pero hasta aquí, usted estimado lector podrá decirme que no hay ningún problema con que toda expresión sea sometida a un análisis para descubrir posibles falacias, con lo cual me muestro absolutamente de acuerdo. No obstante, el problema, querido lector, se da cuando -como ocurre en la vida “real”- el juez no es idóneo o está absorbido por una u otra ideología alérgica al disentimiento. Las redes sociales han creado a jueces sin capacitación, que juzgan a partir de subjetividades, de ideologías perimidas que han sido presentadas a incautos como “novedosas y trasgresoras”.

Y estos nuevos magistrados digitales, legitimados cuantitativamente sólo por su número de “followers” -nótese que uso el anglicismo para diferenciar entre seguidor, aquella persona con ideales bien establecidos y militante por las causas que considera justas, y el follower, aquel ser invisible, anónimo, abstracto, meramente digital y carente de criterio personal, que trasmite su apoyo a través del “me gusta”-, son quienes a fuerza de “tuitazos” emiten su veredicto a ser acatado por la “community”, palabra con la que Byung-Chul Han señala a la degradación de la “comunidad”. Para el magistrado, existe un parámetro para fallar a favor de algo, y ese parámetro responde a criterios dictados no por algún código civil o leyes constitucionales sino aquellos que a él le parecen correctos en una “lógica” manchada de criterios personales que generalmente tienden al negar lo que no le da placer, a todo aquello que vulnere sus “sentimientos”.

En ese orden, vemos cómo este magistrado digital dictamina la razón por la cual ciertas manifestaciones e indignaciones sí son válidas a diferencia de otras. Para el juez del teclado, todo movimiento o manifestación debe responder a su narcisismo, es decir, todo lo que haya aprobado y vaya a aprobar debe ser una extensión de su yo. Es inconcebible que este “héroe” contemporáneo falle en contra de sus propios ideales, como lo haría una persona objetiva y que se reconozca ignorante en la era del todólogo. El juez del teclado, debajo de su toga digital y su máscara de conciencia de clase, es solo uno más de aquel hombre masa que niega serlo, aquel que se envanece de su decadencia queriendo saberse superior al resto y principalmente a las generaciones pasadas, busca indicarte sobre qué está bien que te manifiestes y sobre qué no.

Al susodicho le encanta esgrimir sus argumentos basados en la historia, pero no cualquier historia, sino una historia solapada, trucada, seleccionada en base a su ideal. Hoy puede decirte que tus motivos son “absurdos” sosteniéndose con “hechos históricos”, pero al día siguiente quiere desacreditar las críticas a su persona diciendo que “la historia es escrita por los ganadores” o “la historia está sesgada”. Y también se saben intelectuales utilizando la vieja y gastada falacia de la falsa dicotomía, del falso dilema, el que usan para contraatacar a quienes señalan sus errores, haciendo quedar al crítico como un defensor de “lo que está mal” ante la “community”, pues vende la idea de que sólo existen dos únicas opciones ante todas las cosas. Son estos individuos lo que revivieron al maniqueísmo como una religión, como una filosofía “novedosa” de vida, son los que creen firmemente que si no estás a favor de ellos estás en su contra.

Pero ante estas descripciones más de uno soltará una risotada y dirá que tal sujeto es fácil de abordar, de desmentir y dejar en evidencia. Lo sería si fuese un solo individuo, pero no es el caso, porque como mencioné al inicio de este escrito, el juez del teclado es una silla al que cualquiera puede sentarse debido a que no existen requisitos para discriminar a los idóneos de los abyectos. Todo el tiempo están alternándose, lo que constituye una fila interminable de seres que buscan “juzgar” a propios y extraños. Y esto lo hacen como quien no quiere la cosa, como viéndose “obligados” ante la situación a emitir “su veredicto” sin argumentos sólidos y estériles pero validados a fuerza de los “me gusta” propiciados por sus fieles “followers”.

Entonces esto genera una suerte de realidad al servicio del “like”, una posrealidad que se valida con criterios de cuantificación, de medición, de impacto, o de “feedback”. Por consiguiente, ellos a fuerza de esto tienen la capacidad de validar o desestimar manifestaciones, señalando las que van en contra de sus ideales como “manifestaciones o indignaciones selectivas”, pero a la vez vociferando con solemne hipocresía que el autoritarismo ya no tiene cabida nunca más.

También a viva voz destacan a las redes sociales como la panacea para una sociedad que “ha estado siglos bajo instituciones autoritarias que han reprimido la libertad de expresión”, pero a la par, a fuerza de su cada vez más forjada “cultura de la cancelación” y avaladas por su Big Brother Facebook, te harán desaparecer del mapa virtual si es que te atreves a señalarles sus inconsistencias y precarias posturas.

Se autoperciben como paladines de la democracia, pero ignoran -espero que no adrede- los principios que sostienen a ese formato de gobierno, buscan un mundo mejor, no lo cuestionaré, pero ignoran todos los acontecimientos que se dieron en la historia y que cimentaron la posibilidad de que existan los derechos que tanto reclaman. Son una suerte de pescadores de río revuelto, son revolucionarios que ante ningún peligro de serlo se sienten héroes. Son los veteranos de Call of Duty, de una guerra imaginaria y son medalla de honor por participar de batallas virtuales.

El juez del teclado de turno debería entender que justicia a partir de criterios personales no es justicia, es mera persecución, mero amedrentamiento. El magistrado digital debe entender que en cualquier democracia la gente es libre de defender lo que considere, y cualquier intento de evitarlo es autoritarismo.

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