El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Cultura Literatura Paraguaya

Este texto no es mío

El supremo

«Todo se ha dicho sobre mí. Todo aún queda por decir…»[1]

«A mi muerte, leerán poemas y elogios fúnebre, y escribirán en los periódicos exégesis laudatorias con la satisfacción del deber cumplido, sacudiéndose las manos al final como de un polvo molesto. O no dirán nada, se alegrarán por dentro, y a otra cosa. A idos no hay amigos ni conocidos. Muerto el perro, acaba la rabia. La muerte de un hombre, que es su única y última verdad, provoca indefectiblemente una humareda de los más extravagantes y mentirosos elogios. La muerte es la misma para todos, pero cada uno muere a su manera, decía Novalis. Rilke tomó este pensamiento del autor de Los himnos de la noche como fundamento de su concepto poético de la muerte propia».[2]

Augusto Roa Bastos.

«Las formas desaparecen, las palabras quedan, para significar lo imposible. Ninguna historia puede ser contada. Ninguna historia que valga la pena ser contada. Mas, el verdadero lenguaje no nació todavía. Los animales se comunican entre ellos, sin palabras, mejor que nosotros, ufanos de haberlas inventado con la materia prima de lo quimérico. Sin fundamento. Ninguna relación con la vida. ¿Sabes tú, Patiño, lo que es la vida, lo que es la muerte? No; no lo sabes. Nadie lo sabe. No se ha sabido nunca si la vida es lo que se vive o lo que se muere. No se sabrá jamás. Además, sería inútil saberlo, admitiendo que es inútil lo imposible. Tendría que haber en nuestro lenguaje palabras que tengan voz. Espacio libre. Su propia memoria. Palabras que subsistan solas, que lleven el lugar consigo. Un lugar. Su lugar. Su propia materia. Un espacio donde esa palabra suceda igual que un hecho. Como en el lenguaje de ciertos animales, de ciertas aves, de algunos insectos antiguos. ¿Pero existe lo que no hay?».[3]

«Cuando uno se pone a pensar en estos recuerdos, ellos se ponen reflexivos y lo piensan a uno.

Porque… ¿debo decirlo aquí? ¿Cómo se puede contar lo ocurrido hace bastante tiempo? ¿Cómo se puede contar lo que acaba de suceder?

Augusto Roa Bastos.

La memoria del presente es la más embaucadora. El relato no hace más que relatarse a sí mismo.

Lo importante no son las palabras del relato, sino el hecho que no está en las palabras del relato y que precisamente rechaza las palabras.

Debería contarse un relato como en la tradición oral. Alguien cuenta algo mientras otro va escribiendo lo que la memoria soñadora oye por debajo de las palabras.» [4]

Por eso ahora una mano escribe lo que yo escribí. Vuelve como una ráfaga oscura para oscurecer aún más mis palabras. Toma el velo de mis escritos que no han sido velados todavía por mi sufrido pueblo. Escribe lo que le voy dictando y olvidando al mismo tiempo para volver a dictar lo que ya está escritoporque también son «las palabras y las frases que he robado de los libros, robadas a su vez de otros libros, están ahí, sobre los folios, vacías de su sentido original. Para que digan algo de lo mío, yo necesito vivificarlas con el aliento de mi propio espíritu; decirlas con mi manera de decir que dice por la manera. Y solo así el que me lea sabrá lo que quise decir y no he podido decirlo antes de que él me leyera, siempre que él también reescriba el texto mientras lo lee, y lo vivifique con el aliento de su propio espíritu, a cada página, a cada línea, a cada letra, y, sobre todo, esto es lo esencial, que vea y oiga lo que no está dicho ni escrito que llena el libro y lo sobrepasa. Un lector nato siempre lee dos libros a la vez: el escrito, que tiene en sus manos, y que es mentiroso, y el que escribe interiormente con su propia verdad».[5]

Augusto Roa Bastos.

Se vuelven a abrir estas palabras petulantes en busca de un anclaje profundo, una botella con un mensaje, arrojada en el medio del desierto chaqueño. Esa isleta de polvo blanco en donde los buitres siguen arropando sus fortunas con latifundios feroces y atroces. «No escribo para la posteridad. La posteridad no es rentable. Nadie busca en la inmensidad del mar, entre tanto desperdicio, la botella que se supone lleva en su interior un mensaje destinado a sobrevivir en la nada».[6]

Todo lo que tenga que decir y no dije, lo dejé escrito. Si alguien me busca me hallará pasivo y altanero en las escrituras, en la verdad última y ultrajada por los signos y los sentidos. No se puede hablar en un lenguaje desconocido. El único medio con el que seguimos disponiendo para la enseñanza es el lenguaje a través de la escritura, porque el lenguaje despierta e inserta vidas que no conocemos, situaciones que no podríamos conocerlas. «Que ninguno sea lo bastante rico para comprar a otro, y ninguno sea lo bastante pobre para verse obligado a venderse».[7], porque «el poder de los gobernantes está fundado sobre la ignorancia, en la domesticada mansedumbre del pueblo. El poder tiene por base la debilidad. Esta base es firme porque su mayor seguridad está en el pueblo que es débil».[8]

Augusto Roa Bastos.

«Solo se muere según se ha vivido»[9],«el sueño es siempre el recuerdo de algo que no sucedió»[10]y «los personajes que viven y mueren en un libro, cuando las tapas caen sobre ellos, se esfuman, no existen, se vuelven más ficticios que el ficticio lector».


[1] Madama Sui, Editorial Servilibro, 2011, pág. 99

[2] El fiscal. Editorial El lector, 2003, pág. 28

[3] Yo El Supremo. Editorial Servilibro, 2009, pág. 20

[4]Contravida. Editorial Servilibro, 2012, pág. 133.

[5] Vigilia del almirante. RP Ediciones, 1992, pág. 122

[6]Contravida. Editorial Servilibro, 2012, pág. 75

[7] Yo El Supremo. Editorial Servilibro, 2009, pág. 47

[8] Yo El Supremo. Editorial Servilibro, 2009, pág. 92

[9]Yo El Supremo. Editorial Servilibro, 2009, pág. 416

[10]Contravida. Editorial Servilibro, 2012, pág. 103

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