El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Arte Cultura

Sin espacios para la imaginación

Por Alex Silva

El arte siempre fue un refugio de la realidad para el alma humana, un hueco en la rutina por el que escaparse. Un camino hacia lo irreal, lo fantástico. Descansamos del mundo cuando leemos una novela, cuando vemos una película o cuando escuchamos nuestra canción favorita. Nos envuelve la ilusión de que hay más por sentir, por descubrir.

Ilusión es la palabra que utiliza Jean Baudrillard en su libro El complot del arte para separar lo artístico de lo “documental”, es la brecha entre esos dos mundos. Pero a aquella brecha la vamos rellenando con un exhibicionismo que impide el misterio. Lo explícito toma el lugar que tenía la imaginación.

El hiperrealismo de una pintura no hace más que sorprender con la técnica y los detalles, pero más allá de la sorpresa no hay nada. No nos dice nada. Este ejemplo se traslada a distintas áreas del arte. Esta intención acérrima por sorprender responde quizá al consumismo. Es como adornar un texto con las palabras más elegantes de una lengua para esconder que en realidad no tenemos nada que contar, pero aquellos adornos llamarán la atención con mucha más facilidad.

Jean Baudrillard en el capítulo «La ilusión cinematográfica perdida» de El complot del arte, habla precisamente de este exhibicionismo visual. En muchos filmes hollywoodenses (por no decir en todos), filmes de efectos especiales y vastísimos recursos, no se dan espacios para ese hueco por el que escapar, pues está taponado. Todo el ruido nos impide pensar.

Una película es una serie de imágenes que aparentan movimiento, en este punto podemos relacionarla con la fotografía. Roland Barthes en La cámara lúcida nos habla de un “campo ciego”, un escondite, un misterio. Barthes menciona que una fotografía no solo es inmóvil porque los objetos no se mueven, sino que no se “salen”, están adheridos dentro del marco, muertos. Sin embargo, la existencia de un campo ciego puede animar una imagen.

Un objeto o gesto puede hacernos animar a una foto: el gesto de un muchacho que nos invite a intuir su personalidad y nos den ganas de conocerlo, un collar de una dama que guarde similitud con el que pertenecía a nuestra difunta abuela puede evocar recuerdos e incluso suponer la vida de la dama, o el rostro de la niña que alguna vez fue nuestra madre y comprender que en realidad no ha cambiado nada.

Según Barthes, todas estas historias contadas de forma hasta involuntaria le dan voces a la imagen.

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