Solaris: 50 años del clásico soviético de la ¿ciencia ficción?

Solaris: 50 años del clásico soviético de la ¿ciencia ficción?

Días pasados se conmemoró el 50 aniversario del estreno internacional, en el festival de Cannes, de “Solaris” de Andrei Tarkovski. Un film hoy considerado de culto que terminó llevándose el Premio del Gran Jurado en dicho festival.

Solaris es la tercera película de Tarkovski como director profesional (ya que había realizado otras como estudiante de cine), film que lo elevó a ser considerado un igual a otros grandes como Kurosawa, Kubrick, Welles o Fellini. Sobre todo, después de dos anteriores largometrajes, como “La infancia de Ivan” y “Andrei Rublev”, también aclamadas por la crítica y sus pares.

El film se basa en la novela homónima de Stanislaw Lem, que fue uno de los libros favoritos de Tarkovski en su juventud. La historia nos muestra a Kris Kelvin, un psicólogo es enviado a una estación espacial ubicada cerca del extraño planeta Solaris, donde deberá investigar una serie de sucesos extraños, que hicieron que sus tres tripulantes terminaran, uno suicidándose y otros con trastornos mentales.

Solaris no se parece a ningún otro planeta conocido, está enteramente cubierto por un océano de un gelatinoso líquido plasmático que pareciera un único enorme ser vivo.

Mientras más investiga, Kelvin hallará más preguntas que respuestas y será testigo de los mismos fenómenos que atormentaron a sus compañeros. La trama se acentúa cuando un día aparece en la estación espacial su esposa Hari, quien había muerto años atrás.

Sumido en una profunda crisis existencial, Kelvin comienza a cuestionarse el concepto de realidad, la inmensidad del cosmos y el humanismo entendido como esa característica que nos permite amar y ser amados. También Hari no entiende por qué se su existencia, empieza a tener conciencia de su propia realidad y al mismo tiempo revela una profunda desesperación ante la incertidumbre de su propio ser.

Solaris es calificada por unos como la respuesta soviética a “2001: Odisea del espacio”, y otros reclaman que es mal tildada como de ciencia ficción. Este genero, por un lado, puede mostrar batallas épicas y monstruos alienígenas y, por otro, plantear reflexiones sobre la relación del ser humano con la tecnología y la ciencia. Pero si bien en este film se muestra un choque entre la cultura clásica y el cientificismo -los científicos tratan de establecer un contacto con el cosmos, pero han perdido el contacto consigo mismos-, Tarkovski solo usa el contexto futurista de la estación espacial y un planeta lejano para exponer temas de la propia existencia humana y sus límites.

Y decimos límites ya que las dudas que sumen a Kelvin lo hacen ver en el planeta Solaris una forma de vida independiente superior a la humana. A partir de allí podemos pensar en una alegoría a la existencia de Dios -cosa arriesgada para una producción de la URSS-.

El planeta Solaris representa todo aquello que no podemos comprender, es angustia en estado puro, nos coloca a solas frente a nuestra falta de comprensión, rompe la omnipotencia y soberbia humana, y nos coloca a solas frente al infinito.

De hecho, el tema de Dios y la religión ya fue abordado por Andrei Tarkovski, en sus anteriores filmes; por “Andrei Rublev” tuvo problemas con la censura soviética.

Pero la URSS tenía una relación de amor-odio (o mejor dicho odio-amor) con el director, ya que, si bien sus películas reflexionaban sobre temas contrarios a la ideología del régimen, llegó a ser una figura tan importante para el cine que los rusos no podían darse el lujo de expatriar a un artista más, y optaron mejor por aprovechar la fama del director.

Andrei Tarkovski es sin duda el director soviético más importante del cine moderno cuya influencia ha sido masiva, y se nota en directores de la talla de Christopher Nolan, Ridley Scott o Alejandro González Iñárritu. Solo por citar algunos que casi le copian escenas enteras.

Pero su cine, si bien es aplaudido por sus pares y cinéfilos, no es un cine de masas. Muchos incluso lo catalogan de lento y demasiado reflexivo, pero como lo dijo el propio Ingmar Bergman “cuando una película no es un documento es un sueño, por eso Tarkovski es el más grande de todos … se mueve con absoluta seguridad en el espacio de los sueños, no explica nada, ¿qué tendría que explicar?”

Rodolfo Insaurralde