El Parlante

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Apuntes no matemáticos de economía – apuntes de praxeología – El soberano indiscutible del mercado

El individuo. El soberano indiscutible del mercado.

Carl Menger insiste en la importancia de tener claras las ideas sobre la conexión causal de los bienes. Así pues, el pan tiene conexión con la harina, que proviene del trigo, que necesita del campo para germinar y crecer. De manera clara y didáctica expone ordinalmente los bienes de acuerdo a las necesidades subjetivas que cada individuo. Así tenemos “bienes del primer orden”, que son aquellos bienes que tienen capacidad inmediata de satisfacer los requerimientos de los individuos, es decir bienes más cercanos al consumo final. De ser pan el bien sujeto de análisis, la relación causal nos lleva a analizar la cadena de la división del trabajo y llegamos a los ingredientes del pan, desde la harina hasta el trabajo del panadero.

Si recorremos retrospectivamente la relación causal del pan, nos toparemos con la harina, cuya utilidad, en caso de que la necesidad sea pan, no se encuentra en un primer orden, dado que la harina por sí misma no satisface inmediatamente la necesidad que satisface el pan, sin embargo, el pan no podría ser producido sin la inclusión de harina en la receta, así pues, tenemos a la harina como un “bien de segundo orden”, luego tendríamos el bien de capital molino, sin el cual no se fabricaría la harina, pero que para el consumidor final de pan, el molino en sí no representa utilidad alguna, este sería entonces un “bien de tercer orden”, y así sucesivamente (1). Es lo que se denomina demanda derivada (2).

Como podemos observar, es el deseo del individuo en consumir un bien para la satisfacción inmediata de su necesidad la que gatilla el inicio del proceso productivo, dando secuencia a la cadena de valor, que va generando la división del trabajo en sus instancias anteriores. Entiéndase que el deseo del consumo final es lo que motiva a los demás a producir los bienes que permitirán la producción de tal bien final. A lo que Wieser llamó imputación de valor, quién sustentó un debate con Eugen von Böhm-Bawerk respecto a la Teoría de Imputación, que fuera iniciada ya con Carl Menger. La imputación de valor se da a partir del valor que otorga el individuo a un bien, transformándolo en bien económico, como vimos en el apartado sobre bien económico y en el reciente ejemplo del pan.

Pero es determinante resaltar que La Ley de Say[1] o ley de los mercados, que expresa «los productos, en última instancia se intercambian por otros productos»

Jean Baptiste Say

“Un hombre que aplica su labor a la inversión en objetos con valor para la creación de algún tipo de utilidad, no puede esperar que tal valor sea apreciado y pagado, a menos que otros hombres tengan los medios para pagar por ellos. Ahora, ¿En qué consisten estos medios? Pues de otros valores de otros productos, como los frutos de la industria, el capital y la tierra. Lo que nos lleva a la conclusión aparentemente paradójica, que dice, que es la producción la que abre la oportunidad a la demanda” (3).

Say entonces sostiene que es la oferta la que generadora de demanda, y no la demanda la que genera oferta. Pero esto se entiende al analizar de qué está compuesta la demanda. La necesidad o preferencias por un bien, y el poder de compra. Aquello que puede ofrecer para demandar bienes determina su poder de compra. De modo tal que su demanda depende del poder de compra de su oferta. Aquel que quiere demandar un bien o servicio sin ofrecer nada a cambio no tendrá éxito. Es decir, para poder adquirir un bien, preciso es tener previamente un bien para poder realizar el intercambio[2].

Esto no quiere decir que cualquier oferta genera demanda. Sino que es el valor que el mercado asigna a lo que se ofrece lo que luego permite demandar bienes y servicios en el mercado. En este principio radica el error de algunos economistas que pretenden incentivar la producción facilitando el acceso a dinero o crédito que en efecto genera un aumento de demanda, que no significa necesariamente un aumento de producción.

Ese valor que el mercado asigna a un bien se forma como hemos visto, por medio del intercambio, bajo la ley de la utilidad marginal decreciente y costo de oportunidad. El individuo que desee satisfacer una necesidad, demandará para ello los bienes que considere aptos para su satisfacción, pero antes, deberá ofrecer o renunciar a cambio otro medio satisfaciente. En una economía autista, su trabajo sería lo ofrecido a cambio de los frutos de la naturaleza. Ya en una economía basada en un intercambio interpersonal voluntario, el individuo deberá ofrecer su servicio o algún bien a cambio del bien satisfaciente o de un bien que sea de común aceptación para el intercambio.

El ordenamiento subjetivo de sus necesidades induce al individuo a recurrir al intercambio para satisfacer una necesidad. Si el individuo no posee un bien, pero otorga mayor estima a ese bien que considera capaz de satisfacer su necesidad, estará dispuesto a entregar a cambio el fruto de su trabajo, cuya utilidad marginal considera inferior. Es ese análisis completamente subjetivo y por lo tanto individual.

Ya hemos visto que el desarrollo del intercambio permitió la profundización de la división del trabajo, la especialización y por consiguiente el aumento de la productividad, naciendo así el stock de bienes producidos exclusivamente para el intercambio. Entre todos los bienes producidos para tales fines, aquellos cuyos atributos como durabilidad, divisibilidad, común aceptación entre otros, han pasado a ser requeridos por cuanto mercader asistiera en las ágoras o los mercados, pasaron a adquirir una propiedad a la cual denominamos hoy día, liquidez.

En todo intercambio concurren al menos dos sujetos, ambos demandan bienes y al mismo tiempo ofrecen bienes, (es la Ley de Say en acción), sin embargo hoy día uno asume la posición de comprador y otro la de vendedor, y la diferencia es que el primero ofrece un bien más líquido y el segundo demanda un bien más líquido. El consumidor o comprador entonces es aquel que antes del intercambio posee el bien más líquido.

Las necesidades de los consumidores orientan la producción de los bienes. Nace así la figura del oferente de bienes, que hoy día es asumido por el empresario, cuyo fin máximo es como todo ser humano, buscar su propio beneficio, pero para lograrlo, debe ser capaz de suministrar bienes satisfacientes a los consumidores. Y el canal por el cual se conecta con los consumidores es el mercado, cuyo soberano es el consumidor, es decir, aquellos individuos que poseen el bien más líquido.

“El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de toda persona por mejorar su condición… es con frecuencia bastante poderoso como para mantener el progreso natural de las cosas hacia su perfeccionamiento, a pesar de las extravagancias del gobierno o de los errores mayúsculos de la administración” (4).

Ludwig Von Mises

Los individuos buscan vender sus bienes y servicios en el mercado más caro, y comprar los bienes y servicios en el mercado más barato, por tanto, acudirán adonde por menores precios les serán ofrecidos los bienes y servicios que desea adquirir, teniendo en cuenta sus subjetivas escalas valorativas de calidad o cual atributo considere importante. Es así que mediante la compra o la abstención a ella, el consumidor determina quienes han de poseer las plantas fabriles y las explotaciones agrícolas (5). En sus manos o más bien en sus deseos y capacidad de pago se encuentra el poder de enriquecer al pobre o empobrecer al rico.

Si un empresario es incapaz de suministrar bienes capaces de satisfacer las necesidades del consumidor, éste fracasa, es condenado por el mercado. Ante la demanda, se presentan oferentes en el mercado, donde compiten, por una porción de la estima del consumidor, éste, buscando adquirir lo mejor al menor precio posible, hace con que la competencia entre oferentes, haga con que éstos vayan ofreciendo mejores productos a mejores precios. A eso Mises llama la soberanía del consumidor.

Pero la soberanía del mercado solo es posible en libertad. Solo un mercado libre de intervenciones es el hábitat del consumidor soberano. Los mercados en los que el consumidor pierde su soberanía son los mercados intervenidos. Así tenemos mercados subsidiados, mercados con monopolios, los monopolios como analizaremos más adelante, se dan solo con anuencia estatal, como concesiones de privilegios.

Es ese poder del individuo como consumidor el que debe ser analizado pormenorizadamente, pues la disposición de sus necesidades, sus valoraciones subjetivas, la conciencia de la utilidad marginal, su preferencia temporal, la calidad de su trabajo y su predisposición al ahorro, serán lo que permitirán al individuo aumentar sus posibilidades de evitar la pobreza relativa, prosperar y enfrentar las incertidumbres del futuro. Estas manifestaciones praxeológicas son las que conducen nuestras decisiones y van formando los precios de mercado.

“Cada uno de nosotros, comprando o dejando de comprar y vendiendo o dejando de vender, contribuye personalmente a la formación de los precios del mercado” (5).

Si el mercado es libre, nadie podrá acumular capital, a menos que ofrezca un servicio a alguien. El capital siempre se coloca al servicio de otras personas que no lo tiene, y es utilizado siempre para la satisfacción de una necesidad que otras personas quieren ver satisfechas (6). Es decir, si yo tengo un molino de trigo, si no lo pongo a disposición de los consumidores, acopiando trigo, para moler y luego suministrar la harina a la siguiente etapa productiva, de nada me sirve el molino, y eso pasa con cada una de las etapas de producción.

Si en algún momento los consumidores deciden no desear más consumir pan, pues todo el ingenio molinero deja de tener valor como tal. Menger da un ejemplo similar, suponiendo que los consumidores dejen de fumar, con lo que todo ingenio tabacalero deja de tener valor, y por ende su propietario debe desmantelarlo o cambiar su función para que siga teniendo algún uso o valor.

Frèdèric Bestiat

Como vimos, en última instancia es siempre el consumidor el que decide que se produce y que no, pues sus decisiones de compra orientan a los productores hacia dónde dirigir u orientar la asignación de recursos.

Tales decisiones ya hemos visto que están influenciadas por varias leyes praxeológicas y también hemos visto que el dinero es un mercancía que asume la función de medio de intercambio y por tanto a cada transacción asume una función de unidad de cuenta, pues sirve para registrar la tasa en la cual ha sido intercambiado un bien, a lo que llamamos precio, el cuál transmite la información parcial del cual se valen compradores y vendedores en un mercado para la asignación de los recursos que disponen y la creación de valor por medio de la innovación.

Con esto he tratado de abordar algunos puntos que hacen a la concepción del individuo como agente económico, su poder y alcance. A partir del siguiente capítulo abordaré algunas aplicaciones microeconómicas con algunos matices vernáculos de lo tratado en este capítulo.

Bibliografía

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1. Menger C. Principios de Esconomía Política. 1983rd ed. Villanueva M, editor. Viena: Unión Editorial (Madrid); 1871.
2. Marshall A. Principles of Economics. Octava ed. London: Macmillan and Co.; 1920.
3. Say JB. A Treatise on Political Economy. 1971st ed. New York: Augustus M. Kelley Publishers ; 1821.
4. Smith A. La Riqueza de las Naciones Braun CR, editor. Edimburgo: Titivillus; 1776.
5. Mises LV. La Acción Humana. Tratado de Economía. Undécima ed. Editorial U, editor. Madrid: Unión Editorial; 2011.
6. Bastiat F. Economic Harmonies Huszar GBd, editor. New York: Online Library of Liberty; 1850.

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[1]                    Jean Baptiste Say, fue un economista y empresario textil francés que vivió entre 1767 y 1832, es uno de los principales exponentes de la Escuela Clásica de Economía.

[2]                    La Escuela Autriaca sostiene que una interpretación equivocada de la Ley De Say fue utilizada por John Maynard Keynes para desarrollar su Teoría General, por lo que primó en su trabajo el incentivo artificial al consumo.

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