El Parlante

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Divulgación Economía

Economía básica: cómo conocer estas falacias te hará más inteligente

La economía es una ciencia relativamente joven que se ha sabido posicionar, hoy en día, como una de las carreras y/o materias de estudio más importantes del mundo; por ello, por más que no estés interesado en seguir esta carrera, es de vital importancia conocer los principales conceptos y falacias. En este artículo me dedicaré a desmontar las principales, las esencias de las falacias que se enmascaran y regresan como nuevas propuestas para cumplir su objetivo: hacer de este sistema solo bueno para unos pocos.

La ventana rota

Imaginen que un niño lanza una piedra contra el vidrio de una panadería. La gente que pasa, empieza a charlar y concluyen que después de todo, esta desgracia tiene su lado bueno: ha de beneficiar a algún vidriero. Empiezan las preguntas. ¿Cuánto cuesta un vidrio de este tamaño? ¿Cuatrocientos mil? Es una suma importante, pero al fin y al cabo, si los vidrios no se rompieran nunca, ¿Qué harían los cristaleros?

La gente se retira y el vidriero tendrá cuatrocientos mil más para gastar en otros comercios, quienes, a su vez, también incrementarán sus adquisiciones en otros y así hasta el infinito. Es correcto pensar que, en principio, el vidrio roto representa beneficios para algún cristalero, quien recibirá la noticia con satisfacción. Pero analicemos el asunto desde otro punto de vista. Al tener que reponer el vidrio se verá obligado a prescindir del traje o de alguna necesidad o lujo equivalente.

En lugar de un vidrio y cuatrocientos mil, solo dispondrá de lo primero o bien, en lugar del vidrio y el traje que pensaba comprar aquella misma tarde, habrá de contentarse con el vidrio y renunciar al traje. La comunidad, como conjunto, habrá perdido un traje que de otra forma hubiera podido disfrutar; su pobreza se verá incrementada en el correspondiente valor. La gente solo consideraba dos partes de la transacción: el panadero y el cristalero; olvidaba una tercera parte: el sastre. Este olvido se explica por la ausencia del sastre en la escena. El público verá al día siguiente el vidrio reparado, pero nunca podrá ver el traje extra, precisamente porque no llegó a existir.

Queda aclarado así esta falacia esencial. Cualquiera -se piensa- la desecharía luego de una breve meditación. Sin embargo, este tipo de sofismas, bajo mil disfraces, es el que más ha persistido en la historia de la economía. A diario vuelve a ser proclamado por cámaras de comercio, jefes sindicales, columnistas de prensa, etc. Por diversos caminos todos ponderan las ventajas de la destrucción.

Las obras públicas incrementan las cargas fiscales

Es cierto que una cantidad del gasto público es indispensable para cumplir funciones esenciales del Gobierno. Cierto número de obras públicas —calles, puentes y túneles, arsenales y astilleros, edificios para los cuerpos legislativos, la policía— son necesarias para atender los servicios públicos. Estas obras públicas, útiles de por sí, no conciernen a nuestro estudio. Se ha construído un puente.

Si se ha hecho para atender a una insistente demanda pública; si se resuelven problemas de tráfico; si, en una palabra, incluso es más necesario que las cosas en que los contribuyentes hubiesen gastado su dinero de no habérselo quitado el gobierno, nada cabe objetar. Ahora bien, un puente que se construye primordialmente «para proporcionar trabajo» es de una clase muy distinta. Cuando el facilitar empleo se convierte en la finalidad, la necesidad pasa a ser una cuestión secundaria. Dos argumentos se formulan a favor del puente: la primera es principalmente antes de su construcción; la segunda, cuando ya está terminado.

Primeramente se afirma que tal obra dará trabajo. Facilitará, pongamos, 500 jornales diarios durante un año, dando a entender que tales jornales no hubiesen existido de otro modo. Esto es lo que se ve a primera vista. Pero si nos hallamos algo instruidos en el ejercicio de considerar las consecuencias remotas por sobre las inmediatas, el cuadro ofrece perspectivas bien distintas. Es cierto que un grupo de obreros encontrará colocación. Pero la obra ha sido pagada con dinero sacado mediante los impuestos. Por cada dólar gastado en el puente habrá un dólar menos en el bolsillo de los contribuyentes. Si el puente cuesta un millón de dólares, los contribuyentes habrán de abonar un millón de dólares, y se encontrarán sin una cantidad que de otro modo hubiesen empleado en las cosas que más necesitaban. En su consecuencia, por cada jornal público creado con motivo de la construcción del puente, un jornal privado ha sido destruido en otra parte. Podemos ver a los hombres ocupados en la construcción del puente.

El argumento del empleo usado por los inversores oficiales resulta así tangible y sin duda convencerá a la mayoría. Ahora bien, existen otras cosas que no vemos porque desgraciadamente se ha impedido que lleguen a existir. Son las realizaciones malogradas como consecuencia del millón de dólares arrebatado a los contribuyentes. En el mejor de los casos, el proyecto de puente habrá provocado una desviación de actividades. Más constructores de puentes y menos trabajadores en la industria del automóvil, radiotécnicos, obreros textiles o granjeros.

Pero estamos ya en el segundo argumento. El puente se halla terminado. Supongamos que se trata de un airoso puente y no de una obra antiestética. Ha surgido merced al poder mágico de los inversores estatales. ¿Qué habría sido de él si opositores y reaccionarios se hubiesen salido con la suya? No habría existido tal puente y el país hubiese sido más pobre, exactamente en tal medida. Una vez más los jerarcas disponen de la dialéctica más eficaz para convencer a quienes no ven más allá del alcance de sus ojos. Contemplan el puente. Pero si hubiesen aprendido a ponderar las consecuencias indirectas tanto como las directas, serían capaces de ver con los ojos de la imaginación las posibilidades malogradas.

En efecto, contemplarían las casas que no se construyeron, los automóviles y radios que no se fabricaron, los vestidos y abrigos que no se confeccionaron e incluso quizá los productos del campo que ni se vendieron ni llegaron a ser sembrados. Para ver tales cosas increadas se requiere un tipo de imaginación que pocas personas poseen. Acaso podamos pensar una vez en tales objetos inexistentes, pero no cabe tenerlos siempre presentes, como ocurre con el puente que a diario cruzamos. Lo ocurrido ha sido, sencillamente, que se ha creado una cosa a expensas de otras.

Los impuestos desalientan la producción

Cuando una empresa pierde cien centavos por cada dólar perdido y sólo se le permite conservar sesenta de cada dólar ganado; cuando no puede compensar sus meses de pérdidas con sus meses de ganancias, o no puede hacerlo adecuadamente, su línea de conducta queda perturbada. No intensifica su actividad mercantil, o si lo hace, sólo incrementa aquellas operaciones que implican un mínimo de riesgo. Aquellos que se percatan de esta realidad se retraen de iniciar nuevas empresas.

De esta suerte, los empresarios establecidos no provocan la creación de nuevas fuentes de trabajo o lo hacen en grado mínimo; muchos deciden no convertirse en empresarios. El perfeccionamiento de la maquinaria y la renovación de los equipos industriales se produce a ritmo más lento, y el resultado, a la larga se traduce en impedir a los consumidores la adquisición de productos mejores y más baratos, con lo que disminuyen los salarios reales.

Si pierden el dólar completo cuando pierden, pero sólo pueden conservar una parte de él cuando lo ganan, llegan a la conclusión de que es una tontería arriesgar su capital. De esta suerte, el capital disponible decrece de modo alarmante. Queda sujeto a imposición fiscal aun antes de ser acumulado. En definitiva, al capital capaz de impulsar la actividad mercantil privada se le impide, en primer lugar, existir, y el escaso que se acumula se ve desalentado para acometer nuevos negocios. El poder público engendra el paro que tanto deseaba evitar.

Una cierta carga fiscal es, naturalmente, indispensable para cumplir las funciones esenciales de todo Gobierno. Unos impuestos razonables, adecuados a estos fines, no interfieren seriamente la producción. Los servicios públicos que ofrecen a cambio y que, por lo demás, salvaguardan la producción misma, suponen más que suficiente compensación. Ahora bien, cuanto mayor sea el porcentaje de renta nacional que absorban las cargas fiscales, tanto mayor será la disuasión ejercida sobre la producción y la actividad privada.

Como conclusión quiero citar como principal fuente de este artículo a Henry Hazlitt y a su libro «Economía en una lección» del cual gran porcentaje de este artículo son citas del mismo. En él podrán encontrar estas y más falacias desmontadas. Tienen dos opciones, leer el libro (que está genial) o esperar a que saque otro artículo tocando las otras falacias; les recomiendo la primera ya que publico cada siglo.

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