Cartas al Editor: Una Lectora habla sobre el Post Aborto

Cartas al Editor: Una Lectora habla sobre el Post Aborto

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Señor (es) Editor (es).

Periódico El Parlante Digital.

Asunción, Paraguay.

He leído que han publicado un artículo sobre una chica que se practicó un aborto clandestino y sobre el sufrimiento que ella padeció por causa de su decisión. He querido compartir también mi experiencia.

No quiero que esta carta la lean pensando que tiene como fin promover el catolicismo, el feminismo o cualquier otro tipo de secta o movimiento. Quiero que la lea una chica que cree, como creí yo, que el aborto era la única solución a la desesperada situación que está viviendo. Quiero que la lea esa mamá o ese papá, que piensa que acompañándole a tomar esa decisión a su hija le está salvando de la sociedad y de «arruinar su futuro» de estudios o de ser una buena señorita.

Hoy quiero contarles sobre la vida «post aborto». Mi nombre es Martina y cuando decidí abortar tenía 22 años. Tenía también 7 meses de novia y me aterró bastante haberme enterado que estaba embarazada. Sentí que mi mundo se fue abajo, sentí un miedo que me corría en todo el cuerpo y en ese momento se cerraron mis oídos hasta el día en que hice lo que hice. Mi peor miedo fue enfrentarme a mis padres, a mí mamá sobre todo, que siempre fue muy estricta, que siempre me habló de «no ensuciar el apellido», y de la vergüenza que iba a ser para mis tíos sí me quedaba embarazada de soltera.

Lastimosamente, tuve supuestas amigas que me acompañaron en ese momento «como buenas amigas». Lo único que hicieron fue decirme que era la mejor decisión, de hecho, ellas decían que también abortaron en años anteriores y me hablaron de eso como sí fuera la octava maravilla del mundo. Déjenme decirles que ellas, mis supuestas amigas, me hablaron de todo lo que según ellas fue «positivo» que trajo en sus vidas el aborto, pero jamás se atrevieron a decirme lo más importante y lo más fundamental: cómo iba a ser mi vida «postaborto».

No se atrevieron, en ningún momento, a decirme que ya nunca sería capaz de mirarme en el espejo sin considerarme a mí misma como una asesina, como una hipócrita que muchas veces tenía que felicitar a otras mujeres que quedaban embarazadas, como una chica que sentía ganas de llorar hasta morir cuando le invitaban para ir a un babyshower. Déjenme decirles que nunca más pude dormir tranquila, nunca más pude lograr dejar de tener miedo a la oscuridad. Nunca más me sentí una «buena persona», como tanto querían mis padres que fuera.

La felicidad desapareció de mi alma. Les quiero decir que hubiese preferido haber pasado una semana, un mes o nueve meses de malos momentos en mi casa, contándoles la noticia, que me odien, que no me hablen, que se avergüencen de mí y todo lo demás que capaz me iba a pasar. Hubiese preferido todo eso antes que estar pasando estos últimos 7 años de mi vida lamentándome cada día por la peor decisión que tomé en mi vida, lamentándome porque nunca más volví a ser feliz.

Sí me preguntan por mi pareja, él también se escandalizó. Ambos estábamos en la facultad y nuestros trabajos no eran nada estables en esos momentos. Me apoyó con miedo, me acompañó a varios lugares y cuando tomé la decisión de irme sola un día, se enojó y me culpó hasta el último día de ser una porquería. Me trataba como sí fuera la peor basura del mundo y realmente, nunca pude decirle que yo no era eso, porque yo también creía eso. Aguanté muchos malos momentos y malas palabras por nada, porque al final yo ya había decidido lo que tenía que pasar, sin haberle preguntado a mi pareja de entonces.

Sí me preguntan cómo llegué al local, fue una de mis «grandes amigas» la que me acompañó, porque ella había abortado en ese lugar. Déjenme decirles que ese lugar está en mi cabeza cada segundo de mi vida, nunca más pude borrar de mi mente esa dirección, esa zona, la cara de la señora y el peor instante de mi existencia, que fue cuando desperté luego de haberse consumado el acto…

La señora me endulzó los oídos y me dijo todo lo que quise escuchar. Me hablaba del derecho que tiene la mujer de decidir sobre su cuerpo y de todo lo que cuesta sobrellevar un embarazo no deseado a esa edad. Les digo que desde el primer momento en que me habló la señora, me cayó malísimo. Me hablaba con tanto cariño para tratar de engatusarme, me hablaba de tanto feminismo que me asqueó tanto. Fui tres veces a verle, la primera para consultar y por más que me dio tanta mala espina, era la única luz que vi en mi desesperación, ¡ella era la salida! La segunda vez, fui pero no me animé a entrar, era el día fijado para abortar y no me animé. Lloré tanto en mi auto frente al local y dije que jamás sería capaz de hacer eso. Le dejé plantada. La tercera y definitiva vez, luego de semanas, finalmente fui sola y en todo momento deseé que me surja una urgencia, una llamada, cualquier cosa que me impida entrar, alguien que me ataje, alguien que me golpee en la cara, que me zarandee y me grite que no tenía que entrar. Pero justo ese día, absolutamente nadie me escribió.

Antes de entrar, me despedí de todos y les dije cuánto quería a mis papás, a mi novio de entonces. Y finalmente, les quiero contar que cuando entré no paraba de temblar, parecía que estaba viviendo una película de terror. Desvestirme se sintió como lo más asqueroso que me haya pasado en la vida, sentarme y tener que abrir las piernas para que se realice el aborto fue lo más repulsivo y repugnante que jamás alguien podrá imaginar. ¡En todo momento pedí que alguien me salvara de estar allí y nadie llegó!

Deseo que todos los que hayan llegado a leer esta carta y se encuentren en este punto, puedan tomarse un momento para ver esta escena en sus mentes. 1 minuto de su tiempo para que se pongan en mi lugar y se imaginen la situación. Despertar en una camilla y sabiendo que acababa de cometer un asesinato… ¡Un terrible asesinato! ¡Acabé con la vida de un ser humano, de una persona, de mi propio hijo!

Repito: ningún solo día de mi vida volví a tener paz. Ningún sólo día volví a sentirme una buena chica. Ningún sólo día dejé de creer que mi novio de entonces, que me insultaba y me despreciaba merecidamente por la decisión que yo sola, yo solita tomé, tenía toda la razón del mundo por cada una de las palabras que me dijo por lo que hice. ¡Ya nunca más volví a ser feliz!

Me volví muy solitaria, a mis «supuestas mejores amigas» las fui alejando de mi vida lo más que pude. Por supuesto, terminé con mi novio de entonces, quien nunca me perdonó por lo que hice y tampoco yo me puedo perdonar a mí misma, era demasiada carga y demasiado dolor para ambos. Nunca volví a tener paciencia e incluso dejé de amar a mis padres como los amaba antes de esta tragedia. El amor puro que sentía hacia ellos se convirtió en un hueco, en un amor vacío.

Quiero contarles que llegué a «Proyecto Esperanza» pensando que me iban a ayudar a salvar mi noviazgo insano. Gané mucho más que eso. Quiero contarles que me ayudó a salvarme de una tristeza muy profunda y de una relación que se convirtió en enferma. Quiero contarles que gracias a «Proyecto Esperanza» hoy puedo sobrellevar mi vida, puedo encontrarle un nuevo sentido, puedo entender que lastimosamente no se puede borrar el pasado pero cada día que pasa consigo verme al espejo y decir que solamente gracias al poder de Dios pude salvarme de no haberme suicidado en años anteriores. Eso hizo el «Proyecto Esperanza» en mí.

Quiero que esta carta llegue a todas esas chicas que hoy dicen que tienen el derecho a decidir por sus cuerpos y es verdad, doy testimonio de que tuve ese supuesto «derecho» y la supuesta «libertad» de decidir ser una asesina antes que haber sido la mejor mamá del mundo. Y no saben lo que daría, 7 años después, para que ese día alguien me haya atajado. No saben lo que daría de verles a mis papás como les veo ahora, babosos por mi sobrino, pero que ese niño haya sido mi hijo, al que yo misma maté. No saben lo que daría por ser una orgullosa mamá joven y soltera, antes que ser una asesina. No saben lo que yo daría por ustedes para que no tengan que ir a «Proyecto Esperanza» para superar un aborto. Nada en este mundo vale más que tu paz, tu conciencia, tu felicidad, porque son los sentimientos que van a acompañarte cada segundo de tu vida. No vale la pena arruinar tu propia vida por el «qué dirán», ni siquiera por «no decepcionar a tus padres por haberte embarazado». No tiene la culpa un niño indefenso de no habernos comportado con la responsabilidad que se tenía que tomar, no tiene la culpa y mucho menos debería morir descuartizado un pobre bebé que vos mismo creaste.

Hoy, les digo, que me hubiese gustado que alguien me haya leído esta carta y por sobre todo, me hubiese gustado enterarme que el «postaborto» es peor que el mismo «aborto».

FIRMADO: Martina Nascimento (Luque).

El Parlante