El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Efemérides Roma Eterna

El último día de Juliano

En el ocaso de un día como hoy, 26 de junio, del año 363 d. C., mientras dirigía el ejército romano como emperador, Juliano, al que los cristianos fanáticos denominaron “Apóstata”, perecía en extrañas circunstancias marcadas por toques legendarios, ante una lanza que «cayó de los cielos», que nadie supo decir de dónde provino, en el fragor de la batalla ante los partos del Rey Sapor; su médico personal Oribasio no pudo contener la efusiva pérdida de sangre que le provocó tal herida. Conviene recordarlo como lo que fue, un héroe, un gran césar primero y emperador después, aunque brevemente, un escritor prolífico, pensador eminente y filósofo, el último ejemplo de un romano que asumía de nuevo, como creencia, la antigua religión pagana, desde el punto de vista cristiano, y posteriormente, treinta años después, tendría su momento más álgido bajo el edicto de Teodosio I, que no tenía nada de grande, comparado al ser humano al que recordamos hoy.

Juliano nació en la recientemente fundada ciudad de Constantinopla en una fecha inderterminada entre los años 330-331 d.C., como Flavius Claudios Julianus, era hijo de Julio Constancio y de Basilina. Julio Constancio era hijo de Constancio Cloro, fundador de la segunda Dinastía Flavia o de los Segundos Flavios como se los conoce. Por órdenes imperiales fue a Nicomedia donde bajo los auspicios y enseñanzas de Eusebio, pariente de la familia, aprendió las bases de la filosofía clásica greco-latina o helenística, historia, oratoria y retórica, a la usanza griega. Cuando Eusebio marchó a la ciudad de la Iglesia de la Santa Sabiduría construida durante el reinado de Justiniano, hoy convertida en Mezquita, desde la conquista de Mehmed II, obtuvo una gran preparación por parte del eunuco Mardonio de quién aprendió el gusto por la lectura de los grandes poetas, Hesíodo y Homero, se le inculcó el amor a lo eterno y perenne y la oposición a los placeres mundanos inútiles, esto provocó en el joven una gran influencia para siempre, bibliófilo contumaz, después, cuando Eusebio de Nicomedia murió partió por órdenes imperiales a Macellum, en Capadocia junto con su hermano Galo; allí recibieron ambos una educación cristiana.

El Emperador Juliano.

Luego, nuestro joven filósofo marchó para ocupar su residencia en Constantinopla donde aprendió gramática del gran sabio Nicocles y retórica del no menos famoso Hecebolio pero algo le faltaba y es que en Nicomedia, y a pesar de las prohibiciones de regresar a esa ciudad que lo acogió por cierto tiempo, estaba impartiendo clases el legendario rétor Libanio, que no podía perdérselas. Con el ingenio y la fortuna de su parte, pudo acceder a estas clases magistrales y cultivar con el maestro una gran amistad que duró toda la vida.

Fue un gran militar, además una gran ayuda para el imperio ya que su valentía, honorabilidad y caballeresco porte de héroe infundía en las tropas seguridad y devoción, no obstante, esto llevó a Constancio a desconfiar de las ambiciones del joven césar; Juliano ganó muchas batallas hasta que accedió de manera pacífica al gobierno del mundo cuando fue nombrado Augusto y por ende, Emperador. No tardó en granjearse la simpatía de los paganos a quienes consideraba como el ideal que salvaría a Roma de la desintegración, ya caída en una decadencia religiosa con la oleada del cristianismo; los representantes de éste, justamente empezaron a entender que el nuevo emperador, bien entendido en temas políticos y militares, podría ser una amenaza seria para los intereses fanáticos de los cristianos, a quienes trataba de convencer de sus intenciones con la elocuencia del que clama en el desierto.

Su gobierno del mundo duró muy poco, enfrentado como estaña a las muchas ciudades que le negaban la categoría de hombre de bien por su inclinación a los rituales paganos, no dudó en poner su vida a las órdenes del dios Sol a quién dicen, ofreció su vida y sus valerosas acciones.

Juliano escribió varios libros de un valor literario inimaginable, la calidad y erudición de sus cartas y discursos son ejemplos de la más grande creatividad y exuberancia en la estilística, tan cara a los actuales cultores del arte escritural.

Según Amiano Marcelino, mientras agonizaba dictó sus últimas palabras para su epitafio y las comparto aquí, en la brevedad del espacio:

«Ahora es amigos, el momento más oportuno para abandonar esta vida, ahora que estoy contento de volver a la naturaleza, a petición suya, como un honrado deudor y no –como algunos creen- afligido y triste, sino tras haber aprendido por la opinión común de los filósofos cuánto más feliz es el alma que el cuerpo, y observando cuántas veces una condición mejor se sigue de una peor, debemos alegrarnos más que lamentarnos. Y hay que notar que también los dioses celestiales a algunos hombres de gran virtud les han dado la muerte como premio supremo. Pero este presente sé muy bien que se me ha dado para que no sucumba a las mayores dificultades, para que no ceda ni me humille jamás conociendo por la experiencia que todos los dolores, así como se imponen a los débiles, ceden ante los esforzados. No me arrepiento de lo que he hecho ni me atormenta el recuerdo de ninguna ofensa grave; cuando estaba confinado en la sombra y en la oscuridad, y después, cuando alcancé el principado, conservé mi alma sin mancha –según creo-, como corresponde a su origen celeste, gobernando los asuntos civiles con moderación, haciendo o repeliendo las guerras sólo tras detenida reflexión, aunque el éxito y los planes bien pensados no concuerdan a menudo, porque los poderes superiores reclaman para sí el resultado de cualquier empresa. Considerando que el objetivo de un gobierno justo es el bienestar y seguridad de sus súbditos, estuve siempre más inclinado a medidas pacificadoras, como sabéis, y no permitiéndome ninguna licencia en mi conducta, que corrompiera mis acciones o carácter, me marcho contento, sabiendo que tantas veces como el estado me ha expuesto deliberadamente a los peligros, como un padre exigente permanecí firme, acostumbrado como estoy a pisar las tormentas del azar. Y no me avergonzará confesar que moriré por la espada como aprendí hace tiempo por una verídica profecía. Por ello agradezco al poder eterno que mi muerte no venga de ocultas asechanzas ni por el dolor de una larga enfermedad ni con el destino de los condenados, sino a medio camino de una gloria floreciente haya sido digno de una noble salida de este mundo. Pues el mismo juicio merecen el débil y el cobarde que desea morir cuando no debe y el que intenta evitarlo cuando su hora ha llegado. Es suficiente lo que he dicho, porque mis fuerzas me abandonan. En cuanto a la elección de un emperador, guardo prudentemente silencio, no vaya a dejar de lado por ignorancia a alguna persona de valor o, si nombro alguno que considero adecuado, si otro le es preferido, pueda exponerle a un peligro mortal. Pero como honrado discípulo de nuestro país deseo que se encuentre un buen gobernante para sucederme»[1]. (pp. 52-53)

Así se extinguía la vida de este insigne hombre, que llegó a su muerte, como Alejandro el Grande, en Oriente a tan corta edad. Los cristianos se burlaron en vida y después del joven emperador, lo vilipendiaron, dijeron de él las peores mentiras, atrocidades de mentes enfermas, envidiosos en la historia crecen siempre a borbotones; quizás, Juliano era un fuera de serie, alguien distinto que nunca podría sentirse a gusto entre tanta intolerancia, dogmatismo y fanática persecución, porque los cristianos se volcaron a discriminar y perseguir con saña a todos aquellos que no creían en su Dios, tal vez, Voltaire, aquel genio de la pluma venenosa pero también olímpica, nos pueda dar luz sobre este punto, pues, lo recuerda con efusividad en su Diccionario de la siguiente manera:

«Hombres de ingenio más sensatos que los detractores de Juliano pueden preguntar cómo sucede que un hombre de Estado, de ingenio y filósofo, como dicho emperador, abjurara el cristianismo, cuyas ridiculeces y absurdos debía conocer. Si la razón de Juliano se rebeló contra la creencia de los misterios de la religión cristiana, debió rebelarse mucho más contra las fábulas de los paganos. Quizás estudiando el curso de su vida y observando su carácter, pueda comprenderse qué es lo que le inspiró aversión al cristianismo. El emperador Constantino, hermano de su abuelo, que estableció la religión cristiana, desde su trono, se manchó con los asesinatos de su esposa, de su hijo, de su cuñado, de su sobrino y de su suegro; los tres hijos de Constantino inauguraron su funesto reinado degollando a su tío y sus primos. Estos delitos fueron el prólogo de las guerras civiles y de los asesinatos que ensangrentaron aquellas regiones. El padre, el hermano mayor de Juliano, sus parientes y él mismo siendo niño, se vieron condenados a morir por su tío Constancio; y él pudo escapar de la matanza general. Pasó sus primeros años en el destierro y por fin, debió la salvación de la vida, de su fortuna y el título de césar a la emperatriz Eusebia, esposa de su tío Constancio, que, después de usar de la crueldad, de proscribirlo en su niñez, tuvo la imprudencia de hacerle césar, y luego la imprudencia todavía mayor de perseguirle. Juliano presenció la insolencia con que un obispo trató a su bienhechora Eusebia. Se llamaba Leontius, y era obispo de Trípoli. Envió a decir a la emperatriz que ni iría a visitarla, si no le recibía del modo conveniente a su carácter episcopal; ella salió a recibirle hasta la puerta, obtuvo su bendición inclinándose y permaneció de pie hasta que el obispo le permitió que se sentara. Los pontífices paganos no se portaban así con las emperatrices; y esa vanidad brutal debió producir honda impresión en el espíritu del joven, que era ya apasionado de la filosofía y de la sencillez»[2]. (p. 91)


[1]Marcelino, Amiano, XXV, 3, 7. Citado en “Juliano”. Discursos I-V. Introducción de Blanco, José María. Editorial Gredos. 1979.

[2]Voltaire. Diccionario Filosófico. Tomo III. Universidad Autónoma de Sinaloa. México. 1982

Para un estudio de la primera época de Juliano desde su juventud hasta su nombramiento como césar por Constancio ver Marcelino, Amiano. Historias I. Libros XIV-XIX. Editorial Gredos. 2010.

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