El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Efemérides

La ejecución de María Antonieta: Una reflexión no narratúrgica

Mientras se acercaba al cadalso montado para la ocasión en la Plaza de la Revolución, María Antonieta creyó pasar de nuevo por todas las penalidades previas, por ese sentimiento de pavor por un lado y después, sin salida, cuando empezó a subir esos peldaños tenebrosos, sencillamente se dejó vencer por la absurda enormidad de esa Guillotina en la cual se reflejaban los rostros irreconocibles, misteriosos, lejanos, de sus hijos no reconocidos.

No concebía final más común e impío ni menos heroico y solemne para una «austriaca», que vivió en medio de gente a la que nunca conoció, a la que jamás quiso conocer. La realeza había caído, y todos estaban felices, contentos, alegres, voluptuosos, la chusma plebeya se emborrachaba en las tabernas y vomitaba sus esperanzas en la noche que finalmente los envolvió a todos, más temprano que tarde. Pero, mientras durase la jerigonza todo bien, era mejor dejarse llevar por la oleada que martirizaba a los sindicados como culpables por actuar o peor, por no hacerlo.

María Antonieta antes de su ejecución, grabado anónimo (1850).

El pueblo francés pedía a gritos socorro para atiborrarse de ejecuciones espectaculares y sangre salpicada en sus mejillas pálidas de hambre, para gozar del éxtasis de ver a la realeza sin cabeza. Y Robespierre, ese genio que de tanta bondad que rebosaba convertía aquella bienaventuranza en la malignidad más rebuscada, en un jolgorio donde se embadurnaron de sangre de inocentes y culpables por igual, de criminales e «indeseables políticos», todos, absolutamente todos los victimarios y víctimas en una orgía virulenta de caótica mortandad.

No pasaría mucho tiempo para que el destino pusiera a los secuaces del Terror convertidos en perseguidores y ejecutores en contra de sí mismos, transformados un año después, apenas, en perseguidos y ejecutados por la mismísima Diosa Guillotina. La muerte del mismo Robespierre no pudo ser menos ominosa, lamentable, indiferente, sin importancia. Solo un año atrás, Maximilien era sin duda, el nuevo Cura Párroco de la Nueva Iglesia creada a imagen y semejanza de la humanidad, pero era simplemente, otra cara del Dios Vengador.

Pero ninguna cabeza fue suficiente para pacificar los ánimos, ni la sangre que corría como riachuelos por las calles de Francia fue un bálsamo para bordear los acantilados de la muerte y cesar en la sed de culpables.

No quedaría mucho tiempo para que el gran corso, testigo, maquinando en la oscuridad y el silencio, releyendo los tribunales en las medianoches que se hiciera cargo posteriormente del descontrol y el caos. Se necesitaba de alguien suficientemente audaz y a la vez fuerte, elevado y sublime, para liberar a Francia de la barbarie. El terreno estaba pleno, el buen estratega, solo debía emplazar sus trincheras allá donde las posibilidades dieran rienda suelta a las ironías de la fortuna. Todo esto pasaba un día como hoy de 1793.

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