Inversión de la Renta Vital

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Por Gonzalo Vitón[1] y Eduardo Tamayo Belda[2]

Tiempo, renta y energía

Tiempo, renta y energía, o lo que es lo mismo, administrar el rendimiento y el disfrute material del trabajo de una vida; ése, de manera muy resumida, es el objetivo de discusión en este texto. La idea, como no podía ser de otra manera en la parodia en que se está convirtiendo el siglo XXI en sus primeras décadas, vino de manera fugaz, fruto casi de una broma. Pero aquella gracia dejó paso rápidamente a la inspiración, a la idea detrás de la chanza: intentar entender cómo concebimos los seres humanos el orden del enriquecimiento y el bienestar durante la vida y, lo que es más importante, preguntarnos si podemos cambiarlo.

Pero vaya por delante la primera consideración que nuestras lectoras deben entender y aceptar (sea con resignación o entusiasmo): no nos proponemos solucionar nada —absolutamente nada— del estado socioeconómico actual, o sea, del sistema capitalista. El mundo contemporáneo, asentado sobre los inestables pero en ciertos períodos eficaces —y a menudo desiguales— mecanismos del sistema capitalista, podría seguir siendo tal aún aplicándose los cambios que aquí se proponen; es más, nuestra propuesta de transformación asume precisamente la lógica capitalista. La riqueza seguirá existiendo, la propiedad privada también, el enriquecimiento seguirá siendo tan desequilibrado como ahora (al igual que la herencia), la esclavitud, la explotación, el patriarcado, los grandes lobbies político-económicos, la corrupción, la injerencia de lo privado en lo público y la de lo público en lo privado… Todo, seguirá como está.

¿Todo? ¡No! Creemos firmemente que las ideas que aquí serán expuestas generarían, con el tiempo, una serie de cambios —de mayor o menor calado— que redundarían en beneficio del común de las personas en el contexto del capitalismo, y probablemente también en otros contextos sistémicos, imaginados o por imaginar.

La segunda de las consideraciones a tener en cuenta es que nuestra formación como historiadores facilitó, en el momento del desarrollo de la idea, una visión del tiempo largo que coadyuvó sobremanera a dar rienda suelta a nuestra imaginación de un mundo inexistente hoy en día, un desarrollo que asumimos de antemano puede casar difícilmente con los análisis cortoplacistas, con las políticas de lo inmediato, de aplicación, o transitivas. Además, y sin menoscabo de la importancia que tendría la traslación de nuestro mundo actual al mundo propuesto en este texto, nuestro objetivo no es en ningún caso discutir sobre el modo de realización de esa transición, que quedaría en manos deaquellos a quienes corresponda afrontar la descomunal tarea.

Sin embargo, creemos que nuestra propuesta requiere uno de los ejercicios intelectuales más complejos: concebir a la inversa el enriquecimiento material a lo largo de la vida. En las páginas que siguen, sugeriremos un abandono del pensamiento atávico en lo tocante al proceso de enriquecimiento, con el único fin de divertirnos al imaginar sus consecuencias. Creemos que dicha alteración del sentido del enriquecimiento podría maximizar su rendimiento —en términos de tiempo— de acuerdo a los patrones de la vida humana actual. De paso, quizá, mejoraríamos la vida de cientos de millones de personas, o tal vez más. Pero sólo quizá. A esta idea le hemos llamado la Inversión de la Renta Vital.

La Inversión de la Renta Vital (IRV)

Entremos en materia. El ciclo de la Inversión de la Renta Vital (en adelante por sus siglas, IRV), consiste en alterar la lógica de progresión del ciclo de la remuneración salarial actual. En pocas palabras, la IRV contempla un mundo que en lugar de pautarse por la lógica de una progresión ascendente (creciente en términos relativos y reales) del salario de una persona en función de su experiencia y antigüedad en la institución que lo emplea, dicha progresión es de carácter descendente (decreciente en términos reales) a lo largo de la vida del empleado, no sin un intervalo de cierta estabilidad salarial en la fase intermedia de la vida activa de la persona. 

Básicamente, la idea consiste en reflexionar sobre las consecuencias derivadas de que en nuestra vida laboral los ingresos totales por remuneración salarial —nuestra renta de una vida— se obtuvieran, sobre todo, en las primeras décadas de nuestra vida laboral útil, pongamos, entre los 30 y los 40 años, para una persona que hubiera empezado a trabajar a los 25. A continuación estimamos y valoramos las ventajas y desventajas que ese cambio supondría en la vida personal de cada individuo, para el sistema de bienestar social general, y para la sostenibilidad del estado[3] como institución.

El funcionamiento del ciclo de la remuneración salarial sería prácticamente el inverso al existente hoy en día. En una situación clásica, una persona entra a trabajar en una empresa o institución con el salario mínimo establecido, que se va incrementando según va aumentando la antigüedad en la misma hasta llegar al máximo posible poco antes de la jubilación.

La propuesta del ciclo de la IRV es dar la vuelta a esta lógica. En una situación hipotética en el contexto de aplicación de la IRV, la misma persona del ejemplo anterior entraría a la empresa cobrando unaremuneración más elevada, y en los siguientes años llegaría al salario máximo posible (similar al de la situación clásica). Tras mantenerse unos años cobrando el salario máximo, éste empezaría a decrecer, año a año, hasta llegar al salario mínimo establecido por ley, poco antes de la jubilación.

En resumen y en aplicación de la IRV, nuestra propuesta de distribución de la renta vital se divide en tres fases: una primera de estímulo con un crecimiento gradual y acentuado de la remuneración; una segunda de estabilidad de dicha retribución (sobre la que se estima la jubilación); y una tercera fase de ajuste salarial. Frente a este sistema trifásico propio de la IRV, la fórmula tradicional es en esencia un sistema monofásico con un único proceso gradual de crecimiento salarial contenido.  

Gráfica aproximada del ciclo IRV: se muestra la relación entre edad y salario a lo largo de la vida activa y se establecen las tres fases del ciclo, estímulo, estabilidad y ajuste.

Dos partes componen este trabajo: la primera describe cómo funcionaría un sistema de remuneración definido por la IRV; la segunda inquiere sobre sus consecuencias. Disfruten imaginándolo todo del revés.

Somos conscientes de que muchas y muchos de los lectores pueden abandonar el texto en este punto, dando por supuesta nuestra locura (transitoria o definitiva), o por considerar intolerable nuestra irreverencia intelectual. No importa; la diversión de imaginarlo todo mejorando patas arriba compensa esa soledad.

¿Cómo funciona la IRV?

Para explicar nuestra idea qué mejor que proponer un ejemplo concreto. La elección del ejemplo escogido responde a otra de nuestras intenciones: trabajar en aula con los supuestos de nuestra propuesta, sirviendo así de material de discusión y debate para las alumnas y alumnos de asignaturas con temática socioeconómica. Creemos que el perfil que describimos a continuación es más fácilmente reconocible para nuestros estudiantes y, por tanto, sus consecuencias serían mucho más intuitivas para el alumnado. En cualquier caso, la IRV puede aplicarse a cualquier ámbito laboral, independientemente del sector, del nivel de formación de la persona, y de cuándo inicie su vida laboral; la lógica de la IRV seguiría siendo la misma, y solo correspondería hacer ciertos ajustes para cada caso.

Pongamos por caso a Cristina, madrileña, 23 años, graduada en turismo por una universidad pública española. Va a comenzar su periplo laboral como becaria a media jornada en una agencia de viajes gracias al programa de prácticas externas del último año de carrera. En este punto, su salario no diferirá de lo que hubiera cobrado Cristina en el sistema clásico, que podrían ser unos 300€.  

Al terminar su periodo de prácticas, la empresa decide seguir contando con ella, y le ofrece un primer contrato temporal, ahora a tiempo completo, en un puesto similar al que venía desempeñando como becaria. En el sistema clásico, ese primer contrato rondaría un montante equivalente al Salario Mínimo Interprofesional, unos 800€. Obviamente, como toda una generación de españolas ha podido comprobar, independizarse económicamente de la familia en estas circunstancias sólo es posible en condiciones de cierta precariedad y con una capacidad mínima o nula de ahorro. ¿Qué futuro le espera a Cristina?

Cristina es una empleada competente y proactiva, lo que a priori le asegura un futuro a medio plazo en la empresa con una mejora salarial proporcional al tiempo, la experiencia y la responsabilidad adquirida en la empresa. La pregunta aquí sería ¿cuándo podrá Cristina comprarse un piso, un coche, disfrutar de unas vacaciones al año, o realizar un proyecto familiar? Probablemente, el lector o lectora ya conoce la respuesta incluso mejor que nosotros.

A medio plazo, suponiendo que el futuro profesional de Cristina no sufra ninguna contrariedad grave, su salario se irá incrementando —de acuerdo a la legislación laboral— de manera gradual hasta llegar a un máximo previo a su jubilación; podríamos estimar una cantidad cercana a los 2500€, por ser optimistas. Como se podría suponer, a Cristina le ha ido bastante bien en su vida profesional y, para cuando se jubiló, era directora de las cinco sucursales de su empresa en la provincia de Madrid. Sin embargo, nos confiesa Cristina que durante muchos años, sobre todo cuando era joven, su vida estuvo enteramente dedicada al trabajo, ahorrando lo mínimo para poder hacer frente a algunos imprevistos personales y familiares, y sólo recientemente —apenas unos meses antes de su jubilación— había terminado de pagar la hipoteca de su piso. Cristina dedicó toda su vida a pagar un lugar donde vivir, con la angustia de poder perderlo si algún día no podía afrontar los pagos.

Pues bien, apliquemos la IRV a nuestro caso. Cuando Cristina firmase su primer contrato, la legislación laboral estipularía una subida también gradual pero mucho más acentuada durante los primeros diez años en ese mismo puesto de trabajo, después de los cuales habría alcanzado el máximo salarial de toda su vida, coincidiendo con el final de la primera fase de estímulo anteriormente mencionada; ese máximo podría estimarse, como en la situación clásica, en torno a los 2500€. Durante los siguientes diez años tendría lugar la segunda fase de estabilidad, en la que Cristina mantendría ese mismo salario (con leves variaciones); este periodo serviría para calcular su futura pensión. Transcurrido este intervalo de estabilidad salarial, la remuneración de Cristina iría decreciendo durante la fase de ajuste, también de manera gradual, a lo largo de sus últimos 20 o 25 años en activo hasta llegar al salario mínimo interprofesional marcado por ley previo a la jubilación para su categoría y cotización laboral.

Como se ha mencionado, la base de cotización aplicable a su pensión sería la obtenida durante el periodo de su máximo salarial, de tal forma que el salario previo a la jubilación se aproximaría al montante de la pensión retribuida.

Lo que en realidad nos resulta interesante es fantasear con los efectos derivados de la aplicación de nuestra propuesta. Esto nos lleva a la segunda parte de nuestro trabajo donde planteamos algunas de las posibles consecuencias, a sabiendas de que no son las únicas. Dejamos a la imaginación de nuestras lectoras y lectores otras muchas que estamos anhelantes por escuchar.

Consecuencias de un mundo definido por la IRV

Una vez analizado el funcionamiento de la IRV, corresponde ahora conjeturar algunas de las principales consecuencias que se desprenden de su aplicación. Somos conscientes de que los efectos de la IRV serían múltiples e incluso impredecibles; no obstante, hemos hecho el esfuerzo de presentar aquellos que nos parecen más obvios y relevantes. Quedamos igualmente atentos a cualquier tipo de sugerencia que los lectores y lectoras sean capaces de imaginar.

  • El cambio fundamental que produciría, y que a nadie se le escapa, pasaría por el hecho de que en torno a los 50 años de edad se habría acumulado la mayor parte de la renta correspondiente a toda una vida.
  • Derivado de la asunción del punto anterior, resulta evidente que los trabajadores podrían acceder mucho antes a bienes y servicios —vivienda, turismo, acceso a cursos de formación superior, y otro tipo de propiedades, etc.—, al disponer del capital necesario desde una edad mucho más temprana que en el sistema clásico de renta. Disponer y disfrutar de todos estos bienes antes de los 50 años de edad supone un mayor rédito del tiempo de trabajo.
  • A colación de lo anterior, cabe destacar la importancia que adquiere en este sistema el plazo de cancelación de las hipotecas; creemos firmemente que se aceleraría de manera clara el pago total de la compra de una vivienda, al poder acceder a préstamos de menor duración por ser la renta más elevada durante las primeras décadas de la vida laboral.
  • Continuando en materia de propiedades, otros elementos como la compra de un vehículo, el acceso a buenos equipamientos para el desarrollo profesional, etc., serían mucho más asequibles en este contexto.
  • Una mayor disponibilidad de capital en la etapa en la que se mantiene una mayor vitalidad, puede redundar en unos índices de consumo más elevados, y aquí no nos referimos sólo a cuestiones materiales, sino también a otras formas de servicios, entre ellas, el ocio y la cultura. Resulta relevante la relación entre capital y energía —ésta última en términos de vitalidad— dados en el individuo, pues permitirían aprovechar la rentabilidad del trabajo desde joven.
  • Además, mayores niveles de consumo generarían probablemente un estímulo en la actividad del sector servicios, del que podrían beneficiarse no sólo los trabajadores asalariados, sino también el sector de autónomos.
  • Consideramos también que la aplicación de la IRV incentivaría la natalidad; así, al disponer durante los primeros años de actividad laboral de una situación económica más holgada y creciente en términos de poder adquisitivo, sin duda hablamos de unas circunstancias favorables para la ampliación del núcleo familiar si así se desea. Asimismo, coincidiendo con el inicio de la tercera fase de la IRV —la etapa decreciente del salario—, y suponiendo, como hasta ahora, una vida laboral estable, el momento de inicio de dicha fase se produciría en torno a la edad de 50 años para una persona que hubiera comenzado a trabajar a los 25. Esto es relevante porque el ajuste del poder adquisitivo determinado por la IRV coincide aproximadamente en tiempo con una posible emancipación de los hijos o hijas que, por el propio funcionamiento de la IRV, desde muy pronto no requerirían apoyo económico familiar.
  • A mayor abundamiento de los beneficios generados por la IRV, creemos que generaría dinámicas de empleo de larga duración. El hecho de que durante los primeros años de contratación el empleado se juega el mayor crecimiento de su salario, éste procurará convertirse en un trabajador competente y proactivo tratando a su vez de adquirir mayores responsabilidades en la empresa. Para el empleador esta etapa es de clara inversión; en la segunda fase del ciclo IRV —de leve alteración salarial—, el empleador tiene a su disposición un trabajador cualificado, con una remuneración estable, bien actualizado profesionalmente y con unas responsabilidades crecientes. En esta fase, mantener al empleado es altamente rentable para la empresa en términos de la relación entre productividad, proactividad y retribución salarial. Pasada esta etapa, en la fase de ajuste, el posible descenso en la productividad del trabajador, la necesidad de un mayor descanso y la pérdida de actualización en metodologías y tecnologías de trabajo, se verían compensadas por una notable reducción del salario del trabajador, quien por otra parte, como ya se ha dicho, muy probablemente ha cubierto sus necesidades materiales básicas, han descendido sus responsabilidades familiares, y lo que espera es poder disfrutar más de lo conseguido hasta entonces, alejado de lógicas laborales altamente competitivas. En conclusión, con visión a largo plazo, para el empleador es más rentable mantener al empleado durante el máximo tiempo posible, idealmente toda su vida laboral. Para el trabajador o trabajadora, haberse mantenido en la institución contratante durante los primeros veinte años es casi sinónimo de haber obtenido una notable remuneración económica, al tiempo que se produce la casi total garantía de poder mantener su puesto durante el resto de vida laboral.
  • Teniendo en cuenta la lógica del ciclo IRV, las políticas de despido también habrían de sufrir modificaciones. Consideramos que sería conveniente que ya no fuese el empleador quien indemnizase al empleado para finalizar una relación contractual, sino que fuese el trabajador (o un nuevo empleador) quien compensase el coste de salida del empleado del organismo contratante anterior. Para tranquilidad de los y las trabajadoras, es preciso recordar que su remuneración se habrá incrementado con bastante rapidez y que, por supuesto, las cláusulas de cancelación contractual serían siempre proporcionales a lo percibido en un periodo previamente establecido en la firma del contrato estimado sobre un periodo variable de entre dos y cinco años antes del momento de rescisión. Obviamente, el carácter procedente o improcedente del despido supondría alteraciones a esta norma.
  • Somos conscientes de la complejidad de elaborar un sistema de pensiones, y más aún de adaptarlo a un sistema de renta como el que aquí proponemos. Sin embargo, en nuestra opinión, la fórmula más apropiada pasaría —como ya ocurre en el sistema clásico de renta— por estimar la base de cotización de la pensión sobre el salario medio de la etapa en que el trabajador alcanzó el mayor nivel de remuneración (coincidiendo con la segunda fase del ciclo IRV). Creemos conveniente y necesario también que la pensión retribuida estuviera dentro de unos límites mínimos y máximos establecidos por ley, tal y como ocurre en la actualidad. Por otro lado, consideramos —al igual que lo prevén la mayoría de las legislaciones actuales— que deberían existir condicionantes en el cálculo de la pensión fundamentados o vinculados al número total de años cotizados.
  • Las ventajas en la construcción del estado de bienestar y en el desarrollo de los servicios públicos nos parecen así mismo evidentes para el caso de sociedades envejecidas donde se está poniendo en cuestión la sostenibilidad del sistema de bienestar (que en la actualidad coincide con estados con una amplia regulación y un mayor nivel de renta). La principal razón argüida pasa por que la masa demográfica ubicada en las fases de estímulo y estabilidad de la renta —primeras dos fases del ciclo IRV— serían las principales sostenedoras del sistema, a través de un mecanismo impositivo similar al de las socialdemocracias occidentales actuales; esta masa demográfica ubicada en las dos primeras fases mantiene una relación cuantitativa muy equilibrada con respecto al volumen poblacional situado en la fase de ajuste de renta (tercera fase de la IRV) y el periodo de disfrute de la pensión. Esta situación de equilibrio nos lleva a plantear que el primer grupo poblacional, que introduce en el estado un importante nivel de flujo de capital a través del sistema impositivo, estaría siendo con mayor claridad el soporte del sistema público. Además, si llegase a producirse un fuerte incremento de la natalidad por la implantación del sistema IRV, el crecimiento poblacional derivado sería perfectamente compatible con nuestra propuesta macroeconómica, puesto que el aumento demográfico se estaría produciendo en la etapa de mayor carga impositiva (permitiendo la viabilidad de la estructura).
  • En último término, parece manifiesto que un sistema de estas características tan atractivas podría ser un reclamo migratorio; no lo dudamos, ¿quién no querría beneficiarse de la IRV? Sin embargo, y asumiendo que la mayor parte de los estados —si no todos— mantendrán políticas migratorias con mayor o menor nivel de restricción (es preciso recordar que no queremos cambiar el mundo, sólo hacerlo un poco más eficiente), el sistema aquí propuesto tendría asimismo un efecto retorno acusado a lo largo de la última fase de la IRV, en la que la renta se ajusta. De esta manera, aquellos estados cuyo mercado laboral admita cierta flexibilidad que pudiera ser cubierta por población migrante, tendría a su vez implantadas las condiciones para flexibilizar esa presencia extranjera gracias al efecto retorno. Así mismo, como fue señalado en los puntos anteriores referentes a la legislación contractual y el sistema de pensiones, existirían mecanismos que contrarrestarían con mucha solidez las ventajas de abandonar el país en cualquiera de las dos primeras fases de la IRV. Ocurre lo mismo para el caso de las pensiones; aquellos migrantes a los que compensara retornar antes de la jubilación no optarían a una pensión completa por haber cotizado un número de años inferior.

Comentarios finales

Como los lectores habrán podido entender, no planteamos una rectificación del cómputo total de los salarios de los trabajadores y trabajadoras, sino una reestructuración de su lógica temporal, de modo que permita que la globalidad de una vida laboral resulte mucho más eficiente; al adelantar una parte importante de la expectativa total de ingreso económico a lo largo de una vida, la rentabilidad del mismo en términos de tranquilidad y previsibilidad aumentarán, repercutiendo en otros aspectos que también han sido señalados en nuestro texto. Nuestra propuesta de introducir en las sociedades contemporáneas un sistema al estilo del ciclo IRV que aquí se ha descrito es, por tanto, una forma de repensar la relación entre la renta vital y el uso y disfrute del enriquecimiento correspondiente a la misma. Nada de lo anterior impediría que se aplicasen otro tipo de iniciativas que pudieran corregir o renovar el funcionamiento del sistema socioeconómico, tales como la introducción de medidas al estilo de la renta básica universal.

Economistas, historiadoras, sociólogos, politólogas, filósofos, antropólogas, juristas… nadie debe tener reparo alguno por criticar nuestra propuesta; el enriquecimiento de la idea y el crecimiento del proyecto dependen en buena medida de ello. Nuestra intención no es convencerles, sólo proponerles que lo sopesen con rigor y seriedad, y que lo valoren como ejercicio intelectual desde su disciplina, su conocimiento y la experiencia en su campo profesional. Tómense la libertad de aplicar a su discreción sobre nuestra propuesta aquella célebre frase de un escritor irlandés: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”. Inversión de la renta vital, ¿demencia o ventura?

Por si sucediese en un futuro que la puesta en práctica de nuestra idea sostuviera o alargase la vida útil del sistema capitalista, de antemano pedimos sinceras disculpas; tengan por seguro que esa nunca fue nuestra intención. Sin embargo, como investigadores, consideramos que toda idea merece ser contada, aunque sea mala.

Madrid, enero 2020.

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[1]Gonzalo Vitón. Graduado en Historia y Máster en Relaciones y Estudios Africanos por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente está realizando la tesis doctoral sobre el papel de las organizaciones de mujeres en procesos de paz en el continente africano con un contrato FPU-MECD en el departamento de Historia Contemporánea de la UAM. Ha realizado estancias de investigación en el Centro de Estudos Africanos de la Universidad Eduardo Mondlane de Maputo (Mozambique), así como en el Centre forResearchonGender and Women de la Universidad Wisconsin-Madison (Estados Unidos). Es también director de la revista Relaciones Internacionales del Grupo de Estudios de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid. Contacto: gonzacoban@gmail.com

[2]Eduardo Tamayo Belda. Historiador por la Universidad Autónoma de Madrid (España) y magíster en ciencia política por la Universidad Nacional de Asunción (Paraguay). En los últimos años, ha trabajado como docente en varias universidades paraguayas dirigiendo e impartiendo materias de historia y ciencias sociales tanto de modalidad presencial como de educación a distancia en modalidad virtual; también ha participado como ponente, organizador y asistente en seminarios, congresos y otros encuentros académicos en España, Paraguay, y otros países de Europa y América Latina. Actualmenterealiza un doctorado en historia contemporánea sobre las relaciones hispanoparaguayas de la segunda mitad del siglo XX, vinculado por un contrato FPU del Ministerio de Educación española la Universidad Autónoma de Madrid, institución en la que también imparte materias de historia y política internacional en los grados de Historia y de Estudios Internacionales. Contacto: tamayo.belda.eduardo@gmail.com

[3]En este texto el término “estado” —en relación al modo de organización político-institucional— aparece siempre en minúscula. Las razones de esta decisión son políticas; utilizar el término en mayúsculas implica una cierta divinización del organismo-estado a la que no queremos contribuir.

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