Los niños que solíamos ser

Los niños que solíamos ser

Desde pequeña tenía devoción por una música que me hacía tararear hasta el cansancio, Karma Chameleon de Culture Club, las ralladuras del disco perdido en la historia del tiempo son facetas que acostumbran la mirada sobre esa fase de la vida, con amor y alegría. Esta canción tenía un valor especial, de alguna manera la comprendía.

Mis padres siempre me lo recuerdan, cada vez que el encuentro familiar tiene esos ratos libres donde nos contamos anécdotas.

De niños éramos ansiosos por el barrio, pura emoción y desequilibrio que matan la paciencia de los mayores pero que acarrean ese entrecejo de calidez y felicidad, propias de los adultos. Mirar la esperanza tallada en la faz de una criatura es resplandecer a través de la inocencia para tomar impulso en la madurez. La fortaleza, amarrada del pivote de los sueños que se apoderan de nosotros cuando niños se ven reflejadas en los rostros asertivos de nuestros padres: el ejemplo a seguir.

Mi educación fue estricta, lectura y respeto la base de todo, los cuentos de hadas no existían, existía la realidad del día a día, comprender las situaciones y así ahorrar a mis padres las charlas motivacionales.

Mi Papá, un hombre frío y distante, siempre me abrazaba cada 4 de enero —mi cumpleaños—, de ahí existía una distancia amarga entre los dos.

Mi Mamá, una mujer amorosa, se encargaba del acompañamiento, las muñecas y los juegos, mi lugar feliz, todo un mundo de maravillas en mi dormitorio, vendaval de ideas, todos los días, donde mi interioridad se desbordaba libremente.

La imaginación, que nos transporta a un mundo único, nos hace rebosar de regocijo, los problemas no existen y si los hay, se solucionan o lo solucionan los demás. Todos los días una nueva aventura, un nuevo día para jugar bajo el sol, saltar en el charco que se crea a causa de la lluvia, la comida calentita de Mamá después del colegio, todo está bien, o parece estarlo, depende de las impresiones que tengamos de la realidad y de la percepción que podamos entrever de las cosas lindas de la vida.

Ilusiones y expectativas, ideales, fe, todo en un solo lugar. Todo lo que solíamos ser de niños en el proceso se va debilitando, los ideales y sueños siguen, pero ya no son fáciles de abordarlos o siquiera, pensar en ellos, la fe se borra lánguidamente a medida que avanzamos en este progresivo impulso hacia la nada, desaparece entre el caos de la gran temida responsabilidad, de las conductas que debemos sobrellevar para “encajar en las reglas sociales”, sobradamente.

Convivimos con la necedad y el desaliento, nos volcamos hacia el desinterés por las costumbres familiares, no concebimos otro mundo en que la palabra éxito esté fuera del alcance de nuestras aspiraciones y anhelos más profundos.

Ya no vivimos. Sobrevivimos, la esperanza se convierte en convicción y a veces, en pose, simplemente en absurdas formas de mirar al mundo que nos rodea, lamentándonos por una vida desabrida o por los fracasos a la vuelta de la esquina. Ahora vivimos para trabajar y no para disfrutar este breve lapso de tiempo que nos toca experimentar.

Cambiamos para bien o para mal, pero cambiamos y con el paso de los años, vamos dejando de lado al niño que fuimos. Es el Karma que debemos sufrir.

Pero algo no cambia, y son los valores familiares, las intenciones de transformar nuestro entorno para mejor, siempre teniendo en cuenta la letra de Culture Club, “vienen y van” nuestras experiencias, son una adicción presente, que se repiten en la conciencia, apreciando cada gota de satisfacción que recordamos haber experimentado con gran certidumbre, acompañados de nuestros seres queridos, y ésa es la faceta más importante, (para mí al menos), de esta vida a la cual nos aferramos fuertemente en la supervivencia de los mejores momentos.

Adriana Lestido. «Algunas chicas».

Beverly Vázquez

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