El Parlante

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La batalla de Lugdunum: Septimio Severo es el dueño indiscutido del Imperio Romano

Un día como hoy del año 197 d.C., el Imperio de Roma fue testigo de la mayor batalla entre ejércitos romanos, la carnicería y la crueldad mostrada sobre el Campo de Marte por parte de los dos ejércitos fue inaudita, nunca antes vista y recordada por siempre por la severidad y la despiadada persecución con la que siguieron atormentando a los perdedores. 1823 años después, nos tomamos el tiempo de escribir brevemente sobre la apasionante historia de Roma, aunque sea de refilón y sin muchas ambiciones.

Pero conviene atormentar a nuestros queridos lectores con una breve introducción que mostrará mejor el estado en el que se encontraba Roma y el teatro de operaciones que culminó en la instauración del poder absoluto del enorme Septimio Severo.

El año de los cinco emperadores se considera como una de las etapas más oscuras del Imperio Romano, caído en desgracia luego del asesinato de Cómodo, el último emperador de la dinastía antonina y la posterior entronización del senador Pertinax en el trono, un personaje que sería objeto de la desidia generalizada y el odio de sus soldados, principalmente de los pertenecientes a la Guardia Pretoriana, quienes finalmente lo asesinarían el 28 de marzo del año 193 tras apenas, 86 días de reinado, empezaba a declinar el poderío de la Roma Imperial.

Aureus romano emitido durante el reinado de Pertinax.
Dupondio de Didio Juliano.
Denario de Pescenio Níger.
Áureo con la efigie de Clodio Albino
Septimio Severo, Julia Domna, Caracalla y Geta.

Luego de este atroz asesinato la Guardia Pretoriana ofreció el imperio al mejor postor[1], que colocó frente a frente en pugna a los dos oferentes, Tito Flavio Sulpiciano y Marco Didio Severo Juliano, a la postre éste último ganó el trono dando mayor rédito económico a los pretorianos.

Busto atribuido a Pertinax. Muzeul Naţional al Unirii, Alba Iulia.

Sin embargo, y como era de esperarse, este tipo de acciones políticas para nada fueron tomadas en serio por una serie de romanos eminentes entre los que se contaban Pescenio Níger, gobernador de Asia Menor, Clodio Albino, de Britania y Septimio Severo, proclamado por sus legiones en Panonia.

Severo, ni corto ni perezoso y aprovechando su gran capacidad militar y política, primero exterminó al menor de sus problemas, Didio Juliano, a quien quitó la vida de manera violenta y sin mediaciones de ninguna laya, cortándole la cabeza el 1 de junio del 193. Según Maquiavelo, Didio Juliano merecía morir de esa forma, pero claramente, no estamos en condiciones de asentar nuestra opinión en la afirmación de que el pensamiento del filósofo y político florentino sea verdaderamente, algo a tener en cuenta, pero es algo que nadie discute en estos días.

Grabado de Didio Juliano.

Creyendo firmemente que los Pretorianos insurrectos no podían seguir en tal alto cargo, Severo mandó asesinar a todos los confabulados que traicionaron al “bueno” de Pertinax y también “de paso” quitarles todas las atribuciones, la pérdida del poder de la Guardia sería uno de los movimientos más notables de este gran General que ha sido ensalzado por Nicolás Maquiavelo en su gran obra “El Príncipe”, justamente por reunir todos los requisitos para ser un gran gobernante.

Busto de Pescenio Níger.

Teniendo en cuenta que de los que ostentaban los más altos cargos por aptitudes, talento militar o administraciones eficientes, Níger y Clodio, serían los evidentes blancos de la furia de Septimio Severo, con el primero no tuvo contemplaciones, con el segundo utilizó los viejos artilugios de los hombres inteligentes en la arena política, le dio muchos honores a un hombre que cargaba con el peso de la ambición desmesurada y el orgullo de su estirpe aristocrática colocándole como su segundo al mando, incluso Clodio Albino alentó y se unió a la “causa”, lo denominó César, inclusive.  

Busto de Clodio Albino.

Fatal error de cálculo de Clodio y genial trampa de Severo, que al enfrentar a Poscenio Níger no tuvo que preocuparse de su enemigo más poderoso y se concentró con sus fuerzas a la espera de la batalla decisiva en la que venció tras largas idas y vueltas y una refriega que terminó con Níger muerto a orillas del Éufrates, en Issos, cuando trataba de escapar para obtener la ayuda del parto Vologases.

Clodio Albino cayó en la trampa urdida por Severo, ya que sospechó tarde que éste quería perpetuarse a través de sus hijos Caracalla y Geta en el poder más alto de Roma y a su vez, crear una nueva dinastía, al parecer, la promesa “de palabra” de Severo era la de adoptarlo para que sea su sucesor directo al trono, algo que nunca pasó y que finalizó con la declaración de enemigo público número uno de Clodio Albino, así que, tuvieron que enfrentarse indefectiblemente.

Busto en alabastro de Septimio Severo. Museos Capitolinos. Roma.

Independientemente a las vicisitudes propias de la lucha por el poder luego de la catástrofe que significó el reinado del incompetente de Cómodo, todo lo mejor de Roma cayó en el olvido, el mundo estaba convulsionado por una guerra civil que más parecía destruir todos los fundamentos aparentemente sólidos construidos por los Flavios, primero y por los Antoninos, después, las gestas victoriosas, los héroes como Vespasiano o Trajano habían quedado en el olvido o eran, el recuerdo de sus grandes hazañas y la pax romanica que lograron lo que el pueblo de todo el imperio, deseaba reprisar cuanto antes.

Pero la Guerra Civil se convirtió por un lado en el castigo de los dioses que todavía no terminaba y por el otro, el común acuerdo del destino romano, pronto a entrar en una decadencia que solamente podría sostenerse positivamente tras la subida de Diocleciano al poder pero con reformas profundas del modo de administración del gigantesco imperio.

En el año 196 Clodio Albino cruzó el Canal de la Mancha al frente de su ejército y se ubicó en la Galia, específicamente en la Colonia Copia Claudia Augusta Lugdunum (que actualmente es la ciudad de Lyon) y un año después se enfrentó a las legiones de Septimio Severo.

«Batalla de Lugdunum » 197 d.C. (Radu Oltean). En la imagen, Septimio Severo y sus hombres, contemplan el cadáver de su rival ( y competidor por el trono ) Clodio Albino, tras la victoria del primero en la Batalla de Lugdunum. Flickr

La batalla fue tan brutal y el choque de fuerzas iguales, prácticamente terminó en un empate el primer día, luego al siguiente, las tropas ya cansadas de Clodio Albino terminaron por claudicar y resultar derrotadas de manera aplastante. Nunca antes se había llevado una batalla entre ejércitos por más de un día. Todas terminaban a las cuatro o seis horas de combate. Se debe entender que estaba en juego el destino del Imperio más grande que ha visto el género humano no tanto por su extensión sino por su tremenda influencia en la psique de sus contemporáneos, como en la vida nuestra de cada día. Dion Casio calculó en 300 mil el número de hombres aunque historiadores modernos piensan que el número de soldados combatientes estaría entre los 100 mil a 150 mil hombres.

El experimentado general escapó para suicidarse pero Severo no lo honró como un héroe, antes bien, ordenó que le quitasen las ropas al cadáver todavía caliente y pasó sobre él con su caballo para mostrar a los soldados y sobrevivientes, lo que le esperaba a los traidores, aparte le decapitó y envió su cabeza al Senado de Roma como aviso y advertencia y el resto de su cuerpo, ya en despojos, arrojado al Ródano.

Triste y salvaje final para un romano insigne, pero Severo, sin que le tiemble el pulso dispuso para otros tantos senadores y ciudadanos ilustres de Roma que apoyaron la causa de Clodio Albino, la misma sentencia de lapidación y muerte. Mismo tratamiento recibieron su mujer y los hijos, de manera despiadada y sin miramientos morales o éticos el nuevo emperador envió a la muerte segura a todo aquel que le resultase molestoso, pasible de sospecha, o contrario a su “nueva forma de gobernar”, los demás partidarios y enemigos fueron perseguidos sin descanso hasta que cada uno de ellos fue completamente extinguido de la faz de la Tierra.

Cómodo bajo la estatua de la Loba que amamantó a los hermanos Rómulo y Remo, en la película «La Caída del Imperio Romano». Cómodo sin duda es un personaje singular de la historia de Roma ya que luego de él, el imperio decayó completamente, hasta que la división final en los dos imperios, tanto de de Occidente como de Oriente (Bizancio) resultó en el final de la grandeza de esa ciudad eterna, dominadora del mundo y las oleadas bárbaras terminaron minar todo a su paso.

Luego de entender que ya estaba bien seguro el Imperio en todos sus flancos, Septimio Severo gobernó con celeridad y no se preocupó tanto del pueblo, más que de sus legionarios, ya que sabía, que a partir de allí, y gracias a Cómodo, los soldados romanos ya no serían los mismos, pues cuando la disciplina y la moral fallan, la paga habla por sí misma y el miedo y el terror, también son buenas armas; mantuvo de esta forma a raya al ejército con el ejemplo y una inclinación a reconocerlos por encima de cualquier otro grupo de seres humanos que vivieran bajo las fronteras del Imperio que Augusto, Tiberio, Claudio, Vespasiano, Tito, Trajano, Adriano y Marco Aurelio, se encargaron de legar a la posteridad.

Aquejado por la gota, Severo murió el 4 de febrero del año 211 a los 65 años de edad. Su hijo Caracalla, tomó la sucesión del poder, pero era tan indigno que tiró por el piso todo el esfuerzo del padre, pero esa, es otra historia.

Así, hoy nos tocó recordar esta batalla, solo recordar, porque de eso se trata la vida, recordar lo mejor y lo peor y entender que el sacrificio de los antepasados no debe ser, bajo ningún precepto, olvidado. Viva la ROMA ETERNA


[1]Escena final, bien montada en la famosa película, producida por Samuel Bronston “La caída del Imperio Romano” con Sofía Loren, nuestro querido amigo “Mesala” Stephen Boyd, Christopher Plummer, Alec Guinnes, Omar Sharif y James Mason, dirigida por Anthony Mann.

Póster de la película.

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