El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Donald Trump Estados Unidos Joe Biden

Sic Transit Gloria Mundi: Donald Trump

En el año 2016, el magnate estadounidense de los bienes raíces Donald J. Trump se encargó de dar un histórico zarpazo contra todas las predicciones del establishment internacional, derrotando a la querida del sistema, la experimentada política Hillary Clinton. Asumió como Presidente de la Unión Norteamericana el 20 de Enero de 2017, contra viento y marea, contra la oposición más intensa y furiosa que haya conocido un hombre que haya asumido las riendas de la Casa Blanca en nuestros días. En el año 2020, como le ha ocurrido varias veces en su vida privada, le toca enfrentar a todo un sistema que busca quitarlo del camino, a cómo de lugar. Esta lucha, de resultados inciertos pero en la que Trump tiene una vez más que remar a contracorriente, quizás sea la última en su espectacular ascenso y caída en el más alto puesto del decadentísimo Imperio existente del mundo.

1- LA ESPLÉNDIDA VICTORIA.

Como dijimos en la introducción, anulando todos los intentos en su contra, logró una victoria espléndida en el año 2016, superando no sólo a su rival Hillary Clinton, no solo al Partido Demócrata, no solo a la maquinaria del estado profundo estadounidense, sino también a la incredulidad y debilidad de sus propios compañeros de fórmula en el Partido Republicano.

Contó para su primera elección con apoyos intelectuales y culturales muy sólidos. Personajes como Steve Bannon, Ann Coulter, Corey Lewandowski, la prensa anti-sistema bajo la batuta de los medios alternativos creados por Andrew Breitbart y algunos curiosos personajes que se hicieron espectaculares celebridades de internet como Milo Yiannopoulos y el célebre, divertido y un-poco-loco creador de Infowars, Alex Jones, son solo algunos de los que podríamos señalar como fundamentales para cimentar su espectacular victoria, que anuló todos los intentos del establishment, del llamado «deep state» en EEUU que hicieron hasta lo imposible para que no acceda a la Oficina Oval.

Sin embargo, los enemigos de Donald Trump no descansaron un solo instante. La difamación, calumnia e injuria estuvo a la orden del día gracias al poderosísimo engranaje y alianza indisoluble entre el Partido Demócrata (oposición a los Republicanos de Trump) y los grandes medios. Cuanta «teoría de la conspiración» respecto a la candidatura del magnate neoyorquino, cuanta propaganda contraria a su gobierno, pérfidos rumores sobre supuestas iniquidades y escándalos de su administración eran elevados a categoría de verdades irrefutables, con el parlante sin censura y sin limitaciones de la gran prensa. El Partido Demócrata, que en sus propias elecciones en el 2015-2016 fue descubierto cometiendo alevoso fraude electoral contra los candidatos que no fueran Hillary Clinton (el caso de Bernie Sanders es el más paradigmático), se encargaba de acusar día y noche a Trump de que llegó a la Casa Blanca gracias a manipulaciones hechas en la Rusia del «Zar» Vladimir Putin.

Trump debió enfrentar constantes intentos de juicio político en su contra, saliendo airoso de todos ellos, sobreviviendo a cuanta intención los demócratas preparaban contra él. Contó, ciertamente, con el apoyo de sus compañeros de fórmula republicanos y tuvo el tiempo de llevar a cabo intensas reformas económicas que consiguieron un crecimiento laboral y en la producción del país como no se veía desde finales de la Segunda Guerra Mundial. El récord de Donald Trump en la recuperación económica de su país es impecable, aplicando medidas de nacionalismo y proteccionismo que sin duda alguna, alarmaron y molestaron muchísimo más aún al establishment globalista que de por sí le tenía un odio y una guerra declarada. Se atrevió a desafiar los acuerdos internacionales de libre-cambio como NAFTA y TPP que se encargaban de dinamitar a la industria estadounidense en detrimento de China, el nuevo Imperio emergente. Además, tuvo el descaro de reducir la participación estadounidense en la OTAN, de quitar a su país de varias organizaciones globalistas inútiles y contrarias al interés nacional como el Acuerdo de París, varios convenios con la UNESCO, e incluso recortó la financiación de los EEUU a la ONU y a entes de macabra reputación como Planned Parenthood. Muchos de los discursos realizados por Donald Trump ante las Naciones Unidas y en otros eventos de importancia para su país quedarán enmarcados como grandes piezas de oratoria en la historia reciente, como símbolos de un sano nacionalismo que busca al mismo tiempo la amistad y la fraternidad con los demás pueblos del orbe, respetando su individualidad y más allá de cualquier intención de dominación global. Discursos anti-globalistas, al fin. A eso le sumamos que Trump junto a su Vicepresidente Mike Pence, han sido los líderes estadounidenses más «provida» y «anti-aborto» en la historia reciente de su país.

El Presidente de EEUU Donald H. Trump, quien contra todos los pronósticos, llegó al máximo puesto de su país y dio una lucha intensa hasta el final en su proceso de reelección. [Imagen: Boston University].
El Presidente de EEUU Donald J. Trump, quien contra todos los pronósticos, llegó al máximo puesto de su país y dio una lucha intensa hasta el final en su proceso de reelección. [Imagen: Boston University].

Para más INRI, Donald Trump es el único presidente en las últimas décadas, quizás el último siglo, que no ha involucrado a los Estados Unidos de Norteamérica en algún nuevo conflicto bélico internacional de manera directa (si se exceptúa el ataque contra el Gral. Quasem Suleimani de Irán y la venta de armamento a Arabia Saudita en su guerra contra Yemen). Aniquiló, con ayuda de Rusia y Siria, a los remanentes de ISIS; firmó acuerdos de pacificación con Corea del Norte y varias naciones de Oriente Medio; evitó, a pesar de todos los intentos del «estado profundo» estadounidense, meterse con la Venezuela de Nicolás Maduro. ¡Demasiados éxitos y finezas por parte de un magnate de bienes raíces que poco o nada tenía de experiencia en el ámbito de la administración pública y al que toda la prensa desinformada de América Latina, que actúa como mera repetidora de la prensa desinformadora del establishment estadounidense, tildaba como una especie de «bufón y payaso»!

Pero Donald Trump también cometió errores. Muchos errores políticos que a la larga acabaron surgiendo con toda fuerza en sus elecciones del 2020. No todo fue «victoria» y desde luego, es imposible ganar siempre…

2- LOS GRAVES ERRORES.

Cuando uno llega al máximo poder, debe tener la cierta e inflexible intención de ejercerlo. Sentirse con el innato deseo de demostrar que uno está destinado a dirigir los destinos de la nación, sin que nadie ose desafiar la autoridad, divinamente delegada, a uno. El deber del «Emperador» es precisamente, mandar, imponer, usar la fuerza. Debemos aclarar a nuestros lectores que el uso de la fuerza no es igual al uso de la violencia: la «fuerza» es legal y legítima siempre que venga de la autoridad divinamente establecida. La «violencia» es un simple medio, ilegítimo en la mayoría de los casos, con el que uno busca minar y dañar al enemigo eventual.

Donald Trump ha actuado como un excelente «conservador» y «republicano»: ha sido suave, diplomático, democrático en pocas palabras, cuando lo que se necesitaba era la mano de hierro del «Rex» y que se imponga, por la fuerza, la «Lex». Es decir, el «Imperator» no usó sus potestades para aplastar al enemigo cuando este se encargó de ejercer contra la autoridad divinamente establecida todo tipo de tropelías, desmanes, grescas y ataques.

Véase el caso de las protestas dirigidas por los grupos anti Trump, las organizaciones criminales como Antifa y los disturbios ocasionados por el movimiento racialista Black Lives Matter. El enemigo eventual reivindica el uso de la violencia, a falta de capacidad y autoridad para ejercer la fuerza (aunque el establishment no duda en sentirse a sí mismo como el verdadero y único dueño del poder, sin tolerar a nadie que se le interponga, a diferencia de «conservadores» como fue en este sentido Trump y su equipo). Tocaba al Emperador actuar con la correspondiente severidad y presteza, echar encima de los revoltosos un guantelete metálico de acero, aplastar con total potestad y firmeza a las pretensiones del adversario más que nada y primero. Lo demás viene por añadidura.

Pero más allá de sus polémicos «tweets» y declaraciones poco pensadas, Trump fue muy blando, muy democrático, muy «conservador». ¡Tantas acusaciones de «fascista» ha recibido para que, en el momento único y válido de ejercer el poder del «Dux», haya respondido con inaceptable tibieza!

Y no solo las ciudades de Estados Unidos se incendiaban, se encendían y consumían en el fuego de la anarquía, sin que haya una respuesta decisiva por parte del Comandante en Jefe. Sus principales instigadores caminaban a sus anchas, nadie era perseguido, nadie fue condenado. Hillary Clinton, con todos sus delitos y crímenes, pasaba como si nada. Joe Biden, el rival de Donald Trump para la Presidencia en el 2020 y aparente ganador de las elecciones (con mucha mano negra de por medio), con todas las acusaciones y evidencias en su contra sobre casos de alevosa corrupción, no sufrió ningún rasguño, judicial o político. Los senadores demócratas, como Alejandra Ocasio Cortez, abiertamente se encargan de distribuir listas y panfletos señalando, al mejor estilo leninista, a los enemigos del Partido Demócrata y personajes que hayan apoyado de alguna u otra manera a Donald Trump. Era la «Revolución Cultural» de Mao Zedong en el mismísimo epicentro del Imperio existente, ante la cual el «Imperator» poco o nada hizo para revertir, castigar y eliminar.

No sólo eso. El Presidente Trump hizo mucho daño a sus principales apoyos políticos, los «Trumpistas» de la primera hora quienes más impulsaron su movimiento político al inicio. Por presiones periodísticas, echó a Steve Bannon de su asesoría en la Casa Blanca. Ninguneó a Ann Coulter, principalísima figura intelectual que apuntaló su candidatura. Se alejó de Breitbart News para acercarse a su amigo, el magnate globalista Rupert Murdoch, dueño de la corporación internacional Fox News. Con absoluta liviandad, permitió que Silicon Valley (quienes controlan Facebook, Twitter, Google y demás redes sociales de internet) desaparezcan a todas las voces disidentes de la llamada «nueva derecha» que más impulsaron la candidatura de Donald Trump. Primero fue Alex Jones, después Milo Yiannopoulos y finalmente todos los demás, que iban cayendo uno a uno como patos en temporada de cacería… Poco o nada hizo el «Imperator» para resguardar a sus principales apoyos ideológicos y culturales, más allá de sus graciosos y controvertidos «tweets» que también, más pronto que tarde, sufrirían la censura… Finalmente, el «discurso antisistema» original de Trump contra Wall Street y la banca internacional, contra la prensa manipuladora y sus lacayos, cada vez fueron pasando más a segundo plano…

Hablando de los «tweets», estos también se convirtieron en una terrible mala costumbre del Presidente Trump. Uno no puede comunicarse con el país por medio de «tweets» estando en el Salón Oval de la Presidencia. Quizás fuera divertido, quizás todos lo tomábamos con risa, pero a la larga dañaron y mucho, más de lo que quisiéramos aceptar: el Presidente no puede pasarse el día «twiteando» sobre cuánta cosa le venga en mente. ¿No tiene cosas muchísimo más importantes que hacer? ¿No tiene gente de confianza que le maneje sus redes sociales?

Podríamos señalar muchas cosas más, pero cerramos con el tema que más nos consumió en el año 2020, que será inolvidable por tantas cosas: la llamada «Pandemia del COVID». Es cierto que Donald Trump, desde lo político, manejó con relativa prudencia la situación. También es cierto que, haber sufrido (aparentemente) COVID y recuperarse en tiempo récord fue algo que elevó muchísimo su categoría de «líder y caudillo» del pueblo. Pero, de nuevo, no es suficiente con acusar a China de haber desatado la plaga contra el mundo para dañar a EEUU (quizás hasta sea cierto). Si uno está en guerra no-declarada contra China y luego afirma que es China la responsable de semejante debacle… ¡Es reconocer indirectamente la no-preparación y eventual derrota en ese ámbito!

Muchas veces, saber comunicar el mensaje es mucho más importante que el mensaje en sí mismo. Me viene a la mente el caso de otro «caudillo», en este caso del Brasil: Jair Bolsonaro. Situaciones similares, pero acciones distintas. El «Capitán», es cierto, sufrió muchas críticas por lo ocurrido con el coronavirus en Brasil, pero este las enfrentó, las soportó, las desafió y prevaleció sin necesidad de buscar enemigos ni excusas. Al fin y al cabo, todo el mundo padeció del coronavirus, de una manera u otra a todos los gobiernos del planeta les «pasó factura». En el caso de Trump, sin embargo, acusar a China de haber generado todo el desastre en los EEUU con el COVID, no sólo sonaba a excusa barata (aunque no lo haya sido) sino que también reflejaba incompetencia, imprevisión… Una derrota contra el enemigo eventual, en resumidas cuentas. Es como decir «China me lanzó un ataque biológico y mi única respuesta es acusarles y acusarles».

Parecerá un poco exagerado, pero si el «Imperator» está apuntando con el dedo a su principal enemigo por haberle lanzado un ataque biológico, ni más ni menos… La única respuesta razonable es devolver las finezas, con todo el poderío imaginable… Si China «difundió» adrede el COVID para dañar al Gobierno de EEUU bajo la Presidencia de Donald Trump, y este así lo asegura… ¿Cómo no han habido represalias severísimas? ¡Está acusando un imperdonable acto de guerra, pero la única contestación es un tweet contra los chinos! ¡Mayor debilidad, imposible! ¡Un verdadero «Imperator», aunque parezca muy loco, ya habría respondido con un misil balístico sobre algún blanco menor de China, si es que tiene suficiente tiempo para twitear que fueron los chinos los culpables de 250 mil muertes estadounidenses! ¡Y que pase lo que tenga que pasar!

Pero esa no fue la respuesta… Donald Trump fue débil. Prefirió no ir a la guerra contra China cuando tuvo que hacerlo, prefirió la «diplomacia del Twitter» antes que la vieja confiable «diplomacia de la cañonera» anglo-estadounidense… Y así quedó: débil.

Existen grandes líderes en la historia universal. Y luego tenemos a los genios supremos. La diferencia entre el Emperador Donald Trump de EEUU y el Emperador Julio César de Roma está en que el general romano supo reconocer el momento exacto en el que, para bien o para mal, había que «cruzar el Rubicón».

Donald Trump es un gran líder… No cabe duda. Pero no es «Julio César», a pesar de que sus propios amigos republicanos, a los que prefirió antes que a los «trumpistas» de la primera hora, le hayan apuñalado varias veces… Lo que nos lleva a la elección del 2020.

3- LA ELECCIÓN DEL 2020 Y LA CAÍDA.

No entraremos en detalles sobre lo que fue el proceso electoral estadounidense del 3 de Noviembre de 2020. El mundo entero (o al menos los interesados en el tema) vieron en vivo y en directo el escándalo inaudito y alevoso, difícil de narrar y en el que, como dijimos, no queremos profundizar. Sólo recordaremos que es perfectamente coherente con la historia electoral de los EEUU, que desde que existe esa nación, está repleta de bodrios y fiascos de niveles novelescos. Sabemos que muchos se creen los «cuentos de hadas» respecto a la «Gran Democracia del Norte», pero eso no es sino ficción para desconocedores o propaganda de adictos y alineados al sistema dominante. La realidad es que desde el principio de su historia, EEUU está plagado de irregularidades y falencias deleznables en sus procesos electorales (para no entrar en otros aspectos, todavía más despreciables, del «mito estadounidense» de la tierra de la libertad y la democracia).

Véase por ejemplo el caso de Thomas Jefferson vs. Aaron Burr (año 1800) que había concluido en empate técnico pero que terminó venciendo Jefferson cuando se acordó que se acepten los votos, anulados por falencias de forma y fondo, del Estado de Georgia, lo que fue una aleve violación de la ley electoral y a la tan mentada «Constitución» de los Estados Unidos.

En 1824, John Quincey Adams triunfó, por medios muy cuestionables, sobre su adversario presidencial Andrew Jackson. A pesar de que este último había vencido tanto en el voto popular como en los colegios electorales, los miembros representantes de dicho colegio terminaron pasándose a Adams y éste se consagró Presidente. Quizás fuera válido y legal, pero de muy cuestionable legitimidad y moralidad.

Peculiarmente importante para el Paraguay fue el caso de la elección presidencial de 1876. De esta surgió como Presidente el célebre Rutherford Hayes del Partido Republicano, quien alcanzó el máximo cargo de los EEUU no por haber vencido en el voto popular ni del colegio electoral, pues aparentemente su rival demócrata Samuel J. Tilden fue quien logró esas dos victorias (aunque nunca se logró dilucidar del todo). El Presidente Hayes obtuvo el mandato luego del famoso «Compromiso de 1877» en el que los demócratas lo aceptarían a cambio de que este retire a los Ejércitos Norteños de los estados del Sur del país. Y así se hizo… Todo a pura transa.

Podríamos citar más casos, pero vayamos a tiempos más recientes: en 1960 el Demócrata John F. Kennedy fue el primer católico en llegar a la Casa Blanca al haber derrotado a su rival republicano Richard Nixon. Esto fue gracias a un fraude electoral hoy bastante comprobado que afectó principalmente a los estados de Texas, Nuevo México e Illinois, en los que habría triunfado Nixon si no fuera por sutiles manipulaciones que afectaban a alrededor del 1% de los votos escrutados, suficientes para dar vuelta los resultados en dichos estados. Se dice que la mafia de Chicago estuvo detrás de esta polémica elección.

El más sonado de los casos en nuestros tiempos fue el de Al Gore (Demócrata) contra George W. Bush (Republicano). El entonces Vicepresidente Gore, compañero de fórmula de Bill Clinton, proclamó su victoria por una distancia milimétrica en Florida, pero la Suprema Corte Estadounidense invalidó varios miles de votos espurios e ilegales, lo que terminó dando el triunfo a Bush.

Probablemente, para no decir mucho más, las elecciones de Donald Trump vs. Joe Biden también quedarán en la oscura historia estadounidense, independientemente de quién sea el legítimo vencedor, que todavía está por verse. Pero es muy difícil, en el momento en que escribimos este artículo, que el magnate neoyorquino logre revertir lo obtenido por su adversario oriundo de Pensilvania. Quizás se demuestre que el fraude, tal y como Trump lo acusaba hacía tiempo, haya existido. No sería nada raro. Pero todo está muy cuesta arriba para sus pretensiones… Aunque, como dice Rocky Balboa, «no escuché la campana» y recién en diciembre del 2020 sabremos la decisión final de los electores estadounidenses. Sólo el tiempo dirá lo que habrá de acontecer…

En este instante, empero, Trump ha sufrido una derrota. Épica, con todos los condimentos de un relato fantástico y estremecedor, que termina con una sonora y estruendosa tragedia y final caída. En el intenso combate de casi cinco años, desde que inició su candidatura presidencial hasta los últimos días de su mandato, sin embargo, ha dejado una marca que será difícil de borrar en las futuras generaciones. Ha demostrado que la idea del «caudillo nacionalista», que como el viejo y peludo Don Quijote se lanza a la lucha contra tremendos molinos de viento, está más viva que nunca. En estos largos, extensos y curiosos meses en el que ha ejercido la Presidencia de los Estados Unidos, ha sabido ser un verdadero «dolor de cabeza» para los grandes poderes globalistas, que han hecho todo lo que está a su alcance para removerlo de allí. Quizás acabamos de presenciar esos famosos «golpes blandos» que el «deep state» estadounidense tantas veces ha ejecutado en distintos países del mundo, pero en esta ocasión, contra su propio gobierno. ¿Quién sabe?

Lo que queda claro es que hay «Trumpismo» para rato. Hay esperanzas de que los patriotas del mundo se unan contra el sistema globalista que tanto daño ya ha hecho la humanidad entera, cada uno luchando en sus respectivas naciones. Que los miembros del «estado profundo» internacionalista han visto que quedan aun demasiados huesos durísimos de roer, incluso en la mismísima central del decadente Imperio actualmente existente. Que el mañana, para los que aman a su Patria y a su Dios, no es tan oscuro como parece. Que siempre hay un lugar dónde luchar y una batalla a la cuál acudir.

Y aunque queda mucho de él, esperamos, para buen rato, Donald Trump, un gran líder que también cometió grandes errores, pasa y pasará… Como todas las cosas momentáneas de este mundo pasajero se van, como el cambio de las estaciones, como la lluvia y el viento, como el día y la noche… Como lo efímero de la vida y lo seguro de la muerte… Pasó dejando una huella intensa en su breve pero fabuloso ascenso y caída a lo más alto del Gobierno Estadounidense, con sus luces y sombras, con sus triunfos y derrotas… Pasó y pasará, como los imperios que surgen y luego desaparecen… Sólo el Divino Espíritu es eterno…

¡Sic transit gloria mundi! ¡Así de fugaz es la gloria en el mundo!

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