El solitario

El solitario

Así es la soledad, adictiva por la tranquilidad que ofrece, de la que uno se aferra y se rehúsa a soltar. Pero es una moneda de dos caras, un géminis. No se puede vivir sin pequeñas dosis de afecto, hasta la bestia más feroz necesita la mansedad de unas manos que le ofrezcan cariño, nadie escapa a esta necesidad ineludible, incluso los dioses han sucumbido a ella.

Los solitarios son criaturas particulares, se apartan de la generalidad de los comunes. El solitario conoce el espectáculo de la vida, padeció, tropezó y se quebró, hoy no es más que un simple espectador. El sabio tiempo lo transformó en una roca de río, inmutable y sereno. Pero lo que el solitario no puede eludir es que sigue siendo un hombre de carne y hueso, un simple mortal, expuesto y arrojado a un mundo impredecible y azaroso.

Él libra sus duras batallas en inquebrantable abandono. Sus demonios comparten cada noche la mesa de su soledad y dentro suyo una rebelión constante acontece. Sus temores no se los cuenta a nadie y sus frustraciones yacen en la tumba de su interior. Pero sigue siendo de carne y hueso, en sus venas corre la impulsividad y el frenesí, alejado de todos se hizo fuerte pero las cicatrices sólo cubren las heridas, no las borran.

Los años le pesan. La vida de los demás le resulta una repetitiva monotonía. Tal vez, con algo de rencor y cierta envidia ve la efímera felicidad ajena, pero una risa picara se le dibuja cuando los otros sufren en compañía y el hartazgo los vuelve insoportables. Y es que el solitario alguna vez fue compañero, amante o soñador, pero incomprendido, decidió ser su única carga. En su propio hombro encontró consuelo, fue el propio confidente de sus secretos y su oído el oyente de sus desgracias.

Y cada tanto algo acaece. No es muy a menudo ni tiene fecha exacta. Sucede que su corazón late a otro ritmo, algo externo lo inquieta y revive una sensación que hace años fallecía en el olvido de su memoria. Maldita necesidad de afecto que altera su tiempo y quiebra su calma.

El solitario por más autosuficiente que pueda sentirse tiene un punto débil, tiene una fragilidad. Tanto tiempo consigo mismo, sin lazos ni involucramientos lo ha vuelto autónomo pero susceptible. La mínima muestra de afecto lo desmorona, lo desarma y lo vuelve vulnerable. La soledad endurece y da templanza, pero en su lado oscuro esconde el secreto de su endeblez. Una aventura casual o un encuentro fortuito, el azar o el destino, el solitario encuentra en la otra persona su verdugo, el ladrón de su paz, su asesino. Encandilado por ese impulso ávido de afecto, su apego hace que pierda la calma preciada. Esa armadura construida en la forja de la amargura nocturna, con clavos de pesares y martillazos de penas, empieza a mostrar fisuras

La suavidad de la piel, un perfume particular y el hechizo de las pasiones lo arrojan al abismo del apego del que tanto huyó. Rememora y se vuelve el protagonista de las fatídicas tragedias de romance y novelas que se devoró en las eternas madrugadas de insomnio. Porque si alguna compañera trae consigo la soledad son las interminables horas de desvelo. Cuando todos descansan en el calor de la compañía, el solitario se introduce en lo profundo de la noche y se doblega a sí mismo, se bate a duelo hasta morir.  

Palpitaciones de principiante, error de inocente, pero él sabe que es momentáneo. Alguna lágrima probablemente corra pero no habrán testigos en la soledad de su encierro. Finalmente las cosas volverán a su lugar, el espejismo se disipará y regresará el tesoro de su tranquilidad. Sumergido en su Leteo se borrará otra desilusión más.

 El solitario, roca tras roca construirá nuevamente su fortaleza. Se alzaran las murallas y se erigirá impenetrable. Seguirá acumulando recuerdos y caminará sin rumbo en las frías tardes de domingo. Mirará el reloj sin esperar por nadie y la mesa seguirá siendo para uno. Indiferente el calendario seguirá sin recordarle nada memorable. Hasta que un nuevo desliz lo lleve a ceder el control. Ahí saldrá nuevamente de su coraza, caerá en una momentánea perdición y en el granito de su corazón volverá a palpitar la incertidumbre.

J. Kirilov.

Jesús Melgarejo

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