El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Filosofía Reflexión

Reflexiones sobre el olvido

El olvido, aquello temido por los megalómanos pero santificado por los sacerdotes de la “mente positiva”; ese vacío del que se sale gracias al arduo ejercicio de la recordación. Decía Platón que el conocimiento es un acto de recordación constante, puesto que al nacer se nos condena con el olvido. La concepción platónica sugiere un olvido punitivo, cuya condena consiste en vivir tratando de recordar, señala que el objetivo de vivir es volver a adquirir los conocimientos primigenios y que vivir una vida encomiable se premiaría con no volver del hiperuranio.

Contrariamente a la idea platónica, Friedrich Nietzsche considera la incapacidad de olvidar como un infierno, el vivir eternamente atado a recuerdos involuntarios que no evacúan la mente, episodios tal vez desgraciados que deberían ser enterrados en lo más profundo de los confines de la mente. Pero incluso, hasta los episodios más buenos y bellos deberían ser olvidados puesto que la eterna recordación de los mismo los devaluaría como se reduce el valor de un objeto sobreexplotado.

En la serie rusa “To the lake”, explican que Misha, un joven con el Síndrome de Asperger, tiene la capacidad de no olvidar nada: ningún libro leído en su vida o ninguna cosa que ve o vivencia. Uno no puede evitar considerarlo un genio, hasta se envidiaría ese “don” suyo de recordarlo todo sin ningún esfuerzo. Pero con el correr de los capítulos uno ve cómo esa incapacidad de olvidar, añadida a su imposibilidad de sentir empatía (hecho refutado según estudios científicos), hacen que el adolescente en un momento dado decida intentar quitarse la vida por “sentirse descompuesto” a diferencia de sus pares. No obstante, es evidente que la incapacidad de olvidar es un factor determinante en su depresión. La información ocupa tanto espacio en su mente que no existe lugar para sentimientos y otras sensaciones “humanas”; su mente lo constituye en una máquina fría y calculadora, a diferencia de lo pasional y reflexivo del humano “normal”, aunque suene discutible.

Crédito: Vodkaster.com

Es que la capacidad natural de recordar es mayoritariamente voluntaria, responde a una necesidad eventual con la que se topa el ser humano, que se rebusca en lo recóndito de su mente la respuesta para ciertas cosas. El olvido hace que el hombre sea dinámico, que busque constantemente la verdad, porque el saberlo absolutamente todo, el no poder olvidar nada, es contrario a la dinámica, no produce movimiento porque el hambre del saber ya está saciada, y cuando un animal está satisfecho, sólo se recuesta y se duerme.

El olvido tiene también connotaciones terapéuticas, porque permite el borrón y cuenta nueva, permite el reinicio. El famoso adagio que atribuye al tiempo la cura de las heridas podría interpretarse al tiempo como evacuador de la memoria, dado que el recuerdo de las vivencias palidece, envejece, se marchita proporcionalmente al correr del tiempo. Si se contara con la incapacidad de olvidar, el luto se haría eterno, la sensación del fracaso sería insuperable, el dolor sería infranqueable e imposible de aplacar.

Nietzsche señala que el espíritu humano le debe su profundidad a lo pedagógico del dolor, sin embargo, se requiere un término, un final, una clausura para asimilarlo, reflexionarlo, superarlo… Y tal vez en esta ecuación un factor importante no es otro más que el olvido, porque las vivencias sin final no pueden analizarse puesto que el cierre todavía no existe, el final es abierto, no se puede sacar conclusiones ante lo inconcluso.

Tal vez el olvido fue en tiempos prehistóricos la inspiración para el desarrollo, puesto que cuando el ser humano comprendió los límites de su capacidad de recordación, buscó mecanismos para superar los límites, y es así como inventó la escritura, y a partir de ella, creó el registro, como lo asegura el historiador Yuval Noah Harari. Entonces, en ese ejercicio de olvidar y tratar de recordar, de buscar en los registros la información que necesitamos, el hombre pudo desarrollar su intelecto, su capacidad cerebral.

Si bien existen enfermedades degenerativas como el Alzheimer que producen una pérdida excesiva de la memoria, me parece importante aclarar que lo que esa dolencia provoca es la pérdida de la soberanía de poder recordar, puesto que el olvido es algo natural en el ser humano. Me atrevería a decir que es hasta un derecho.

Es un derecho desde el momento que permite el reinicio, el punto de partida para la persecución de la felicidad, como reza la célebre constitución estadounidense, y es el componente que hace más llevadera a la prolongada vida, puesto que la longevidad, desde el punto de vista judeocristiano -tal vez platónico también-, sólo la tienen quienes aún deben pagar sus pecados en vida.

Pero si existiese un infierno, su condena máxima sería, me animo a decir, el revivir una y otra vez los peores momentos, recordarlos eternamente, sentir todas aquellas desazones de vuelta y sin final. Así es como el vacío que los nihilistas aseguran que hay luego de la vida se vuelve deseable, puesto que es mejor desaparecer a que sufrir una posteridad de esa índole.

Entonces, ¿por qué olvidar?… Pues para no vivir de recuerdos que ya no existen, para no libar el dulce y embriagador desengaño de una vida pretérita y ausente…Hay que olvidar por amor propio, para sentirnos más humanos y en paz con nuestra condición humana, efímera y sin retorno.

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