Vivir el Presente

Vivir el Presente

“Vivir el presente” suena como una frase ligera, como una afirmación frívola propia de la ética hedonista, como una sentencia jovial y sencilla, a la vez inocente. No obstante, es un precepto de sabiduría antigua y uno de los más difíciles de llevar a la práctica.

Es que vivir el presente implica un completo control de nuestro pensamiento. Es un no sucumbir a las tormentosas imágenes del pasado y a las castrantes tribulaciones del futuro; porque el presente es lo único real, siento todo lo demás como perturbaciones ilusorias de la mente. 

Cuando uno se empeña en vivir el presente de forma auténtica, abre y cierra algunas compuertas: abre las “puertas de la percepción” (en el sentido de Blake) a lo único real, al Eterno Ahora, por medio de la conciencia plena; cierra todas las escotillas a los vendavales del desánimo, la frustración y las preocupaciones inútiles.

“Vivir el presente” es un lugar común en el budismo zen y en otras doctrinas espirituales. No pudo estar ausente en la filosofía occidental, al menos, en los más cercanos a la reflexión mística.

Jamás nos atenemos al tiempo presente. Anticipamos el futuro como demasiado lento para llegar y como para apresurar su carrera. O recordamos el pasado, como para detenerle, por excesivamente veloz. Con imprudencia tal, que erramos en tiempos que no son nuestros, y no pensamos en el único tiempo que nos pertenece; y tan vanos, que siempre pensamos en los que ya no son y huimos sin reflexión, del único que subsiste. Es que de ordinario, el presente nos hiere. 

Lo ocultamos de nuestra vista, porque nos aflige; y si por ventura nos es grato nos sabe mal dejarlo escapar. Intentamos establecerlo por el futuro y pensamos disponer cosas que no están en nuestro tiempo para un tiempo al cual no tenemos ninguna seguridad de poder arribar.

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Que cada cual examine su pensamiento y lo encontrará ocupado constantemente en lo pasado o en lo futuro. No pensamos casi en el presente; y si pensamos, no es sino para encontrar luces con que disponer de nuestro futuro. El presente no es nunca nuestro fin. El pasado y el presente no son más que medios.

Únicamente el porvenir es nuestro fin. Así es que no vivimos nunca, sino que esperamos vivir. Y disponiéndonos siempre a ser dichosos, es inevitable que no lo seamos nunca si no aspiramos a otra beatitud distinta de la que se puede gozar en la vida nuestra.

Por José Alejandro Marín

Alejandro Marín

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