El Parlante

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150 años de la muerte del Mariscal López - Los jóvenes periodistas escriben Agenda Cultural Grandes Batallas de la Historia Guerra de la Triple Alianza Historia del Paraguay Historia Universal

150 Años de Cerro Cora: El Último Crimen de la Guerra

La heroica resistencia y muerte en batalla de Francisco Solano López Carrillo fue un hecho que despertó y seguirá despertando las más fervientes exclamaciones de admiración por quienes hayan auscultado ese dramático, trágico y glorioso episodio de la Historia Universal. Un ejemplo es del historiador alemán nacido en Chile, Ernst Samhaber, quien escribe:

«La guerra no había terminado. López había llamado a filas a todos los hombres de que podía disponer, pero allí estaban todavía los niños mayores de 14 años y conmovedora puericia. Y los viejos, allí estaban… López aguantó fierro. Como una sangría suelta y fatal minaba vitalísimas energías la contienda insensata en el corazón de Sudamérica… López resistía todo. Hallaba siempre nuevos recursos, los ardides más increíbles, los bélicos ingenios, los últimos inventos de los días de paz y de ocio fueron utilizados. Hasta el heliógrafo puso su fúlgido destello en la selvática huranía… López no se rendía. Iba de cúbil en cúbil arreado a fuego. ¡No se rendía! Perdida Asunción, trasladó la capital a Piribebuy. Allí llegó el ígneo empellón, echándole, empujándole siempre. Desde diciembre de 1868 los aliados trasladaban a sus propios países, para invalidarla en la defensa, a toda la población paraguaya que caía en sus manos… Por fin, el Primero de Marzo de 1870 los Ejércitos del Brasil dieron caza al malherido enemigo en Aquidabán, el último rincón de su lar de escombros. Allí cayó López de los Guaraníes, pero antes de cejar, ya con el aliento agónico, el numantino paraguayo dejó que en su cuerpo hicieran criba las lanzas brasileñas…». [Samhaber (1946): «Sudamérica», pp. 647-648].

Prosa que contiene poderosos elementos plenamente históricos que pueden demostrarse con los documentos oficiales. Por ejemplo, el lacónico parte del Gral. Correa da Cámara tras la muerte del Su Excelencia el Mariscal Presidente del Paraguay Don Francisco Solano López Carrillo, era revelador en su sencillez y contundencia:

«CAMPAMENTO A LA IZQUIERDA DEL ARROYO AQUIDABÁN.

1 de Marzo de 1870.

«Ilustrísimo y Excelentísimo Señor:

Mariscal Victoriano José Carneiro Monteiro.

Escribo a V.E. desde el Campamento de López en medio de las sierras. El Tirano fue derrotado y no queriendo entregarse, fue muerto ante mi propia vista. Le intimé orden de rendición cuando ya estaba completamente derrotado y gravemente herido. No queriendo rendirse, fue muerto. Doy parabienes a V.E. por la terminación de la guerra y la victoria obtenida por Brasil contra el Tirano de Paraguay. El Gral. Resquín y otros oficiales fueron hechos prisioneros.

Su General

Cámara».

El II Vizconde de Pelotas, Mariscal José Antonio Correia da Cámara, famoso por haber sido el Comandante en Jefe de la División Brasileña que combatió contra las últimas tropas paraguayas en Cerro Corá. Ante su mirada fue asesinado el Mariscal López. [Wikimedia Commons].

Todo estaba claro en brevísimas palabras. El Supremo Regente del Paraguay, rechazando toda rendición, todo intento de ser capturado, es asesinado estando malherido y desfalleciente.

¡Fue un verdadero magnicidio ó regicidio, si se quiere!

¡Uno más entre tantos crímenes de la Triple Alianza!

Se levantó un grito de protesta en todo el mundo. El asesinato de un Jefe de Estado, incluso en una contienda bélica internacional y especialmente estando ya mortalmente herido y agonizante, generó clamores en todos los rincones de la tierra. Por toda respuesta, el Emperador Pedro II otorgó al Gral. Correa da Cámara el título, muy expresivo, de «Vizconde de Pelotas» y lo hizo ascender al rango de Mariscal.

El Emperador Pedro II de Brasil. [Biblioteca do Exercito Brasileiro].

El nuevo Vizconde fue varias veces entrevistado, por propios y extraños, para que contara con más detalles cómo fue la última escena, la muerte del Mariscal Presidente del Paraguay. Hizo varias declaraciones, aclaraciones, rectificaciones, recusaciones… Pesaba mucho cargar con esa culpa, la de haber presenciado la muerte del Héroe Máximo de América y no haberla evitado, al menos no haberla pospuesto lo más posible.

Pero algo había en común en todos sus relatos: Don Francisco Solano López Carrillo había cerrado la boca a todos, había demostrado con una increíble e inusitada entrega su coraje, su bravura personal en el momento extremo. En las postrimerías de su vida, con el lanzaso en el vientre que le drenaba irreversible el hálito vital, nos dice el Vizconde de Pelotas:

«Debo a mi honor militar, a mi nombre y a mi Patria, a la Historia y mi conciencia declarar con fidelidad que el Mariscal López murió lealmente, en posesión completa de sus sentidos, demostrando gran coraje… Al intimarle rendición, por toda respuesta, hizo un movimiento para herirme y gritó, con firmeza y arrogancia: ¡Muero por mi Patria con la espada en la mano!». [Pereyra (1919): «Francisco Solano López», p. 190].

Sin embargo, nada podía cambiar lo que era obvio: el Supremo Regente del Paraguay mostraba grandeza y heroísmo superlativo en su gloriosa expiración mientras que el Imperio del Brasil, en la persona del Vizconde de Pelotas Gral. Correa da Cámara, evidenciaba su putrefacta pequeñez ante la historia.

Traemos al veterano implacable, Dr. Atilio García Mellid, quien para suerte nuestra fue natural de la República Argentina (pero con alma guaraní, como todo buen argentino) para que podamos utilizarlo libremente sin que se nos acuse de apelar a paraguayísmos en los juicios lapidarios:

«El crimen de Cerro Corá es el crimen individual de uno o de varios hombres; es uno de esos crímenes inmensos, colectivos e inapelables, en que una generación entera queda comprometida. Es el crimen de Mitre, Sarmiento y demás elencos del liberalismo. Es el crimen de Flores y sus bandas orientales. Y es preferentemente el crimen del Imperio, cuya cabeza visible era Don Pedro II… No hay duda sobre la crueldad con que el Emperador persiguió, acorraló y asesinó al recio artífice de la resistencia paraguaya… Pero el Rey Filósofo (como llamó Calmón a Pedro II) no estuvo sólo en la diabólica excitación con que se celebró el asesinato de Cerro Corá. Entre las figuras que con mayor abundamiento de regocijo compartieron su filosofía se halló Domingo Faustino Sarmiento (entonces Presidente de la Argentina)…». [García Mellid (1964), «Proceso a los Falsificadores de la Historia del Paraguay», op.cit. vol. II pp. 373-374].

Cierto es que el Mariscal López mostró un heroísmo inusitado, llenándose de heridas en el combate antes de morir. Pero también es cierto que los soldados brasileños no respetaron su yerto cadáver: muchos le cortaban pedazos de cabello, otros más atrevidos le arrancaban los dedos, las partes de las orejas, incluso los dientes fueron tomados como premio por los «esclavos de la libertad» que bailaban su danza macabra encima del glorioso difunto. Es que, como dijimos, los pobres negros que llevaron la «civilización liberal» al Paraguay consideraban a López II como una especie de semidios. No faltaron los que bañaban sus pañuelos con la sangre del hombre al que llamaban «monstruo» y «tirano». Fue necesaria la intervención del Myr. Floriano Peixoto (futuro Mariscal Presidente del Brasil, quien fuera admirador de Solano López) quien, oyendo los clamores de Doña Elisa Lynch, detuvo esa dantesca orgía necrófila y permitió que el Caudillo Paraguayo reciba cristiana sepultura e incluso ayudó a cavar la tumba.

El cadáver del Mariscal López fue profanado por los brasileños antes de que lo entierren. [Canal Trece].

Por lo demás, el Cnel. Silva Tavares había prometido 100 libras esterlinas al que matara al Mariscal López y era necesario comprobar fehacientemente quién pudo haber sido, pues el «numantino paraguayo» (como dijo Samhaber) estaba lleno de heridas de combate. Se llamó a una junta médica encabezada por los Doctores Manoel Cardoso da Costa Lobo y Melitao Barbosa Lisboa. Estos certificaron las siguientes heridas:

«Una solución de continuidad en la región frontal con tres pulgadas de extensión afectando la piel y el tejido celular; otra producida por instrumento cortante en el hipocondrio izquierdo con una y media pulgada de extensión, dirigida oblicuamente de abajo para arriba, afectando la piel, el peritóneo, los intestinos y la vejiga; otra en el hipocondrio derecho, de arriba para abajo, teniendo dos pulgadas de extensión, afectando la piel, el peritóneo y el intestino. Finalmente, una herida de fusil en la región dorsal, teniendo una sola abertura, quedando conservada en la caja torácica la bala». [Villa Concepción, 21 de Marzo de 1870, certificado por el Escribano José María da Silva].

Elisa Alice Lynch debió enterrar a su esposo y sus hijos, Juan Francisco «Panchito» y el pequeño José Félix. [Portal Guaraní].

Al menos cuatro heridas graves recibió el Titán Guaraní. ¡Todo eso fue necesario para derribarlo! Y era la patente evidencia del crimen de la Triple Alianza: su propio cuerpo, abusado y destrozado con la saña de los vencedores que terminaron siendo vencidos ante la grandeza moral de un pueblo triunfante en su martirio, que se hizo uno con su Gran Conductor, que se entregó en esa inmolación tan grandiosa, trágica y sublime.

¡Sic Transit Gloria Mundi! Así pasó la gloria en el mundo…

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