150 Años de Cerro Corá: Preludio

!Comparte!

La última caravana, heroica y trágica, del Mariscal Presidente del Paraguay Eterno marchaba lentamente hasta su inmolación. El acto final de un drama que con sus dimes y diretes duró más de seis años se estaba aproximando y elegía como sitio de la inmortalidad a un terreno hasta hoy recóndito y difícil de la geografía paraguaya.

Cerro Corá, de difícil traducción a pesar de ser un «jopará» hispano-guaraní, significa más o menos «cerro encerrado», aunque hay tantas y variadas versiones de lo que pueden decir y no decir esas dos palabras que pertenecen a la esencia misma del alma paraguaya. Otros dicen que la frase representa a los «cerros rodeados por los vientos» que decían los antiguos guaraníes y que describen al lugar en dónde se hallaba el supuesto «Mba’e Vera Guasu», la «Ciudad de Oro» que fue convertida en mito en parte por la imaginción aborígen y en parte por la exaltación codiciosa de los europeos. El francés Henri Pitaud habló mucho sobre el tema, así como otros compatriotas suyos. Jacques de Mahieu, por ejemplo, quien en su obra «El Rey Vikingo del Paraguay» alega, con cierta evidencia y mucha leyenda, que en esa y otras zonas del país se encontraron antiguos jeroglíficos y runas que habrían pertenecido a los famosos navegantes y guerreros nórdicos. Otros investigadores, paraguayos y extranjeros, también siguieron esa hipótesis, sin duda interesante pero que no tiene mucho sustento arqueológico.

De Mahieu incluso hace una atrevida suposición: el Mariscal López habría conocido las leyendas del famoso «Rey Blanco» de los Guaraníes, que luchó y expiró en una antigua fortaleza indígena en las proximidades de Cerro Corá y por razones esotéricas, eligió ese punto específico de Paraguay como su último campo de batalla en la Guerra de la Triple Alianza.

Nada tenemos en contra del célebre antropólogo francés que vivió mucho tiempo en la Argentina y que visitó nuestro país varias veces. Pero, como dijimos, es temerario pensar de esa manera: el Supremo Regente de Paraguay no era un hombre de esoterismos, ocultismos, horóscopos, teosofías o cosas similares a las que se pretende dar un barniz científico. El Mariscal Presidente se retiró al norte simple y llanamente porque era el territorio que le quedaba defender y Cerro Corá la posición más difícil de acceder para el enemigo, independientemente de que allí hayan existido vestigios de culturas ancestrales.

Última fotografía del Supremo Regente de Paraguay, S.E. el Mariscal Presidente Don Francisco Solano López Carrillo. Atribuída a Doménico Parodi, circa Agosto 1869.

Juan Bautista Alberdi, argentino y parisino (para seguir con el aire afrancesado que expide este artículo), sin haber conocido la geografía paraguaya y hablando desde la distancia, en sus «Obras Póstumas» alaba la resistencia final que los dirigidos por Solano López iniciarán en las «altas montañas» rumbo a Cerro Corá:

«El Paraguay tiene un segundo y más poderoso ejército en lo que se llaman sus montañas. Son los Andes del Nuevo Chacabuco y el Nuevo San Martín contra los Nuevos Borbones de la América». (Octubre 1869).

El 15 de Noviembre de 1869 escribía el famoso diplomático e intelectual argentino a Don Gregorio Benítez:

«Los 8.000 hombres que tiene López hoy valen los 50.000 que tenía antes de empezar la contienda, pues cada veterano vale diez recliutas. Es imposible que se oculte a los paraguayos que siguen a López que la resistencia heroica de Benito Juárez en México es nada comparada con la del héroe paraguayo, pues este no ha tenido un auxiliar interesado como tuvo Juárez en los Estados Unidos ni agresores americanos como los tiene López. López no tiene igual en América, ni en Bolívar, ni en San Martín, ni en los mejores tipos de constancia indomable y grande que presenta la historia moderna de América. El Brasil es un triste país en no reconocerlo. Mitre y Sarmiento siguen la guerra desde sus sillones. López es un Aquiles delante de todos esos carneros».

Continúa el infatuado Alberdi en el tomo IX de sus «Obras Póstumas»:

«El paraguayo es al brasileño lo que el león es al mono. Para el argentino, es más digno ser hermano de un pueblo de leones que de un pueblo de monos (…). El Paraguay es fuerte porque tiene más recursos que sus adversarios, relativamente. Si ellos son más ricos en oro y en números, Paraguay es más rico en patriotismo, en fe, en disciplina, en esperanza y sobretodo en su derecho (…). El ejército de Paraguay es relativamente superior al de Brasil porque se compone de ciudadanos, no de aventureros ni de esclavos. Esos ciudadanos son libres en el mejor sentido en cuanto viven de sus medios, no del Estado (…). Todo soldado paraguayo sabe leer y raro es el que no sabe escribir y contar. Esa condición no es la del esclavo en ningún país moderno y si la lectura preparase el servilismo, los países libres no la propagarían en el pueblo como elemento de libertad (…). Aunque la paz ha sido la regla de su vida, las armas y el arte militar han sido un objeto constante de su cultivo. Amenazados y desconocidos siempre en su independencia, los paraguayos han vivido desde 1810 con la idea de que tendrían que abrirse paso por las armas para salir del bloqueo geográfico que les imponía la aspiración de Buenos Aires (…). La guerra, sin embargo, no ha sido industria del paraguayo. Simplemente ha sido un deber de honor: la religión del patriotismo».

«Comparad con el soldado del Paraguay al soldado del Brasil por el lado de las condiciones que dejamos señaladas y veréis que nada es más lógico que lo que está sucediendo en esta inacabable guerra (…). ¿Cómo exigir la virtud del soldado, que es el coraje, al esclavo, cuya virtud es la sumisión animal? (…). ¡Cómo justificar el sacrificio de doscientos mil hombres (del Brasil) y dos mil millones de francos sin probar que López ha sido un tirano peor que Nerón y Domiciano!» (…).

Podríamos extender esto muchísimo más gracias a la finísima y aguda pluma de Juan Bautista Alberdi, que escribía esto en los días cercanos a la Batalla de Cerro Corá, pero es una muestra más que suficiente de su postura. La defensa intelectual que hizo el más ilustre intelectual argentino en favor de Paraguay se convirtió en su más apreciado y distinguido blasón. Era la manera en que se redimía de sus errores del pasado, de sus extravíos doctrinarios de juventud. Y eran también sus más intensas ilusiones políticas, su «americanismo», propio de la época.

El escenario estaba montado. Cerro Corá lucía como anfiteatro de gala, esperando que se desate el evento final de la máxima contienda bélica en la historia de América Latina. Es aquí cuando debemos apelar a la prosa épica de Don Juan E. O’Leary en su obra «El Mariscal Solano López» (1970):

«No hay palabras para ponderar aquel dolor de nuestro pueblo, ni hay colores para reproducir los tintes sombríos de aquel cuadro final de la Epopeya. Aquella dolorosa agonía sale de los dominios de la historia. Parece una alegoría mitológica, fruto de una morbosa imaginación. Su siniestra realidad repugna a nuestro corazón y contradice arraigadas convicciones de nuestro espíritu. Un suicidio semejante se nos antoja fabuloso, superior a nuestra especie, digno de dioses. Insistir en sus detalles es quizá, una osadía, tal vez una profanación… Pero digamos que, a pesar de todo, aquellos hombres conservaban la integridad de su energía. El hambre, la miseria, podían abatir su carne pero eran impotentes para abatir su voluntad».

«Así se explica que en tan crítica situación venciesen a la hostil naturaleza, abriendo cincuenta leguas de camino en las selvas, tendiendo innumerables puentes sobre ríos, arroyos y torrentes y arrastrando su artillería y sus bagajes por donde sólo el salvaje había cruzado. Aún hoy nos asombran las anchas picadas abiertas en aquel tiempo y pueden verse todavía los prolongados terraplenes que cruzan los esteros, señalando la ruta de nuestro ejército».

«¡Es que para aquellos soldados no existía lo imposible! Fundidos en el molde del Gran Capitán que los formara, eran capaces de acometer lo inverosímil, permaneciendo constantemente, durante más de cinco años, en los dominios del prodigio. Con razón, pues, el Conde D’Eu temblaba ante ellos a la distancia (…); con razón los brasileños maniobraban desde lejos sin atreverse a seguirles. Representaban una fuerza demasiado grande, que no era posible medir por su número sino por la milagrosa energía que desplegaban (…)».

«Desde Itanaramí se dirigió el Mariscal López hasta Sanja Hû, en los precisos momentos en que el Príncipe retrocedía acobardado hacia Villa del Rosario. Allí permaneció hasta los primeros días de Enero de 1870 en que cruzó la cordillera del Amambay, dejando rezagados algunos centenares de moribundos que poco después sucumbían de inanición. Ya al otro lado de la serranía, descansó sobre el arroyo Samakua, tomando después rumbo hacia el norte bajo una lluvia torrencial. A medida que avanzaba se iba reduciendo su ejército, segado constantemente por el hambre (…)».

«Así llegaron penosamente al Río Amambay, donde tuvieron que improvisar un ancho puente que fue bautizado con el nombre de Puente Galón, porque en él no trabajaron las tropas sino los jefes y oficiales. Siguiendo siempre al norte, cruzaron el Río Verde, sobre el que echaron otro puente y llegaron a Punta Porâ, desde donde tomaron rumbo al Oeste, atravesando nuevamente la Cordillera por la Picada del Chirigûelo, para ir a salir en Cerro Corá el 14 de Febrero de 1870».

«Cerro Corá es a manera de un inmenso anfiteatro de montañas, formado por las ramificaciones de la Cordillera del Amambay. Está ubicado en el extremo noreste del Paraguay y lo cruza el Aquidabán, uno de cuyos afluentes es el Aquidabán Nigui, no ofreciendo sino dos entradas: la una al S.E. por el Chirigûelo, la otra al N.O. por la picada del Yatevo».

¡Todo estaba listo! ¡El telón estaba por levantarse una última vez!

«Hacia Cerro Corá», obra de Roberto Holden Jara (1958). Aunque los soldados paraguayos sufrieron penurias y fatigas propias de una guerra cruenta (y las vencieron), se nota algo de exageración en esta representación, que enfatiza mucho la miseria del pueblo paraguayo en la fase final de la guerra y no su heroísmo tenaz.

!Comparte!

Un comentario en “150 Años de Cerro Corá: Preludio

  • el 09/02/2020 a las 12:13 pm
    Permalink

    e expetacular a brabura desses paraguaio que acompanharam Lopes nos seu último dias…

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *