El Paraguay Liberal: La Caída del Régimen y Epílogo

El Paraguay Liberal: La Caída del Régimen y Epílogo

Signado por el destino, por los contratiempos y problemas domésticos e internacionales de extraordinaria gravedad, el doctor José Patricio Guggiari, el quince de Agosto del año 1932 entrega el mando de la República en horas dramáticas para la Patria, a su sucesor electo, el doctor Eusebio Ayala, quien ya había ejercido el cargo de presidente provisional de la república, cuando la crisis del año veinte y uno generada por una de las renuncias del que fuera presidente en dos oportunidades, don Manuel Gondra.

El doctor Eusebio Ayala había sido el  presidente provisional de la República desde el mes de noviembre de ese año veinte y uno hasta promediar mil novecientos veinte y tres.

Se aprestaba a ser el presidente en la guerra contra los bolivianos. Por ironías del destino, un hombre pacífico debía afrontar una vez más un conflicto que nunca hubiera deseado para su país.

Lo acompañaba en la vice presidencia de la nación el doctor Raúl Casal Ribeiro, de la saga de aquel que hizo fortuna en el ejercicio del comercio mayorista luego de la guerra grande de la Triple Alianza, definitivamente afincado en el país. Una verdadera sorpresa, pues hasta entonces poco y nada y figuraba en la exclusiva ´´nomenclatura´´ liberal.

El gabinete inicial del presidente doctor Eusebio Ayala estaba conformado por el señor Narciso Méndez Benítez, en la cartera del Interior; en la Cancillería Nacional, el doctor Justo Pastor Benítez; en el ministerio de Hacienda el doctor Benjamín Banks; en el despacho de Justicia, Culto e Instrucción Pública, el doctor Justo Prieto; y en Guerra y Marina, el doctor Víctor Rojas.

Por ley de la nación, y en atención a las necesidades perentorias del momento dramático que vivía el país, se creó la cartera de economía, en la que fue nombrado ministro, el ingeniero Albino Mernes. Este elenco ministerial fue el que la posteridad bautizó, con mucha apología, como el ´´gabinete de la victoria´´.

Cuando el presidente Eusebio Ayala asumió la presidencia de la nación, la guerra ya había estallado; se había reconquistado ´´Pitiantuta´´ y las operaciones bélicas vendrían unas tras otras a través de los tres años que duró el conflicto. Lógicamente casi toda la atención del gobierno se enderezó a las cuestiones de una guerra no querida por los pueblos involucrados, alentada por los grandes intereses internacionales aprovechándose de indefiniciones en materia de límites y de la desesperación del país altiplánico por una salida al mar que había perdido en otra aventura bélica en el siglo pasado.

Ciertamente que Bolivia había comenzado su política de penetración en el Chaco Paraguayo poco después de finalizada la guerra del Pacífico contra Chile, en alianza con el Perú.                          

La invasión subrepticia estaba acompañada con intentos de naturaleza diplomática instrumentados en sendos tratados de límites con los gobiernos paraguayos, después de la guerra de la triple alianza. Decoud – Quijarro, Aceval – Tamayo, Benítez – Ichazo, fueron intentos de solución diplomática a los reclamos bolivianos, felizmente no ratificados por el Congreso de la Nación, pues de haberlo hecho hubiera significado una pérdida territorial mayor que le que vino después, definitivos en Buenos Aires al finalizar la guerra.

Caído el partido republicano en mil novecientos cuatro, Bolivia siguió ocupando clandestinamente el Chaco Boreal, aprovechándose a su vez del clima de permanente inestabilidad política que vivió el país en los años de predominio del partido liberal, usando la misma estrategia; ocupación progresiva y propuesta diplomática. Soler – Pinilla, Ayala – Mujía, Díaz de León – Gutiérrez, fueron protocolos que no tuvieron otro objetivo que dar largas a un conflicto que solo se resolvería en el campo del honor.

Bolivia había esperado el momento oportuno para asestar el zarpazo, en la creencia que el Paraguay estaba en inferioridad de condiciones para plantear una defensa eficaz contra su ejército dos veces más numeroso y otras tantas en armamento que incluía tanques blindados. Para más, sabían que todo el armamento adquirido por el los gobiernos paraguayos, especialmente por la misión del capitán Manuel J. Duarte, había sido inutilizado en las revoluciones sin término con que el régimen liberal asoló el país con casi veinte años de anarquía.

Menos mal que en los últimos diez años de finalizada la gran revolución radical de mil novecientos veinte y dos/tres, se hizo cargo de la conducción económica del país del doctor Eligio Ayala.

Como ministro de Hacienda y como presidente de la república este hombre de genio y carácter – este sí, de acrisolada honradez – centavo sobre centavo, juntó la plata pacientemente y la nación pudo contar con medios necesarios para la adquisición del armamento, buques de guerra, aviones y demás. Lo que un país gana cuando tiene en un cargo decisivo a un hombre honesto y capaz.

Con la caja en orden, el presidente Eusebio Ayala y su equipo económico del ingeniero Mernes y el doctor Banks pudieron encarar sin mayores contratiempos la ´´economía de guerra´´, en el que sin duda ninguna tuvo un comportamiento estupendo. Se sintió poco la escasez dentro de la sobriedad y frugalidad de un país pobre como el nuestro, antes, durante y después de la Guerra del Chaco. Y cuando faltó algo por razones logísticas, el soldado paraguayo, sufrido y espartano, suplió con su carácter las dificultades eventuales, algunas de ellas crónicas. Fue el soldado paraguayo el verdadero y único vencedor del Chaco.

Nadie como el paraguayo para pasar días sin tomar agua, semanas sin comer y ganas de pelear como un león cuando la patria está en juego. Cuatro centurias se pasaron guerreando para conservar el solar nativo.

Con esta carga moral, nuestro ejército nacional fue de victoria en victoria, reconquistando el Chaco de manos del enemigo boliviano dos veces superior en efectivos materiales bélicos. Sabiamente comandado por el general en jefe – luego mariscal – don José Félix Estigarribia y su Estado Mayor.

Nadie flaqueó un instante, y en tres años de dura porfía, Paraguay emergió triunfante, se puso a los bolivianos en casa. También ellos se batieron con pundonor y bravura, pero les faltó el justo título y la justa causa.

Pero a la explosión guerrera, siguió la implosión política. El sistema liberal estaba sentenciado. Y si no cayó antes fue gracias a la guerra. El paréntesis de tres años hizo seguir nominalmente al partido liberal en el gobierno de la república. Solo la guerra salvó el régimen liberal.

La Argentina ya había cambiado de rumbo años antes. En mil novecientos treinta los militares habían dado por tierra con la democracia liberal echando del gobierno ´´manu – militari´´ al caudillo radical Hipólito Irigoyen, aquel presidente argentino que nos condonara la infame deuda de la guerra grande, en su primera presidencia de mil novecientos diez y seis a mil novecientos veinte y dos.

El país del Plata, tan sensible y receptivo a las ideas dominantes en Europa, no esperó mucho tiempo para adoptar las nuevas concepciones corporativistas imperantes en la vieja Europa en crisis desde la finalización de la Primera Guerra Mundial.

A los gobierno militares de Uriburu y Justo, siguieron los de la llamada ´´década infame´´ y ´´del fraude patriótico´´ de Castillo, Ortiz, Rawson, Ramírez y Farrell. Para terminar con advenimiento del primer gobierno de Juan Domingo Perón, para más desgracias de los argentinos.

No podíamos ser menos. Como por ´´efecto dominó´´, apenas finalizada la guerra del Chaco tuvimos que adoptar la misma causa o el mismo esquema. El pueblo harto del liberalismo, pero el liberalismo a la paraguaya: con opresión en vez de libertades; con discriminaciones odiosas e injusticias sociales, en vez de igualdad; y con una política de persecuciones, destierros, cárceles y muerte, en vez de fraternidad, en soterrado concierto de fuerzas políticas trabajadas previamente en las tiendas de campaña en pleno Chaco, dio por tierra con el régimen imperante desde hacía casi cuatros décadas.

Las acciones bélicas no constituyeron obstáculo para que subterráneamente se fuera tejiendo la madeja de la gran conspiración que tumbó al liberalismo largamente combatido. Ni bien terminó el desfile de la victoria empezó la cuenta regresiva del gobierno presidido por el doctor Eusebio Ayala, quien apercibido de las grandes amenazas que se cernían, no solo contra su gobierno, sino contra el sistema liberal imperante desde la sanción de la constitución nacional de mil ochocientos setenta, en la propia legislatura, se quejaba con amargura e impotencia que se debían arbitrar nuevas pautas institucionales a fin de dar satisfacción a los nuevos requerimientos de la hora. Sin embargo, no tuvo eco; sus correligionarios liberales pecaron de triunfalistas y autosuficientes. Creyeron que la victoria alcanzada en los campos de batalla del Chaco Boreal les extendía un aval contra todo riesgo de caída; y, como si nada estuviera ocurriendo, empezaron a pelear por la candidatura en sus internas por el siguiente periodo constitucional.

El mismo general Estigarribia hizo lo del avestruz. Él tendría conocimientos de los planes conspiratorios, y nada hizo por evitarlo. Algunos sostienen que el conductor del Chaco  especulaba que el golpe que estaba en pleno desarrollo era para él, y que por eso nada hizo por impedirlo. Sin embargo, estas presunciones no encajan con otros datos. El general no estaba ni siquiera sondeado, el coronel Rafael Franco, quien al final fue el agraciado para la presidencia de la república por la revolución, fue traído de su exilio en Buenos Aires.

Además, el general Estigarribia despertaba lógicos recelos en la oficialidad comprometida con el golpe por cuestiones que venían de la campaña del Chaco. Era sindicado como el objetor de cuanto ascenso se propusiera al presidente Ayala de destacados jefes que hicieron más que suficientes méritos. Creemos que solo aconsejó el ascenso a general de un médico.

Sintetizando, Estigarribia estaba muy jugado con el régimen y lógicamente cayó con él.

El coronel Rafael Franco, brillante oficial, de destacadísima actuación en la guerra del Chaco, estaba largamente ´´trabajado´´ desde antes de la guerra inclusive. Fue cabeza visible de cuanta intentona de golpe se tramara contra los gobiernos liberales. Por otra parte, era el ´´ábrete sésamo´´ de los cuarteles, ´´condictio sine quanon´´ para cualquiera que intentara con expectativas de éxito un golpe de estado.

La inteligencia del gobierno había percibido el peligro que significaba el coronel Franco y el gobierno lo extrañó del país. Sin embargo, ni estas prevenciones impidieron que los complotados desataran el golpe y consumaran la rebelión. La llama revolucionara había prendido fuerte en los cuarteles y ahí se definió la situación.

El coronel Federico Wenman Smith, militar de meritoria actuación en la pasada contienda chaqueña, acompañado de la oficialidad de sus cuarteles, encabezó el movimiento que el diez y siete de Febrero de mil novecientos treinta y seis diera por terminadas las funciones del gobierno del doctor Eusebio Ayala y el final oficial del régimen de la democracia liberal. Instituido en país luego de la hecatombe  del setenta.

A nuestro juicio, esta fecha marca la caída del liberalismo en el Paraguay. Ciertamente luego vendrán los gobierno de Paiva y Estigarribia; pero don Félix y su gabinete ´´universitario´´ estaba bajo la tutela militar, y Estigarribia a su turno, no tuvo ningún empacho de hacer su ´´autogolpe´´ en Febrero de mil novecientos cuarenta, derogando la constitución del setenta, disolviendo las cámaras legislativas con representación única liberal, dictando una carta política de note corte corporativo, otros tantos decretos amordazando a los partidos políticos, la prensa y a los sindicatos. Por otra parte, Estigarribia no era liberal (este mito debe ser demolido); es más, creemos que era profundamente anti liberal. Por eso hizo lo que hizo.

Legado del Paraguay Liberal  y conclusiones finales.

A pesar de las falencias, de las deudas del estado liberal en el Paraguay, sin embargo, habría que reconocerle logros importantes. En primer término la sanción de una constitución nacional, que si bien es cierto fue prácticamente una imposición de los aliados vencedores, ya era un clamor popular impostergable en un país que se había manejado por más de medio siglo al arbitrio de sus grandes patriarcas.

Por supuesto que el Reglamento de Gobierno de mil ochocientos trece, que el jurista paraguayo Justo Prieto la caracterizó como una ´´pseudo-constitución´´; no constituía en modo alguno una carta política que se acercara tan siquiera a las exigencias mínimas de un texto constitucional. La Constitución Nacional dictada por el gobierno de don Carlos Antonio López, a pesar de insinuar una división de poderes, sin embargo pecaba en omisiones relativas a los derechos y garantías individuales y en otros aspectos fundamentales, que hacían al final depender todo de la voluntad del presidente de la República, tanto así que en  su libro ´´Bases´´;  el jurista tucumano Juan Bautista Alberdi, y autor intelectual de la Constitución Argentina de 1853, amargamente se ´´quejaba´´ y advertía que en el texto ´´constitucional´´ hiper-presidencialista y de omnipotencia  de Don Carlos, ni siquiera se mencionaba la palabra ´´libertad´´ una sola vez; y,  sentenciaba que el texto tenía tantos ´´defectos hacen aborrecible su ejemplo´´.  

La Constitución del Setenta, aunque no pertenece estrictamente hablando al período liberal, vale la pena que sea recordada por su importancia. Fue el primer marco jurídico referencial que cumplió las exigencias de una carta política fundamental. Legisló no solo en sentido ontológico, apuntando al ser del cuerpo social, sino también al porvenir, es decir, a lo deontológico, al deber ser. Impidió la entronización sin término de los caudillos políticos, al prohibir las reelecciones sucesivas. Bajo su amparo la nación paraguaya fue definitivamente la República del Paraguay. Ella nos dio personería política internacional y un lugar reconocido en la sociedad de las naciones libres del mundo.

A su amparo se fundaron las instituciones de la educación superior (de corte moderno, al menos) y de centros culturales que hicieron posible la superación intelectual de los paraguayos. El país vio sus primeros abogados, médicos, poetas, pintores, músicos. Salimos del obscurantismo crónico. Dio a los paraguayos conciencia de su propio valer como ciudadanos libres sujetos solo a los mandatos de la ley.

Desgraciadamente tuvimos la gran ordalía de la guerra grande que restó el impulso inicial necesario para que la tarea fuera más eficaz. La guerra de exterminio infame de 1864-1870, de la que salimos totalmente destruidos materialmente, consumió las energías de la nación en la perentoria tarea de la reconstrucción. Todo, absolutamente todo se tuvo que hacer de nuevo. Desde la primera cosecha para paliar la hambruna.

La democracia requiere ciudadanos equilibrados, comedidos y bien comidos. Ella no funciona con hambrientos y harapientos; al contrario, es la miseria la que impulsa a los pueblos a buscar remedios por otros conductos.

Nuestros bisabuelos de la post guerra hicieron lo que pudieron y tal vez más. Si la tarea no fue superior se debió también a la violenta ambición de predominio de los grupos y facciones políticas coloradas republicanas, llámense ´´Caballeristas´´; ´´Egusquicistas´´ o ´´liberal pytaí;  y,  ´´liberales´´ sean estas entres ´´cívicos´´ y ´´radicales´´ primero; y,  como colofón entre los mismos radicales sean ´´Jaristas´´ Gondristas´´ ´´schaeristas´´;  que nos sumieron en crónica inestabilidad política, esterilizando las energías de la nación en las luchas fratricidas casi demenciales. La historia del Paraguay liberal es también la historia de sus revueltas, asonadas y revoluciones campales. Una página negra de nuestra historia, que algunos quieren olvidar y que está íntimamente relacionada a este período, es la del «mensú» en los inmensos yerbales, un regimen de semi-esclavitud rural que, ciertamente, apareció tras la hecatombe de la Guerra contra Paraguay en 1864-1870, pero que alcanzó su triste esplendor en el apogeo de los gobiernos liberales, sin que estos hayan hecho mucho para remediarlo.

Paraguay, que a duras penas se recuperaba de la trágica Guerra de 1864-1870, entró en el denominado "período liberal" en 1904 por medio de un golpe de estado. De allí en adelante y hasta 1939, exceptuando el breve período del Gral. Rafael Franco, la "nomenclatura liberal" gobernó de manera ininterrumpida. El "Paraguay Liberal" se destacó por sus interminables revoluciones, guerras civiles, asonadas, golpes de estado, matanzas de estudiantes y campesinos, mensúes, magnicidios, pobreza del pueblo llano y una "alta sociedad" muy alejada del sentimiento popular. [Imagen: E. Bloch y Compañía/ABC Color].
Paraguay, que a duras penas se recuperaba de la trágica Guerra de 1864-1870, entró en el denominado «período liberal» en 1904 por medio de un golpe de estado. De allí en adelante y hasta 1939, exceptuando el breve período del Gral. Rafael Franco, la «nomenclatura liberal» gobernó de manera ininterrumpida. El «Paraguay Liberal» se destacó por sus interminables revoluciones, guerras civiles, asonadas, golpes de estado, matanzas de estudiantes y campesinos, mensúes, magnicidios, pobreza del pueblo llano y una «alta sociedad» muy alejada del sentimiento popular. [Imagen: E. Bloch y Compañía/ABC Color].

Las élites políticas, una vez instaladas en el poder, en vez de trabajar por el bien común, se sirvieron de los bienes del común, desatando una verdadera epidemia de corrupciones en beneficio propio y ajeno en directo perjuicio del pueblo paraguayo. Los grandes negocios de la nación en poder de unos pocos avivados gubernistas y de compañías extranjeras gracias a una oligarquía liberal entreguista.

La acción de estas minorías que deciden por ´´derecho divino´´ son la que en todo tiempo se encargaron de desprestigiar a la democracia, haciéndola sinónimo de corrupción al servicio de sus intereses mezquinos, entregando la parte del león en los negocios de la república de personeros extranjeros en desmedro del pueblo en su trabajo, en su salud, en su educación.

Teodosio González en ´´Infortunios del Paraguay´´ y el doctor Eligio Ayala en ´´Migraciones´´, nos señalan con pesadumbre y dolor los sufrimientos de un pueblo obligado a salir del país en masa, corridos por la desnutrición crónica, las revoluciones sin término y la falta del mínimo incentivo para seguir bregando en el solar nativo.

Sin embargo; no se crea que estas patologías son inherentes al sistema democrático. En otras palabras, que la democracia es un sistema que necesariamente produce inestabilidad, injusticias sociales, marginación. No es así ´´ o tan así´´; son los politiqueros: caricaturas de políticos, una casta de impresentables que hacen  gala de prepotencia, opulencia, vicios y en muchos casos de un grosero analfabetismo,  enquistados en la cúpulas partidarias al servicio de sus propias y ajenas ambiciones los que desnaturalizan y desprestigian al menos dañino de los sistemas políticos.

Somos los hombres los que claudicamos por nuestras debilidades, nuestras urgencias, nuestras ambiciones, nuestra endeblez ética y moral.

Apenas la lata está a tiro y ya pegamos el manotón. Ndañande pohái. Entonces no habrá sistema político posible para remediar nuestras falencias. El pueblo seguirá a la buena de Dios, confiando más en las plegarias que en los derechos y garantías que orondamente declaramos a diario para engañar a los incautos y a los que no tienen otra alternativa que creer eternamente.

Finalmente el pueblo – sino se despierta de una buena vez –  se aferrará a quien fuere. No hará disquisiciones que desde luego no están a su alcance intelectual, pero si a su fina intuición. Seguirá a quien le prometa días mejores, porque se puede perder todo, menos la esperanza.

Diego Giménez.

Fuentes:

  • ´´Del 14 y 15 al 2 y 3´´ Una interpretación  de la Historia  política del Paraguay´´ Eduardo J. Giménez Rabito.
  • ´´Bases: y puntos de partida para la Organización de la República Argentina´´
  • ´´Infortunios del Paraguay´´ Teodosio González.
  • ´´Migraciones´´ Eligio Ayala.
  • ´´Síntesis de los Presidentes del Paraguay´´, Raúl Amaral.
  • ´´Constitución y régimen político en el Paraguay´´ Justo José Prieto.   

Diego Giménez

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