ACOSTA ÑU INMORTAL

ACOSTA ÑU INMORTAL

150 AÑOS DE LA EPOPEYA GUARANÍ. 

«Entonces Príamo, aunque ya se encontraba en medio de la muerte, no se contuvo ni reprimió sus palabras: ‘Que por este crimen, y por tal osadía, los dioses os den la recompensa que merecéis'(…)».

Muerte de Príamo y Caída de Troya.
(Virgilio, «Eneida», Libro II).

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16 de Agosto, 1869.

Sangre, muerte y destrucción se habían ceñido sobre las ciudades paraguayas de Piribebuy, Caacupe y Caraguatay. 

El Príncipe de Orleans, Gaston D’Eu, enardecido tras la sensible pérdida de su amigo íntimo Gral. Menna Barreto el 12 de Agosto, endureció aun más su rígida postura, propia de la doctrina militar de entonces: no tomar prisioneros.

Así, cada paraguayo que caía en sus manos equivalía a un muerto. Era el terror por el terror, la subyugación absoluta, el «Legado de Clausewitz» llevado hasta las últimas circunstancias. Los pocos ciudadanos guaraníes que sobrevivían eran tomados como «legítimo botín de guerra» y enviados a los cafetales brasileños, donde hacía mucha falta la mano de obra esclava que había quedado gravemente lastimada durante la tremenda contienda contra ese indomable Paraguay.

Casas, hospitales y edificios eran incendiados. El último arsenal del Mariscal López, en Caacupe, reducido a cenizas. Los defensores paraguayos de los suburbios de Caraguatay, en la zona que entonces se llamaba Ka’aguyjuru, fueron decapitados. Las poblaciones civiles, mujeres y niños, huían despavoridos ante la masacre indiscriminada. 

Según los coroneles Centurión y Aveiro, «el Supremo» había dado órdenes a la población de permanecer en sus villas, no estaban obligados a seguirle. Pero como ya hemos visto, lastimosamente esto no servía de nada ante la inmisericorde postura del Conde D’Eu, insaciable en su sed de sangre.

Miles de paraguayos huían, se refugiaban algunos en los bosques, otros marchaban hacia Asunción implorando la piedad del «Gobierno Provisorio» (los legionarios), y gran número seguía al Ejército Paraguayo porque ya no tenían otra opción. 

Fuente Imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Acosta_%C3%91u#/media/File:Batalha_de_Campo_Grande_-_1871_b.jpg

Así, cerca de 4.000 personas, mayormente niños y algunas mujeres que los lideraban, lograron encontrarse con un convoy paraguayo de aproximadamente 300 hombres que transportaban carretas con pesadas municiones y armas. El terreno impracticable y el penoso estado de las bestias de carga hacían a esta tarea lenta y tediosa. Y si a eso se suman 4.000 refugiados, compatriotas que huían de las masacres y que necesitaban ayuda, uno puede imaginar lo difícil que se hizo marchar en esas condiciones. 

Esos 300 soldados (liderados por el Cnel. Moreno y el Myr. Franco) con sus carretas no formaban parte de ninguna «retaguardia» como se dice vulgarmente. Hacían el trabajo de logística, buscaban armas y provisiones desde el interior del país para seguir abasteciendo al Ejército, que ya hacía varios días (al menos desde el 10 de Agosto) había salido rumbo a Curuguaty. 

El príncipe francés Louis Philippe Ferdinand Gaston d’Orléans, conde d’Eu (1842-1922). Fuente Imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Acosta_%C3%91u#/media/File:Gaston_d%E2%80%99Orl%C3%A9ans,_comte_d%E2%80%99Eu.jpg

El Mariscal López se había enterado del proceder malicioso y vil del Conde D’Eu. La única opción que le quedaba era enviar como protección a los civiles paraguayos y sus convoyes a unos 500 soldados, bajo mando del Gral. Bernardino Caballero, quien tenía órdenes de presentar batalla e intentar salvar la mayor cantidad de civiles que se pudiera si los Aliados los atacaban. Desde luego, la tarea era inmensamente difícil…

En el amanecer del 16 de Agosto de 1869, el convoy paraguayo que transportaba penosamente sus pertrechos y civiles, fue interceptado por los Aliados en el lugar denominado «Díaz Cue», «Ñu Guasú» o «Campo Grande» (Barrero Grande). Los Generales Victorino y Deodoro lideraron la acción aliada.

A las armas fueron los 300 soldados de Franco y Moreno. Estos ordenaron a los civiles que transporten las carretas y se refugiaran en ellas si era necesario. Así lo hicieron.

5.000 aliados, sin contar a la artillería del Gral. Mallet, se lanzaron sobre los guaraníes. Feroz resistencia, como de costumbre, se dio en la batalla. Cuando todo parecía acabado, el Cap. Miranda apareció liderando a los soldados de refuerzo del Gral. Caballero. Este, aprovechando la situación, se dirigió al Arroyo Acosta (que da nombre a la zona, aunque también tiene otros nombres en guaraní) y rescató a varias mujeres y niños haciéndolos escapar por ese lugar. Sin embargo, los brasileños rompieron la línea de resistencia paraguaya. El Cnel. Moreno cayó muerto, el Myr. Franco fue herido de gravedad y apenas salvado por un puñado de hombres del Cap. Miranda.

Fue cuando se dio el momento más sublime de la «Epopeya Guaraní».

Los niños, que estaban siendo rescatados, decidieron tomar las armas. Veían que sus abuelos, padres, hermanos mayores, viejos amigos, luchaban y morían en defensa de la Patria. Y ellos mismos, sin otra opción sino luchar por sus vidas y su libertad para no ser esclavizados por el «Imperio Esclavócrata», no podían ser menos en ese instante tan superlativo. 

Fueron hasta las carretas abandonadas, tomaron todas las armas que pudieron encontrar, y como si fueran verdaderos soldados de ese Ejército Paraguayo que hacía ya 5 años mantenía en vilo al mundo entero, se presentaron ante sus superiores esperando órdenes. Y estas sencillamente fueron: «luchen por sus vidas, paraguayos».

Así lo hicieron, con furia inocente y pureza infantil. Se arrojaban de frente hasta los enemigos, quienes disparaban sin dudar matando con facilidad. El Cnel. Florentin Oviedo se puso al frente, intentó organizar a los niños guerreros, pero fue herido y capturado. El mismo Gral. Caballero hacía esfuerzos encomiables, luchando en medio de las balas, pero nada de ello servía…

El Arroyo Acosta se convirtió en sangre.

A duras penas el Gral. Caballero y el Cap. Miranda, herido, salieron con vida. Unos cuantos niños, entre los que se cuentan al futuro Presidente Emilio Aceval, y al padre del poeta y músico Emiliano R. Fernández, Don Silvestre Fernández, lograron escapar de la masacre.

El campo quedó cubierto de cadáveres. Cuando los oficiales aliados preguntaron al Cnel. Oviedo sobre la cantidad de paraguayos que combatieron, este respondió con altivez: «si es que saben aritmética, simplemente cuenten los cadáveres y sumen el número de prisioneros, y allí tendrán una cantidad aproximada».

Pero el Conde D’Eu no estaba satisfecho. No había hecatombe suficientemente grande para ser ofrecida en nombre de su amado Menna Barreto. Al terminar la batalla, ordenó que el campo de batalla fuera incendiado, sin importar si allí hubieran supervivientes. Muchos niños y sus madres, que salían de los bosques desesperadas por intentar salvarlos, murieron consumidos por las llamas de ese último holocausto.

La Batalla de Acosta Ñu (hoy es llamada de esa manera, pero es errónea dicha denominación, que se toma del arroyo por donde escaparon muchos civiles, y donde se había dado una semana atrás otra batalla) es símbolo del heroísmo máximo y el martirio glorioso del pueblo paraguayo en defensa de su nacionalidad. Los 3.500 muertos, la mayoría de ellos niños menores de 12 años, dejaron su marca imborrable y viva en el corazón guaraní.

En cierto sentido, fueron vencedores. Su sangre, protesta eterna contra la injusticia de esa Alianza Criminal, es la esencia purificadora de toda la Nación Paraguaya, su más precioso sacrificio en pos de la defensa de su independencia y dignidad. No hay suficientes palabras para tributar a esos niños mártires, quienes lucharon por sus vidas y su libertad (no para cubrir la retirada de nadie, como muchas mentes minúsculas y espíritus aun más insignificantes quieren hacer creer), y con esas preciosas vidas, garantizaron la inmortalidad de su Patria. Mientras Acosta Ñu siga latiendo fuerte en el corazón de los paraguayos, su tierra nunca podrá ser destruida.

Emilio Urdapilleta

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