Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864-1870): Capítulo I

Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864-1870): Capítulo I

IMPERIOS Y VIRREINATOS.

La «Guerra Contra Paraguay» debe necesariamente estudiarse desde la época pre-independiente e incluso, el período de la colonización española en las regiones donde se luchó. Ninguna explicación puede sostenerse sin dejar en claro que, desde las cuestiones limítrofes entre los beligerantes, hasta las ambiciones de dominio internacional, pasando por los viejos odios y resquemores de raza entre portugueses y españoles, todo tiene un origen en el mismo nacimiento de las naciones implicadas directamente. [1]

Para no extendernos demasiado en dicho estudio que, de por si, es tarea formidable para cualquier historiador, marquemos como punto de inicio a las Invasiones Británicas de 1806-1807.

Siempre fue deseo de la Corona Británica tener el control del Estuario del Plata. Varias invasiones se produjeron buscando ese objetivo, siendo la más famosa la que ocurrió en los años 1806 y 1807, en las ciudades de Montevideo y Buenos Aires. Los criollos y nativos del lugar ganaron conciencia de sus propias capacidades, y con la ayuda firme del devoto católico Don Santiago el Conde de Liniers [2], además del aporte de más de 1.500 paraguayos liderados por el Gral. Don Bernardo de Velazco [3], vencieron a las tropas invasoras. «Los 15.000 criollos y nativos» salvaron a las actuales capitales de Argentina y Uruguay de la dominación británica. Se convirtieron en dignos sucesores del manco y tuerto Cnel. Blas de Lezo, quien décadas atrás y en una proeza similar (muchas veces exagerada por la épica), vencería a las tentativas británicas en Cartagena de Indias, actual Colombia.

Pero Inglaterra, derrotada militarmente, tenía otros métodos de subversión y control, que no dudaría en utilizar para combatir y finalmente, acabar con su secular y tradicional enemiga, la católica España.

Los orgullosos criollos que vencieron en batalla a la Royal Navy y sus «casacas rojas», alentados por el éxito ante los invasores y empapados con las ideas nacidas en las logias del conocido bujarrón Lord Francis Dashwood el 11º Barón Despencer [4], transmitidas a Norteamérica y Francia a través de Benjamín Franklin y los revolucionarios franceses respectivamente, se convirtieron, muchos por nobleza e ingenuidad, otros por oportunismo y servilismo, en agentes de sociedades secretas/discretas como la famosa «Logia Lautaro», de abierta tendencia liberal, filo-británica en los principios políticos y económicos, por ende, anti-española y promotora de la tristemente célebre «leyenda negra» con la que se pretende mancillar y manchar, sin más sustento que la propaganda agresiva, al inconmensurable legado de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. También funcionaban otras sectas y camarillas masónicas como los «Caballeros de América» o la que posteriormente sería conocida como «Logia de Cádiz», todas ellas promovían al liberalismo anglo-francés, la revolución y las conjuras en contra del orden establecido en las Américas.

Los iniciados de éstas cofradías iniciaron su golpe contra la unidad del Imperio Español en 1810: la famosa «Revolución de Mayo» en Buenos Aires, que no tardó en encender una mecha explosiva que sería transmitida por el Brig. Manuel Belgrano en sus inicios, y concluida por el Cnel. (del Ejército Español) y posteriormente Gral. José de San Martín. [5] Tuvo notoria participación en la subversión, como intermediario entre los rebeldes y Gran Bretaña, el Embajador inglés en Río de Janeiro Lord Percy Smythe el 6º Vizconde Strangford, quien se opuso firmemente a la solución Carlotista, es decir, a que los Borbones preserven sus dominios en América Hispana estableciendo un protectorado por medio de la Infanta de España, Doña Carlota Joaquina, quien regiría los territorios de su hermano el Rey Fernando VII mientras este se hallare en prisión.

Es peculiar el caso de San Martín. Nacido en Yapeyu (entonces, territorio de las Misiones Jesuitas Guaraníes, jurisdicción del Obispado de Asunción, hoy en Corrientes, República Argentina), hablaba fluidamente guaraní y según la leyenda, su madre fue una india del Paraguay. Por casi 30 años sirvió en el Ejército Español, alcanzando el rango de Coronel, y luego tuvo un paso por Londres, donde fue iniciado en una logia masónica, como lo demostró el historiador argentino Enrique de Gandía. La placa azul que indica el lugar donde vivió, en la sórdida Inglaterra, lo llama «The Liberator», fórmula expeditiva para definir al principal actor de la insurrección anti-española.

«The Liberator» utilizó un plan inglés para llevar la «libertad» a los territorios de América del Sur, [6] haciendo su gran marcha desde el Puerto de Buenos Aires, cruzando los Andes para unirse a los rebeldes chilenos dirigidos por Bernardo de O’Higgins y derrotar a los españoles en Chacabuco y Maipú, con el apoyo de la flota inglesa bajo mando del Conde de Dundonald y Marqués de Maranhao, el fidelísimo servidor de Su Majestad Británica, Almirante Thomas Cochrane, quien los transportó hasta el Virreinato del Perú. Bajo cañonazos de buques de la Royal Navy, el último Virrey de España, el Conde de los Andes Don José de la Serna e Hinojosa, fue derrocado por los «libertadores» el 9 de Diciembre de 1824. [7] ¡Nada de esto se hubiera logrado sin la intervención del «Metallic Lord», como San Martín llamaba con algo de sorna a su querido amigo Cochrane, quien tenía una desmedida afición por saquear cuanto oro y plata hubiera en su camino, como noble costumbre pirata!

El 10° Conde de Dundonald y Marqués del Maranhao, Almirante Don Thomas Cochrane, llamado el "lobo de los mares", fue un fidelísimo servidor de Su Majestad Británica.
El 10° Conde de Dundonald y Marqués del Maranhao, Almirante Don Thomas Cochrane, llamado el «lobo de los mares», fue un fidelísimo súbdito de Su Majestad Británica. Además de haber servido como mercenario en la Marina del Imperio de Brasil, fue leal compañero del General José de San Martín y del chileno Bernardo de O’Higgins en la tarea de destruir al Imperio Español en América, especialmente en la campaña contra el Virreinato del Perú. [Imagen: Grabado de James Ramsey/Wikimedia Commons].

No dudaron un sólo minuto los «próceres» de la futura República Argentina, luego de la invasión de San Martín que terminó por destruir el poder de los Virreyes de España en Sudamérica, en intentar convertirse en un «protectorado inglés». Las intenciones constan: Mariano Moreno ya había propuesto, en el mismo seno de la «Junta de Mayo», entregar la isla de Martín García (pequeño pero fundamental enclave en la boca del Río de la Plata) al Imperio Británico.[8] Incluso el Director Supremo de los Porteños, Carlos María de Alvear, Gran Maestro de la Logia Lautaro, lo dejaba entrever claramente en sus comunicaciones con el mismo Lord Strangford:

«No veo que el sentimiento de pundonor haya de preferirse al grande interés que puede prometerse la Inglaterra de la posesión exclusiva de éste continente». [9]

Lanzada desde las logias porteñas, la insurrección no respetó a héroes ni a valientes. Mientras Don Baltasar Hidalgo de los Cisneros intentaba controlar a la plebe manipulada y enardecida que lo perseguía, pidiendo algunos de los revolucionarios porteños su cabeza, el Conde de Liniers, azote de los ingleses, intentando comunicarse con sus leales veteranos del Paraguay para concertar una resistencia, fue descubierto y fusilado en las afueras de Buenos Aires, acusado de ser «reaccionario». Así empezaban los bonaerenses con su supuesta «lealtad» a la Corona Española: ejecutando como a un perro al que años atrás todo el pueblo del Virreinato del Plata había proclamado como Virrey por haber vencido a los británicos de manera inapelable. ¡Ah, pero hasta hoy siguen vendiendo los escribas filo-porteños la «Máscara de Fernando VII» con la que buscan engatusar a los tradicionalistas hispanos!

La América Española, dividida y sojuzgada, se rompía en pedazos. Los «Adelantados del Rey», los virreyes, caían en sus baluartes lentamente, fagocitados por las fauces desatadas bajo la inspiración de la «Liberté, Egalité y Fraternité» vendimiaria. En esa gran guillotina, digna heredera de La Vendée, agonizaba en manos de sus nativos verdugos, por inocente pasión o pérfida malicia, el sueño de la Gran Patria Americana. Y como ocurriría en la Revolución Francesa, también la subversión de Mayo se tragaría a sus hijos. Varios de sus principales actores acabarían en el patíbulo, otros morirían en extrañas o atemporales circunstancias; el mismo San Martín pasaría sus últimos días en un triste exilio en París.

Pero, a pesar del fallido intento del Conde de Liniers, en el corazón de Sudamérica se estaba gestando un movimiento distinto. Una reacción que acabaría siendo contrarrevolución.

El estallido de la rebelión porteña llegó a los oídos de los habitantes de Asunción, orgullosa ciudad ancestral y capital de la conquista, donde nació la famosa «Provincia Gigante del Paraguay y las Indias» que luego se transformaría en el «Virreinato del Paraguay y el Río de la Plata», (comúnmente conocido como «Virreinato del Plata»). [10]

Deseosos de tomar una postura, los nativos convocaron al Cabildo de Asunción, que llevó a cabo la histórica sesión del 24 de Julio de 1810. Allí se resuelve que Paraguay no se uniría a la insurrección porteña, decidiendo que se seguiría una política autónoma, aunque manteniendo relaciones amistosas con Buenos Aires. [11]

Ese día marca el inicio de la Independencia del Paraguay.

Intentando someter a la provincia rebelde, Buenos Aires envía a 1.500 soldados fuertemente armados bajo las órdenes del Brig. Manuel Belgrano. Los paraguayos, más de 3.000 hombres, armados con picos, piedras y mosquetones chatarra, lograron detener a los invasores en la Batalla de Paraguari (19 de Enero de 1811) y derrotarlos decisivamente en la Batalla de Tacuari (9 de Marzo de 1811).

La victoria contra Belgrano convenció a los patriotas paraguayos que ya no debían esperar nada de Buenos Aires y sus eternas mentiras, con las que acogotaban a todas las provincias por medio de su poderosa aduana y meros accidentes geográficos desde los que pretendía imponerse a los demás. En realidad, Buenos Aires nada tenía para echar a su favor en sus pretensiones de erigirse como la «cabeza» del virreinato: habían expulsado al Virrey Cisneros, fusilado al ex Virrey Liniers y además, ni siquiera reconocían la autoridad del Virrey Francisco de Elío en Montevideo. ¡Ah, pero algunos ilusos (o quizás interesados propagandistas del más traicionero porteñismo) todavía quieren hacer creer al mundo que existieron «próceres» argentinos leales a España y que solamente buscaban salvaguardar la Corona de Fernando VII! Si eso fuera cierto, ¿por qué expulsaron a Cisneros y desconocieron la autoridad de Elío, nombrado por el Consejo de Regencia? ¿Por qué, en vez de supuestas fantasías de Belgrano de crear una «Monarquía Inca», no se preocupó este «leal servidor de España» en defender a los Virreyes legítimamente establecidos? ¿Por qué ninguno de los «monarquistas» paladines de la hispanidad se unió al levantamiento contra-revolucionario de Martín de Alzaga en 1812? ¿Por qué Belgrano u otro supuesto «gran defensor» de la Corona Española no pidieron por la vida del mismo Alzaga y compañeros y dejaron que Bernardino Rivadavia se bañara en su sangre? Preguntas que jamás tendrán respuesta coherente de parte de los eternos vendedores de la «Máscara de Fernando VII».

Hartos de la arrogancia y las infundadas pretensiones porteñas, los paraguayos, que habían fundado a Buenos Aires en 1580 (y a la gran mayoría de las actuales capitales de las provincias argentinas), que habían tenido la primera Ciudad Capital del Río de la Plata por Real Cédula de Carlos V el 12 de Septiembre de 1537 cuando se estableció su Cabildo, que poseían al más antiguo Obispado de la región desde 1547, ya nada querían saber de los advenedizos «sangre sucia» que habitaban el repugnante y fétido puerto (de allí la palabra «porteño»), lleno de piratas y negreros filo-británicos, especialmente desde el «Real Asiento de Inglaterra» que en Buenos Aires se estableció en 1713. 

Es aquí donde se inicia la rutilante carrera política de uno de los más grandes hombres de la historia: José Gaspar de Francia.

El 15 de Mayo de 1811, los paraguayos proclaman un «Triunvirato», encabezado por Bernardo de Velasco, el gobernador español y héroe de las Invasiones Británicas de 1806-1807 quien continuó en el cargo; Juan Valeriano de Zeballos, un español que era el Presidente del Cabildo de Asunción, apreciado por realistas y patriotas; y el Dr. Francia, líder civil del país, respetado abogado, alcalde de primer voto y funcionario electo Diputado ante las cortes de España.

La misteriosa maniobra de nombrar a Velasco como uno de los triunviros hasta hoy se presta para varias interpretaciones. La más usualmente aceptada afirma que fue una jugada política, pues Velasco no sólo era Gobernador del Paraguay, sino también de todas las Misiones Jesuitas, lo cuál daba más extensión al futuro territorio independiente que habría de formarse. Según otras versiones, era una clara evidencia del origen «reaccionario» o «contrarrevolucionario» del nuevo gobierno paraguayo, que incluso tuvo como sus primeras banderas a estandartes de origen y corte netamente español. [12]

Finalmente, luego de varios interregnos, el 3 de Octubre de 1814, José Gaspar Rodríguez de Francia es proclamado Dictador Supremo del Paraguay, nación donde la historia iba a transcurrir por un camino distinto al que tomaron los demás países americanos.

Así, la vida breve del «Virreinato del Paraguay y el Río de la Plata», establecido en 1776, llegaba a su fin. No duraría sino poco más de 34 años desde su fundación hasta la Revolución de Mayo en Buenos Aires.

La gran hazaña de la Conquista, que supo vencer tantas veces a sus insidiosos enemigos ingleses, por las propias manos de sus hijos díscolos sufría el parricidio. Lo que no conquistó el Imperio Británico con el honor y la espada, lo ganó con las argucias, la camarilla hermética, las consignas del liberalismo, el oro y la pluma. Y para bien o para mal, dos bandos se formaban en la misma familia: el de los ta’yra de las cofradías liberales en la ciudad del «Real Asiento de Inglaterra», contra el de los tradicionalistas en el epicentro histórico de la hispanidad en el Río de la Plata, en la ciudad que es «Madre, cuna, amparo y reparo de la Conquista».

Las diferencias irreconciliables entre éstas dos facciones (el porteñismo liberal desde Buenos Aires contra el tradicionalismo hispano desde Asunción) son una de las principales causas de la Gran Guerra de 1864-1870.

FUENTES.

1- Ramón Carcano: «Guerra del Paraguay – Causas, Orígenes, Acción y Reacción de la Triple Alianza», en tres volúmenes. Buenos Aires (1942).

2- V. F. López: «Historia de la Confederación Argentina» en 2 volúmenes. Buenos Aires (1874).

3- Blas Garay: «Estudio sobre la Independencia del Paraguay», Asunción (1911).

4- La Célebre «Hellfire Club», cuyo nombre original era «Brotherhood of St. Francis of Wycombe», considerada como origen de la masonería moderna. – Sobre el «Hellfire Club», ver la obra de Geoffrey Ashe: «Hellfire Clubs: A History of Anti-Morality», Inglaterra (2005).

5- Las dos biografías fundacionales sobre los hombres citados fueron escritas por el Gral. Bartolomé Mitre: «Historia de San Martín y la Emancipación Sudamericana». Buenos Aires (1887); y la «Historia de Belgrano y la Independencia Argentina». Buenos Aires (1887).

6- Juan Bautista Sejean: «San Martín y la Tercera Invasión Inglesa», Buenos Aires (1997). – Sobre la afiliación masónica de San Martín, véase «San Martín Desconocido» de Martín A. Cagliani, publicado en «Diario Masónico» (España), 27 de noviembre de 2018. Enlace: https://www.diariomasonico.com/noticias/argentina/san-martin-desconocido/

7- Historia Universal Clarín, volúmen 13: «La Era de las Revoluciones». Buenos Aires (2004).

8- Plan Secreto de Mariano Moreno ante la Junta de Mayo. Artículo 4, inc.7 (adicional). Copia extraída del Archivo de Indias (Sevilla, España) por Norberto Piñero, citada en su obra: «Escritos de Mariano Moreno».

9- Alvear a Lord Strangford. Buenos Aires, 25 de Enero de 1815. Original en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Instituto de Investigaciones Históricas: Archivo García.

10– Alejandro Audibert: «Los Límites de la Antigua Provincia del Paraguay», en dos volúmenes. Buenos Aires (1892).

11– Atilio García Mellid: «Proceso a los Falsificadores de la Historia del Paraguay», en dos volúmenes. Buenos Aires (1959). Del mismo autor: «Proceso al Liberalismo Argentino». Buenos Aires (1953).

12– Benjamín Vargas Peña: «La Bandera: Estudio sobre el Paraguay». Asunción (1992).

Emilio Urdapilleta