Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864 – 1870): Capítulo VI

Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864 – 1870): Capítulo VI

EL PARAGUAY SUPREMO: DOCTOR FRANCIA.

El epicentro histórico de la Conquista se hallaba en Asunción, la primera capital de la Cuenca del Plata, cuna de héroes y conquistadores.

También en Asunción se obró la contracara de los estallidos en la Subversión de Mayo de 1810, iniciada en Buenos Aires. Tras la derrota del Ejército Rebelde comandado por el Brig. Manuel Belgrano, los paraguayos decidieron continuar su sistema, aislando, inmunizando, a su ancestral nación de las revueltas provenientes de ultramar y que contagiaban a apasionados e inocentes criollos, para beneficio de la perfidia y la traición teledirigidas desde las discretas camarillas londinenses. La mente maestra de la Contrarrevolución Paraguaya fue un hombre formidable, casi mitológico: Don José Gaspar de Francia, quien fue investido por el «Congreso de los Mil Diputados» con el título de «Dictador Supremo del Paraguay», de firme bouquet grecorromano. Gobernó como Cónsul y Dictador del Paraguay desde 1813 hasta 1840. [1]

Pero en honor a la verdad, lo que los paraguayos hicieron al investir al «Supremo Dictador», no fue sino resucitar la antigua tradición Habsburgo que se estableció con la Real Cédula del 12 de setiembre de 1537, cuando el país, ya entonces, fue la «Primera República del Sur».

El Dr. Francia fue un firme contrarrevolucionario y eso no es secreto para nadie, salvo quizás, para quiénes se han tragado propaganda y cuentos de hadas en los que buscan retratar al «Supremo Dictador» como algo que nunca fue. Veamos lo que nos dice un liberal recalcitrante al respecto (los paréntesis son míos):

«Producida la revolución del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, la reacción españolista y criolla del Paraguay buscó de inmediato ahondar en la separación y el aislamiento tradicional… Conocida la noticia en el Paraguay, correspondió al Dr. Francia jugar un preponderante papel en los acontecimientos. Prácticamente el Gobernador Velasco traspasó todos sus poderes al Cabildo, cuyo manejo quedó en su Numen Titular, Candidato de las Cortes, el Dr. Francia, correspondiéndole asumir responsabilidades que lo comprometen, según unos borradores que se enviaron con la firma del Gobernador Velasco a las autoridades portuguesas de la Frontera del Mato Grosso, a la posición «Carlotista». A la idea «Carlotista» del Gobernador Velasco se adhirió prontamente el Dr. Francia. En ella estuvo su amigo y corresponsal en Buenos Aires, el condiscípulo Dr. Juan J. Castelli, que luego cambió de posición política (se alineó a los revolucionarios porteños). Las dos tendencias a las que adhirió el Dr. Francia (contrarrevolución y Carlotismo) fueron españolistas, realistas y absolutistas. Posición firme que adoptó entre los cuarenta y cincuenta años de edad… Posteriormente, pueden señalarse las consecuencias de esta tendencia (Carlotismo) del Dr. Francia, en 1813, cuando pretendió entregar el Paraguay en Ducado a Portugal. Y de sus connivencias con los portugueses en la guerra contra el General Artigas, contra Corrientes y Paraná en 1825… (La idea del Dr. Francia) no era pues, de independencia absoluta de España (…). En la baraúnda de la marea revolucionaria hubo realistas, como el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, que se enrolaron disimulando sus intenciones en las filas de la Revolución, para destruirla. En Buenos Aires hizo algo parecido el Sr. Martín de Alzaga, con convicciones más claras y sinceras. Los dos se entendieron en 1808 y 1812. Los dos fracasaron. Uno fue fusilado, el otro (Dr. Francia) se insinuó en las filas revolucionarias del Paraguay para traicionarlas. Fueron inútiles sus esfuerzos. El designio histórico lo condujo de fracaso en fracaso hasta su total desengaño… Los primeros signos de la contrarrevolución los iniciaron los triunviros, particularmente el General Velasco y el Doctor Francia, cuyo españolismo lo acomodó muy bien con la idea de Don Martín de Alzaga… Suele decirse que «Vox Populi Vox Dei». El Pueblo de Asunción denominó al Triunvirato, indistintamente, como «Capitular Realista». Con ello se señaló la tendencia (del Paraguay) a la Contrarrevolución… El monarquismo tenía al producirse la Revolución de la Libertad y la Independencia (sic) tres siglos de organización y vigencia. Más de veinte años de beneficios en su cúpula de las autoridades provinciales tenía el Dr. Francia en el sistema, lo que lo hacía consubstanciado con el mismo. Eso por una parte. Por otra, estaba identificado con las doctrinas en que se sustentaba. Se enorgullecía de haber asistido a la presentación del Catecismo de San Alberto, por su autor, el Obispo de Charcas (que fue también maestro suyo) y en prueba absoluta, basta y sobra referir, el que en 1814 lo había plagiado (para sus reglamentos de gobierno)». [2]

Quien escribe esos fragmentos que extraigo, sustentados por lo demás por evidencias históricas casi irrefutables, es Don Benjamín Vargas Peña. Otros autores de su misma línea ideológica (Manuel Pessoa, Manuel Peña Villamil, etcétera) han confirmado mucho de lo que se ha descrito. Pero el problema está en que, precisamente, el sesgo doctrinario de los autores les impide comprender la realidad que está ante sus propios ojos. Así, el autor de los fragmentos transcriptos reconoce que «la reacción del Paraguay, españolista y criollo» fue el tradicional aislamiento. Admite que el mismo Cabildo de Asunción se denominó como «Capitular Realista», que la «voz del pueblo era la voz de Dios» y que con todo esto se «señalaba la tendencia» del Paraguay «a la Contrarrevolución». ¿Qué pasó aquí, Don Benjamín? ¿Acaso los habitantes de nuestra República, congregados en su «Cabildo Realista», no tenían derecho a decidir mantenerse leales al Rey de España y a su heredera la Infanta Carlota Joaquina como Regente?

Para muchos trasnochados doctrinarios, el «patriotismo» está vinculado a la idea de «entreguismo» y de alinearse a ciertas concepciones ideológicas propias del liberalismo iluminista. Así, por ejemplo, se impuso en la mente de muchos que solamente se puede ser un «buen patriota americano» defendiendo los principios revolucionarios de «libertad, igualdad, fraternidad o la muerte». Solamente se ama a la Patria cuando se brega por constitucionalismos y costumbrismos a la hechura del mundo anglosajón. Eso es lo que piensan Benjamín Vargas Peña, Manuel Pessoa y otros autores quienes, correctamente, desentrañaron las evidencias históricas respecto al «Carlotismo y Contrarrevolución» del Dr. Francia, pero al mismo tiempo, mostraron su total sumisión a los principios ideológicos de Estados Unidos e Inglaterra. Para estos liberales y doctrinarios, haber sido «leal al Rey y al Imperio Español», en unas personas que vivieron casi cuatro siglos bajo su bandera gloriosa, es en realidad ser «traidor a la Patria». ¿Puede entenderse la contradicción que hay en ello?

Paraguay nació en 1537 por los Conquistadores Hispanos que llegaron a nuestras tierras y se unieron a los guaraníes en su lucha contra los antropófagos guaykurúes y tapés. Establecieron la «Primera República del Sur» con la Real Cédula del 12 de septiembre de 1537 otorgada por Carlos I de España, con Asunción del Paraguay como la «Primera Ciudad y Capital» del Río de la Plata en 1541, con el primer Obispado de toda la región desde 1547. No hace falta que ahondemos en los numerosos blasones de primacía y primogenitura de Asunción del Paraguay respecto a las demás provincias del Río de la Plata. ¿Acaso Benjamín Vargas Peña y otros doctrinarios del liberalismo paraguayo piensan que nuestra nación «empezó recién en 1811» con los revolucionarios porteñistas a quienes se denomina «Próceres de Mayo»? ¿Acaso ellos consideran que «patriotismo» era traicionar a más de tres siglos de historia compartida con el Imperio Español, con el que Paraguay, «Cuna, Amparo y Reparo de la Conquista» se hizo uno, grande y glorioso? ¿Acaso para los sectarios ideologizados del liberalismo, ser «patriotas» era adherirse a los dicterios arbitrarios y usurpadores de los revolucionarios bonaerenses y montevideanos? ¡Curiosa forma de «patriotismo» la que predican Benjamín Vargas Peña y otros! ¡La de renunciar a nuestras más legítimas grandezas y glorias históricas en nombre de una ideología postiza, impostada y falsaria como el liberalismo, que lo único que ha hecho es dinamitar a nuestras naciones hispanoamericanas para beneficio del mundo anglosajón (al que idolatran, por lo demás)!

Y con eso no deseo justificar a la actitud que España ha tomado con Paraguay, especialmente desde el advenimiento de los Borbones (quienes impusieron absurdos castigos a la Gobernación del Paraguay tras la «Revolución Comunera» de 1721 – 1735, en beneficio de la Gobernación de Buenos Aires). Porque, hay que ser sinceros, la «Madre Patria», desde el siglo XVIII en adelante, muy mal ha pagado al Paraguay por tantas obras que nuestro país hizo en su nombre. Incluso hoy, los españoles que tanto luchan en contra de la falsaria «leyenda negra», no dejan de caer en miles de mentiras propagandísticas que se han dicho sobre el Paraguay de Francia y los López. Patrañas panfletarias anti-paraguayas que se originaron en la usurpadora Buenos Aires, la «tan adorada Buenos Aires» de los españoles post siglo XVIII, ciudad que lo único que supo hacer desde su establecimiento como Gobernación en 1617 fue traicionar a las leyes de España, pasárselas traficando a indígenas guaraníes como esclavos y pirateando con bandeirantes, con ingleses y con todos los enemigos del Imperio Español, estableciendo en su puerto al «Real Asiento de Inglaterra» en 1713 (pero que ya estaba funcionando mucho antes) y finalmente, ser la cuna de la «Revolución de Mayo» que terminó rompiendo en mil pedazos al Imperio Español en América del Sur. ¿O no fue acaso el General José de San Martín quién, apoyado por ingleses como Lord Cochrane, llevó a cabo el «Plan Maitland» para desmembrar y humillar a España? ¿O no fueron acaso los «próceres argentinos» quiénes buscaron instalar a un príncipe inglés o a un «Rey Inca» como nuevo monarca de los territorios hispanos?

No quiero que me acusen de que tengo alguna especie de aversión u odio a nuestros hermanos argentinos. Todo lo contrario, mi aprecio hacia ellos es tan grande como mis cuestionamientos a la falsificación histórica. Porque fueron muchos grandes argentinos, entre ellos un «porteño» (pero no «porteñista») como Atilio García Mellid, quienes mejor han entendido la necesidad de rescatar la verdad y acabar con la mentira, esto es, reivindicar y devolver al Paraguay en el sitial de primacía que le corresponde en el Río de la Plata. Fueron sus palabras contundentes: «Nunca pudo cicatrizarse en los corazones argentinos la herida que abrió la guerra bárbara con que los representantes de la «civilización mitrista» asolaron a la tierra heroica y amada. Algún día haremos acto de contrición ante el mausoleo en que reposan los héroes paraguayos…». [3]

Así pues, en mi lucha por la reivindicación histórica del Paraguay, lo que estoy haciendo es levantar, humilde pero firmemente, las enseñas patrióticas que representan no solo a mi nación sino también a la «tierra heroica y amada» de los buenos argentinos que saben que el espíritu más primigenio, puro y vital del Río de la Plata se encuentra y se ha encontrado siempre en Asunción, no en Buenos Aires. Porque si el Imperio Español es la «Madre Patria», Paraguay también es el «hermano mayor» de la región. Estos derechos de primacía y mayorazgo fueron usurpados por la «civilización mitrista» y sus ancestros porteños. ¡Luchar contra la leyenda negra anti-española es luchar contra la leyenda negra anti-paraguaya, y viceversa! No se puede defender a la «Madre Patria» y al mismo tiempo, despreciar a su «primogénito».

En ese sentido, volvamos a dar la palabra al bonaerense y «paraguayo» Don Atilio G. Mellid, quien con una sencilla argumentación deja patitiesa a las pretensiones del porteñismo (los paréntesis son míos):

«Pero lo cierto es que el pueblo estaba en la línea de la tradición histórica y que sus hábitos de libertad se habían forjado en la práctica de las instituciones autónomas virreinales. Es un hecho indudable que el «federalismo argentino» proviene de las instituciones españolas implantadas en América. Baste recordar que en la primera ciudad estable del Río de la Plata -Asunción del Paraguay-, Don Domingo Martínez de Irala junto con la partida de su erección, levantó un acta, el 26 de septiembre de 1541, organizando la vida de LA CIUDAD (las mayúsculas son del autor de este pasaje) con un Ayuntamiento o Cabildo constituido por cinco regidores con facultades que el documento consignaba… Las instituciones españolas en América eran copia del régimen de los fueros y privilegios locales que funcionaban en la península con representación política en el gobierno de los Reinos. Tales fueros y privilegios corporizaban un verdadero derecho consuetudinario, reiteradamente proclamado y reconocido; en la «Novísima Recopilación» puede leerse: «A las ciudades, villas y lugares de nuestros Reinos les sean guardados los privilegios que han tenido de los Reyes nuestros antepasados, los cuales confirmamos…». Esta es la verdad histórica; no hace a su evidencia la leyenda fabricada por los liberales, que niegan en bloque todo cuanto pueda beneficiar a la causa de España o del catolicismo… El grupito de galerones, imbuido de ideas liberales que se hizo fuerte en el Cabildo de Buenos Aires, quiso obligar a marcar el paso de los Cabildos de las ciudades y villas del interior. Recuérdese que la Junta de Mayo, apenas constituida, no obstante representar solo a su pequeño grupo alrededor del Cabildo de Buenos Aires, envió expediciones militares para someter a sus designios a las provincias del antiguo Virreinato. El General Belgrano fue el encargado de la expedición militar contra el Paraguay, que salió el 25 de septiembre de 1810. Rechazado el invasor porteño, Paraguay formó su propia junta presidida por Don Fulgencio Yegros el 20 de junio de 1811. Comunicó entonces a Buenos Aires su decisión de integrar un «estado confederativo», una «sociedad basada en principios de equidad y de igualdad». Era su voluntad decidida, «gobernarse por sí misma, desvinculada de la Junta de Buenos Aires en cuanto a la forma de gobierno, régimen, administración ni otra cosa alguna correspondiente a ella». El Dr. Francia se vio impulsado a romper todo vínculo con Buenos Aires como consecuencia de la política de sumisión que el grupúsculo porteño quería imponer a las otras regiones. Explicando las razones que justificaban a la actitud paraguaya, le decía al súbdito inglés J.P. Robertson: «las libres instituciones sirven de pretexto ostensible; pero el engrandecimiento personal y la expoliación pública son los únicos objetos tenidos en vista (por los porteños). Los motivos de Buenos Aires son los más vanos y volubles de todos los dominios españoles en este hemisferio y estoy resuelto, por lo tanto, a no tener nada que hacer con los porteños». De que el Dr. Francia no erraba al juzgar las intenciones de Buenos Aires, lo demuestra el parte que, durante la campaña, remitió Belgrano a su gobierno: «Cuando menos -decía- necesito mil quinientos infantes y quinientos de caballería para la empresa de la Conquista del Paraguay». ¿A título de qué el Cabildo de Buenos Aires debía emprender «conquistas» en la jurisdicción de otros Cabildos, cuya autoridad y derechos no eran menores a los suyos?». [4]

Ante todo esto, ¿en qué quedan los rebuznos liberales de Benjamín Vargas Peña, Manuel Pessoa, Manuel Peña Villamil y otros vasallos del porteñismo, quienes nunca se resignaron de que el Paraguay fue un antemural (hasta 1870) contra los intentos de las camarillas bonaerenses de instalar en el Río de la Plata instituciones postizas, foráneas y calcadas del mundo liberal anglosajón?

Como ya veníamos señalando, muchos pretenden atacar a la figura del «Supremo Dictador» por haber este favorecido al denominado «Movimiento Carlotista» que buscaba que la Infanta Carlota Joaquina de Borbón (1775 – 1830), esposa del Rey de Portugal Juan VI (1785 – 1826), asuma en nombre de su padre Don Fernando VII la regencia de los territorios españoles en América. Hay muchas evidencias de que el Dr. Francia operó de forma favorable a dicha tentativa, pero esto no mancha su figura de «Padre de la Patria». Al contrario, refuerza todavía más a su enigmática imagen de irreductible patriota con lealtad hacia el Imperio Español al que Paraguay pertenecía desde 1537. Por lo demás, es importante aclarar que el «Carlotismo» no buscaba que «Portugal se apodere de los territorios españoles», sino que la Infanta Carlota Joaquina de Borbón, Reina Consorte del Portugal, ejerza una regencia sobre dichos territorios hasta que se restaure el trono español en Madrid, o en el peor de los casos, que ella sea la heredera en completa independencia respecto a los territorios portugueses. Cierto que para los anglosajones, el riesgo de una «Unión Dinástica» entre los Braganza y los Borbones Españoles era demasiado peligroso. ¡No se podían dar el lujo de que vuelva a ocurrir, como en tiempos de los Habsburgo, cuando España y Portugal estuvieron bajo la misma corona en la llamada «Unión Ibérica» de 1580 – 1668! De allí que el «Movimiento Carlotista» fuera una verdadera amenaza para los intereses británicos, que usaron todas sus influencias para disuadir a sus títeres porteños de dicha opción.

Además, recordemos que en el momento de las «Revoluciones Americanas», los verdaderos traidores eran quienes se levantaron contra el Rey de España, desconociendo primero a la Junta de Cádiz y posteriormente, usurpando las funciones de dicha institución así como de los Virreinatos. Don José Gaspar, en todos los documentos en los que tuvo la oportunidad de escribir durante el «Triunvirato» y la «Junta Superior Gubernativa», siempre insistía en que se resalte la necesidad de hacer el «Juramento a Fidelidad a Don Fernando VII», siempre se opuso al «usurpador Bonaparte», se mantuvo en comunicación con los soldados realistas que buscaban organizarse desde el Alto Perú para lanzar una contraofensiva contra los revolucionarios en Buenos Aires y Montevideo, operó junto al Gobernador Velasco para intentar dicha operación y apelar al «Movimiento Carlotista» como «solución menor», etcétera. Pero sus planes fueron fraguados por los porteñistas traidores que hoy son llamados «Próceres de Mayo».

Francia, con muchísima habilidad y gracias a la popularidad que tenía tanto con realistas como con las clases más bajas, logró salvarse de la prisión pero el Gobernador Velasco fue encarcelado, destituido y exiliado al interior del país el 20 de junio de 1811, días después de haber sido derrocado el «Triunvirato» para formarse la ya mencionada «Junta Superior Gubernativa». De hecho que el Dr. Francia intentó apoyar el levantamiento contrarrevolucionario que se dio en Buenos Aires, encabezado por Don Martín de Alzaga (su amigo personal, aunque se desconoce cómo es que llegaron a serlo) en 1811 – 1812. Solamente cuando fracasaron todas las tentativas y tras la «Conspiración de 1820 – 1821», el Dr. Francia debió dar un cambio a su política, abandonando las esperanzas «Carlotistas» y aplicando su política de «espléndido aislamiento» respecto a la «cábala de revoltosos» (como los denominaba Francia) en Buenos Aires y Montevideo. ¡Eso no hace mella, en lo más mínimo, al patriotismo férreo del «Supremo Dictador»! Cuando ya no hubo posibilidades de salvar a la «Madre Patria» española, se entregó por entero para salvaguardar a la «Hija Patria» paraguaya. ¡Solo un hombre inconmensurable como José Gaspar de Francia podía hacer semejantes esfuerzos, contra viento y marea, casi sobrehumanos!

El Dr. Francia en su escritorio.
Don José Gaspar Rodríguez de Francia, conocido popularmente como el «Doctor Francia», gobernó al Paraguay con mano de hierro en 1813 – 1840. Es el principal artífice de la independencia del Paraguay, de acendrado patriotismo e inteligencia política y debió capitanear el barco en aguas sumamente tempestuosas. [Imagen: Portal Guaraní].

Para quién todavía duda de los verdaderos sentimientos del Dr. Francia, simplemente lean la desafiante carta que envió al revolucionario Simón Bolívar cuando este pretendía invadir al Paraguay para «libertarlo». Sus palabras son lapidarias (las negritas son mías):

«Al Excelentísimo Sr. General Don Simón Bolívar. Patricio: los portugueses, chilenos, brasileños y peruanos han manifestado a este Gobierno iguales deseos a los de Colombia, sin otro resultado que la confirmación del principio sobre el que gira el feliz régimen que ha librado de la rapiña y de otros males a esta provincia y que seguirá constante hasta que se restituya al nuevo mundo la tranquilidad que disfrutaba antes de que en él apareciesen apóstoles revolucionarios, cubriendo con el ramo de oliva el pérfido puñal para regar con sangre la libertad que los ambiciosos pregonan. Pero el Paraguay les conoce y en cuánto pueda, no abandonará su sistema para hacer respetar tan santos fines. Y si Colombia me ayudase, ella me daría un día de placer y repartiría con el mayor agrado mis esfuerzos entre sus buenos hijos, cuya vida deseo que Nuestro Señor guarde por muchos años. Asunción, 23 de agosto de 1825. Firmado: José Gaspar Rodríguez de Francia». [5]

Más claro, agua. Nada querían saber los paraguayos de la secta de «apóstoles revolucionarios» que empezó a «regar con sangre» toda Hispanoamérica y que tenía a los de Buenos Aires como «los peores de todos». Esa postura provenía de las linajudas y ancestrales familias del Paraguay, descendientes directos de los conquistadores, así como de las clases más populares del país. Francia tenía el apoyo total de esas clases, de profunda raigambre con la tierra natal. Sólo los «nuevos elementos», los «extranjeros advenedizos» y los comerciantes que se enriquecían a través del tráfico y contrabando con Buenos Aires se oponían al «Supremo». [6]

También sabía el Dr. Francia que en la curia muchas veces se refugiaban los revoltosos para transmitir su insidia. Además, en ese entonces, la Iglesia Católica en América estaba muy lejos de representar el ideal heroico y salvador de su Santo Fundador Jesucristo. Al contrario, se había convertido en un antro de inmorales que utilizaban sus influencias políticas para su propio beneficio. Es más, como se pudo atestiguar durante las «Revoluciones Americanas», fueron muchos curas quienes, inspirados por ideas iluministas y del liberalismo, los que promovieron los movimientos sediciosos que terminaron dinamitando al Imperio Español en América. Esto es explicado por las historiadoras colombianas Ana María Bidegain y Diana Uribe:

«Podemos afirmar que gran parte del episcopado mantuvo la actitud de rechazar los movimientos de independencia y apoyar a los peninsulares, que pretendían que se diera un compás de espera hasta la vuelta al trono de Fernando VII. El clero, por su parte, se dividió entre realistas y revolucionarios. Éstos últimos constituían la mayoría… La independencia comienza como una revolución clerical: siendo el clero la clase intelectual del régimen colonial, es comprensible el papel decisivo que desempeñó en el proceso… Esta activa participación clerical se dio en casi toda América. En México, de los ocho mil sacerdotes que había, seis mil apoyaron la independencia encabezada por los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos. En el Río de la Plata, la acción del clero fue decisiva; en la petición presentada al Cabildo de Buenos Aires para el nombramiento de una nueva junta, hubo 17 sacerdotes que firmaron. En Uruguay, el grueso del clero se definió por la independencia y la gran mayoría de sacerdotes que ejercían sus funciones en la Banda Oriental acompañó a Artigas y al pueblo uruguayo al éxodo… La participación del clero fue pues, decisiva (…) como fue el caso de Fray Luís Beltrán, quién fundió las campanas de los conventos y organizó la construcción de los cañones del ejército libertador de José de San Martín, quien llevó la libertad a Chile y Perú… La participación de los religiosos y sacerdotes seculares en la lucha por la independencia se cumplía desde la cura de almas hasta en los combates; esto es fácil de comprender si se recuerda el monismo religioso existente en el mundo colonial americano desde el comienzo de la evangelización y la colonización. Este monismo fue reafirmado por las leyes borbónicas, las cuales pretendían convertir a la Iglesia en un aparato del Estado Absolutista. Una vez que los religiosos habían aprendido que la religión debía estar al servicio de la política, es lógico que la pusieran al servicio de la política que ellos creían era la causa justa y santa, la «causa de Dios», que unos entendían era la lucha por la independencia en tanto que para otros, era la defensa del régimen español». [7]

Por esa razón, el «Supremo Dictador» (que tomó las «órdenes menores» en su juventud y que vestía muchas veces con tonsura y con apariencia de un viejo del «bando realista», aunque abandonó la idea de ser sacerdote) renovó al clero de un plumazo, haciendo nacer una contrarreforma en la misma Iglesia, que siguió siendo Católica, Apostólica y Romana pero bajo su férrea administración, implementando de manera bastante severa el llamado «Patronato Regio – Indiano» que se heredó de España. En esto, el «Supremo Dictador» no fue muy original respecto a otras aplicaciones similares y hasta si se quiere, incluso llegó a ser más clemente que otros durante su «Patronato». Aunque es un tema que escapa al alcance de esta obra, compárese lo que hizo el Dr. Francia, por ejemplo, con el «Galicanismo» o el «Josefinismo» de algunos monarcas ilustrados europeos, quienes llegaron a extremos radicales respecto a sus relaciones con Roma.

Pero podemos afirmar que es falso y de total falsedad que el Doctor Francia haya intentado siquiera materializar una «ruptura» o «cisma» con la Iglesia Católica y Apostólica Romana, creando una supuesta «Iglesia Católica Paraguaya» al estilo de los anglicanos. Repetimos, eso es una patraña que probablemente tiene origen en los falsarios panfletarios de Buenos Aires. El «Supremo Dictador» se mantuvo en obediencia hacia el Sumo Pontífice de Roma lo mejor que pudo, y sí se dio una «incomunicación», fue a causa de las circunstancias de aislamiento total que le impusieron sus enemigos porteños o artiguistas. Los mensajes que el Doctor Francia enviaba al Vaticano eran interceptados, los sacerdotes o diáconos que salían de Asunción rumbo a Roma para contactar con el Papa eran capturados y apresados por los revolucionarios bonaerenses o montevideanos (o quizás ellos mismos desertaban en sus filas). Recordemos aquí lo que las colombianas Uribe y Bidegain nos relataron. La gran mayoría de los curas obedecían, no a sus Obispos ni al Sumo Pontífice, sino a la causa de la «revolución liberal». ¡Una verdadera tragedia! ¿Qué podía hacer el Dr. Francia ante semejante situación? ¡Es demasiado fácil juzgarle, pero difícil ponerse en sus inmensos zapatos!

Una clara evidencia de la postura del Dr. Francia, por ejemplo, fue cómo procedió para preservar a su lado, lo más que pudo, al Obispo del Paraguay R.P. Pedro García de Panes, respetado franciscano y españolista, hombre de moral intachable (cuya salud física y mental se vieron enormemente afectadas al haber contemplado, con sus propios ojos, cómo eran los mismos sacerdotes y diáconos del Río de la Plata quienes procedían para destruir al Imperio Español «desde adentro», promoviendo doctrinas heréticas que fueron solemnemente condenadas por el Sumo Pontífice, como el liberalismo y mientras servían a las logias de la francmasonería, pecado mortal con pena de excomunión). Superando todo tipo de penurias, el Obispo Panes «hizo de tripas corazón» y bajo la severa inspección del Dr. Francia, ordenó (mientras se lo permitió su frágil salud) a nuevos curas, diáconos y capellanes para los principales puestos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana del Paraguay, el Primer Obispado del Río de la Plata, establecido en 1547 durante el Pontificado de Pablo III. [8]

¿Cómo abandonaría el Paraguay a ese blasón histórico tan importante que recibió de la misma Sede de San Pedro, su primogenitura e histórica primacía episcopal? ¿Sería tan «anti-patriota» el Dr. Francia para hacerles semejante favor a sus enemigos? ¡Jamás! El Supremo Dictador habrá sido severo en su aplicación del «Patronato Regio – Indiano», pero nunca atentó contra tres siglos (en ese entonces) de preponderancia indiscutible del Obispado de Asunción del Paraguay respecto a las demás provincias del Río de la Plata. Incluso, según la tradición oral, se dice que él mismo, junto al anciano y achacoso franciscano Obispo Panes (quien aparentemente sufría del Mal de Parkinson, lo que le generaba ciertos ataques de demencia senil) encabezaba las procesiones de Corpus Christi, portando en sus propias manos el crucifijo que llevaba las astillas de la Verdadera Cruz de Jesucristo (encontrada por Santa Elena en su expedición arqueológica a Tierra Santa) y que fueron un regalo que el Papa Paulo IV hizo en 1556 al Paraguay como símbolo de su condición de «Primum inter Pares» en el Río de la Plata. ¡El «Supremo Dictador» conocía los aristocráticos méritos históricos del Paraguay, y uno de ellos era su antiguo Obispado y su lealtad hacia Roma!

Con mano de hierro y como un verdadero «Vicario de la Espada Temporal», el Dr. Francia se ciñó estrictamente a la «Doctrina de las Dos Espadas» que proviene de las más venerables tradiciones de la Iglesia Católica y que estaba reconocida históricamente en el Imperio Español, en la famosa «Segunda Partida» del Rey Alfonso X el Sabio que decía: «Los prelados y toda la clerecía son puestos para guardar la fe, no tan solamente de los enemigos manifiestos que en ella no creen, más aun de los malos cristianos que no la obedecen ni la quieren creer ni guardar. Y porque esto es cosa que se debe vedar y escarmentar crudamente, a lo que ellos no pueden hacer porque su poderío es espiritual y todo lleno de piedad y merced, por ende, Nuestro Señor Dios puso otro poder temporal en la tierra con que esto se cumpliese, así como quiso que la justicia se hiciese en la tierra por medio de los emperadores y de los reyes. Y estas son las dos espadas por las que se mantiene el mundo: la primera espiritual y la otra temporal. La espiritual taja a los males escondidos y la temporal a los manifiestos». Toda la actuación del «Supremo Dictador» estaba guiada por tan ancestral y noble precepto. Así también, sus sucesores (Los López) mantendrían esta tradición y la llevarían hasta sus últimas consecuencias.

Las medidas contrarrevolucionarias del «Supremo Dictador» se exacerbaron tras la «Conspiración de 1820 – 1821», que fue reprimida de manera lapidaria. Esta conjura, con la que se buscaba el asesinato del Dr. Francia, debía estallar un «Viernes Santo» bajo mando de algunos «Próceres» de cuño porteñista y artiguista quienes se rebajaron al nivel de «Traidores» al unirse a los planes de su líder, el caudillo Cnel. Francisco Ramírez, que servía a Buenos Aires. Pero fueron descubiertos y aplastados. Fue como consecuencia de esta «Conspiración de 1820 – 1821» que el Dr. Francia decretó la prohibición de todas las cofradías y hermandades, religiosas o no, del Paraguay, so pena de muerte. Así mismo, se produjo entonces la famosa «clausura de conventos» (lo que incluía al Real Colegio Seminario de San Carlos) y «desamortización» de los bienes eclesiásticos en 1823 – 1824, pues en las filas del clero se encontraban varios revolucionarios disfrazados de curas quienes promovían doctrinas liberales y nocivas para la estabilidad nacional mientras brindaban información y protección a los revoltosos porteñistas y artiguistas. El país contaba con pocos sacerdotes (y los piadosos eran todavía menos) pero había muchos sediciosos que se educaban en doctrinas revolucionarias anti-católicas en las Escuelas Privadas de las Órdenes Religiosas que existían en el país. Todas estas fueron «secularizdas» por el «Supremo Dictador» y puestas bajo la estricta vigilancia de sus Vicarios Provisores, nombrados por él mismo. [9]

Uno de los pocos hombres que comprendieron a cabalidad la necesidad imperiosa de la medida adoptada por el Doctor Francia, fue Don Carlos Antonio López, su sobrino, abogado y profesor de Teología Moral y Dogmática en el Real Colegio y Seminario de San Carlos de Asunción. Cuando el «Supremo Dictador» ordenó la clausura del Real Colegio y Seminario, «Don Carlos», distinguido conocedor de la obra de Santo Tomás de Aquino y uno de los mejores «latinistas» del país, fue el primero en acatar y se retiró a su quinta en Villa del Rosario. ¿Quizás el mismo Doctor Francia, su colega docente en el Real Colegio y Seminario, le indicó las acciones que debía llevar adelante? Solo podemos especular al respecto, pero es una posibilidad.

Fue en ese momento en que el «Supremo Dictador» fue más severo, incluso contra la Iglesia. Como ya hemos señalado, la «curia» estaba infiltrada por verdaderos revolucionarios liberales quienes, lejos de servir a la Iglesia Católica, trabajaban para difundir los ideales iluministas y liberales de las revoluciones modernas. Pero el Doctor Francia les conocía, quizás llegó a compartir con ellos en sus días de juventud, y actuó de manera draconiana para salvaguardar al Paraguay del contagio virulento de estas sectas que eran verdaderamente diabólicas. ¿Se pueden cuestionar las medidas duras que tomó Don José Gaspar respecto a muchas propiedades de la Iglesia Católica? Por supuesto que sí, pero esto debe ser observado siempre dentro de su lógico y debido contexto. Paraguay se encontraba aislado, asediado por múltiples enemigos que incluso operaban «en las sombras» dentro de las mismas organizaciones eclesiales, lo que solamente podía ser controlado con acciones férreas, quizás exageradas en algunos casos, pero necesarias en ese instante. Y de cualquier manera, el «Patronato Regio – Indiano» le otorgaba amplias potestades en ese sentido, especialmente gracias al regalismo heredado de los Borbones, quienes lo exacerbaron aún más al momento en que se dieron las «emancipaciones» de América Hispana. Por esa razón, nos llama poderosamente la atención que existan autores (con sus respectivos «ghost writers») como Cristóbal G. Duarte Miltos, quiénes hablen tan orondamente de las «Penurias de la Iglesia Paraguaya», pero repitiendo las mismas patrañas de siempre, hechas a mano por los porteñistas de entonces y sus repetidores (como la obra de pura estulticia escrita por Rengger y Longchamps, de la que el grandioso Thomas Carlyle ya se encargó de hacer pedazos).

Así, por ejemplo, «Cristóbal G.» (como él mismo firma, asumiendo que haya sido el autor) dice en varias partes de su obra que las disposiciones que el Dr. Francia tomaba eran «anti-canónicas». ¡Me entero que un laico como Cristóbal «G» tiene la potestad de determinar todo eso! ¿Acaso esa no es potestad del Sumo Pontífice, Cristóbal «G»? Pero el mismo autor (de nuevo, suponiendo que él haya escrito dicha obra) indica que «el Vaticano» (sic) intentó por todas las maneras establecer comunicación con el Paraguay, que había recibido rumores de la situación de «enajenación mental» del Obispo Panes, que el futuro Papa Pío IX (el Padre Gian María Mastai) oyó dichos rumores en Buenos Aires mientras iba rumbo a Santiago de Chile, que en 1830 la «Delegación Apostólica» de Río de Janeiro intentó comunicarse con el Paraguay por medio de sus nuncios Monseñores Ontini y Fabrini y que estos simplemente recibieron una advertencia en el Brasil de que «un cisma resultaría» intentar poner al Paraguay bajo la administración del obispado de Montevideo o de Buenos Aires (en esa última versión se huele la «mano negra» de los portugueses). [10]

Teniéndose en cuenta la situación de aislamiento del país, impuesta por sus propios enemigos que no dejaban un solo instante de emitir propaganda negativa y falsaria respecto al Paraguay, así como la presencia de curas revolucionarios y liberales que estuvieron como «mentes maestras» detrás de las insurrecciones americanas, estos intentos de Roma de entrar en contacto con el Paraguay indican todo lo contrario a lo que «Cristóbal G.» pretende demostrar: que para ella, el Obispado de Asunción quizás estuviera incomunicado pero en ningún caso «en desobediencia» hacia el Sumo Pontífice. ¿Tienen algún documento «Cristóbal G.» y sus amigos en los que Roma dictamina que la Iglesia del Paraguay se encontraba en situación de cisma? Me quedo esperando y fumando una pipa bajo el agua… La realidad supera a cualquier ficción ideologizada: a la muerte del Obispo Panes el 13 de octubre de 1838, la sede asunceña quedó vacante solamente poco más de cinco años, tiempo de espera que podría considerarse «normal» según los parámetros históricos en el episcopado asunceño, en el que no era raro estar sin «Obispo Nuevo» varios años. Y así como si nada, Roma designa un nuevo Obispo (Don Basilio López) y la supuesta «Iglesia Cismática» lo acepta sin chistar, con sumisión y obediencia, permitiendo su pacífica consagración en 1844. De nuevo, la realidad supera a la ficción. En las Santas Misas, se rezaba por «el Supremo y Perpetuo Dictador» y por el «Sumo Pontífice de Roma». Este es un hecho innegable. ¿Pero quizás «Cristóbal G.» y sus amigos, de cuño liberal, revolucionario y filo-masónico, poco o nada en realidad sienten de interés hacia la Iglesia Católica, sino para utilizarla como un «garrote», para desprestigiar y falsificar la historia en favor del porteñismo de toda la vida?

El Dr. Francia debió abandonar toda esperanza de restauración monárquica tras la muerte de la Infanta Doña Carlota Joaquina de Borbón en 1830 y posteriormente, el fallecimiento del Rey Don Fernando VII en 1833 (aunque, como ya hemos dicho, tras la Conspiración de 1820 – 1821, ya comprendía que esas causas estaban prácticamente perdidas). A partir de esos momentos, la Dictadura del Dr. Francia tomaría un nuevo cariz. Adoptaría una impronta nacionalista, popular, reaccionaria y anti-masónica. Convertiría al Paraguay en la «cara opuesta» de la fratricida insurrección liberal que se inició el 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires. Todo esto fue testimoniado por el Cónsul y Encargado de Negocios del Imperio de Braganza en Asunción, Don Manuel Antonio Correa da Cámara, quien afirmaba que el Dr. Francia, con ayuda del Obispo Panes, reformó al Paraguay, sustituyendo y eliminando a «aquella jerigonza», refiriéndose a la masonería. Es muy curioso señalar que los «decretos anti-masónicos» del Dr. Francia se parecen enormemente a la Real Cédula del 1 de agosto de 1824 en la que el Rey Fernando VII de España dictamina la prohibición absoluta de «cualesquiera organizaciones secretas, especialmente la francmasonería, y de otras cofradías y hermandades similares… y que se presenten ante el Gobierno para jurar su renuncia a dicha organización y jurar su lealtad a la augusta persona del Rey». [11]

El mismo enviado del Emperador Pedro I de Brasil, tiempo después, confirmaba la guerra que existía entre el «Supremo Dictador» y la francmasonería, cuando explicaba por qué el médico y botánico francés Amadeo Bonpland había sido hecho prisionero en Paraguay. Según palabras del mismísimo Dr. Francia, Amadeo Bonpland era «masón de los grados más elevados» de esa «tenebrosa asociación», y estaba «bajo servicio de Buenos Aires». [12]

No escapaba al avizor Dr. Francia la intención de la masonería de «libertar» al Paraguay utilizando a cualquier caudillo, incluso a Simón Bolívar, para incorporarlo a la fuerza a las «Provincias Unidas del Río de la Plata». [13]

«Voy a proponer a ustedes (decía Bolívar) una idea neutra que tengo, a ver qué piensan ustedes de ella. He hecho reconocer el Pilcomayo y he procurado adquirir los conocimientos posibles para proporcionarme la mejor ruta del Paraguay, con el proyecto de irme a esa Provincia (sic), echar por tierra a ese tirano (Francia) y libertar a Bonpland, amigo a quien aprecio singularmente». [14]

Ya hemos visto cómo el Dr. Francia respondió a la prepotencia y el orgullo de Simón Bolívar.

Con su paternal control, severo cuando era necesario, el «Supremo Dictador» (quien fue profesor de Bellas Artes y Moral, Abogado y Doctor en Teología, con impronta jesuita clásica) vio nacer bajo sus cuidados al Estado Paraguayo. No sólo creó una Patria Reformada, sino que luchó incansablemente para que su pueblo fuera capaz de «levantar la cabeza» y dependiera absolutamente de sí mismo. En persona asistía al Liceo Militar, dando instrucción a sus soldados y oficiales sobre su caballo, con sombrero tricornio español en la cabeza. El Brigadier (honorario) José Gaspar Rodríguez de Francia es el Padre del Ejército Paraguayo. [15]

La educación popular se desarrolló de tal manera, que el francés Richard de Grandsire en carta a Alexander von Humboldt, afirmaba que «no se podía encontrar a un sólo paraguayo que no supiera leer, escribir y contar», y esto lo confirmaba el Cónsul Francés Carlos Famin, añadiendo que en Paraguay, bajo el gobierno del Dr. Francia: «no había persona que no trabajaba; se abolió la mendicidad, se impulsaron nuevas producciones y se construyeron caminos más rápidos, seguros y económicos». [16]

Algo que fue sumamente cuestionado por los propagandistas negro-legendarios, fue la prohibición que el Dr. Francia hizo en contra de las parejas de origen europeo que buscaban casarse. Sin embargo, esa decisión no era «inédita» en la historia ni mucho menos. Muchos reinos y gobiernos aplicaron dichas políticas, en algunos casos con tintes raciales, en otros por mera cuestión de castas. Ahora, en la situación del Dr. Francia, la «prohibición de los matrimonios entre blancos» obedeció a dos fines claros. El primero de ellos era eliminar la posibilidad de que los criollos (muchos de ellos vinculados con porteñistas y artiguistas) pudieran unirse matrimonialmente e ir incrementando sus riquezas y fortuna, con la que buscaban atentar contra el Paraguay. Y la otra fue, sencilla y llanamente, encontrar una manera «clásica» para extinguir la esclavitud en el país. Cierto es que, gracias a las visionarias medidas tomadas por el glorioso Imperio Español, la esclavitud negra era casi inexistente en el Paraguay. Pero los pocos africanos que todavía se hallaban bajo el régimen de esclavitud, cuando no podían comprar su libertad, podían acceder a ella por medio del matrimonio. ¿Cómo? Pues simple: el «esclavo» que se casaba con una persona «libre» automáticamente, al tener un hijo, se ganaba la condición de «liberto». Y por descontado que el vástago de esa unión también era persona «libre». Esto lo explicó muy bien Alfred Demersay, quien cuando estuvo en el Paraguay, averiguó cómo se aplicó esta política francista en favor de los pocos negros que quedaban en el país, al punto tal que a la muerte del Dr. Francia, no habrían más de 1.000 a 2.000 esclavos en todo el Paraguay, según su investigación. Pero por supuesto que para los anglosajones y sus repetidores porteños, esta medida era más o menos «salvajismo puro». Claro que de los padres de la eugenesia y el racismo, no se puede esperar mucho.

Autosuficiencia, autarquía y proteccionismo. Ese fue el credo económico del «Supremo Dictador», quien dio tierras (y obligó a cultivarlas) a todos sus compatriotas y además, sentó las bases de la industria nacional. Los terrenos ociosos fueron desamortizados y convertidos en «Estancias de la Patria» en donde los más desposeídos podían vivir y pagar por su vivienda a cambio de su trabajo. Mientras las naciones vecinas se desangraban en constantes conflictos bélicos, el Paraguay era un oasis de paz y progreso. Tanto, que la población aumentó, de 100.000 habitantes en 1790 a 375.000 (sin haberse censado al Chaco y a los indígenas) en 1831. [17]

Además, una gran inmigración llegó al país en búsqueda de asilo o para escapar de la guerra y las calamidades. Estos inmigrantes eran principalmente de las zonas del norte de las actuales Provincias de Argentina como Corrientes, Salta y Entre Ríos. El Dr. Francia los recibió pero con la condición de que colonizaran la zona norte del país, los territorios cercanos al Mato Grosso y los actuales departamentos de Concepción, San Pedro y Canindeyú. A estos inmigrantes se unirían muchos españoles y criollos que eran «porteñistas» o «artiguistas», en condición de confinados. Incluso el mismo General José Gervasio Artigas, enemigo declarado del «Supremo Dictador», tras haber sido derrotado y capturado por soldados paraguayos, se le perdonó la vida y fue acogido «en calidad de refugiado político», enviado al confinamiento en la Villa de San Isidro de Curuguaty. Moriría en el Paraguay. [18]

Al morir «El Supremo», sus dignos sucesores iban a continuar y perfeccionar su obra, con el seguimiento leal de todo el pueblo, que se sentía perfectamente interpretado por sus «Caudillos», que veían en ellos a verdaderos patriotas que hacían todo lo que podían, dadas las circunstancias, para preservar las tradiciones e identidad del Paraguay, que se remontaba hasta 1537. Muchos afirmaban que el «sistema» del Dr. Francia era, de una u otra forma, una especie de «Reino Jesuita del Paraguay», pero perfeccionado. Esta obra empezó a despertar recelos en muchos lugares, y cuándo no, especialmente en Buenos Aires, en donde la camarilla de doctrinarios revoltosos aplicaban el principio de la «gran mentira» contra el enemigo al que no podían doblegar. Muchas de esas patrañas propagandísticas son las que hasta hoy se siguen repitiendo para desmeritar y desprestigiar al Paraguay de Francia y los López. El «Supremo Dictador» fue leal a sus monarcas hasta el fin y con fidelidad incomparable, salvó al Paraguay del contagio revolucionario. ¡Era un hombre que no conocía la palabra «traición»!

No faltaron individuos brillantes que vieron más allá de la mentira y lograron escrutar con profundidad inusitada a los enigmas de la historia universal. Uno de ellos fue el mexicano Carlos Pereyra, quien hizo, en un párrafo, uno de los juicios más sublimes y acertados sobre la obra del Dictador Perpetuo del Paraguay, resumiendo toda su carrera: «El Dr. Francia pensó en su pueblo como su pueblo quería que se piense de él. Les dio paz, tierras, trabajo, escuelas, disciplina y todo lo que sus libertadores le han quitado. Esa es la verdad». [19]


FUENTES.

1- Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica, Legajo 223: «Resumen de los Debates del Congreso de los Mil Diputados, preparados por el Secretario de Gobierno Don Jacinto Ruíz». 10 de Octubre de 1814. – John & William Parish Robertson (1839): «Francia’s Reign of Terror», p.27. Londres, Inglaterra.

2- Vargas Peña, Benjamín (1993): «La Conjuración del 16 y 29 de Septiembre de 1811», págs. 38 – 42. Asunción, Paraguay: Editorial Estudio Grafico.

3- García Mellid, Atilio (1957): «Proceso al Liberalismo Argentino», págs. 346 – 347. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Theoria.

4- García Mellid, Atilio (1957): op. cit. págs. 142 – 146.

5- Wisner von Morgenstern (1996): «El Dictador del Paraguay José Gaspar de Francia», p. 184. Asunción, Paraguay: Instituto Cultural Paraguayo Alemán. Editora Litocolor S.R.L.

6- White, Richard Alan (1989): «La Primera Revolución Popular en América», pp. 74-81. Asunción, Paraguay: Carlos Schauman Editor.

7- Uribe, Diana (2009): «Historia de las Independencias Contada por Diana Uribe», págs. 137 – 139. Bogotá, Colombia: Editorial Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. – Bidegaín, Ana María (directora) (2004): «Historia del Cristianismo en Colombia. Corrientes y Diversidad», págs. 167 – 170. Bogotá, Colombia: Taurus Historia.

8- Recientemente se publicó un libro denominado «Iglesia Cristiana Católica Apostólica Nacional del Paraguay», de los autores Alberto B. Alessandro y Rafael Ruiz Gaona, el dizque «Arzobispo de Asunción» de dicha secta. Lastimosamente, los autores muestran un absoluto desconocimiento de la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana, de la historia del Imperio Español y de la Historia de la República del Paraguay, limitándose a repetir falsedades y mentiras de los enemigos de esas tres instituciones citadas. Quién explica mucho más correctamente el asunto es Alberto Nogués en su obra «El Provisor Roque Antonio Céspedes Xeria», publicada en Asunción del Paraguay por el Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas (1960). Véase también el Decreto Supremo del 2 de Julio de 1815. Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica, Legajo 224. 

9- Auto Supremo del 8 de Junio de 1820. Cuaderno de Autos Supremos, 4-17,2. Legajo 8. Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. Nogues (1960), op. cit. págs. 1 – 22.

10- Duarte Miltos, Cristóbal G. (2011): «Las Penurias de la Iglesia Paraguaya», págs. 71 – 72. Asunción, Paraguay: Editorial Servilibro.

11- Vázquez, José Antonio (1975): «El Dr. Francia visto y oído por sus contemporáneos», págs. 277-278. Buenos Aires, Argentina: EUDEBA S.E.M.

12- García Mellid, Atilio (1959): «Proceso a los Falsificadores de la Historia del Paraguay», tomo I, págs. 231-232. 

13- Weyer, Guillermo (2010): «En Defensa de una Dictadura Popular: José Gaspar Rodríguez de Francia», pág. 59. Asunción, Paraguay: Imprenta el Gráfico S.R.L.

14- Gral. Simón Bolívar al Gral. Carlos María de Alvear, Gran Maestro de la Logia Lautaro. Potosí, 8 de Octubre de 1825. Citado por Vázquez (1975), op.cit., págs. 253-254.

15- Rengger, Johann Rudolph (1828): «Ensayo Histórico sobre la Revolución del Paraguay y el Gobierno Dictatorio del Dr. Francia», págs. 223-237. París, Francia.

16- Famin, César (1840): «L’Univers: Histoire et Description de Tous les Peuples, Tous les Religions, les Moeurs, Coutumes, Etc.: Provinces Unies du Río de la Plata (Buenos Aires, Paraguay, Uruguay)», págs. 39-55.

17- Wisner von Morgenstern (1996): op. cit. pág. 192.

18- Williams, John Hoyt (1969): «Dr. Francia and the Creation of the Republic of Paraguay», pág. 325. EEUU: University of Florida, Gainsville.

19- Pereyra, Carlos (1919): «Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay», pág. 21. Buenos Aires, Argentina: Ediciones San Marcos.

Emilio Urdapilleta