Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864 – 1870): Capítulo VIII

Antecedentes de la Guerra contra Paraguay (1864 – 1870): Capítulo VIII

VIII. EL PARAGUAY SUPREMO: LOS LÓPEZ, PARTE II.

Los López, padre e hijo, se mostraron como perfectos interlocutores y continuadores de la obra del Dr. Francia. Introdujeron algunas reformas políticas y económicas pero el sistema permaneció, en general, idéntico a los postulados establecidos por el primer «Supremo». Pocos han analizado, sin sesgos notorios, lo que representó verdaderamente a la metodología socio-económica utilizada por los paraguayos desde el siglo XVII en adelante. En resumidas cuentas, se debe señalar a este respecto que existieron en el Paraguay dos modelos que compitieron entre sí: el del «encomendero» y el de los «jesuitas».

El llamado «régimen de encomienda», independientemente de ser un gran hacendado o un simple burócrata quien lo empleaba, otorgaba la posibilidad de utilizar como «mano de obra barata» a los indígenas que quedaban bajo la égida del «encomendero», según previas autorizaciones que estos hayan recibido por fueros o méritos. No faltaron ocasiones en que, contra de todos los mandatos y protecciones que la Corona Española y la Iglesia Católica establecían para los aborígenes (no se podía castigar injustamente al indio ni debía superarse las ocho horas diarias de trabajo, además de que se le tenía que proveer de alimentación, hogar, abrigo, educación, catecismo e incluso una paga mínima), varios «encomenderos» cometieron abusos de autoridad contra los indígenas. Aunque el «régimen de encomienda» no llegaba a alcanzar las nocivas, explotadoras y cuasi-genocidas proporciones que se han visto con el «esclavismo» introducido por los ingleses, holandeses y posteriormente portugueses, muchas veces su mejor o peor aplicación dependía muchísimo de la predisposición de quienes lo ejercían, pues ante las enormes distancias que separaban a las provincias americanas de Madrid, no faltaban los que llevaban al pie de la letra el clásico principio hispano «se respeta lo que indica la Ley, pero no se acata». De cualquier manera, la «encomienda» podía ser vista como una «vía media» entre la «plena libertad» de los criollos-mestizos y la «esclavitud» que sufrieron los africanos a manos de los explotadores coloniales anglosajones.

En contrapartida al «régimen de encomienda» apareció el «sistema jesuita», que alcanzó a perfeccionarse con los gobiernos paraguayos tras las emancipaciones. En las famosas «Reducciones», los indígenas guaraníes vivían bajo una dulce pero firme vigilancia e instrucción de los sacerdotes de la Orden de Jesús, los discípulos del afamado San Ignacio de Loyola. Aunque los jesuitas no fueron la primera congregación católica en llegar al Paraguay (y ni siquiera fueron los primeros en establecer reducciones, pues mercedarios, dominicos y franciscanos estuvieron antes), sin embargo, su influencia sobre todos los demás fue tremenda, al punto tal que en mayor o menor medida, todos terminaron imitándolos.

El «sistema jesuita-paraguayo» se basó en las enseñanzas de la Iglesia Católica, una especie de «distributismo» (entonces llamado «solidarismo») en el que existía la propiedad privada («ava mba’e», lo que pertenece al indio) pero supeditada a las necesidades de la comunidad en general («Tupä mba’e», lo que pertenece a Dios). De allí que el sentido de «patria» y de «pertenencia» fuera tan fuerte en los paraguayos tras las emancipaciones, lo que fue correctamente canalizado y reformado por los «Supremos» Francia y los López. Un brillante historiador estadounidense lo describió así:

«Sí la praxis es el supremo juez de la teoría, los Jesuitas crearon un sistema económico superior al de sus competidores en el naciente Capitalismo. Los Jesuitas del Paraguay crearon «ab ovo» establecimientos que fueron más ricos y prósperos que las avanzadas coloniales de cualquier gran potencia europea. La base teórica de las Reducciones también era superior, algo que los europeos tardarían 300 años en descubrir con la cara escuela de la experiencia. Confrontado con el capitalismo rapaz del traficante de esclavos por una parte y el vicioso e indolente estado salvaje de primitivo comunismo en el que se hallaban los indígenas por el otro, los Jesuitas trataron de crear un espíritu de trabajo sistemático entre los aborígenes y una economía basada en principios cristianos que recompensan a la laboriosidad sin promover la avaricia que caracterizaba al sistema económico europeo. Según Caraman, «al indígena se le incitaba para que no fuera indolente ni ocioso. Sí un hombre no podía trabajar, se lo ayudaba con fondos públicos». Los visitantes se sorprendían al ver que no existían mendigos ni vagos en los pueblos guaraníes. Esto significó asignar lotes privados a los individuos, pero los Jesuitas también crearon campos comunales o «Tupä Mba’e», en parte porque a los indígenas les gustaba trabajar con música, en parte porque en sus sociedades primitivas la propiedad comunitaria tomaba prioridad sobre las posesiones privadas pero especialmente, porque así el trabajo se podía organizar bien y realizarse bajo vigilancia». [1]

Los paraguayos, desde tiempos de la conquista hasta la era de Francia y los López, sabían perfectamente que si deseaban sobrevivir ante las poderosas fuerzas que se congregaban contra ellos (la naturaleza rapaz de los explotadores anglosajones y sus aliados así como la indolencia de los aborígenes recientemente evangelizados), no podían dejar al país bajo el arbitrio de la «mano invisible», que habitualmente sirve a los intereses de los oligarcas cosmopolitas. Ellos sabían que el Paraguay debía organizarse según la experiencia de las «Reducciones Jesuitas», añadiendo las reformas necesarias para el momento. Fue de esta manera que el «sistema paraguayo», heredero de la experiencia de los Jesuitas, alcanzaron el éxito. Porque aplicaron un sentido de realismo y pragmatismo económico basado en las leyes del Divino Creador y no en máximas utópicas de «maximizar las ganancias individuales por medio de un fabuloso libre mercado» o de «socializar los medios de producción para crear una sociedad comunista sin propiedad privada». Las leyes morales y éticas que los Jesuitas del Paraguay establecieron en el país sirvieron para que Francia y los López comprendieran que, sí bien la propiedad privada es necesaria para la felicidad y prosperidad del pueblo, no puede esta ponerse por encima de bienes superiores, de carácter espiritual y patriótico. Así, la noción de John Locke y sus herederos intelectuales, rapaces especuladores de la usura cosmopolita liberal, de que la «propiedad privada» puede ser utilizada como mero bien de intercambio y consumo quitándole todo valor intrínseco como necesaria para la subsistencia de los seres humanos que la habitan, no tenía cabida alguna en el Paraguay de Francia y los López, quienes inspirados en el modelo jesuita y también en las «Haciendas del Rey» de la Monarquía Hispana, crearon las llamadas «Estancias de la Patria» en donde los más desposeídos, entre ellos los indígenas integrados a las leyes nacionales, podían vivir tranquilamente a cambio de los frutos de su trabajo.

Se sorprenderá el lector ante nuestra afirmación de que el «sistema jesuita-paraguayo», basado en principios económicos «solidaristas, distributistas y de justicia social de la Iglesia Católica» con la impronta del modelo «paternalista monárquico español», era superior al capitalismo pagano y depredador de corte anglosajón. Pero los testimonios hablan por sí solos. Mientras que en el Paraguay de Francia y los López prácticamente no había persona alguna sin tierra, en donde casi todos tenían qué comer, qué vestir y sabían «leer, escribir y contar», en la Britania del siglo XIX, período cúspide de su poder imperial bajo la Emperatriz Victoria, ocurría esto que describe el famoso poeta y sociólogo inglés John Ruskin:

«Aunque Inglaterra está ensordecida por el sonido de sus ruedas giratorias, su gente no tiene ropa para vestir; y aunque está ennegrecida por el carbón que extrae de sus minas, su gente muere de frío; y aunque ha vendido su alma por el lucro económico, su pueblo perece por inanición». [2]

Ante esas contundentes palabras, era lógico que el delirio marxista haya nacido en la misma Inglaterra de Adam Smith y John Locke, la que generaba enormes riquezas usurarias, especuladoras y explotadoras a cambio de la muerte de miles y miles de obreros bajo las más miserables e infrahumanas condiciones de vida imaginables. No olvidemos que en esta misma época, millones de irlandeses fallecían durante la «Gran Hambruna» en las manos del depredador Imperio Británico, que con el más puro y duro darwinismo social que entonces les caracterizaba, simplemente «los dejaban morir» porque «los más fuertes debían sobrevivir» para mayor gloria de las «leyes del mercado». En contrapartida, el pueblo paraguayo, incluso después de la devastación sufrida por la Guerra de la Triple Alianza, hasta hoy siente una repugnancia innata e instintiva hacia cualquier forma de comunismo, sin que por eso esté a favor del liberalismo usurario, rapaz y vampírico.

Más que conocido es el hecho de que la República del Paraguay en 1810 – 1870, siguiendo una estricta política de austeridad en los gastos gubernativos, no adolecía de ese mal que azota a los pueblos hispanoamericanos llamado «deuda». En este sentido, cabe añadir que se mantenía una tradición de administración justa y equitativa que provenía desde los tiempos de los Habsburgo, en los que siempre se buscaba que exista un superávit en las recaudaciones para poder tenerse ahorros disponibles en caso de necesidades. El sistema jesuita-paraguayo de Francia y los López perfeccionó estos mecanismos. El Estado era «pequeño» en su número de burócratas, pero sumamente eficiente y expeditivo. Los grandes gastos se efectuaban únicamente para las obras públicas y el ejército. Enfatizamos en el hecho de que no existía deuda interna y la externa era insignificante, al punto de ser considerada también como nula. Además, la «balanza comercial» del Paraguay era favorable al país, a diferencia de la de sus países vecinos que mostraba una terrible desventaja entre «importaciones vs. exportaciones». La yerba mate, las maderas y la ganadería eran los principales productos que Paraguay comerciaba hacia el exterior, bajo inspección estricta del Gobierno. Además, solo se importaban aquellos productos de extrema necesidad o algunos lujos que no se producían en el país. Esta era la clave para una «balanza comercial» favorable y añádase a esto que Paraguay vivía en condiciones de estabilidad interna muy superiores a sus vecinos. Cierto que los volúmenes de importaciones y exportaciones eran pequeños en comparación a lo que ocurría en Buenos Aires o Río de Janeiro, pero aquí también hay otro elemento que debe ser tenido en cuenta.

Como el Paraguay era un país prácticamente sin deudas externa o interna, con una balanza comercial positiva y con un gasto administrativo bajísimo, el país no sufría de otro de los galopantes y terribles males que aquejan a las sociedades hispanoamericanas: la inflación. Los precios en Paraguay eran bajísimos pero todos tenían capacidad de adquirir lo que necesitaban para su subsistencia. Ocurría lo opuesto en Brasil, Buenos Aires o Uruguay, en donde habían «grandes volúmenes» de importaciones y exportaciones en términos monetarios, pero con factores de inflación muy superiores a los del Paraguay.

Tómese como sustento para todo esto que en tiempos de Francia y los López, el circulante monetario al principio eran las monedas de plata (peso fuerte) y de oro (onza). Ambas monedas pesaban aproximadamente 27 gramos, con una pureza de 900 milésimas de fino, siendo la onza equivalente a 16 pesos de plata, y el peso de plata equivalía a 8 reales. Con la expansión del comercio internacional durante el Gobierno de Don Carlos Antonio López, se dio una actualización del sistema monetario según nos explica Robert Triffin basándose en datos proveídos por investigadores paraguayos:

«El restablecimiento general del comercio bajo el gobierno de Carlos Antonio López pronto hizo que la escasa circulación monetaria de la época de Francia fuera insuficiente. La primera ley monetaria de la República, sancionada el 27 de noviembre de 1842, autorizó al gobierno a dar orden para acuñar monedas de plata y de cobre con los emblemas del Estado Paraguayo. La acuñación de las monedas de cobre no debería exceder el monto máximo de 30.000 pesos. Las monedas de cobre fueron emitidas tres años después, pero nunca fueron acuñadas las monedas de plata. En su lugar, el gobierno emitió en 1847 doscientos mil pesos de papel moneda, respaldada por propiedades del Estado». [3]

Ese mismo año 1847, en un mensaje ante el Congreso del Paraguay, el Presidente Carlos Antonio López reveló uno de los secretos mejor guardados de la política monetaria del país en un discurso:

«La emisión del papel moneda es una operación crediticia de naturaleza de lo más serio y delicado, conforme a la experiencia de otros países. Podría traer ventajas inmensas, pero también un daño inmenso. Si el papel moneda ha de producir los resultados útiles y mayormente beneficiosos que hacen que la operación sea aconsejable, es necesario que el papel moneda no sea nada más que la contrapartida de la riqueza existente y que sea respaldado por garantías efectivas, no contingentes. El único país que anteriormente se consideraba hispanoamericano que se encuentra en condiciones de realizar la operación de manera apropiada es la República del Paraguay, porque es el único país que posee capital en existencia, propiedades territoriales grandes y valiosas, garantías sólidas y seguras y que no tiene deuda alguna, sean internas o externas. Es por esto que los billetes circulan en la República a la par de la moneda metálica”.

¡Magia potagia! El Paraguay respaldaba su emisión de moneda en oro, plata y «pesos paraguayos» con la producción y la riqueza real existente del país, no en base al «fiat» o triquiñuelas del tejemaneje financiero especulador. Súmese a esto el sistema de «autarquía económica» que se heredó de los españoles y jesuitas para que se tenga una clara visión de la «superioridad del sistema paraguayo», en palabras del historiador y economista estadounidense E. Michael Jones.

Respecto a la educación en el Paraguay, dígase que la de nivel superior siempre existió, aunque de manera privada, dirigida en los cláustros, conventos y monasterios. El «Colegio Jesuita» fundado en la «Madre de Ciudades, Cuna, Amparo y Reparo de la Conquista» aproximadamente en el año 1615, fue una de las primeras instituciones de su género en el continente e incluso llegó a ser epicentro de protestas en los días previos a la » Segunda Revolución Comunera». Tras la expulsión de los jesuitas del Reino de España (lo que fue instigado por la naciente masonería), quedó bajo control de los franciscanos, mercedarios y dominicos. Estos también establecieron sus instituciones de enseñanza superior, entre ellas se destacaban el «Liceo de la Seráfica Orden de San Francisco» y  el «Colegio de la Real Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced», que funcionaban en sus respectivos conventos y monasterios, todos ellos con disciplina militar impartían clases de lenguas, filosofía y teología «con gran aprovechamiento de los alumnos», como lo cuenta Don Blas Garay. Además, en el Convento de Santo Domingo se abrió el célebre «Colegio de la Orden de los Predicadores Dominicos», simplemente llamado «Colegio Dominico». Allí se daban clases de gramática latina, filosofía, teología, sagradas escrituras y derecho canónico. Al inicio, estas instituciones funcionaban únicamente para los que dedicarían su vida al sacerdocio, pero posteriormente fueron abriéndose a todo público, por iniciativa de los dominicos, a cambio de módicas donaciones a las respectivas órdenes. Un famoso episodio involucró a los franciscanos paraguayos, quienes en 1730 se rehusaron a abandonar sus colegios en Asunción para trasladarse a la Universidad de Córdoba a impartir enseñanza superior. [4]

El «Real Seminario y Colegio de San Carlos» es posterior a todos los institutos mencionados, fundado en 1783 pero bajo administración de la Ciudad de Asunción, no del clero.  Por ello se lo considera el primer instituto de educación superior «público» que se inauguró en el país.

La gran educación pública se iba expandiendo cada vez más. El Colegio Dominico de Asunción, que en tiempos del Dr. Francia era dirigido por el R.P. Miguel Albornoz con el apoyo del R.P. José Joaquín Palacios, se transformó en la famosa «Academia Literaria» con un ambicioso proyecto gubernamental que integraba también al «Colegio Carolino» (como se conocía al Colegio de San Carlos). Se unió a ellos el R.P. Marco Antonio Maíz como asistente. Con el advenimiento de la «Escuela Normal» y el «Seminario Conciliar», el «Colegio Dominico» perdió preponderancia, pero siguió funcionando como instituto superior de latinidad y filosofía bajo administración del R.P. Juan de la Cruz Velázquez y el seglar Prof. Domingo Viveros. Un conocido alumno del «Colegio Dominico» fue el mismo Francisco Solano López Carrillo, quien concluyó sus estudios el mismo año en que se formaba allí la «Academia Literaria», apareciendo su nombre como uno de los alumnos matriculados. Mientras tanto, el Dr. Juan Andrés Gelly junto a su colega, Don Carlos Antonio López Ynsfran, dieron nacimiento a la «Escuela de Derecho Civil y Político», que también funcionó en el Colegio de Asunción. Las famosas «Aula de Matemáticas» (dirigida por el francés Pierre Dupuy con ayuda del paraguayo Miguel Rojas) y «Aula de Filosofía» (bajo el magisterio del R.P. Fidel Maíz y R.P. Bernardo Ortellado) nacieron en éstos tiempos como parte del modernizador proyecto de los López. El Brig. Francisco Solano contrató en Europa al Prof. Ildefonso Bermejo, quien juntó a las citadas «aulas» para dar nacimiento, como su director, a la célebre Escuela Normal, cuyo nombre completo era: «Colegio de Asunción y Escuela Normal de la República», a la que se unió la «Escuela de Derecho Civil y Político», sentando los rudimentos de la actual Universidad Nacional. En efecto, en la citada institución se estudiaban cursos de letras, leyes, filosofía y matemáticas. Fidel Maíz pasaría a ser Rector del reabierto «Seminario Conciliar y Colegio de San Carlos». Aparentemente, el Cura Ortellado abrió un instituto privado donde enseñó letras y teología, pero no se descarta que haya colaborado con Bermejo y Fidel Maíz en los mencionados establecimientos. [5]

El «Colegio Jesuita» se reabrió y en coordinación con el «Colegio de la Merced» se forma en 1843 el famoso «Instituto Superior de Matemáticas y Moral Universal» (o como lo llama Demersay: «Instituto de Enseñanza»), cuyo más famoso rector fue el recordado R.P. Bernardo Pares (jesuita que fue expulsado junto a otros clérigos de la misma orden, en 1846, por presiones que hizo el Ministro Pimienta Bueno del Brasil contra el Gobierno Paraguayo) y donde también enseñaban los mentores del Brig. Solano López: el cura dominico R.P. Miguel Albornoz, el R.P. José Joaquín Palacios y el célebre Prof. Juan Pedro Escalada. El futuro Mariscal Presidente haría cursos en el prestigioso Instituto de Enseñanza bajo el magisterio del R.P. Albornoz, quien lo dirigió tras la expulsión de Pares y sus compañeros, desde mediados de 1846 hasta su muerte a finales de 1848, tomando su lugar en la Academia del Colegio Dominico el R.P. Marco Antonio Maíz, lo que habría provocado el enojo del Cura Palacios, quien estuvo a punto de ser expulsado del país pero aparentemente, a inicios de 1849, fue puesto como reemplazante de Albornoz en el Instituto de Moral y Matemáticas. También debe recordarse a la «Escuela Tellez», que en los días del Dr. Francia conoció la plenitud así como la «Escuela Escalada» del ya mencionado Juan Pedro Escalada, quien fue tutor del Mariscal López en su infancia. Incluso en el interior del país prosperaron las escuelas de idiomas, de «Artes y Oficios» y hasta las mujeres tenían «Colegios de Señoritas» , regentados muchos de ellos por las Hermanas y Monjas Católicasademás de la reconocida maestra Anna Monnier. Algunos de estos ya funcionaban incluso en tiempos de Don José Gaspar. Las señoritas estudiaban, aparte de letras y religión, oficios útiles como hilandería, confección, costura y artesanías varias. [6]

Paraguay seguía sus propias pautas en política educativa. Se editaban libros como el «Catecismo de San Alberto», hermosa obra de orden teológico-social que reflejaba claramente el espíritu paraguayo de la época. A eso se añadía el «Catecismo Político» del Dr. Francia (del que sólo se conservan pequeños fragmentos) o las obras «Instituciones del Derecho Real de España» y «Elementos del Derecho Político Francés» de los autores José M. Álvarez y Antoine Macarel respectivamente, lo cuál de nuevo, deja bien en claro la «filosofía política» del Paraguay Contrarrevolucionario.

También las antiguas escuelas de medicina se modernizaron. El «Colegio Cuartel Hospital», que se hallaba en el actual Hospital Militar de Asunción y era dirigido por el legendario Dr. Vicente Estigarribia (quien escribió los dos primeros textos científicos del Paraguay Independiente: «Vocabulario en Varios Idiomas de Algunas Plantas Medicinales» «Resúmenes de Instrucción Metódica para Curar Algunas Enfermedades Endémicas», ambos publicados por la Imprenta Nacional y plagiados por Moisés Bertoni décadas después), empezó a recibir a expertos extranjeros que trajeron los avances médicos de Europa. Allí se dictaron los famosos cursos de medicina forense del español Dr. Zenón Rodríguez, además de las enseñanzas que los profesionales europeos (mayormente ingleses) impartían a los estudiantes, internos y residentes paraguayos de la época. La ya mencionada «Imprenta Nacional» era todo un monumento con vida propia. El mismo Dr. Carlos Antonio López Ynsfran publicó a través de ella el primer libro paraguayo moderno: «Tratado Sobre los Derechos y Deberes del Hombre Social», el cual era una versión evolucionada del catecismo francista, con los sentimientos de la época. Allí también se editaron otros tantos libros como «Simple Historia sobre la Colonia Francesa en Paraguay», «Ojeada Retrospectiva sobre la Cuestión Paraguayo-Brasileña», o incluso las reediciones originales de la «Historia de la Conquista y Colonización del Paraguay y el Río de la Plata», del asunceño Ruy Díaz de Guzmán (obra falsamente llamada «La Argentina»). El Dr. Gelly lanzó en 1850 su libro: «El Paraguay: Lo que fue, es y será», y Don Juan José Brizuela publicaba su hilarante «Vapuleo a un Traidor: Seis Azotainas Administradas a un Paisano Conocido como Luciano, el Sonso» (que originalmente salió en «La Reforma Pacífica» de Buenos Aires, y era dedicada, como lo dice el título, a los «legionarios» que empezaban a existir). [7]

El periodismo prosperó, con ayuda de correntinos, con el surgimiento del primer periódico (conocido) de nuestro país: «El Repertorio Nacional», que tenía forma de «magazine». Luego, tras la instalación de la Imprenta Nacional, apareció «El Paraguayo Independiente», que sería reemplazado por «El Semanario» (ambos eran la voz oficial del Estado Paraguayo). También aparecieron otros periódicos «privados», aunque siempre controlados por el Gobierno: «La Época» (de vida breve); «La Aurora» (revista científica, social y artística manejada por los miembros de la Academia Literaria); o «El Eco del Paraguay», que fue administrado por Ildefonso Bermejo (y del que se conservan, al igual que los anteriormente mencionados, pocas ediciones). Del extranjero llegaban «El Correo de Ultramar» «La Reforma Pacífica» (previo paso por los «censores»).

La esclavitud quedó plenamente abolida (ya estaba en proceso de extinción en la era del Dr. Francia) con la «Ley de Vientres Libres para los Esclavos Privados» de 1842, la libertad de los Esclavos de la República y la prohibición de todo tráfico de negros establecida en la «Ley Suprema» de 1844. Hasta Charles Washburn cita con admiración éste hecho, diciendo que la sola existencia de dichas leyes, a pesar de que proponían la eliminación gradual de la «maligna institución», tenían tanto efecto que equivalían a una emancipación total por su impacto social. [8]

Incluso los «esclavos privados» (en un país que casi no contaba con negros, según un testigo presencial como Alfred Demersay, quien es muy crítico hacia el Paraguay, al que calculaba con gran criterio una población de 600 mil habitantes a inicios de la década de 1850, y que aseguraba que en el país no habían más de 1.000 esclavos en ese tiempo) tenían la posibilidad de pagar por su libertad ante la «Esclavatura del Estado», a través de la «Colecturía General». [9]

Uno pensaría que, tras la caída de Juan Manuel de Rosas, volvería la «paz» a la región y el «progreso» sería continuado e ininterrumpido. Ocurrió todo lo contrario… La guerra empezaba a asomarse al Paraguay, que tantos avances logró con su sistema económico y social.

Mariscal López y Napoleón III en Crimea
El General Francisco Solano López Carrillo (derecha) pasando revista a algunas tropas francesas durante la Guerra de Crimea ante la presencia del Emperador Napoleón III de Francia. Aparentemente, la fotografía sería de 1854. Algunos cuestionan su autenticidad. [Imagen: Boris y Cancogni: «El Napoleón del Plata»].

En el año 1853, el Brigadier General Francisco Solano López Carrillo partió a Europa como Ministro Plenipotenciario y Embajador del país. Retornaría de su exitoso periplo a inicios de 1855, luego de un viaje de casi dos años en el que logró el reconocimiento de la Independencia Paraguaya por varias naciones del Viejo Continente. Su prestigio iba en ascenso. Su primera estación durante la travesía fue en el Brasil, donde pasó brevemente por la Escuela Naval de Río de Janeiro junto a su hermano Benigno. [10]

El nuevo monarca del Imperio de Braganza en Brasil, Don Pedro II, le otorgó el título de «Comandante de la Orden de Cristo» (y a Don Carlos Antonio la «Gran Cruz» de dicha orden). En Septiembre de 1853 llegó a las Islas Británicas, donde recibió tratos sumamente especiales por parte de la Reina Victoria y su esposo, con quiénes pasó una velada histórica en Osbourne House, en la Isla de Wight. En diciembre de 1853, llegó a París y cultivó una curiosa relación con Napoleón III, quien le invitó, por su calidad de diplomático, a asistir a cursos especiales y maniobras en la Academia de Saint Cyr, para luego darle el título de «Comandante de la Legión de Honor» y la distinción de dirigir un desfile militar en los «Campos de Marte». Incluso participó (secretamente) como observador, junto al Estado Mayor Francés, en la Guerra de Crimea, acompañado de su futura esposa, la joven y bella irlandesa Elisa Lynch, recientemente divorciada de su primer marido. [11]

En la Corte de Turín, el Rey Víctor Emmanuel de Cerdeña condecoró al Gral. López Carrillo (y a su padre) con el título de «Comandante de la Orden de San Mauricio y San Lázaro» mientras que el Príncipe de Saboya – Carignano y los Duques de Génova, el 28 de marzo de 1854, le ofrecieron una recepción especial y le habrían otorgado diferentes condecoraciones. Hasta el Vaticano, que tenía crispadas relaciones con Paraguay (por el asunto del «Patronato Regio – Indiano»), nombró al Ministro Plenipotenciario en Europa «Caballero de las Milicias de Cristo». [12]

Uno de los episodios más enigmáticos del periplo del General Solano López por Europa fue su estadía en España. Conferenció con el Canciller de Su Majestad Católica, Don Ángel Calderón de la Barca, por varias jornadas intensas en las que no se llegó a acuerdo alguno más allá de la declaración de Don Carlos Antonio López de que el país «deseaba restablecer las relaciones diplomáticas con España, a la que Paraguay estaba unido por historia, religión y lengua común». Sin resultados destacables, el General López decidió retirarse de España, incluso después de que los diplomáticos españoles le ofrecieran el reconocimiento de la Independencia del Paraguay, lo que recién se concretaría en 1880. No obstante, Francisco Solano López recibió como regalo especial de la misma Reina Isabel II de España un uniforme completo de Capitán General del Ejército Español, que el paraguayo utilizó orgullosamente durante el final de su viaje y que incluso le sirvió para uno de sus más famosos retratos, según recolectó el historiador Hipólito Sánchez Quell.

A su regreso, el joven Don Francisco Solano tomó las riendas de las cuestiones diplomáticas en Asunción, que hasta el estallido de la Gran Guerra, no tuvieron sosiego. La actividad del Supremo Gobierno de Don Carlos en búsqueda de la paz y la solución pacífica de los conflictos externos fue ardua, consiguiendo notables resultados.

Los brasileños reciclaron el humillante incidente del Pan de Azúcar (Fecho dos Morros) para enviar una expedición al Paraguay, que fracasó gracias a la intervención del Brig. Solano López en la mesa de negociación con el habilidoso Vizconde de Río Branco. Pocos meses después de alcanzado un arreglo con la Casa de Braganza, a causa de algunas quejas de los súbditos franceses que debían colonizar «Nueva Burdeos» (futura «Villa Occidental»), también existió un problema con el Imperio Francés, en el que de nuevo Solano López intervino para que existiera acuerdo pacífico, aprovechando su amistad con el Emperador Napoleón III.

Entre 1856-1861, las relaciones del Paraguay con los EEUU estuvieron al borde de un conflicto internacional, a causa de unos reclamos del Cónsul Estadounidense Edward Hopkins, que derivaron en el cañoneo del vapor «Water Witch». Una escuadra a mando del Almirante W.B. Shubrick llegó hasta el Plata para «ajusticiar» al Paraguay, pero la imponente Fortaleza de Humaita junto a las habilidades diplomáticas de los López (con ayuda de Urquiza) lograron que se evitara un conflicto e incluso, obtuvieron una victoria jurídica desde las cortes en EEUU, donde actuó como enviado Don José Berges. [13]

Finalmente, a pocos años de iniciarse la crisis que desemboca en la máxima conflagración bélica internacional en América, el Almirante Eliott (a causa de un conspirador anglo-uruguayo llamado Santiago Canstatt, que intentó asesinar al Pdte. Carlos Antonio López, siendo descubierto y apresado) ordena a la flotilla de Su Majestad Británica en el Plata cañoñear al «Tacuari» estando allí el Brig. Solano López, quien había sido el exitoso negociador de la paz entre Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza en San José de Flores (1859). A pesar de las disculpas que Inglaterra dio al Paraguay (gracias a la activa diplomacia paraguaya dirigida por Don Francisco Solano, quien tuvo al uruguayo Carlos Calvo como buen aliado), las relaciones entre los dos países nunca se restablecieron a su estado normal. [14]

Cada vez se hacía más claro que tras la caída de Juan Manuel de Rosas, la «mira» de las potencias mundiales lentamente subía más al norte, apuntando al Paraguay.


REFERENCIAS.

1- Jones, E. Michael (2014): «Barren Metal: A History of Capitalism as a Conflict Between Labor and Usury», págs. 637 – 638. Indiana, EEUU: Fidelity Press.

2- Pesch, Heinrich (1998): «On Solidarist Economics: Excerpts from the Lehrbuch der Nationalökonomie», pág. 63. Maryland, EEUU: University Press of America.

3- Banco Central del Paraguay (2013): «El Guaraní: 70 Años de Estabilidad. Una Conquista de la Sociedad», págs. 18 – 20. Dirección de Carlos Fernández Valdovinos. Asunción, Paraguay: Edición del Banco Central del Paraguay.

4- Blas Garay: «Paraguay 1889», pp. 263-270. Editorial Araverá, Serie Ciencias Sociales N°1. Asunción, Paraguay (1984). El citado abogado e historiador apenas tenía 25 años, pero era considerado como autoridad irrebatible en la materia pues conoció e investigó a profundidad el «Archivo de Indias» en Sevilla. Malogrado antes de tiempo, Paraguay perdió con la trágica muerte de Blas Garay, cuando apenas había cumplido 26 años, a una de sus más brillantes promesas intelectuales. Sobre el tema de los institutos de educación en Paraguay, véase también la obra de Manuel Domínguez: «Las Escuelas del Paraguay: Conferencia dada en el Instituto Paraguayo el 25 de Septiembre de 1897». H. Kraus Editor. Asunción (1897). Cabe agregar en este punto que la misma palabra «Colegio» debe ser utilizada en su significado antiguo, similar al anglicismo actual: «College» o a la forma francesa clásica: «Collège», que significa no otra cosa sino «Facultad»; se considera que los primeros «Colegios» modernos son obra de los españoles, influidos por los musulmanes. Actualmente, en los países hispanoamericanos la palabra «Colegio» perdió su antiguo valor.

5- Justo Pastor Benítez: «Carlos Antonio López», p.221-236. Asunción (1990). Juan Francisco Pérez Acosta: «Carlos Antonio López: Obrero Máximo», p. 462-475. Lastimosamente, reconstruir la historia, reducida a cenizas por los enemigos del Paraguay, de los institutos de enseñanza superior en tiempos de Francia y los López es tarea muy dura y que aun merece amplia investigación. ¡Por esta razón no se remueven estatuas ni se quitan placas conmemorativas, y mucho menos se derriban edificios como si nada, aún si poseen «reminiscencias de dictaduras» que deben ser borradas de la «memoria histórica».

6-Raúl Amaral, op.cit., pp. 21-32. Alfred Demersay: «Histoire Physique, Économique et Politique du Paraguay…» en dos volúmenes. Vol. II, pp. 416-417 y pp. 468-469. Librerie Hachette. París (1860). José María Rosa, op.cit., pp. 16-17.

7- Efraín Cardozo: «Apuntes de la Historia Cultural del Paraguay», tomo II, pp. 275-279.

8- Charles Washburn: «History of Paraguay: With Notes of Personal Observations and Reminiscences of Diplomacy Under Difficulties», tomo I, pp.349-350. Nueva York (1871).

9- Alfred Demersay: «Histoire Physique, Économique et Politique du Paraguay… (dos volúmenes)», volumen 1, pp.347-351. Librerie Hachette. París (1860). Justo Pastor Benítez, op.cit., p.207.

10- Richard Francis Burton: «Letters from the Battlefields of Paraguay», p.68. Londres (1870).

11- Manlio Cancogni, Iván Boris: «El Napoleón del Plata», p.41. Barcelona (1977). Washburn, op.cit., tomo I, p. 408. Éste hecho se ha confirmado a través de los diarios de Elisa Lynch y apuntes guardados por su hermana, publicados en la obra «Calumnia» de Michael Lillis y Ronan Fanning. Buenos Aires (2011).

12- Cartas de los Ministros Dabormida y Di Salasco a F.S. Lopez. Archivo Nacional de Asunción: Colección Río Branco. Volumen 1, 29; 26,2. «El Prendedor de Madame Lynch», artículo de Javier Yubi para ABC Color (Asunción), 11 de noviembre de 2014.

13- Una obra pormenorizada, aunque no muy neutral, sobre la materia es: «La Expedición Norteamericana contra el Paraguay», escrita por Pablo Máx Ynsfran, publicada en su segunda edición en Asunción (1988).

14- Los documentos más importantes en relación a la famosa «Cuestión Canstatt» entre Paraguay e Inglaterra fueron publicados íntegramente en Europa por Carlos Calvo: «Cuestión Canstatt: Documentos Oficiales entre la Legación del Paraguay y el Gobierno de Su Majestad Británica», Bezanzon (1864).

Emilio Urdapilleta