Bajo el signo de Marte

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Vetusto por donde lo mires, rastro de haber pasado por manos de varios lectores o quizás simples curiosos que lo manosearon. Una portada simple, un soldado de cuyas manos se desprende su fusil por el golpe del cañonazo que lo alcanzó, y bajo este señuelo atemorizante se inscribe el título de la obra en rojo y negro “BAJO EL SIGNO DE MARTE”.

Es un antiguo libro escrito por Justo Pastor Benítez[1], publicado en 1976 por la editorial la CASA – LIBRO que forma parte de una reedición de la obra, originalmente publicada en 1934 en Montevideo. El prólogo fue elaborado por el Cnel. D.E.M Alfredo Ramos.

Con sus hojas amarillentas y desgarradas, BAJO EL SIGNO DE MARTE, narra espectacularmente la Guerra del Chaco. El señor Benítez ha elaborado un material que hoy día es una reliquia para cualquier aficionado a conocer la historia. No solo la manera asombrosa de escribir llama la atención, sino el contenido que abarca. Un privilegio para cualquiera que lo lea.

Justo Pastor Benítez

El cruce de balas en el campo de batalla no es el hito de la obra, pues puntos clave como la creación misma de la república de Bolivia, el origen del agrio descontento de los habitantes, el interés mañoso y los errores de los comandantes bolivianos se ha sintetizado en apenas 165 páginas.

En sus hojas queda plasmada la heroica acción de los soldados paraguayos que lucharon durante tres años con gran diferencia en cuanto a provisiones y armamento, comparado al airado rival que aseguraba dar solo un paseo por el desierto chaqueño. Pero entonces ¿por qué perdieron la guerra?

Fijémonos en la famosa batalla de Nanawa, una de las más complicadas para el ejército paraguayo, pero que supo resistir y repeler al superior rival en seis interminables días. Es en Nanawa donde nace el improvisado regimiento de infantería Nº 13 “Trece Tuyuti” bautizado por las canciones populares como “la muralla viva”, que luego Emiliano R. Fernández con su genialidad inmortalizaría hasta nuestros días.

Este cuerpo del ejército paraguayo ha suplido las faltas con ingenio y ha podido apagar las más eficientes ofensivas de los bolivianos. Justo Benítez lo describe así: “Es el Curupayty de la nueva epopeya. De sus trincheras invictas han brotado los más alto acentos del cancionero popular, como de un rincón propicio a las exaltaciones de la personalidad, a la dignidad del sacrificio y a esclarecidas hazañas. Teñido de bronce que repercutía en la basta soledad chaqueña y hacía vibrar el alma nacional, eso es Nanawa”.

En las batallas anteriores a Nanawa, los bolivianos se sumieron en errores. Eran maquinizados a luchar por algo que ni ellos mismos querían, pues el ejército boliviano tenía más a hombres quichuas y aimaras que no deseaban lo mismo que los que estaban en el mando del país. Sin embargo, en Nanawa demostraron un amor que no fue visto antes por los paraguayos. Los preparativos del ataque fueron asombrosos; pareciera que quedó un amargo sabor para los bolivianos en Boquerón.

Para el ejército paraguayo no marcaba mucha diferencia perder esta batalla, simplemente una ratificación de línea. No obstante para el enemigo era levantar el ego, el honor y la moral que tan maltratada estaba luego de tantas derrotas. Buscaba levantar el ánimo a un pueblo castigado lejos de su tierra a pesar de tener superioridad en sentido armamentístico y militar.

Con un aire de vanidad y capricho la poderosa columna boliviana al mando de Toro, Zabrana, Quitela, Roque Terán y Rivas G. salieron el 20 de enero para lanzarse sobre la línea paraguaya. Sin embargo, los compatriotas se pusieron firmes ante el ataque feroz del enemigo.

La poderosa infantería Nº 41 de Bolivia fue derrotada al filo del machete del agricultor paraguayo que ha ido a defender su nación, así como dice la famosa canción Trece Tujuti de Emiliano: “A lo chirca ty, machete haïmbepeIkokué pe guáicha los mitãokopí”.

El autor del libro, en todo el desarrollo de la obra exalta la valentía de los soldados paraguayos que de manera magistral y temible bravura lucharon en los espinosos y secos campos del Chaco paraguayo. Además explica una diferencia muy grande entre el boliviano que con aire de soberbia vino a la tierra que el Paraguay heredó de aquellos hombres que dieron su vida luchando en otra gran injusticia en la que el país se vio envuelto, la guerra contra la triple alianza.

Es simple explicar desde esta perspectiva. Los paraguayos, hombres agricultores que fueron llamados a defender su patria lo hicieron sin pensar dos veces. Los bolivianos, obligados por un capricho de Salamanca que quería arrebatarle al Paraguay un pedazo de su tierra para tener una salida al mar. A pesar de todos los pronósticos, los bolivianos se toparon con una voluntad de piedra que no pudieron atravesar. Intentaron robarle la presa al León Guaraní que salió con furia de su sitial de glorias para defender de los mal enseñados que simplemente obedecieron las órdenes de las directrices.

Reunión en Puesto Merino de los comandantes en jefe de ambos ejércitos después del armisticio, 18 de julio de 1935).

Hoy el León se encuentra sentado resguardando la soberanía del país al lado de una lanza que es cubierto con un gorro frigio, si alguien lo toca se encontrará con la punta del atemorizante arma de guerra medieval, preferida por los paraguayos.

El paraguayo es hijo de grandes héroes que demostraron su gloria durante el desarrollo de la historia de este país. Es de asegurarse que si alguien quiere irrumpir la soberanía de este país, esas células de los antepasados que fluyen por las venas entrarán en erosión para levantarse a luchar por lo suyo.


[1] Datos Biográficos: http://www.portalguarani.com/340_justo_pastor_benitez.html

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