El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Guerra del Chaco Historia del Paraguay

Boquerón según el Mcal. José Félix Estigarribia

Es sabido que en el Día de los Arcángeles (29 de Septiembre), luego de casi tres semanas de combates, el Ejército Paraguayo capturó el Fortín Boquerón que estaba ocupado por el valiente adversario boliviano. Fue una victoria paraguaya que cambió el curso de la guerra: a partir de allí, con «sangre, sudor y lágrimas» se logró la reconquista del Chaco Boreal que estaba ya casi en su totalidad en manos bolivianas. El triunfo final de los guaraníes en esa dura guerra contra tenaces enemigos tuvo como estrella guía el sacrificio de Boquerón.

Imagen Conmemorativa de la Batalla de Boquerón (1932), victoria paraguaya en la Guerra del Chaco y que cambiaría el cariz de dicha contienda. [Imagen: GEN/Grupo Nación].
Imagen Conmemorativa de la Batalla de Boquerón (1932), victoria paraguaya en la Guerra del Chaco y que cambiaría el cariz de dicha contienda. [Imagen: GEN/Grupo Nación].

Pero la batalla tuvo su «antes» y su «después», que en esta ocasión tendremos de relatar a partir de su más importante protagonista, el mismo Mariscal Póstumo Don José Félix Estigarribia, quien en ese entonces era Teniente Coronel y recientemente se le había otorgado el mando de todas las fuerzas paraguayas en el Chaco.

El Generalísimo del Ejército Chaqueño, José Félix Estigarribia, nos dice en sus famosas «Memorias» que el país no tenía preparación militar alguna, había una total impreparación e incomprensión del problema inminente que estallaría con Bolivia, que el «Alto Mando» precario de Paraguay buscaba de todas las maneras posibles evitar la contienda [pp. 21-34].

Todavía más, nos dice Estigarribia (paréntesis son míos):

«Del desconocimiento (paraguayo) del terreno probablemente derivaba la teoría, tan densamente sustentada por todos ellos (el Alto Mando Paraguayo) de que había que organizar la defensa del Chaco sobre la costa del Río Paraguay, o en otras palabras, que había que defender el Chaco después de haberlo entregado al enemigo (…). Según la escuela (paraguaya de entonces), el único procedimiento adecuado para detener la avalancha boliviana era organizar la defensa sobre el Río Paraguay, en vista de la extrema precariedad de elementos disponibles para la defensa y, sobre todo, habida en cuenta la falta de preparación del país para la guerra». [pp. 37-38].

Esas son las palabras de José Félix Estigarribia, ni más ni menos. Algunos alegan que él quiso «auto-alabarse» y darse «muchas alas» cuando redactó esto, queriendo acentuar su figura por encima de las del resto. No podemos descartar la posibilidad, aunque en líneas generales, esas críticas no suenan sino a simples evasivas y excusas ante una realidad que fue comentada desde siempre por todos: la falta de preparación paraguaya y los «pusilánimes» del Alto Mando. Es prácticamente una «hermenéutica» de ese tiempo que muy difícilmente puede contradecirse con uso, abuso e invento de documentos.

Así damos un salto hasta la previa de la Batalla de Boquerón. Comenta el Conductor del Chaco, cuando recibió las órdenes de «Tomar Boquerón»:

«Se destacan en estos documentos dos rasgos esenciales: mucho escrúpulo y mucha timidez, rasgos ambos que concretan el estado moral y psicológico del país al estallido del conflicto. Había que evitar a toda costa, según él (Alto Mando), que el Paraguay apareciera como agresor, con lo cual se proclamaba un respeto casi supersticioso por algo que nuestra contendora insistía en desdeñar con hechos y palabras (…). Pero yo no me hago cargo de la consideración primordial que tendría en vista el Presidente (Eusebio Ayala) para recomendar tanta circunspección: confiaba siempre en la gravitación de la acción mediadora de los países neutrales; creía que la autoridad moral de éstos detendría a Bolivia y quería que el Paraguay no arrojara la menor sombra sobre su conducta, para que su voz pudiera tener eco simpático a la hora de considerar tranquilamente los hechos sobre la mesa. Y aquí se ve cuán ingenuamente en el Paraguay se apreciaba la realidad: casualmente el mundo en aquel momento asistía al ocaso de los bellos ideales que habían hecho concebir la posibilidad de que la fuerza moral de un país bastara para ponerle a cubierto de todo desborde de la fuerza bruta (…). Luego viene la parte del documento que revela nuestro complejo de inferioridad (resaltado en el texto) y su consecuencia natural: la timidez. En tan malas condiciones se encontraba el Ejército Paraguayo para trabar una lucha seria con su rival boliviano, que el Presidente hacía previsiones mucho más minuciosas para el caso de nuestra derrota que para el de nuestra victoria. En el fondo, para aquel documento, el Paraguay tenía que evitar la guerra; no había pie para suponer que saldría con bien de un conflicto armado…» [pp. 56-57].

Como diría un amigo: «violento y virulento». Estigarribia nos revela cuál era el pensamiento, la filosofía y el espíritu del «Alto Mando» en el momento en que se daría la reconquista de Boquerón, lo que coincide con muchísimos otros testimonios de la época. Sólo algunas facciones, siguiendo el sectarismo político de toda la vida, buscan negar esta tremenda realidad.

Estrictamente hablando, la «Batalla de Boquerón» se dio desde el 3 hasta el 29 de Septiembre de 1932. Habrían combatido unos 8.000 paraguayos contra 4.000 bolivianos (500 de estos en el fuerte, 3.500 llegaron para intentar rescatarlos del encierro). El Ejército Paraguayo, según los reportes de la sanidad militar, habría tenido 1.800 muertos y similar número de heridos y desaparecidos, en total unas 3.500 bajas. Fue un verdadero «bautismo de fuego y sangre» para nuestros «cachorros de león». Por su parte, Bolivia habría sufrido unas 1.500 víctimas entre muertos, heridos y prisioneros.

La victoria paraguaya en Boquerón tuvo incalculables consecuencias, según el Generalísimo Estigarribia:

«Epilogaba así el primer acto de la tragedia. Aunque al precio de sacrificios muy dolorosos, el Paraguay acababa de obtener una victoria incuestionablemente trascendental. Nuestro Ejército, medio desarmado hasta entonces, recogió en Boquerón elementos de guerra en relativa abundancia que le permitirían proseguir la lucha en condiciones más desahogadas. Pero la importancia de nuestro éxito radicaba sobre todo en la repercusión moral que estaba él llamado a tener en uno y otro campo, repercusión que gravitaría decisivamente en el curso ulterior de la campaña. La toma de Boquerón retempló la fe de nuestros soldados y del Paraguay entero en la victoria; les llenó de confianza en su Comando y Gobierno y dio al Ejército una sólida unidad. A partir de Boquerón la guerra ya no sería considerada en nuestro país como una brega desigual frente a un enemigo poderoso. Anteriormente, el Paraguay estaba determinado a disputar al invasor, con entereza indeclinable, el territorio invadido, palmo a palmo; pero le alentaba muy poca esperanza de infligir a Bolivia un escarmiento ejemplar; en otras palabras, le dominaba algo así como un sentimiento de heroica resignación. Con nuestra victoria del 29 de Septiembre esta perspectiva deprimente se borraba para siempre del alma paraguaya. Nuestro pueblo se vio repentinamente sacudido por un fuerte soplo de optimismo que no le abandonaría en adelante y que le serviría para sobrellevar con maravillosa firmeza los sacrificios más terribles… Por otro lado, Boquerón era un triunfo rotundo de la estrategia paraguaya. No sólo se asestaba un recio golpe a la moral del enemigo, destruyendo una gran parte de su ejército permanente, sino que provocaba el derrumbe irreparable de un vasto plan cuidadosamente elaborado y largamente preparado. Boquerón reveló a Bolivia, como un amargo despertar, que la guerra del Chaco no iba a ser lo que había supuesto y deseaba el Presidente Salamanca, una conquista fácil y resonante, destinada a cosechar prestigio a costa de un vecino débil; sino un duelo a muerte que a la larga obligaría a nuestra contendora a renunciar a su sueño utópico…» [p. 69].

Como siempre decimos: huelgan las palabras tras semejante descripción de un protagonista directo, digamos más, el protagonista más importante de ese evento.

El entonces Gral. Pdte. José Félix Estigarribia Insaurralde, ascendido a título póstumo al grado de Mariscal. Fue el Conductor Paraguayo de la Guerra del Chaco y dejó a su hermana Graciela sus Memorias, publicadas 50 años después de su muerte a pedido del General. [Imagen: ABC Color/Archivo]
El entonces Gral. Pdte. José Félix Estigarribia Insaurralde, ascendido a título póstumo al grado de Mariscal. Fue el Conductor Paraguayo de la Guerra del Chaco y dejó a su hermana Graciela sus Memorias, publicadas 50 años después de su muerte a pedido del General. [Imagen: ABC Color/Archivo].

Recordemos con loor y marcial sentimiento a los héroes paraguayos de los cañadones chaqueños, quienes desde Boquerón hasta Villa Montes honraron el más noble de los juramentos de nuestro país, «morir por la Patria», como lo enseñó el Mariscal Presidente Don Francisco Solano López Carrillo. El honor de esa gallarda sangre derramada nos llevaría a la victoria final. También tengamos en la memoria a los tenaces y valientes bolivianos, que fueron un digno y audaz rival en una guerra tremenda.

FUENTE PRINCIPAL: «Memorias del Mariscal José Félix Estigarribia» (1989), con prólogo de Rafael Eladio Velázquez. Asunción, Paraguay: Editorial Intercontinental.

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