El Mariscal de Nuestra Historia

El Mariscal de Nuestra Historia

El Patriotismo, el sano espíritu de amor a la nacionalidad y a la herencia que hemos recibido de nuestros padres, es una virtud vinculada a la piedad. El Dr. Angélico Santo Tomás de Aquino nos lo ha explicado en su «Summa Theologiae», parte II, II ae, cuestión 101:

«De dos maneras se hace un hombre deudor de los demás: según la diversa excelencia de los mismos y según los diversos beneficios que de ellos ha recibido. En uno y otro supuesto, Dios ocupa el primer lugar, no tan sólo por ser excelentísimo, sino también por ser el primer principio de nuestra existencia y gobierno. Aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la Patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y, por tanto, después de Dios, a la Patria de nuestros padres es a quien más debemos. De ahí que como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la Patria. Mas en el culto de los padres se incluye el de todos los consanguíneos, pues se los llama así precisamente porque proceden de los mismos padres, como consta por las palabras del Filósofo (en el VIII Ethic). Y en el Culto de la Patria va implícito el de los conciudadanos y el de todos los amigos de la Patria. Por lo tanto, a éstos principalmente se extiende la virtud de la piedad«.

Entrecomillamos lo que nos dice el Aquinate: «el Culto a la Patria». ¿Será que el Dr. Angélico era un nacionalista decimonónico al utilizar semejante frase? Permítanme dudarlo… Simplemente nos dice algo que debería ser obvio para todo Católico: Amar a la Patria es amar a los propios ancestros, la herencia (tantas veces inmerecida) que nos legaron nuestros progenitores y haciendo eso, uno necesariamente se acerca a Dios. Porque todo aquello que es virtuoso y piadoso proviene del Altísimo, que es la Virtud y la Excelencia en grado máximo.

En el año 2021, escribimos esto como paraguayos. Y nos hacemos la siguiente pregunta: ¿quiénes son los hombres y mujeres de nuestra Patria que han hecho de su vida, testimonio superlativo de esa piadosa virtud señalada por el Dr. Angélico y que conocemos como «patriotismo»?

Respuesta sencilla y breve: «los Héroes de la Patria».

Necesariamente se discutirá la definición de «heroísmo», que nos conducirá a largas disquisiciones. Pero nosotros tenemos como católicos (y el paraguayo es católico, sea por cultura o por convicción) ejemplos patentes del máximo heroísmo, empezando por el Divino Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, quien entregó la propia vida para la expiación de los pecados del mundo. Prefigurando la acción del Dios Encarnado, los Hermanos Macabeos dieron su vida en defensa de las tradiciones patrias en Israel (y aunque fueron derrotados militarmente a la larga, lograron salvar de forma íntegra el Culto Hebreo en el Templo de Salomón, lo que se recuerda en Janucá). Y siguiendo la Divina Enseñanza, los Mártires de la Cristiandad dieron (y siguen dando) su vida en defensa de la Verdad Revelada por el Mesías. En fin, no hay nada más cristiano que sacrificarse enteramente por Dios y por la Patria.

Si uno tiene esto lo suficientemente claro, jamás se atreverá a discutir al hombre que encarna toda la virtud del patriotismo en Paraguay. Tiene nombre y apellido: Francisco Solano López Carrillo.

No decimos que haya sido un santo, que sin duda no lo fue. Pero tampoco caeremos en puritanismos moralistas. Lo juzgamos al Jefe Supremo del Paraguay en 1862-1870 como un laico, un «civil» en términos modernos, a quien le tocó enfrentar un momento histórico que a muchos de nosotros, en la era del «tiktok» y del «whatsapp» se nos presenta imposible de entender, tantas veces. Los rudos y estoicos paraguayos del siglo XIX (hombres y mujeres con sus defectos, como el concubinato consuetudinario) están muy lejos de las pseudo-monjas aburguesadas del siglo XXI que pretenden convertir a la «historia» en «histeria». Ese pueblo entendía a la Defensa de la Patria y la Comunidad como la virtud máxima a la que podían aspirar. Y salvo contadas excepciones (los desertores y legionarios, que por algo en nuestro país son el símbolo de todo lo que está mal en el mundo), todos entendían que ese Hombre-Héroe llamado López era el que representaba todas esas nobles aspiraciones. Esto fue tan así que Sir Richard Francis Burton en sus «Cartas desde los Campos de Batalla del Paraguay», en una ocasión que visitó una tumba de un oficial paraguayo caído en la lucha contra la Triple Alianza, leyó en su lápida: «Ha servido con constancia y sacrificio a la Patria por más de veinte años». ¡Ah, qué tragedia que Paraguay deba ser «civilizado» hasta el exterminio a la manera de esta lápida, con fusiles Enfield y cañonazos Whitworth!, exclamaría, más o menos, el famoso viajero inglés. ¡Pero ese era el espíritu del Paraguayo López tiémpope guare!

Así como en el Sistema Internacional de Medidas, la «fuerza» se mide en «Newtons», la «distancia» en «metros», la «energía» en «Joules», en el Paraguay el Patriotismo, si cabe medirlo, tiene como unidad al «Mariscal López». Ningún otro hombre de nuestra historia tiene esa simbólica capacidad como Don Francisco Solano, el portaestandarte y el espejo en el que todos los Paraguayos se observan para saber si están obrando el bien o el mal en función a los intereses de la Patria (salvo, de nuevo, que sea legionario). Civiles, Militares, Ciudadanos, incluso Religiosos, sea cuál fuere el mérito de cada uno de ellos, todos son «medidos» (en lo referente al patriotismo en la historia) por esa simbólica balanza forjada por el Mariscal López. Los valientes vencedores de la Guerra del Chaco contra Bolivia (1932-1935), por dar un ejemplo, se inspiraban día y noche en los Héroes de 1864-1870 para llevar ellos mismos adelante sus increíbles proezas, para «no decepcionar» a los ancestros que dieron todo por la Patria, para ser verdaderos y dignos «Nietos de los López», como cantaban cuando iban al frente de batalla Emiliano R. Fernández, Darío Gómez Serrato o incluso el infortunado Manuel Ortiz Guerrero quien con todo y lepra, quiso unirse a los soldados al menos con su apoyo moral y espiritual.

Don Francisco Solano López Carrillo, el Mariscal Presidente y Jefe Supremo de la República, es el Héroe Máximo del Paraguay. Se inmoló el Primero de Marzo de 1870 a orillas del río Aquidabán Nigui, en la Batalla del Cerro Corá. Su última palabra fue «Patria». Y en el espejo de su patriotismo virtuoso y sublime, todos los paraguayos de bien y los hombres de buena voluntad se observan. [Imagen: «Muerte en Batalla del Emperador Constantino XI Paleólogos», durante la Caída de Bizancio en manos del Imperio Otomano, Mayo de 1453. Óleo de pintor desconocido, extraído de Pinterest].

Por supuesto, a nuestro «Héroe Máximo», nacido un 24 de Julio de 1827, no le han faltado defectos personales y no vamos a negarlos. Y así como San Ignacio de Loyola fue un ex-soldado que mató a muchos inocentes hasta su conversión, así como hubo un Saulo de Tarso antes de que haya un San Pablo, si nos ponemos a inspeccionarlo centímetro a centímetro, no dejaremos de encontrar pecados aquí y allá. ¿Pero es eso, de nuevo, lo que importa en el Mariscal López? ¿O acaso no es la trascendencia de su propia causa, el patriotismo espartano que inspiró a su pueblo, lo que debiera interesarnos hoy, mañana y hasta el último día en que exista eso que llamamos Paraguay?

Un paraguayo residente en EEUU, Alan Redick, escribió recientemente sobre la hipocresía historiográfica en el mundo anglosajón: ellos tuvieron miles y miles de figuras que fácilmente calificarían como verdaderos «tiranos» pero que son presentados por su propaganda hollywoodense (o londinense) como grandes héroes. Pero el problema no es que ellos hagan eso, sino que nosotros como paraguayos, cuando tuvimos a hombres que quizás hayan tenido muchos menos defectos que estos personajes anglo-sajones con los que pretenden ejercer una «dominación cultural» sobre nosotros, seamos los primeros en estar buscando «la quinta pata al gato» en torno a nimiedades para desacreditar a nuestros propios héroes. De hecho, alguna vez escribí que como existe la «Leyenda Negra» anti española, también se ha creado, por personajes similares y con métodos similares, una «Leyenda Negra» anti paraguaya.

Otro Doctor de la Iglesia, San Agustín de Hipona, habló de la «Guerra Justa», una tradicional doctrina católica que se fue perfeccionando hasta nuestros días. Nos señala el Cartaginense que muchas veces es necesario, en última y grave instancia, recurrir a métodos violentos en aras de la paz, en defensa de uno mismo, de su Patria y de una agresión injusta que otros indefensos estuvieran sufriendo. La «Guerra Justa» explica a la Reconquista Española contra los Mahometanos como a las Primeras Cruzadas (según Hilaire Belloc, solo la Primera fue una Cruzada stricto sensu, pero es tema para otro artículo). Y no cabe duda que el Paraguay de Don Francisco Solano López Carrillo, cuando estalló la Guerra de la Triple Alianza por instancias de los doctrinarios y sectarios liberal-masónicos (¡pleonasmo!) en Buenos Aires y Río de Janeiro, que aprovecharon la debilidad del «Uruguay Blanco» para dañarlo y eliminarlo, lo que era un atentado contra los intereses paraguayos, actuó en plena y total justicia. Era una Causa y una Guerra Justa la que hizo el Paraguay, a diferencia del sectarismo liberal y revolucionario de Bartolomé Mitre y los progresistas del Brasil.

Y aunque el Mariscal Presidente del Paraguay no hubiera sido un santo (repetimos, no lo fue), sí que fue un patriota a carta cabal. Esto se demuestra por su propia inmolación en Cerro Corá, el Día de los Héroes en recordación a su heroico sacrificio el 1 de Marzo de 1870 a orillas del río Aquidabán Nigui. ¡Solo aquel que cree firmemente en algo con una convicción absoluta, está dispuesto a morir por ello! ¡Y no hay persona en el mundo que sea conocedora de la historia y no sepa que el Líder de los Paraguayos murió con la palabra «Patria» en la boca! Los reportes del brasileño Vizconde de Pelotas el Gral. Correa da Cámara, su verdugo, no dejan lugar a duda alguna.

La Causa del Paraguay fue la Causa de la Patria. Y el Mariscal de Nuestra Historia, el Mariscal de Nuestro Heroísmo, encarnó a esa virtud sublime. Sir Richard Francis Burton, que siendo diplomático inglés dejó en claro que su misión era favorable a la Triple Alianza, en la página 53 en el prefacio de su mencionada obra es contundente:

«No puedo sino admirar la maravillosa energía e indómita voluntad del Mariscal Presidente López y su pequeño, aunque fuerte poder, que jamás ha de olvidarse ni escasear en admiradores mientras perdure la historia… Los Paraguayos sin duda lucharon por sus altares y sus pasiones, por las verdes tumbas de sus señores, por su Dios y su Patria, por la reivindicación de su honor pisoteado, la garantía de su existencia amenazada y la estabilidad de sus derechos agraviados».

¡La Guerra que pelearon nuestros ancestros paraguayos en 1864-1870 fue una Guerra Justa, en defensa de este pequeño pedazo del mundo que Nuestro Señor nos encomendó para convertirlo en la «Ciudad de Dios»! Y cualquiera que sepa algo más allá de lo propagandístico sobre la Triple Alianza, entiende fácilmente que ellos representaban a la «Otra Ciudad».

Por eso el Primero de Marzo es tan importante para los Paraguayos. Y aunque en términos materiales hayamos perdido esa Guerra, Dios sabe sacar siempre del mal un bien: nos otorgó una victoria moral y una fuerza espiritual tan inconmensurable, que los enemigos de la «Ciudad de Dios» buscan siempre aminorar y mantener en las sombras. En palabras del uruguayo Luís Alberto de Herrera: «El Mariscal López y su pueblo, con su inmenso sacrificio, convirtieron al Paraguay en la Tierra Santa del Patriotismo».

En el mundo que busca imponer por la fuerza al «globalismo», es muy evidente que ese Paraguay de 1810-1870 (con sus luces y sombras) se presenta como un archienemigo mortal. No cabe esperar que los financistas usurarios y los especuladores del cosmopolitismo internacional, quienes financiaron a la Triple Alianza, sean los que reivindiquen a nuestros Héroes. Hay diferencias demasiado irreconciliables. Seamos nosotros, los descendientes de esos mártires del patriotismo, quienes porten su testimonio y su mensaje al mundo entero con la esperanza y la absoluta certeza de que Nuestro Señor «por algo quiso» que el Mariscal de Nuestra Historia se inmole en el Cerro Corá, prefiriendo la muerte como los Macabeos antes que traicionar a las tradiciones y los valores de nuestra nación. Uno de los más feroces adversarios de Francisco Solano López, el Presidente de la Argentina Domingo Faustino Sarmiento (sucesor de Bartolomé Mitre), decía que era «necesario purgar de la faz de la tierra» a los brutos «guaraníes», a quienes tildó de «excrecencia humana». Incluso se le atribuye la frase: «si hace falta, habría que exterminar a los paraguayos hasta en el vientre de sus madres». 150 años después, nuestros hermanos argentinos (la inmensa mayoría de ellos favorables e incluso amantes del Paraguay) fueron azotados por el genocidio moderno llamado Aborto Legal. ¡Es el espíritu de Mitre y Sarmiento pasándoles maldición y factura!

Oramos de corazón por nuestros hermanos argentinos para que puedan intensificar su lucha, incluso en este triste y trágico momento, pero a la vez nos preguntamos como paraguayos: ¿estamos listos nosotros para el próximo combate, que ya no será con fusiles y cañonazos (aunque uno nunca sabe) pero que pretenderá, una vez más, traernos la «civilización» liberal y eliminarnos como «barbarie»? ¿En qué lado estaremos en las próximas contiendas que se avecinan? Dejamos estas preguntas en el aire esperando que podamos observarnos, una vez más, en el espejo del Mariscal López, ese «Numantino Paraguayo», ese «Leónidas de Sudamérica» o como lo llamó mi amigo, el poeta Juan Gabriel Ojeda, ese «Constantino XI Paleólogo» de la «Constantinopla Guaraní» en 1864-1870.

Finalmente, en memoria a todos los Héroes de la Patria, es adecuado cerrar este artículo apasionado con las alambicadas letras del Cnel. Arturo Bray:

«Cerro Corá es principio y fin de muchas cosas grandes y pequeñas. Es el responso de la Patria Vieja y el bautizo de la nueva. Allí sepultadas quedaron muchas ilusiones y la vida se dio a otras, que aún esperan hacerse realidad… Pero ningún túmulo puede haber de más noble solemnidad que aquella tumba, para siempre perdida en tan anchas soledades, donde descansa el Mariscal de Nuestra Historia, amortajado en el bronce de los recuerdos como símbolo de una gloria gigante y un infortunio inmenso…».

Hoy, las esperanzas son mayores y los desafíos aun más grandes. Pero Cerro Corá sigue siendo Cerro Corá en el corazón de todos los paraguayos de bien y en el de los hombres de buena voluntad. ¡Que así sea, por largos, largos años!

Emilio Urdapilleta

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