Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935-1938): Capítulo III

Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935-1938): Capítulo III

III. DIPLOMACIA PARAGUAYA DURANTE LA GUERRA DEL CHACO.

Tras los incidentes de la Laguna Pitiantuta (15 de junio 1932 – 15 de julio 1932), en los que Bolivia ocupó el Fortín Carlos Antonio López, que fue recuperado por el Ejército Paraguayo tiempo después, se dio inicio a la Guerra del Chaco. El ataque sorpresivo boliviano sobre esta posición que los guaraníes consideraban como «secreta», fue llamada por los comentaristas de la materia como «la chispa que encendió la hoguera».

Como ya hemos señalado, no es objeto de esta serie el señalar ni detallar los acontecimientos que pertenecen estrictamente al plano bélico. Baste y sobre con afirmar que Paraguay venció la guerra contra el tenaz adversario boliviano, superando toda la impreparación militar del país y la inhabilidad de sus políticos. La famosa «Línea de Hitos» se estableció entre el 12 y el 14 de junio de 1932 tras el cese al fuego y el Ejército Paraguayo tocaba, en la zona del «Fortín Villamontes», al Río Parapití con la Cordillera de los Chiriguanos, que eran nuestras históricas fronteras arcifinias con Bolivia. Además, el «Fortín Vitriones» de los bolivianos estaba en asedio, habiendo ocupado el Ejército Paraguayo toda su zona aledaña hacia el sur. Por su parte, el «Fortín Vanguardia» tan famoso de Bolivia había sido largamente rebasado hacia el norte si nos basamos en la «Línea de Hitos», salvándose de ser completamente rodeado gracias a su ubicación fronteriza con el Brasil.

¡La victoria militar paraguaya fue contundente, es simple cuestión de mirar los mapas el 12 de junio de 1932 versus el 12 de junio de 1935! Pero esto ya era cosa del pasado… Se llegó a la etapa de la diplomacia y aquí, Bolivia sacaría toda su uña de guitarrero en contra de la más absoluta incapacidad de la mayoría de los gobernantes en Asunción.

Mucha gente afirma que es simple «propaganda inventada por el «Stronismo» para desprestigiar al Gobierno Liberal» decir que Paraguay venció militarmente la Guerra del Chaco, pero perdió en la diplomacia. Sin embargo, las severísimas críticas en contra de la actuación del Gobierno de Asunción en ese tiempo vinieron de los mismos actores, de todos los partidos y movimientos políticos de la época. Y los hechos son más que contundentes: es solamente cuestión de fijarse en la Línea de Hitos y en las pretensiones históricas del Paraguay respecto al Chaco Boreal.

Pero incluso en plena contienda bélica, la diplomacia paraguaya dejó mucho que desear y esto fue escrito por los mismos generales de nuestro ejército. Vayamos incluso al inicio mismo de las hostilidades. Nos dice nada más y nada menos que José Félix Estigarribia en sus Memorias, páginas 37 – 38 (mis paréntesis):

«De este desconocimiento del terreno probablemente derivaba la teoría, tan densamente sustentada por todos ellos (el Alto Mando Paraguayo) de que había que organizar la defensa del Chaco sobre las costas del Río Paraguay, o en otras palabras, que había que defender al Chaco después de haberlo entregado al enemigo».

Desde ya tenemos este elemento contundente que viene del mismo Generalísimo Estigarribia. Antes de su llegada, el país no tenía plan ni preparación alguna, solamente buscaba replegarse sobre el Río Paraguay para defender desde allí al Chaco. Esta era una estrategia que venía de larga data y cuyo último gran defensor fue el anciano General Manuel Rojas, pero que nadie se atrevió a alterar hasta que llegaron los «nuevos oficiales» de nuestro Ejército, entre ellos el mismo Estigarribia.

Uno de los episodios más recordados del fracaso de la diplomacia paraguaya se presentó tras la tremenda victoria que obtuvieron los dirigidos por Estigarribia en la Batalla de Campo Vía (7 – 11 de diciembre de 1933), con la consiguiente destrucción de la 9° División Boliviana y demás destacamentos que equivalían a un ejército entero. El Gobierno Paraguayo, presidido por Eusebio Ayala, aceptó las propuestas de armisticio que vinieron de la derrotada y casi aniquilada Bolivia. Se hizo en contra de los mejores consejos de los Generales Guaraníes. De nuevo, escribe el mismo José Félix Estigarribia, para que no digan que es propaganda de Stroessner (de nuevo, los paréntesis son siempre míos):

«Estaban los bolivianos abrumados por una derrota inmensa que había materialmente barrido a todo su ejército del Chaco. Pero el Paraguay triunfante, consentía en volver a salir de este territorio recuperado al precio de sacrificios inverosímiles, para dar a Bolivia la oportunidad de poner término a la lucha en condiciones honorables. Bolivia, sin embargo, rehusaba corresponder a nuestra caballerosidad al promover una exigencia absurda. ¡Bolivia vencida intentaba dictar imposiciones al Paraguay victorioso! Extraña inversión de papeles en que fácilmente se rastrea la influencia del Presidente Salamanca (…). La comunicación presidencial (de Eusebio Ayala) inserta más arriba, colocaba al Comando por otra parte, en situación hasta cierto punto embarazosa porque subordinaba la marcha de las operaciones militares, entonces en plena fructificación, a gestiones diplomáticas de cuyo éxito ya había motivo para dudar ante las exigencias bolivianas (…), era acaso permitir que el enemigo salvara definitivamente los restos de unidades que habían escapado de la catástrofe reciente, para crear un nuevo ejército y proseguir la guerra». [Estigarribia (1989), pág. 138].

Como es bien sabido, Paraguay había aplastado a Bolivia en Campo Vía. Fue una victoria tan tremenda que solo podría compararse con Curupayty en la contundencia. Es simplemente consultar las memorias de los diferentes Comandantes Paraguayos para leer cómo, casi de manera unánime, todos se opusieron al tremendo error, que se confirmaría después, de nuestros políticos en buscar una «paz arreglada» a como dé lugar con los bolivianos. Ya en 1933, en contra de toda lógica y la evidencia clarísima de que no había posibilidad de arreglo favorable al Paraguay en un arbitraje, pues el funesto Tratado de Eusebio Ayala – Ricardo Mujía del 5 de abril de 1913 daba por válido al «status quo» de 1907 firmado por Adolfo Soler (Paraguay) y Claudio Pinilla (Bolivia), es decir que para fines prácticos, Paraguay ya había cedido, en los papeles en ese entonces, por medio de la espuria y cuestionable figura del «arbitraje», parte de su Chaco Boreal. En todas las negociaciones ulteriores se traería siempre a colación lo que el Congreso Paraguayo aprobó en 1913, por lo que Bolivia ya desde ese instante se encontraba en una situación de «win-win» (ganar o ganar). Si vencía por las armas, podía llevarse más, pero si era derrotada, tenía a su favor el nefasto precedente de los acuerdos de 1907 – 1913 aprobados en la Era Liberal del Paraguay. Es esto lo que los escribas del liberalismo guaraní no quieren que se explique… La «guerra diplomática» ya estaba perdida de antemano gracias al «diplomático de la derrota» Eusebio Ayala y sus colegas en el Congreso de 1913.

Por eso es que en todas, absolutamente todas las charlas de paz, se propone al arbitraje como solución, incluso si Paraguay apabullaba a machetazos a Bolivia, incluso si tenía mejores títulos históricos o jurídicos.

Eusebio Ayala en Boquerón
El Presidente Eusebio Ayala (señalado por la flecha roja) acompaña a un grupo de oficiales y soldados en el Fortín Boquerón. Su valor y determinación, como corresponde a un buen paraguayo, es indiscutible. [Imagen: Archivo Seiferheld/Meucat].

Otro craso e inexplicable error de la diplomacia paraguaya, que por su absoluta ineptitud e incluso estupidez (para no acusarlos de abierta y alevosa traición a la Patria) fue la declaración de guerra del Paraguay contra Bolivia, maniobra que nos costó carísimo. La aparente intención del gabinete de Eusebio Ayala fue impedir que Bolivia siguiera adquiriendo armamentos habiendo ya hostilidades entre ambos países, aunque no una «guerra declarada». Pero esto, lejos de favorecer al país, terminó dañándolo más puesto que Argentina cerró el paso en el Pilcomayo para armas y municiones (aunque permitió el contrabando para ambos bandos), pero Chile y Perú, que tenían acuerdos de mutua defensa con Bolivia, siguieron proveyéndola tranquilamente mientras que Paraguay quedó «capirote». Lo explica el ilustre Antonio Salum Flecha, quien intenta ser leve y apologético hacia la actuación de los políticos de nuestro país:

«El 1° de mayo de 1933 se firmó el decreto por el cual se declaró la República (del Paraguay) en estado de guerra con Bolivia. El 13 de mayo el gobierno argentino declaró su neutralidad y poco después quedó interceptado el abastecimiento por el Pilcomayo. Pero Bolivia, de acuerdo con sus convenios, continuó recibiendo armas por el litoral chileno sin dificultades y la guerra siguió su curso hasta el 12 de junio de 1935…». [Salum Flecha (1983), págs. 191 – 192].

El mismo autor al que acabamos de citar nos cuenta que la Comisión Investigadora de la Sociedad (o Liga) de Naciones en sus informes del 9 de mayo y el 24 de noviembre de 1934, adoptó posturas abiertamente favorables a Bolivia y contrarias al Paraguay. En todas ellas se presentaba a nuestro país como «el agresor», especialmente a causa de la declaración de guerra del 1 de mayo de 1933 (lo que era una ridiculez y una contradicción, pues la misma Sociedad de Naciones había reconocido tiempo antes que esta declaración de guerra no era sino un formalismo pues era evidente a todas luces que ya existían hostilidades mucho antes de la dicha declaración; pero los diplomáticos paraguayos «se durmieron en sus laureles» y permitieron a sus pares bolivianos hacer, cabildear, trabajar y así se logró que la Comisión de la Sociedad de Naciones revierta su pensamiento original). Además, el Comité Internacional proponía, en todos los casos, el arbitraje como solución… ¡Terrible espada de Damócles que heredamos del nefasto Eusebio Ayala! Desde luego que el pueblo paraguayo rechazaba abiertamente al «arbitraje». La derrota diplomática decisiva para el Paraguay llegó el 16 de enero de 1935, cuando la Liga de las Naciones dictaminó que Paraguay debía renunciar a su declaración de guerra contra Bolivia porque este país había aceptado todas las fórmulas propuestas. Para colmo de males, la Liga de las Naciones confirmó que Bolivia podía recibir libremente armas y municiones desde Chile y Perú mientras que Paraguay solo dependía del contrabando que llegaba desde Argentina. Recién el 23 de febrero de 1935, ante todas las humillaciones sufridas y pocos meses antes del cese al fuego definitivo, el Canciller Luís A. Riart presenta la salida del Paraguay de la Sociedad de Naciones.

Los escribas liberales han cargado mucho las tintas en contra de la Liga de las Naciones (y yo no seré su apologista, de hecho que estas instituciones de corte globalista deberían desaparecer). Pero en estos estrepitosos fracasos diplomáticos que eran la prefiguración de la futura derrota paraguaya en el Tratado de 1938 a pesar de su victoria militar en 1932 – 1935, los principales responsables no son otros sino los mismos políticos del llamado «Gabinete de la Victoria» en Asunción. Las palabras del «Mariscal Póstumo» Don José Félix Estigarribia en sus «Memorias» son lapidarias:

«La lección más importante que recogía el Paraguay con este fracaso (ante la Liga de Naciones) era la comprobación de que Bolivia ocupaba en el campo diplomático una posición mucho más alta que la suya. Nuestra influencia internacional no aumentó para nada con nuestra resonante victoria, ni disminuyó la boliviana. Si hubieramos tenido, como dije al principio de estas Memorias, esa trabazón de intereses que hacen amigos y dan verdadero relieve a un país, Campo Vía hubiera sido un argumento de suficiente peso para poner término a la guerra con la consagración definitiva de nuestros derechos sobre el Chaco (…). Si se hubiesen trocado los papeles, es decir, si Bolivia hubiese aplastado al Paraguay, nadie tampoco movería un dedo para salvarnos. Más allá de nuestras fronteras, la gente quería ser «realista»: el pez grande siempre se come al chico y no valía la pena molestarse en detener el curso natural de las cosas. Nuestros futuros gobernantes deben recoger esta experiencia y dar a nuestro país la posición que debe ocupar para que se le escuche y se le tenga en consideración». [Estigarribia (1989), págs. 138 – 139].

Sin embargo, no faltan hagiógrafos partidócratas como Manuel Peña Villamil, quien en su obra «Eusebio Ayala y su Tiempo» estuvo a punto de poner un retrato del supuesto «Presidente de la Victoria» dentro de un custodio para adorarlo con incienso y procesión. Con una serie de retruécanos e imposturas busca tapar lo evidente. Así, Peña Villamil siempre insiste que las intenciones de Eusebio Ayala eran «hacer la paz» porque el líder liberal era «un convencido pacifista» y a pesar de ello, «fue el único Gobernante de nuestro país que supo recuperar territorio» según el hagiógrafo liberal.

No ponemos en duda que Eusebio Ayala era un convencido pacifista, al punto tal de dañar los propios intereses nacionales por su propio prestigio y por salvaguardar a su partido político, que era lo único que le importaba. Es prácticamente unánime la crítica que los militares paraguayos, de todas las banderías, hicieron a sus gestiones diplomáticas que iban en detrimento del esfuerzo bélico nacional. Pero incluso Generales del ejército boliviano reconocían abiertamente el gravísimo error de la diplomacia paraguaya, lo que fue evidente tras Campo Vía. Ni siquiera Peña Villamil puede evitar mencionar estos asuntos en las páginas 320 – 323 de su citada hagiografía, pero apela a la inhumación de los restos del supuesto «Presidente de la Victoria», que fueron depositados en agosto de 1989 en el Panteón Nacional de los Héroes y Oratorio de la Virgen de la Asunción, como «argumento» para refutar a las críticas acertadísimas de tantos testigos presenciales y verdaderos combatientes. Cabe señalar, por lo demás, que no fue el «sentimiento popular» el que llevó a Eusebio Ayala al Panteón de los Héroes, sino el «desquite» de los opositores al Gral. Alfredo Stroessner tras su caída en el coup d’etat del 3 de febrero de 1989. ¡Así, solapadamente y de refilón! La única apoteosis que conoció dicho edificio se dio cuando su propio constructor, el Mariscal Presidente Don Francisco Solano López Carrillo, fue depositado allí con su urna y restos (reales o simbólicos, es otra discusión) el 12 de octubre de 1936.

Además, decir que fue el único Gobernante que «recuperó territorio» del Paraguay es desconocer enormemente la historia de nuestro país. El Dr. José Gaspar de Francia «ganó» muchos terrenos en sus luchas contra el Gral. Artigas o el Cnel. Ferré. Y la Dinastía López, padre e hijo, también hicieron lo propio en su Guerra contra Juan Manuel de Rosas, cuando ocuparon exitosamente gran parte del territorio de las Misiones al Sur del Paraná (aunque en esto contribuyó también, todo sea dicho, que el mencionado Dictador Porteño no quería agravar las cosas contra Paraguay, rehusándose a contraatacar y manteniéndose en la defensiva, pues ya tenía suficientes enemigos en otros frentes) y cuando expulsaron en un par de ocasiones a los brasileños en el Mato Groso, varios años antes de la Guerra de la Triple Alianza. Y si quisiéramos ser generosos, aquí podríamos incluir al General Patricio Escobar, quien recuperó el territorio que los bolivianos expropiaron en «Puerto Pacheco».

¡Escuetos argumentos son los que esgrimen los hagiógrafos del liberalismo paraguayo!

El único mérito que se puede otorgar a Eusebio Ayala fue haber sido el que oficializó en 1913, como ya hemos señalado, que se solucionaría el pleito chaqueño por medio del arbitraje como lo estipuló el tratado de 1907. ¡Prácticamente todo lo que sucedería después, sería la llamada «tesis paraguaya» que algunos pretenden pasar por victoriosa pero que en realidad, solamente significó que Bolivia obtendría territorios que nunca fueron suyos! Como ya señalamos anteriormente, para los Gobiernos Bolivianos la llamada «tesis paraguaya» era un «win-win» (ganar o ganar) porque ellos no tenían suficientes argumentos históricos, jurídicos e incluso de «uti posidetis» para la mayor parte de sus reclamos. Para Bolivia, había dos soluciones: la «mayor», que era vencer la guerra e imponer su voluntad, lo que habría logrado con mucha facilidad gracias a su mejor diplomacia, lo que se demuestra en que la «Liga de las Naciones» casi siempre le favoreció; y la «menor», que era el arbitraje conocido como la «tesis paraguaya», en donde Bolivia de alguna u otra manera se quedaría con algo de territorio que nunca fue suyo.

¡Gracias a Eusebio Ayala, Bolivia tenía todas las de ganar y Paraguay todas las de perder! Por esta razón es que los militares guaraníes, de todos los partidos políticos y también apolíticos, criticaron casi de manera unánime a la diplomacia paraguaya durante el conflicto. Para refutar esto, no hay «hagiografía» ni «decretazo post golpe de estado» que sirva.

Pero por supuesto que Eusebio Ayala, el «pacifista», era celebrado especialmente por los porteños, su verdadera patria espiritual. Pues lo que él firmó en 1913 no era sino someter la cuestión del Chaco Boreal al arbitrio de la República Argentina, según el acuerdo previo de 1907. La única diferencia estaba en los nombres y cargos, prácticamente: José Figueroa Alcorta, Jefe del Estado Argentino en 1906 – 1910, era reemplazado por Carlos Saavedra Lamas, Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina en 1932 – 1938.

No obstante, digamos en honor de Eusebio Ayala que si bien fue un pésimo diplomático, como buen paraguayo le sobraba coraje para tomar decisiones difíciles. Así, cuenta otro hagiógrafo, Mariano Llano, que cuando el Gobierno Boliviano en plena contienda chaqueña amenazó con lanzar un bombardeo aéreo sobre Asunción, Eusebio Ayala escribió una nota delante de su esposa francesa, Marcelle Durand de Ayala, en la que decía: «Al Gobierno de Bolivia: El Presidente de la República del Paraguay previene al Gobierno Boliviano que si la capital fuese bombardeada, como se la amenaza, se fusilará por sorteo a algunos de los oficiales superiores prisioneros que están en la ciudad. A Bolivia le corresponde decidir lo que le conviene hacer». La nota fue firmada, sellada y enviada a Cancillería por él mismo, asumiendo toda la responsabilidad de la acción como Jefe del Estado Paraguayo. Este acto, suponiendo que sea cierto, constituye una prueba del férreo temple de Eusebio Ayala, al que se puede acusar de muchas cosas pero no de haber sido cobarde para tomar semejante decisión que, sin duda alguna, de haber ocurrido (pues no se dieron por fortuna, ni el bombardeo de Asunción, ni el fusilamiento sumario de oficiales bolivianos prisioneros), fácilmente lo habría puesto bajo terribles cuestionamientos a nivel internacional.

En una contienda bélica contra un aguerrido y tenaz enemigo, el Jefe del Estado muchas veces debe tomar estas decisiones draconianas. Lo censurable habría sido no llevarlas a cabo en caso de necesidad.

Hemos visto que la actuación del Paraguay ante la Liga de las Naciones ha sido mayormente fallida. Nuestra diplomacia no contó durante la Guerra del Chaco con hombres de la talla del Mariscal López, quien logró éxitos notables en sus gestiones como Embajador en Europa, así como sus participaciones en varios diferendos con las potencias de la época. De hecho que tras el Pacto de San José de Flores (11 de noviembre de 1859), Paraguay alcanzó la máxima influencia política y diplomática de su historia, por obra y gracia del tenaz negociador Don Francisco Solano López Carrillo, quien fue reconocido por propios y extraños por sus habilidades de mediador. Ramón Carcano, un recalcitrante mitrista y porteñista, llegó a escribir:

«El mediador, General Francisco Solano López, fija su posición. Ejercitará por sí mismo sus gestiones y las abandonará inmediatamente que otra nación se mezclara en ellas. Importará el hecho un desaire manifiesto y no deseaba además complicarse con una mediación europea, que fácilmente pudiera convertirse en una intervención armada, depresiva y peligrosa, como ya sucediera en las naciones del Plata… El General López redobla sus empeños. Debido a su tacto y eficacia admirables, la grande y complicada cuestión de la secesión, que amenaza dividir a la República Argentina, se debate directamente entre los mismos combatientes con la mediación de una nación vecina y noblemente inspirada, sin propósitos de anarquizar, mutilar o absorber… La mediación del Paraguay, de estirpe americana, coloca en contacto directo a los beligerantes, con íntimo conocimiento de sus luchas, y ella queda en medio como un cojín, para anular los golpes y alentar los sentimientos de avenencia… El General López preside las reuniones con extraordinario tacto. Usa, como mediador, del derecho que posee para encaminarlas y dirigirlas. Consigue que se acuerde que sólo serán materias a discutirse las que él proponga y no las que las partes recíprocamente indiquen… Cinco conferencias se suceden y a veces parece inminente la ruptura. Por fin, el 11 de noviembre de 1859 se firma el Pacto de Unión Nacional en San José de Flores… Se alcanza esta fecunda etapa de nacionalismo y cultura mediante los oficios oportunos y cordiales de una potencia americana, vecina y amiga. Con pleno conocimiento del medio, contribuye a terminar la guerra civil más larga y ruinosa de Sudamérica. Es un esfuerzo magnífico de penetración psicológica y sentido político; un ejemplo de buen negociador y sabia negociación». [Carcano (1939), vol. I, págs. 299 – 301].

Nunca más en nuestra historia tuvimos diplomáticos de la talla de Francisco Solano López Carrillo, y durante la Guerra del Chaco nos hicieron muchísima falta. En contrapartida a lo que ocurrió en las Conferencias de San José de Flores, los diplomáticos paraguayos poco o nada supieron lograr para elevar el prestigio del país o al menos, no perjudicarlo. A lo sumo, podríamos citar a dos compatriotas que si bien no poseyeron dotes de genialidad y tacto extraordinario, cuando menos mostraron brío, temple y tenacidad para defender al Paraguay ante la superior diplomacia boliviana. Ellos fueron el Embajador ante la Liga de las Naciones Justo Pastor Benítez y el «Canciller de Hierro» Gerónimo Zubizarreta, de quien hablaremos con más atención en la siguiente parte de esta serie.

Sobre Justo Pastor Benítez, es digno remarcar sus discursos ardientes y conmovedores en los que resaltaba intensamente la inocencia y total indefensión del Paraguay ante Bolivia. Lamentamos mucho que los hagiógrafos del liberalismo guaraní olviden eso, pero Justo Pastor Benítez dejó que constaran en acta cada una de sus afirmaciones en las que describía el calamitoso estado del Ejército Paraguayo antes de la contienda chaqueña.

Testimonio irrefutable de todo esto son las declaraciones del mismo Ministro y Embajador Justo Pastor Benítez en su «Exposición de la Causa del Paraguay en su Conflicto con Bolivia» ante la XV Asamblea de la Liga de las Naciones reunida en Septiembre de 1934, transcripta en el libro anuario del Ministerio de Relaciones Exteriores de dicho año, página 79, párrafos 394 – 400.

En resumen, según las palabras del mencionado Ministro y Embajador Paraguayo, nuestro país recién en 1924 empezó un tenue rearme, con un estado financiero paupérrimo, que no podía equipararse a 25 años de preparativos de Bolivia. «Las escasas adquisiciones, las únicas que pudo realizar con sus propios recursos el Paraguay, no podían resistir la menor comparación con las que Bolivia había acumulado», añadía Benítez. El mismo Anuario de la Sociedad de Naciones consignaba la debilidad paraguaya en números de armamentos y movilizados respecto a los bolivianos: los primeros apenas sumaban 4 regimientos de infantería, 1 de caballería, 2 baterías de artillería y una compañía de zapadores mientras que los segundos poseían seis divisiones con 12 regimientos de infantería, 6 de caballería, 8 baterías de artillería, 6 batallones de ingenieros, 2 escuadrillas aéreas con 20 aparatos de aviación.

Continúa Justo Pastor Benítez diciendo (los paréntesis son míos) que:

«El Ejército Paraguayo fue formándose en el período de las operaciones, por la incorporación de voluntarios valientes pero sin instrucción que se perfeccionaban cada día bajo la dirección de oficiales nacionales formados a su vez en el campo de batalla. El material capturado a los bolivianos permitió armar ese improvisado ejército. Una investigación (sobre las adquisiciones de armas anteriores a la guerra) señaló que no se alcanzó ni a la décima parte de las bolivianas. El sesgo que tomaron las operaciones militares no es el resultado del grado de preparación de ambos contendores al iniciarse las operaciones. En realidad, esta guerra es la de un país armado contra otro desarmado, habiendo el país inerme (Paraguay) repelido al poderoso (Bolivia) mediante factores de orden moral, extraño a la eficiencia material de los ejércitos».

¡Quod scripsi, scripsi! Esa es la verdad ante la que muchos quieren cerrar los ojos, pero que el Ministro Embajador Justo Pastor Benítez dejó claramente escrita en su exposición ante la Liga de las Naciones. Por lo demás, no podemos sino estar de acuerdo con el tenaz diplomático paraguayo cuando dice que en esa Guerra del Chaco, el país inerme repelió al poderoso mediante factores de orden puramente moral y espiritual.

Pero a pesar del lenguaje nacionalista y guerrero, la crítica es inevitable y el juicio prácticamente inapelable en contra de la actuación de los políticos paraguayos en ese tiempo. El Coronel Luís Vittone es contundente:

«Son inconcebibles y torpes las explicaciones del Ministro de Relaciones Exteriores… El Doctor Justo Pastor Benítez en su calidad de Ministro de Relaciones Exteriores en la XV Asamblea de la Sociedad de Naciones reunida en Setiembre de 1934, declaró con desparpajo la cruda realidad sobre el estado de indefensión del Paraguay, ya cuando la guerra con Bolivia era un hecho. Llama poderosamente la atención el hecho de que ante episodios bélicos consumados, como fue la invasión militar y la fundación de fortines dentro de nuestro territorio, todavía nuestro Ministro de Relaciones Exteriores pregunta si puede culparse al Paraguay por haberse dispuesto a hacer frente a los innegables designios bolivianos. Y siempre con la pretensión de hallar una justificación a la desidia de los gobiernos liberales, expresa nuestra Cancillería que al no contar con la esperanza de una solución pacífica, cuando estalló la guerra, el desarme paraguayo prácticamente era el mismo de siempre. Sintetizando, sobre la conducta de los gobiernos liberales iniciada en 1904 hasta el estallido de la guerra, junio de 1932, más se pensó en un arreglo pacífico que en la defensa de la heredad hollada. Que la defensa nacional fue planteada por el gobierno recién después de la revolución campal de 1921 – 1923, cuando las pocas armas habían quedado inutilizadas y la situación económica del país se hallaba en bancarrota. Que cuando comenzó la Guerra en el Chaco, continuaba todavía el desarme paraguayo. En una palabra, más los gobiernos liberales se preocupaban de su seguridad interna que en la defensa de la nación».

Así pues, de acuerdo al mismo Ministro de Relaciones Exteriores en 1934, Justo Pastor Benítez, el Paraguay no estuvo preparado para la guerra. Pero su lenguaje intensamente patriótico, como reivindicador del Mariscal López que era, molestaba y mucho al «pacifista a ultranza» Eusebio Ayala, quien lo destituyó poco tiempo después de su intervención ante la Liga de las Naciones. ¡No había lugar para personas que pudieran oscurecer o eclipsar al supuesto «Presidente de la Victoria»!

Y así, por caprichitos personales, por una egocéntrica búsqueda de prestigio, se «daba de baja» a uno de los pocos ardientes nacionalistas que teníamos en la diplomacia. No mucho después, se iba a desairar a otro, el «Canciller de Hierro», quien también se convirtió en bastión de irreductible patriotismo en las negociaciones de paz. Pero es tema para la próxima entrega.


REFERENCIAS.

*Estigarribia, José Félix (1989): «Memorias». Asunción, Paraguay: Editorial Intercontinental.

*Llano, Mariano (s/a): «Eusebio Ayala ante su Patria». Asunción, Paraguay: AGR Servicios Gráficos S.A.

*Peña Villamil, Manuel (1993): «Eusebio Ayala y su Tiempo». Asunción, Paraguay: Graphis S.R.L.

*Vittone, Luís (1975): «Dos Siglos de Política Nacional…» (op. cit.).

*Carcano, Ramón (1939): «Guerra del Paraguay. Vol. 1: Orígenes y Causas». Buenos Aires, Argentina: Editores Domingo Viau y Cía.

*Benítez, Justo Pastor (1934): «Exposición de la Causa del Paraguay en su Conflicto con Bolivia», ante la XV Asamblea de la Liga de las Naciones (Septiembre de 1934). Anuario del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República del Paraguay, Año 1934. Asunción, Paraguay: Imprenta Nacional.

*Salum Flecha, Antonio (1983):  «Historia Diplomática del Paraguay de 1869 a 1938». Asunción, Paraguay: Editora Litocolor S.R.L.

Emilio Urdapilleta