Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo IX

Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo IX

IX. LA TRAICIÓN CONSUMADA.

21 de julio de 1938 en Buenos Aires, capital de la República Argentina.

Una vez más en su historia, el Ejército Paraguayo había vencido penurias y fatigas. Los soldados verde olivo aniquilaron a su tenaz enemigo boliviano en durísimas batallas en las que las armas fueron tan mortíferas como la falta de provisiones y el vital líquido en el árido infierno verde chaqueño.

No obstante, había llegado la hora de los políticos y de los diplomáticos. Los mismos que desde 1904 venían traicionando a las aspiraciones de la Patria respecto al territorio chaqueño, los mismos que habían firmado y aprobado acuerdos que expoliaban a la heredad nacional y la dejaban cercenada en su integridad. Estos personajes, siempre dispuestos a sacrificarlo todo en pos de mantenerse en la cúspide del poder político, estaban a punto de recoger el fruto de la victoria que nunca les perteneció, pues esta vino exclusivamente gracias al sacrificio del pueblo paraguayo que vistió el uniforme de guerrero, el que mejor le ha sentado siempre, y siguiendo las órdenes de brillantes oficiales se obtuvo un memorable triunfo sobre el Ejército Boliviano, valiente, más numeroso y mejor pertrechado.

Para la fotografía histórica, todos los politicastros paraguayos fueron con sus mejores galas a la capital porteña. Se presentaron ese día para estampar y rubricar un tratado de paz que se cocinó entre gallos y medianoche, a oscuras y en medio de penumbrosos colores.

¿Pero cuál fue la tramitación pérfida y sórdida que se llevó a cabo por debajo de la mesa y que consumó la traición definitiva al triunfante sacrificio paraguayo?

El General Raimundo Rolón nos recuerda cómo se llegó al acuerdo definitivo:

“El Gobierno Argentino invitó a los cancilleres de Paraguay y Bolivia a reunirse a Buenos Aires, y la Conferencia sujetó a su consideración el proyecto de un trazado de fronteras que fue aceptado por Bolivia. Sin embargo, no era satisfactoria para el Paraguay, que presentó una contrapropuesta. Hubo tenaces discusiones en torno a nuestros derechos adquiridos hasta la línea de hitos y finalmente, se llegó a un acuerdo de someter el litigio al arbitraje de los seis países componentes de la Conferencia de Paz, los cuales juzgarían, se decía, de acuerdo a su leal saber y entender”. [1]

De esta manera, el 21 de julio de 1938 se firmó el “Tratado de Paz, Amistad y Límites entre las Repúblicas de Bolivia y el Paraguay”. Eduardo Diez de Medina y Enrique Finot representaron al Gobierno Boliviano mientras que Cecilio Báez, Luís Riart, Efraín Cardozo y José Félix Estigarribia rubricaron en nombre del Gobierno Paraguayo. Según la letra de este acuerdo, ambas partes renuncian a todo intento de reclamos y a toda búsqueda de “las responsabilidades por el estallido de la contienda”, lo que significó una derrota para las aspiraciones paraguayas, pues el Dr. Gerónimo Zubizarreta había combatido tenazmente para limpiar el honor del Paraguay ante el mundo entero, pues cabe recordar que ante la Sociedad de Naciones y la comunidad internacional, fue el Gobierno Paraguayo el que violó todas las normas del derecho de gentes para lanzar una contraofensiva sobre las posiciones bolivianas. Desde luego que eso es falso y de total falsedad, pues Paraguay solo estaba respondiendo a agresiones y avances de larga data que el Ejército Boliviano realizaba sobre el Chaco Boreal, pero escapa al alcance de esta obra explicar las causas y orígenes de la guerra.

El Dr. Luís María Argaña, hijo del Canciller Argaña quien fue uno de los principales impulsores del acuerdo definitivo, escribió alguna vez lo siguiente respecto al tratado:

“La victoria paraguaya en la Guerra del Chaco fue magnífica, a no dudarlo, y revela en toda su plenitud el valor y abnegación del pueblo paraguayo; pero no fue una victoria que nos permitiera imponer a la Nación Boliviana las duras condiciones del vencedor… Decir que el Gobierno desnaturalizó nuestra victoria es relatar mutilada la historia (…). Nada tan lejos de la verdad. Nuestra magnífica victoria no nos permitía imponer las duras condiciones del vencedor”. [2]

Esa era la mentalidad que animaba a los diplomáticos y políticos paraguayos al llegar el 21 de julio de 1938. Ellos hablaban de “magnífica victoria” pero a renglón seguido afirmaban que “no estábamos en condiciones de imponer nuestra postura sobre la boliviana”. Esto, como ya hemos visto anteriormente, no se sostiene por la lógica y mucho menos ante la evidencia. Lo que aconteció fue mucho más sórdido y trapero.

En mayo de 1938 se reanudaron las charlas, que resultarían definitivas, respecto al Tratado de la Paz del Chaco. Se lograba así superar los “impasses” que ocurrieron en años anteriores tras los cuartelazos que se dieron tanto en Paraguay como en Bolivia. Pero ocurrió algo curioso en ese ínterin. Recordemos que Don Gerónimo Zubizarreta era el “Canciller de Hierro”, Presidente de la Delegación Paraguaya ante la Conferencia de Paz del Chaco en Buenos Aires. Pues bien, el 17 de mayo de 1938 de manera inopinada y repentina, el anciano Don Cecilio Báez había sido enviado hasta la capital porteña en rol de “asesor” del entonces Jefe de la Diplomacia Paraguaya en las intensas tratativas posbélicas. Esto había llamado la atención en muchos al punto tal que la Cancillería de Asunción debió emitir un comunicado a la Conferencia de Paz, afirmando que “El Dr. Gerónimo Zubizarreta tenía toda la confianza del Gobierno Paraguayo” y que “el Dr. Cecilio Báez no debía ser considerado parte de la delegación” pues su rol era de simple consejero. Esto fue interpretado, una vez más, como un golpe al prestigio de Zubizarreta, quien ya había sido desautorizado innumerables veces por el mismísimo Don Eusebio Ayala cuando este fue visitado por el Embajador de EEUU Spruille Braden. Finalmente, en los últimos días de junio de 1938 se anunció la llegada del Gral. José Félix Estigarribia desde Washington D.C., quien además tenía todas las intenciones de “dar un giro” a las negociaciones por la paz definitiva del Chaco. Ya hemos relatado la histórica entrevista que mantuvieron el Dr. Gerónimo Zubizarreta con el Gral. José Félix Estigarribia. El supuesto “Conductor Victorioso” estaba perfectamente enterado de todas las intrigas que ocurrían para minar la posición paraguaya y hacerla ceder ante la boliviana, pero hizo caso omiso a las advertencias del “Canciller de Hierro”. Picado y absolutamente decepcionado, Don Gerónimo Zubizarreta presenta su renuncia indeclinable al cargo de Presidente de la Delegación Paraguaya en Buenos Aires, acusando al Dr. Efraín Cardozo de haber producido incidencias que rompieron con la armonía entre los diplomáticos paraguayos. [3]

Don Gerónimo Zubizarreta es uno de los grandes hombres de la historia del Paraguay. Mientras que algunos doctrinarios liberales han consagrado hagiografías de muy mal gusto a personajes funestos cuyas figuras se sustentan en pura propaganda ideologizada en torno a sus verdaderamente vetustas actuaciones políticas en la primera mitad del siglo XX, este ilustre caballero aún espera recibir justicia historiográfica por parte de un pueblo que ha olvidado forzosamente al ardiente patriotismo con que lo sirvió, en la durísima trinchera llamada “mesa de negociaciones”. Justo Pastor Benítez escribió sobre Don Gerónimo Zubizarreta el 22 de mayo de 1952:

“Era un bastión. Una entidad moral. Neutrales y adversarios chocaron en ocasiones con su firmeza, rayana a veces en intransigencia. Porque este hombre manso, temeroso de Dios, católico devoto y practicante, se enardecía al hablar de la patria; su ciudadanía era de fondo místico, un apego al terruño en identificación plena. Por prestancia y conducta, por antecedente y objetivo, era un gran señor y a decir verdad, la personalidad moral de mayor consistencia en nuestros últimos tiempos”. [4]

No se olvide que Don Gerónimo Zubizarreta, al igual que Don Eligio Ayala, asqueado por la inminente bajeza que se estaba cocinando entre las élites del liberalismo paraguayo, también presentó renuncia a la presidencia y membresía en el Partido Liberal ese mismo 6 de julio de 1938. Aunque ya había inscripto su candidatura para las elecciones al cargo de Presidente de la República con anterioridad a este acto, la misma fue meramente testimonial a partir de su renuncia, pues el hombre se retiró casi por completo de la vida pública. [5]

Apartado del camino el más férreo defensor de la causa paraguaya en el Chaco en lo referente al terreno diplomático, uno pensaría que se buscarían reemplazantes que estuvieran a su altura. Pero no fue esto lo que ocurrió. Al contrario, todo parece indicar que la remoción, forzada o espontánea, de Zubizarreta obedecía a un plan que se había orquestado desde las más altas esferas. El Presidente de la República del Paraguay era ahora el liberal Dr. Félix Paiva (1877 – 1965) y este señor tenía el firme propósito de liquidar el asunto chaqueño, sea como fuere. También se encargó Félix Paiva de aplastar a cualquier tipo de oposición a su gobierno, lo que no era para menos dada la reciente “Revolución Febrerista”, cuyo líder, el entonces Coronel Rafael Franco, había sido derrocado luego de un cuartelazo que estalló el 13 de agosto de 1937. Dos días después asumiría el mando su mencionado sucesor.

Para que se vea la terrible endogamia y nepotismo político de la llamada “Era Liberal”, tenemos el ejemplo de Don Félix Paiva, quien prácticamente ocupó todos los más altos cargos públicos entonces existentes en la República. Fue Presidente y Vicepresidente de la República, del Congreso, de la Corte Suprema, Rector de la Universidad Nacional de Asunción además de Ministro, por larguísimos años, en varias carteras estatales. ¡Ni Don José Gaspar de Francia logró tanto! Y que conste lo siguiente: su caso para nada es único. La “repartija” de cargos públicos y ministeriales entre la pequeña “claque” liberal era simplemente espeluznante a pesar de todos los románticos discursos que estos hicieran respecto a la “separación de poderes” y demás infantilidades vacuas de sentido real. En el “Paraguay Liberal”, los poderes estaban “separados” a pocos metros de distancia, en la misma casa y todo en el mismo lugar.

Se puede decir que con el Gobierno de Félix Paiva se inició, al menos sin tapujos, la “era totalitaria” del Paraguay. De hecho, la gran mayoría de los legisladores del liberalismo simpatizaban abiertamente con el Tercer Reich Alemán y establecieron leyes represivas como la llamada “Ley Anti Judía” (que no tuvo mucho efecto, pues los judíos que escapaban de Europa y llegaban al Paraguay, se cambiaban los nombres en sus pasaportes y fingían ser católicos para ingresar en el país) y especialmente, el tristemente célebre “Bando N°1 del 2 de Noviembre de 1937” con el que se autorizaba a “pasar por las armas” a cualquier persona que pudiera ser considerada “opositora” del régimen liberal. Aunque con cierto sesgo (por haber tenido sus encontronazos y roces graves con las élites de este régimen, que entre otras cosas, lo marginó durante la Guerra del Chaco), quien relata con lujo de detalles la corruptela, el pillaje sin reparos, el contrabando de armas y los asesinatos a mansalva que se cometían entre otras tantas tropelías inenarrables durante los oscuros años finales de la década de 1930, fue el Coronel Arturo Bray, quien además habla con total conocimiento de causa pues fue el redactor del mencionado “Bando N° 1”. [6]

Esta clase de personajes era la que se puso al frente del país cuando se llegó ante la “mesa de negociaciones” definitiva en los meses de mayo – julio de 1938. Ávidos, sedientos y angurrientos por mantenerse en el poder político a toda costa, dispuestos a sacrificar hasta los intereses de la misma Patria en pos de resguardar a su partido político en su posición de privilegio incuestionado, pues entonces, era bien sabido que no existían elecciones democráticas ni nada que se le parezca, todo era una serie de simulacros en donde, como ya hemos señalado” “la cosa quedaba en familia” siempre. De hecho que pocos saben que el supuesto “Presidente de la Victoria”, Don Eusebio Ayala, habiendo llegado al Paraguay luego de su breve exilio durante la “Revolución Febrerista”, sorprendido por el nivel de truhanería indisimulada que provenía de su mismo partido, que había convertido al país entero en una comisaría, presentó su renuncia indeclinable a su condición de miembro del Partido Liberal, la que se consumó el 18 de noviembre de 1937. La historiografía liberal hace todo lo posible para ocultar este acto, pero lo cierto es que la hemeroteca de la época no deja lugar a dudas. Periódicos de todos los bandos anunciaron a viva voz la renuncia de Eusebio Ayala al Partido Liberal y se produjo un tumulto para la escena política nacional. [7]

El barco se hundiría irremisiblemente y las ratas lo abandonaban despavoridas. Poco después de Eusebio Ayala, quien partió libre y voluntariamente a morir en su amadísima Buenos Aires junto a su esposa francesa Marceline (y se violó su voluntad de permanecer enterrado en ese suelo, trayendo sus restos al Paraguay que despreciaba), se presentarían las renuncias de otros reconocidos dirigentes del liberalismo paraguayo como José P. Guggiari y Policarpo Artaza, quienes siguieron los pasos de su líder y se “kurepizaron” (todo sea dicho, estos dos últimos se reintegrarían a su partido tras la muerte de Eusebio Ayala en 1942). Fueron muy inteligentes en este sentido y quedaron con las “manos limpias” ante la historia: no formaban parte ni siquiera del Partido Liberal en el momento en que se consumó la entrega de la “Línea de Hitos” el 21 de julio de 1938.

Mientras tanto, en la Conferencia de Paz del Chaco dada en Buenos Aires, se estaban dando progresos interesantísimos. En una reunión secreta mantenida por el Embajador de EEUU Spruille Braden con el Embajador de Bolivia Enrique Finot, este último presionaba en favor de la posición de su país. Se dio un intercambio en el que afirmó el diplomático yanqui que “se llegará a un acuerdo de caballeros” y le respondió el del altiplano “eso implica que deben haber hombres y en la conferencia (de Buenos Aires) no hay sino mujeres; no tienen palabra”. Pero cuando Braden hablaba de “acuerdo de caballeros”, en esto se excluía a las pretensiones paraguayas. Por eso es que Finot, que era inteligentísimo y sutil, jugaba sus cartas en el momento exacto y con la persona adecuada: Spruille Braden. El Gobierno Boliviano sabía que la cuestión del “arbitraje ex aequo et bono”, la Conferencia, los acuerdos, absolutamente todo era un teatro kabuki. Lo que importaba era tener el voto de EEUU y también del Brasil. Y el Gobierno Yanqui ya había operado, según revelaciones hechas por el mismo Spruille Braden, para que la línea occidental (de Paraguay) no avance mucho más para que Bolivia se quede enteramente con el territorio a ser sometido a arbitraje. [8]

Las complicaciones diplomáticas para el Paraguay se precipitaron. El Dr. Carlos Saavedra Lamas de Argentina, quien solamente estaba interesado en su prestigio personal al igual que su buen amigo Eusebio Ayala (según afirmaba el paraguayo Prof. Adán Capurro en sus clases de Historia y Geografía en la Universidad Nacional de Asunción, ambos buscaban ser galardonados con el Premio Nobel de la Paz, lo que fue concedido al argentino mientras que nuestro supuesto “Presidente de la Victoria” quedó capirote), había renunciado a su cargo de Presidente de la Conferencia de Paz el 21 de Febrero de 1938. De hecho que la República Argentina nunca fue completamente sincera en su “ayuda” al Paraguay en la cuestión chaqueña. Lo que ella defendía era sus propios intereses, esto es, los terrenos que entonces eran explotados por empresarios argentinos en el Chaco Paraguayo, citándose a famosas compañías como Casado, Mihanovich, Dodero, etcétera. Cuando Saavedra Lamas se hizo una molestia por sus dicharacheras y altisonantes disposiciones personalistas que no llevaban a puerto alguno, lo hicieron salir de su puesto (pero con el Premio Nobel bajo el brazo, para no herir susceptibilidades). Para colmo de males, Bolivia aceitaba todavía más su diplomacia ante la impavidez paraguaya. El delegado de Perú, Barreda Laos, se unió firmemente a la postura “pro-boliviana” que tomaron Spruille Braden de EEUU y Rodríguez Alves de Brasil. Al mismo tiempo, la República Argentina gradualmente fue girando su aproximación del asunto, presionando para una finalización pronta de las negociaciones sin que se perjudiquen los mencionados intereses económicos que sus empresarios mantenían en la zona chaqueña, esto es, solo buscaban salvaguardar aquello que les pertenecía y se mostraban ya dispuestos a cualquier arreglo definitivo. Para dar remate a la situación, como ya se ha relatado, la posición firme y patriótica del Dr. Gerónimo Zubizarreta, Presidente de la Delegación Paraguaya, era atacada por todas partes. Lo acusaban de intransigente, fanático, irracional, pretencioso y para colmo de males, el Gobierno Paraguayo lo desautorizaba y en no pocas ocasiones lo avergonzaban públicamente. Como ya es sabido, ante la extrema presión, abandonado de todos, rodeado completamente por los enemigos y en protesta por la inminente tropelía que se iba a cometer contra los intereses de la República del Paraguay, el Dr. Zubizarreta renunció a todos sus cargos públicos luego de un último y desesperado intento de hacer entrar en razón a sus “correligionarios” del Partido Liberal, haciendo un llamamiento a reunión extraordinaria de sus miembros en junio de 1938. Aunque cosechó simpatías y apoyos, la situación ya estaba largamente decidida. La influencia de los “militares liberales” sería crucial en ese sentido y la presencia del “convidado de piedra” Zubizarreta en la Conferencia de Paz ya no era sino meramente simbólica. Tras bambalinas, los verdaderos negociadores ya estaban transándolo todo. [9]

El 24 de mayo de 1938 se dio el vuelco decisivo a las negociaciones. Habíamos dicho que el anciano Don Cecilio Báez, célebre pensador liberal y por breve tiempo Presidente de la República del Paraguay (que mandó homenajes al General Bartolomé Mitre tras su muerte, ordenando tres días de luto nacional, histórica afrenta a la patria paraguaya) en su rol de Canciller, fue enviado a reunirse con su par boliviano Eduardo Díaz de Medina en Buenos Aires. Pues bien, el epicentro de la acción diplomática pasaba a ellos y la Delegación Paraguaya en la Conferencia de Paz quedó reducida a mero decorado.

Lastimosamente, Don Cecilio Báez ya no se encontraba en lo más alto de su lucidez y salud física. El estadounidense Spruille Braden en sus “Memorias” afirmaba que el pobre anciano paraguayo a duras penas podía mantenerse en pie, tropezaba y caía no pocas veces al caminar (en una ocasión se rompió el brazo), se quedaba dormido en medio de las reuniones y que inclusive, él mismo debió ayudarlo para hacerlo llegar hasta el baño, pues Don Cecilio Báez prácticamente “se hacía encima” sus necesidades fisiológicas. Quizás el yanqui filibustero Braden estuviera exagerando un poco, con su natural inclinación a caricaturizar y ridiculizar a los políticos sudamericanos (tengo innumerables inquinas historiográficas y filosóficas con Cecilio Báez, pero en este sentido, corresponde que como paraguayo le defienda de semejante manipulación a su imagen personal por parte de un personaje chabacano y ramplón como Spruille Braden) pero lo cierto es que todas las fuentes coincidían con que ese “viejo león” del liberalismo paraguayo no estaba pasando por su mejor momento en lo referente a la salud mental y física. Así pues, no se sabe muy bien por qué el Gobierno de Asunción decidió enviarlo a Cecilio Báez para que tome el dificilísimo rol de Canciller en un momento gravitante de la historia nacional. Probablemente y una vez más, quizás se trató de búsqueda de prestigio personal. [10]

José María Cantilo fue el reemplazante de Saavedra Lamas por parte de la Cancillería Argentina. Como ya hemos señalado, este diplomático no tenía más intenciones de disimulos ni etéreas glorias personales. Quería la resolución inmediata del inconveniente, de la manera que mejor pudiera beneficiar a los intereses de su país, como corresponde a todo político. La República Argentina, hemos afirmado, jugaba sus cartas no tanto en favor del Paraguay sino en defensa de sus propietarios en el Chaco Boreal así como sus accesos a las fuentes petrolíferas y gasíferas en la región norte de su propio territorio, incluyendo a las importantes rutas internacionales de la zona. Ante esta situación, Paraguay quedó más que nunca aislado pues el único aliado sincero que le quedaba, Uruguay, no tenía mucho peso en la mesa de negociaciones. Así visto el panorama, podría decirse que los bandos quedaron claramente conformados para finales de junio de 1938: Bolivia contaba con el decidido apoyo de los EEUU (por los intereses petrolíferos de la Standard Oil así como la presión ejercida por los diplomáticos del altiplano, quienes no dudaban en amenazar a los yanquis abiertamente) y del Brasil, que codiciaba una partecita del territorio en disputa (en la zona del pantanal del Mato Groso, ocupada por los Fortines Vanguardia y San Juan) y que logró adquirir con su finísima e insidiosa diplomacia, sin que nadie proteste ni se percate. También Perú, muy alineado a los intereses estadounidenses en ese entonces (la compañía petrolífera Standard Oil de la Familia Rockefeller tenía muchísimo peso en los dos países incaicos), apoyaba las pretensiones bolivianas. A su vez, Argentina y Chile buscaban la más pronta resolución del conflicto (sin que afecte a sus intereses, desde luego) y estaban dispuestos a alinearse a la postura que facilitara la truculenta cuestión. Paraguay quedaba en el otro bando, apoyado tibiamente por el Uruguay por cuestiones de amistad histórica pero no hizo mucho más que declaraciones románticas, casi todas ellas inspiradas por el brillante Don Luís Alberto de Herrera desde su catedrática distancia.

Bolivia insultaba a bocajarro y con desparpajo a la Conferencia de Paz, amenazando con abandonarla. Sus diplomáticos fueron sumamente inteligentes. Eduardo Diaz de Medina anunció al mundo que el Ejército Boliviano estaba listo para rearmarse y ocupar la “Línea de Hitos” (recordemos que, en contra de la tesis paraguaya, ambos ejércitos ya habían retrocedido para dejar una “zona buffer” intermedia cortada por la “Línea de Hitos”). Las críticas en el interior del Paraguay arreciaron porque en ese momento ocurrió lo que todos habían anunciado: devolver los 25 mil prisioneros a Bolivia fue un fatal error. Todavía más, Enrique Finot no se ahorraba invectivas y ataques en contra del mismísimo Spruille Braden, al que acusaba de “no ser un caballero”, de “mentir todo el tiempo”, de buscar “perjudicar a los intereses bolivianos”. Evidentemente, esto era una farsa o a lo sumo, habría surtido profundo efecto porque el filibustero diplomático estadounidense no dejaba de otorgar las máximas atenciones a los bolivianos. En este momento ardiente en el que parecía que la contienda estaba por reiniciar (aunque el Dr. Zubizarreta siempre afirmó que esto no era sino “guerra de nervios” promovida por los bolivianos), apareció el hombre que ofrecería la solución definitiva. Su nombre era Efraín Cardozo, célebre historiador y político liberal paraguayo, quien apoyado por Spruille Braden y el delegado chileno Manuel Bianchi, idearon un plan que terminaría concretando el cercenamiento del territorio paraguayo conquistado con la sangre, el sudor y las lágrimas de 30 mil compatriotas muertos en combate. Este “plan”, que debía llevarse a cabo secretamente, consistía en un acuerdo confidencial entre los países mientras que “pour la gallerie” se anunciaría a la población de Paraguay y Bolivia que se llevaría a cabo un “arbitraje ex aequo et bono” que tendría que ser refrendado por medio de un plebiscito (en el caso paraguayo) o en el Congreso (por la parte boliviana). [11]

Recordemos aquí las palabras de un fanático defensor del liberalismo paraguayo como F. A. Bordón, cuya obra “Las Verdades del Barquero” (que está dedicada a otro rancio caudillo liberal Alfredo L. Jaeggli, al que compara con una florida violeta) fue escrita precisamente para desmentir a los que hablan de la “entrega del Chaco” pero que termina reconociendo que en efecto, eso fue lo que ocurrió:

“Es de hacer constar que cuando terminó la guerra con Bolivia, el ejército paraguayo ocupaba un área de 264.150 kilómetros cuadrados. Por el Tratado de Paz se adjudicó al Paraguay, definitivamente, 232.650 km2 que representan el 88,7% del área de ocupación y solo se somete a arbitraje 31.500 km2, o sea, el 11,3% de la ocupación”.

Lo que significa, simple y llanamente, que Paraguay perdió el 11,3% del territorio que había reconquistado por las armas. No hay paliativos para esto. Y téngase en cuenta que legítimamente, nuestro país consideraba que “todo” el Chaco le pertenecía. Contundente es la verdad expresada por la pluma de un parroquiano bastante sectario del liberalismo. ¿Y cómo ocurrió todo esto?

Habíamos apuntado que desde el momento en que Cecilio Báez se dirigió a Buenos Aires a finales de mayo de 1938, los flujos de la resistencia paraguaya se vieron alterados. Ya entonces los representantes de Asunción acordaron de manera no-oficial unas líneas fronterizas que iban en contra de todo lo que Paraguay propuso y defendió durante la contienda, aunque esto fue luego presentado como una “mera tentativa”, una “especulación antojadiza” y nada más, aunque tiempo después el General Estigarribia afirmaría que era factible trabajar “sobre la base” de esos pre-acuerdos entre Cecilio Báez y su par boliviano Eduardo Díaz de Medina. Posteriormente, el 27 de junio de 1938 se reunió el Delegado Paraguayo Efraín Cardozo junto al Embajador de EEUU Spruille Braden y acordaron la “solución secreta” para el asunto chaqueño. Paraguay terminaría cediendo, no solo de sus aspiraciones ancestrales respecto al territorio del Chaco Boreal sino también de la “Línea de Hitos”. El Dr. Zubizarreta, que aún se encontraba ejerciendo el rol de Presidente de la Delegación Paraguaya en la Conferencia de Paz de Buenos Aires, intuyó que algo se estaba “cocinando” en secreto y declaró en nombre del Gobierno de Asunción que no se aceptaría solución alguna fuera de las posturas paraguayas. Pero el golpe decisivo vino de un lugar insospechado. El Capitán José Bozzano (el mismo que ordenó la masacre del 23 de octubre de 1931), entonces Ministro de Guerra y Marina de la República del Paraguay, el 1 de julio de 1938 desautorizó al Dr. Zubizarreta declarando que, por su parte, estaba de acuerdo con la propuesta del “arbitraje ex aequo et bono” surgida desde Efraín Cardozo y Spruille Braden, con el apoyo del chileno Manuel Bianchi. El 5 de julio de 1938, el Presidente de la República Félix Paiva afirmó estar plenamente de acuerdo con la “solución Cardozo-Braden”. El día 6 de julio del mismo año, ya se estaba terminando la redacción del “tratado secreto” que serviría como base definitiva a la pantomima que se llevaría adelante el 21 de julio de 1938, con los correspondientes plebiscitos y laudos arbitrales. Dos días después, tanto el “tratado secreto” (en el que Paraguay cedía 31.500 km2 de sus territorios demarcados en la “Línea de Hitos” por medio del espurio y falso arbitraje cuyo resultado ya quedó prestablecido) como el documento público que sería presentado al mundo el día 21 de julio, quedaron completamente redactados y aprobados. En el último minuto, el Ministro Argentino Cantilo, quizás picado ante la alevosa manera en que los demás diplomáticos “conjurados” hicieron bypass a la Conferencia de Paz, hizo avisar al Dr. Zubizarreta lo que estaba sucediendo. El “Canciller de Hierro” protestó desesperadamente pero fue desairado por el chileno Bianchi, quien le gritó “Ud. sólo está sangrando por sus heridas” mientras que el estadounidense Spruille Braden declaraba que “Zubizarreta no tiene autoridad para hablar por toda la delegación paraguaya”. Entre gallos y medianoche, aproximadamente a las 02:40 del 9 de julio de 1938, secretamente y fuera de todo escrutinio público, la República del Paraguay fue despojada de 31.500 km2 de su territorio, demarcados por la “Línea de Hitos”. [12]

Lo que sucedió después, en parte, ya lo hemos relatado. Zubizarreta regresó raudamente desde Buenos Aires hasta Asunción para denunciar a los cuatro vientos la traición que se estaba cometiendo contra la Patria. Fue rumbo al Directorio del Partido Liberal, en donde fue burdamente ignorado ante la presión de los Ministros Argaña, Riart y Bozzano. Por último, se reunió personalmente con el General Estigarribia, con el que hizo el postrer esfuerzo pidiéndole que desautorice a todas las gestiones “secretas, confidenciales o discretas” que haya hecho el Dr. Efraín Cardozo. Más Zubizarreta no sabía que el mismísimo “Jefe Victorioso” de la Guerra del Chaco había dado su aprobación a todo lo que estaba ocurriendo. Como ya se ha apuntado, Don Gerónimo Zubizarreta, viéndose personalmente humillado y todavía peor, viendo a la Patria ante una inminente e traidora mutilación, presentaría su renuncia al Partido Liberal y a todos sus cargos públicos días después. Al menos hubo un hombre de honor en medio de toda esa maraña de minúsculos y taimados felones, que por salvar sus prestigios personales o por la mera intención de preservar la hegemonía y el poder político del Partido Liberal, consintieron con tamaño despojo. Para dimensionar en justa proporción cuánto territorio Paraguay entregó en la espuria y traicionera maniobra del 9 de julio de 1938, dígase que en tamaño, el área perdida (31.500 km2) es superior a la de países como Bélgica, Armenia, Israel o El Salvador.

Burdas farsas y vulgares simulacros fueron todas las acciones posteriores. Se anunció al mundo entero que el “Tratado de la Paz del Chaco” se había firmado el 21 de julio de 1938 y que este acuerdo debía ser aprobado por medio de un plebiscito en el Paraguay. Desde luego, el pueblo paraguayo desconocía absolutamente todo lo que había sucedido tras bastidores, sumándose a ello que los propagandistas del régimen liberal, que habían silenciado toda crítica a la situación, se encargaron de engañar a los incautos haciéndoles creer que el Tratado era favorable al Paraguay. Ya hemos visto que esto fue y es una alevosa mentira, tanto, que un apologista del liberalismo como el escritor Cnel. Víctor Ayala Queirolo no duda en llamar “anti-nacional y vergonzoso” al plebiscito que se llevó adelante tras el acuerdo del 21 de julio de 1938, que no pasó de vulgar teatro como todo acto realizado por la democracia liberal. Desde luego que la gran mayoría del pueblo llano, incluida la misma jerarquía de la Iglesia Católica en Paraguay, era del todo ignorante de lo que se “transó por debajo de la mesa” el 9 de julio de 1938. El populacho, engañado por la patraña democrática, acudió a las urnas el 10 de agosto de 1938 para ratificar el despojo, en una horripilante manipulación a los sentimientos de toda la nación. [13]

El resultado de la patética engañifa electoral, ratificado por el Tribunal Superior de Justicia, dio como cifras: 135.385 votos “por la aprobación del Tratado”, 13.204 “por el rechazo del Tratado” y 559 votos “en blanco”. De esta manera, todos los “legales y justos títulos” que la República del Paraguay poseía para sustentar fácilmente su dominio sobre los 324.000 km2 disputados en el Chaco Boreal (es decir, su totalidad), se esfumaron para siempre. El día 12 de junio de 1935, nuestro país tenía ocupados, por la fuerza de las armas, 264.150 kilómetros cuadrados mientras que Bolivia controlaba solamente 59.850 kilómetros cuadrados. Fue eso lo que se había confirmado al establecerse el 14 de junio de 1935 la tan mentada “Línea de Hitos”. Pero casi tres años después, el 9 de julio de 1938 por medio de un “tratado secreto” funesto y espurio firmado por traidores, la República del Paraguay sería poseedora solamente de 232.650 km2 de territorio mientras que la República de Bolivia aumentaría su ocupación, de manera definitiva, hasta 91.350 km2. ¡No hay suficientes palabras para enfatizar la terrible derrota diplomática sufrida por el Gobierno de Asunción! ¡Se había ganado la guerra, pero se terminó perdiendo territorio en las negociaciones! ¡Haga Ud. mismo las matemáticas, que son frías, a veces crueles, pero inapelables! [14]

Todavía quedaba una tramoya más. El Tratado del 21 de julio de 1938 establecía que el teatro del “arbitraje ex aequo et bono” debía llevarse a cabo por un Colegio Arbitral de Neutrales. Pero como ya hemos dicho, no existió tal cosa. El “tratado secreto” del 9 de julio de 1938 ya había establecido con mucha anterioridad el resultado del supuesto “arbitraje ex aequo et bono”. El 10 de octubre de 1938, supuestamente “luego de un arduo trabajo”, el Colegio Arbitral dictaminó que las fronteras definitivas de Bolivia y Paraguay serían las mismas que se definieron en el espurio “tratado secreto” del 9 de julio de 1938. ¿Y caso cerrado? No, que faltaba la guinda de la torta. Aproximadamente después del 28 de enero de 1939 (no se ha podido precisar la fecha exacta), el paraguayo Efraín Cardozo, el boliviano Enrique Finot y el argentino José María Cantilo se tendrían que haber reunido para “quemar los documentos” del “tratado secreto” del 9 de julio de 1938. No se conoce a ciencia cierta lo que ocurrió posteriormente y hay versiones discrepantes, pero lo cierto es que varios documentos fueron saliendo a la luz con el paso del tiempo, en especial algunos que fueron preservados por el Departamento de Estado de los EEUU. Por medio de ellos y las valiosas investigaciones de varios historiadores, se logró conocer cómo se llevó a cabo la infame entrega del Chaco Paraguayo. [15]

¡Cómo fue posible semejante catástrofe diplomática y política, en la que Paraguay perdió territorio a pesar de haber prevalecido en la contienda bélica!

Hemos visto que los negociadores internacionales, encabezados por el Embajador de EEUU Spruille Braden quien contaba con el apoyo de su par brasileño Rodríguez Alves, habían tomado una posición decididamente pro-Bolivia en la Conferencia de Paz. En el caso de los yanquis, estos tenían intereses petrolíferos sumamente importantes en la región representados por la Standard Oil Company de la Familia Rockefeller. Los estadounidenses veían al Paraguay como un aliado poco confiable y preferían favorecer a Bolivia, que a pesar de los cuartelazos y golpes de estado e incluso tras innumerables amenazas que estos hicieron contra los yanquis, en el fondo se presentaban como mucho más veraces y sinceros a la hora de llevar adelante acuerdos comerciales. A esto se sumaba que sobre Paraguay se cernía demasiado pesada la influencia económica y política de Buenos Aires, que estaba muy alineada a los intereses anglo-holandeses de la “Royal Dutch Shell”. Los estadounidenses (y brasileños, en las sombras) concluyeron que era una buena maniobra geopolítica alejar a Asunción de la situación de “dominio de facto” que ejercía la República Argentina sobre ella. Además, el Brasil silenciosamente se fagocitó la región del pantanal circundante al Río Otuquis, unos 9.000 kilómetros cuadrados que ni Bolivia, ni Paraguay tenían fuerza como para disputarle (con los “Tratados de Paz” todo esto quedó para siempre olvidado) y al “Coloso de Sudamérica” le convenía y mucho alejar del tablero de influencias a Buenos Aires. Los políticos y diplomáticos paraguayos no supieron ver esa configuración geopolítica en su contra, no percibieron que estaban siendo cercados gradualmente por una “Triple Alianza” en la mesa de negociaciones, llevada adelante por Bolivia, Estados Unidos y Brasil. Cuando arreció la tormenta, ya no hubo mucho que hacer al respecto. Los miembros del presunto “Gabinete de la Victoria” fueron pillados en la cama, en paños menores, en una oscura noche, completamente sorprendidos por la astucia y artera habilidad del enemigo, pues los bolivianos supieron aprovechar las apetencias yanquis y brasileñas a su favor, incluso por medio de amenazas en contra del Embajador Spruille Braden, quien no pocas veces debió tragarse su sicofante orgullo para llevar adelante su cometido. Paraguay, en contrapartida, jugó todo a una carta: su situación de “semi-protectorado” de la República Argentina en tiempos de la llamada “hegemonía liberal”. Pero cuando Buenos Aires se vio impotente, rápidamente soltó la mano a sus tutelados, quienes fueron fagocitados por el enemigo mejor organizado para las negociaciones.

Tratado de Paz, Amistad y Límites firmado entre Paraguay y Bolivia el 21 de julio de 1938.
El General José Félix Estigarribia firmando el Tratado de Paz, Amistad y Límites entre la República del Paraguay y la República de Bolivia. A su derecha, se encuentra sentado el Canciller Dr. Cecilio Báez y a su izquierda, el Ministro Dr. Luís A. Riart, ambos de la Delegación Paraguaya en Buenos Aires. [Imagen: extraída de internet, autor desconocido]

Pero quizás haya una razón todavía más poderosa para la cesión territorial que Paraguay llevó a cabo el 9 de julio de 1938. Una que se manejó por conductos secretos y discretos, tanto como el nefasto acuerdo firmado por Efraín Cardozo con Enrique Finot en Buenos Aires. El “General Victorioso” Don José Félix Estigarribia estaba regresando de los Estados Unidos en las semanas previas a la firma del acuerdo definitivo. Simultáneamente, en el mismo mes de julio de 1938, el Embajador Spruille Braden anunciaba que las posibilidades de un reinicio del conflicto bélico eran altísimas en caso de que no se llegue a una resolución inmediata en la Conferencia de Paz. De hecho que Bolivia ya había llamado a una movilización general, aplicando el principio ajedrecístico atribuido al deportista danés Aaron Nimzowitsch: “la amenaza es muchas veces más fuerte que la misma ejecución”. Lo cierto es que los dos principales jefes militares del Paraguay en ese tiempo, el Gral. José Félix Estigarribia (en su condición de “Conductor Victorioso”) y el Cap. José Bozzano (como Ministro de Guerra y Marina) habían dado su visto bueno a la propuesta de Cardozo-Braden. Luego, el mismo Estigarribia tomó una gravísima decisión según Leslie Rout Jr., a quien citamos tantas veces:

“Ante estas circunstancias, la intervención del General Estigarribia en la negociación del Chaco debe ser considerada decisiva. El héroe de la Guerra del Chaco era quizás la única persona con suficiente prestigio como para hacer concesiones y aun así escapar de ser denunciada por traición. Estigarribia como el Embajador Paraguayo en los Estados Unidos, no tenía autoridad sobre la delegación en Buenos Aires pero sin embargo, aceptó los términos de la conferencia para el Paraguay y depuso a Zubizarreta de su rol de Presidente de la Delegación. El General tomó un riesgo calculado, pero el peligroso prospecto le fue suficiente para evadir las convenciones. La continua intransigencia significaba la guerra o al menos, nuevas compras militares y tensión incrementada alrededor de la Línea de Hitos. La paz se hacía preferible antes que un renovado cataclismo sobre unos pocos miles de kilómetros de dudoso valor”. [16]

El mismo investigador estadounidense, que accedió a documentos del propio Departamento de Estado de su país, afirma que la llegada del General Estigarribia a Buenos Aires no fue mera casualidad, sino que iba con una agenda bajo el brazo tras haber afirmado a los diplomáticos yanquis y brasileños que estaba de acuerdo con lo que Cecilio Báez y Eduardo Díaz de Medina habían pre-acordado anteriormente, en mayo de 1938, al punto tal que Estigarribia, el Dr. Efraín Cardozo y Spruille Braden jugaban “en el mismo equipo” en la Conferencia de Paz de Buenos Aires, apoyados por el Secretario de Estado de los EEUU Cordell Hull y el sub-secretario Sunmer Welles. Lo que significa, en resumidas cuentas, que el General Estigarribia siguió a pies juntillas lo que se le mandó hacer desde Washington D.C.

Cordell Hull (1871 – 1955) y Sunmer Welles (1892 – 1961) fueron dos políticos y diplomáticos sumamente influyentes en la era del Presidente de EEUU Franklin Delano Roosevelt (1882 – 1945), quien ejerció la Jefatura de su país desde 1933 hasta 1945, muriendo en el cargo. Ambos hombres, Hull y Welles, aunque rivalizaban entre sí por cuestiones de prestigio personal, eran clásicos yanquis que consideraban a Iberoamérica como el “patio trasero” de los estadounidenses. Estos apoyaron cualquier tipo de acuerdo diplomático que pudiera favorecer la posición norteamericana ante el inminente conflicto bélico internacional que se percibía con el poderoso y espectacular surgimiento de la Alemania Nazi. Todo sea dicho en honor de Hull y Welles, estos no eran peculiarmente “belicistas” y preferían las vías negociadas antes que las de las armas. Pero, desde luego, jamás trabajarían en contra de los intereses estadounidenses y el asunto chaqueño no fue la excepción. Probablemente, estos hombres prometieron al General Estigarribia su apoyo incondicional y el sustento internacional de los Estados Unidos de Norteamérica a la candidatura del “Jefe Victorioso” de la Guerra del Chaco (con la fachada institucional del Partido Liberal) a cambio de que este finiquite de manera clara y expeditiva las negociaciones de paz en favor de los intereses yanquis-bolivianos. Ni corto ni perezoso, esto habría sido aceptado por Estigarribia quien, como describió Rout, era el único hombre en el país con “prestigio y autoridad moral” para cargar sobre sus hombros el desmembramiento territorial del Paraguay sin que nadie le cuestione. De esta manera, con José Félix Estigarribia se produce un vuelco histórico en la diplomacia paraguaya: nuestro país, que desde 1870 estuvo más o menos sometido al arbitrio de Buenos Aires, ahora pasaba a ser vasallo de los EEUU.

Las acusaciones contra el General Estigarribia son durísimas. Una de ellas, hecha por el Tte. Cnel. Antonio González, afirma que según la prensa internacional, el “General Victorioso” de la Guerra del Chaco que ejercía el rol de Ministro del Paraguay ante los EEUU, pocos días antes de su partida para unirse a la Conferencia de Paz en Buenos Aires y reemplazar en ella al Dr. Gerónimo Zubizarreta, había participado de una reunión en calidad de invitado especial en las oficinas centrales de la Standard Oil Company. [17]

El General Estigarribia nunca ocultó su posición respecto al tema. En un discurso dado ante el cuadro de Comandantes del Ejército, según recolecta el General Paulino Antola, ante la duda que le presentaron los combatientes respecto al tratado que se firmaría en julio de 1938, el “Jefe Victorioso” les respondió que “él se haría responsable de todo lo que se acordaría en dicho lugar, que cargaría ante la historia y ante el país la responsabilidad de lo que se tenía que suscribir”. La cosa, sin embargo, estaba tan clara para todo el mundo que el 10 de julio de 1938, el Ministro de Relaciones Exteriores Don Cecilio Báez escribía desde Buenos Aires una carta al Presidente de la República Don Félix Paiva, en la que se afirmaba lo siguiente:

“Buenos Aires, 10 de julio de 1938. Señor Presidente de la República, Dr. Félix Paiva. Estimado Sr. Presidente y amigo. El delegado plenipotenciario, Dr. Efraín Cardozo, es portador del proyecto de Tratado de Paz y Límites con Bolivia sometido a nuestra consideración el 9 del corriente y cuya aprobación definitiva depende de lo que determine ese gobierno y resuelta del plebiscito contemplado en su texto. El General José Félix Estigarribia, ex comandante en jefe de las fuerzas nacionales durante la Guerra del Chaco, era informado constantemente, desde su llegada, de los pormenores de las negociaciones. No ha manifestado su disconformidad, en ningún momento, con nuestras gestiones y hoy, en declaraciones hechas al diario “El Mundo”, ha expresado pública aprobación a todo lo actuado”.

Fue el mismísimo Don Cecilio Báez quien, acusado por sus opositores como el ex canciller “febrerista” Don Isidro Ramírez, posteriormente afirmaría, poco antes de su muerte:

“¿Qué quiere que yo haga, Dr. Ramírez? Llegó el General Estigarribia y tiró su espada sobre la balanza para la firma del Tratado”.

Es que nunca fue enigma para nadie que tuviera ojos para ver y alma para sentir, que lo que se firmó en secreto el 9 de julio de 1938 (ratificado por el fantoche del 21 de julio de 1938 y las pantomimas posteriores), fue una entrega total y absoluta de los territorios reconquistados por el Paraguay hasta la “Línea de Hitos”. Hacia el sector de Villa Montes, con la riquísima zona petrolífera del Mandyjupecua, se encontraban apostados los soldados del Ejército Paraguayo bajo las órdenes del Coronel Eduardo Torreani Viera y el Capitán Ramiro Escobar. Estos recuerdan la sorpresa que recibieron cuando, en un telegrama, se les anunciaba que debían abandonar sus posiciones pues estas “habían sido vendidas al Ejército Boliviano” y se les prometía que una parte del dinero por la transacción les llegaría (lo que al final, no ocurrió, pues todo el monto que fue de unos 100.000 pesos argentinos de la época, quedó en los bolsillos de los políticos en Asunción). Finalmente, días después, recibieron la orden oficial de abandonar sus puestos, arriar los pabellones paraguayos y retroceder hasta el territorio que definitivamente pertenecería al Paraguay tras los tratados de julio de 1938. Torreani Viera y Escobar recuerdan ese momento funesto, diciendo que en toda la tropa había “un aire de depresión moral imposible de describir”. Cuando se ordenó arriar el estandarte nacional de las posiciones del Mandyjupecua, según cuentan los testigos, este se resistió a descender y quedó trancado, debiéndose cortar las cuerdas que lo sostenían al mástil. Cuando la bandera paraguaya bajó en manos del Coronel Torreani Viera, prácticamente todos los hombres allí presentes, oficiales y soldados, prorrumpieron en indisimulados sollozos, llantos que rompían las gargantas de los que no podían creer lo que estaban viendo. ¡Paraguay retrocedía y Bolivia terminaba avanzando! Antes de producirse la retirada final, se ordenó la entonación del himno nacional y de otras canciones patrióticas. Desconsolado, el Capitán Escobar lagrimeaba con amargura y el Coronel Torreani Viera, también notablemente conmovido, le palmeó en la espalda y le dijo: “vamos, Capitán, nosotros hemos cumplido con nuestro deber”. De esta manera, la región del Mandyjupecua, junto a otras tantas que nos pertenecían según la “Línea de Hitos”, era entregada a Bolivia y el Pabellón Nacional, arriado y humillado, debió perder por los papeles lo que había conquistado triunfante con las armas y la sangre. La “evacuación” de las posiciones paraguayas cedidas a los bolivianos terminaría de concretarse el 10 de diciembre de 1938. [18]

Finalmente, otra derrota diplomática paraguaya fue el asunto del “puerto boliviano sobre el Río Paraguay”, lo que supuestamente nunca sería permitido ni concedido a Bolivia pues “todo el dominio del Río Paraguay” pertenecía al Gobierno de Asunción al igual que su “hinterland”, según discurseaba el Ministro Argaña (en la tantas veces citada obra del liberal recalcitrante F. A. Bordón). Recordemos, para más inri, lo que había dicho el presunto “Presidente de la Victoria” Eusebio Ayala al respecto:

“Toda la construcción de la paz futura tiene como cimiento la frontera militar consentida por Paraguay y Bolivia. El Paraguay no ocupa ciertamente, todo el territorio a que tiene derecho según sus títulos. Pero se abstiene por ahora de formular reivindicaciones, movido por el deseo de no trabar la ardua labor de la Conferencia. La aspiración boliviana de salir al Río Paraguay no puede ser materia del debate de fondo. La examinaremos con espíritu cordial y comprensivo en el estudio de las convenciones económicas…”. [19]

Recalcamos que los políticos de Asunción proclamaron que jamás aceptarían un acuerdo en el que Bolivia tuviera acceso al litoral del Río Paraguay. Pero he aquí que el Coronel Germán Busch (1903 – 1939) en su breve presidencia entre 1937 – 1939, consiguió que los bolivianos, por medio de una firme e intransigente postura en la mesa de negociaciones, hicieran retroceder a los diplomáticos guaraníes en el sector del pantanal al norte de Bahía Negra, otorgando al país del Altiplano acceso directo al Río Paraguay por medio de la localidad que actualmente se conoce como “Puerto Busch”. Para doblegar a los negociadores paraguayos, habría sido fundamental la fuerza ejercida por la Standard Oil, compañía a la que convenía tener una conexión ribereña con el Océano Atlántico (y que fue parcialmente nacionalizada por el Gobierno del Altiplano, lo que intensificó la presión estadounidense en favor de Bolivia), además de un supuesto pago pecuniario de 400.000 libras esterlinas de la época a los Jefes Políticos en Asunción (lo que no se sabe a ciencia cierta sí se concretó o no). “Puerto Busch” es el más patente ejemplo del contundente fracaso de la diplomacia paraguaya.

Doloroso y triste, no se puede explicar suficientemente el alcance de lo que hicieron los diplomáticos paraguayos en esos fatídicos meses de mayo – julio de 1938. Los liberales han puesto como excusa a la “Revolución Febrerista” y ciertamente, este cuartelazo generó complicaciones así como también se cometieron errores durante el Gobierno del Gral. Rafael Franco. Pero lo que terminó concertándose, al fin y al cabo, se dio durante el mandato del Presidente Dr. Félix Paiva, quien era perfectamente consciente de lo que iba a ocurrir y dio su consentimiento pleno, al igual que harían sus principales asesores, diplomáticos y negociadores en la Conferencia de Paz de Buenos Aires, Don Cecilio Báez, Don Efraín Cardozo, Don Luís A. Riart, Don José Félix Estigarribia y Don José Bozzano, entre otros ministros que por engaños, cobardía o intereses personales, permitieron que ocurra todo sin oponer resistencia, ignorando las advertencias de tantos patriotas.

Es imposible exagerar respecto a los alcances terribles del acuerdo secreto del 9 de julio de 1938, firmado por Don Efraín Cardozo. Este texto, en el que Paraguay adjudicaba a Bolivia toda la zona que debía supuestamente ser sometida al “arbitraje ex aequo et bono” que no fue sino un embuste con resultado predefinido, dejaba clarísimo que el Gobierno de Asunción accedió en plena consciencia a entregar dichos territorios al Gobierno del Altiplano. Luego de publicar de manera íntegra a ese acuerdo secreto que fue aciago y desastroso para el Paraguay, el historiador yanqui tantas veces referenciado en este ensayo, Leslie Rout Jr., hace los siguientes comentarios:

“La significación del documento difícilmente puede ser sobreestimada, pues establece lo siguiente: (1) el acuerdo del Chaco fue conseguido por medio de diplomacia secreta y (2) el acuerdo del Chaco no fue efectuado por el arbitraje, siendo la frontera propuesta definida por el acuerdo del 8 – 9 de julio de 1938. En su carta del 2 de junio de 1966, Braden afirmó que el documento secreto firmado el 8 – 9 de julio de 1938 era tan válido como lo que se arbitró el 10 de octubre (de ese año)”. [20]

Cargan con la responsabilidad histórica quienes rubricaron semejante despojo, entre ellos, el mismísimo General José Félix Estigarribia Insaurralde.


REFERENCIAS.

[1] Mazacotte, Alejandro (1990): “Historia de la Guerra del Chaco”, op. cit., vol. IV pág. 607.

[2] Diario “El País” (Asunción), 3 de mayo de 1961.

[3] Peña Villamil, Manuel (1993): “Eusebio Ayala y su Tiempo”, op. cit. págs. 406 – 407

[4] Benítez, Justo Pastor (1988): “Ensayos sobre el Liberalismo Paraguayo”, pág. 283. Asunción, Paraguay: Editorial El Lector.

[5] Rahi, Arturo (1988): “La Entrega del Chaco…”, op. cit. págs. 134 – 135.

[6] Bray, Arturo (1981): “Armas y Letras: Memorias”, vol. III, págs. 32 – 55. Asunción, Paraguay: Ediciones Napa.

[7] Ferreira, Saturnino (1988): “Proceso Político del Paraguay 1936 – 1942”, págs. 91, 100, 121, 136, 156. Asunción, Paraguay: Editorial El Lector.

[8] Rout, Leslie (1970): “Politics of the Chaco Peace Conference…”, op. cit. pág. 175.

[9] Rahi, Arturo (1988), op. cit. págs. 53 – 56.

[10] Braden, Spruille (1971): “Diplomats and Demagogues: The Memoirs of Spruille Braden”, págs. 186 – 191. EEUU: Arlington House.

[11] Rout, Leslie (1970), op. cit. págs. 190 – 196.

[12] Rout, Leslie (1970), op. cit. págs. 200 – 202.

[13] Ayala Queirolo, Víctor (1976): “La Paz del Chaco”, vol. II, págs. 257 – 266. Asunción, Paraguay: Editorial Casa-Libro.

[14] Vittone, Luís (1975), “Dos Siglos de Política Nacional”, op. cit. págs. 474 – 475.

[15] Rahi, Arturo (1988), op. cit. págs. 66 – 68.

[16] Rout, Leslie (1970), op. cit. págs. 210 – 211.

[17] González, Antonio (1957): “Preparación para la Guerra del Chaco”, vol. I, págs. 294 – 295. Asunción, Paraguay: Editorial El Gráfico.

[18] Escobar, Ramiro (1988): “El Calvario de la Patria…”, op. cit. págs. 424 – 431.

[19] Ayala, Eusebio (1988): “Patria y Libertad”, op. cit. págs. 257 – 284.

[20] Rout, Leslie (1970), op. cit. págs. 241 – 242.

Emilio Urdapilleta