Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VI

Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VI

VI. EL ESPÍRITU DEL ENTREGUISTA.

Con el cese al fuego el 12 de junio de 1935, empezó la hora de la diplomacia y la geopolítica. Se clavaron como estacas las “Líneas de Hitos” que en toda lógica, debían ser los nuevos límites entre Paraguay y Bolivia, independientemente de los argumentos y negociaciones que cada bando presentaba en sus alegatos. Al fin y al cabo, sí se tenía pensado trazarse fronteras artificiales, ¿por qué no se habrían de aceptar las que se definieron en el campo de batalla?

Esto tiene una explicación, pero vayamos por partes. Analicemos algunos fragmentos del siguiente discurso, que se realizó en el salón de eventos del Alvear Palace Hotel de Buenos Aires, Argentina, dado el 26 de septiembre de 1936. [1]

“Me han acusado de muchas cosas; no voy a hacer el capítulo de cargos que se me han hecho en la prisión… Esos cargos son: la inevitable “malversación de fondos”. Todos los gobiernos que caen son malversadores de fondos. Mi falta de nacionalismo y el haber hecho la paz fuera de tiempo”.

Esas palabras son de Eusebio Ayala, quien había sido derrocado por un cuartelazo el 17 de febrero de 1936. Fue la denominada “Revolución de Febrero” cuyo caudillo fue el Brigadier Rafael Franco. Se encontraba en su “patria espiritual”, en la capital porteña, acompañado del General José Félix Estigarribia, quien también partió al exilio tras el golpe de estado “febrerista”. En ese párrafo, vemos cómo el mismo Eusebio Ayala hace un “lapsus calami” y afirma que lo echaron del gobierno por su “falta de nacionalismo” y no por su “supuesta falta de nacionalismo”. ¿Reconocía implícitamente su inconsciente que la defensa a ultranza de los intereses de la Patria era algo que no le interesaba en lo más mínimo, que prefería los honores de ser aplaudido en superficiales salones porteños, entre risas socarronas y chistes forzados? Veamos más de lo que salió de la jeta del que, por alguna extraña y absurda razón, llaman “Presidente de la Victoria”:

“El otro punto es mi falta de nacionalismo (…). Yo no quiero ninguna forma de nacionalismo hostil, hosco, que busca en el pasado de luchas y de divergencias motivos para mantener distanciamientos con los pueblos vecinos y amigos. Yo entiendo el nacionalismo como una emulación entre amigos, a ver quién contribuye entre amigos, a ver quién contribuye más al progreso de todos…”.

¡Propio de un liberal es enrevesar y distorsionar las definiciones y los significados de las palabras por medio de la fumistería discursiva, la manipulación del lenguaje! El nacionalismo, en su sentido más llano y sin pretensiones ideológicas, es el sentimiento fervoroso de amor y pertenencia hacia la propia nacionalidad y de identificación con su realidad e historia. Y si quisiéramos hablar de un “nacionalismo ideológico” de cuño moderno, pues diríamos que es la doctrina que propone poner a los intereses del propio “estado-nación” por encima de cualquier otra consideración política. Por consiguiente, la chapucería que está diciendo Eusebio Ayala sobre el “nacionalismo” según lo que él entiende, está en las antípodas de lo que verdaderamente esa palabra significa, sea en su acepción clásica como en su acepción moderna. Lo que nos ayudaría a explicar lo que se hizo en la “entrega” de los territorios conquistados por Paraguay en la Guerra del Chaco. Pero nos sigue diciendo Eusebio Ayala:

“Yo señores, soy un hombre de paz… Por mi profesión y por convicción soy pacifista. Es cierto que hice la guerra, es decir, continué una guerra empezada y la hice con todas las fuerzas de mi voluntad y de mi inteligencia; pero no todo lo que se hace es porque se quiere. Yo no quería la guerra, la guerra nos fue impuesta y la tuvimos que seguir”.

Es interesante que Eusebio Ayala diga que “la guerra le fue impuesta y la tuvimos que seguir”. Quizás esto sea cierto, pero lo que llama la atención, es que el supuesto “Presidente de la Victoria” utiliza ese argumento para excusar sus propias acciones, pero no hace lo mismo en otros casos. Esta es la explicación del Dr. Ayala a la “Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay”:

“Veamos cuál era la posición de los países que actuaron en la guerra del Paraguay en los años próximos al conflicto. El Brasil tenía cuestiones de límites con el Paraguay, con la Argentina, con el Uruguay y con otros vecinos. En este último, una larga revolución entre los partidos tradicionales de blancos y colorados había dado origen a un estado de anarquía. El jefe de la revolución, General Flores, era secundado por el Presidente General Mitre, aun cuando la Argentina anunciase oficialmente su neutralidad. El Brasil apoyaba las bandas que incursionaban por la frontera realizando contrabandos de haciendas. Los dos poderosos vecinos, pues, daban la mano al jefe de la insurrección, por lo que el gobierno blanco estaba condenado a la derrota. Este, por su parte, tenía también amigos pero que no le podían prestar concurso eficaz. Esos amigos eran, en primer lugar, las provincias del litoral, donde el General Urquiza tenía una influencia preponderante, y el Paraguay, deseoso de contrarrestar la acción del Imperio y la del General Mitre. Esta distribución de fuerzas, más partidarias que nacionales, explica muchas aparentes aberraciones como, por ejemplo, la conducta de Francisco Solano López que, después de declarar la guerra al Brasil, no tuvo reparos en ponerse también en conflicto con la Argentina, condenando a su país a un inevitable desastre. López, desde su atalaya mediterránea, veía poco y mal la trama de los acontecimientos del Río de la Plata; prestando oídos a las intrigas diplomáticas, creyó que una vez que él levantase su pendón de guerra, se unirían a su causa los enemigos de Mitre, entre ellos, el vencedor de Caseros, las provincias del litoral adversarias, de Buenos Aires, el Partido Blanco Uruguayo y tal vez, también estallaría un movimiento separatista en Río Grande del Sur, estado meridional brasileño que, por muchos años, mostró peligrosas veleidades en ese sentido… Solano López imaginó que podía ser el Napoleón sudamericano gracias al poder absoluto heredado de dos déspotas sobre un pueblo laborioso, disciplinado, de vivo patriotismo. Poco después de lanzar sus ejércitos a invadir Argentina y Brasil, se dio cuenta de la verdad; no tuvo carácter e inteligencia para adaptarse a las circunstancias; siguió la guerra después de estar convencido de que ningún aliado iba a venir en su ayuda y que el mismo Gobierno de Montevideo se alistaba para combatirlo. López prefirió sacrificar a su país antes de reconocer su error y rectificarse”. [2]

Todavía gasta papel y tinta para escribir Eusebio Ayala, en los siguientes párrafos de su obra citada, que Bartolomé Mitre fue un personaje con “hondo sentido político” que logró “fundar una sólida inteligencia con el Imperio del Brasil y obtener la neutralidad del General Urquiza”. Afirma que por medio de la diplomacia, Mitre consiguió “cerrar las brechas por donde pretendía penetrar el tirano paraguayo para minar la unidad argentina”. A mí sencillamente, me genera repugnancia transcribir semejantes patrañas, propias del liberalismo internacional que se las pasa arrojando flores a los verdugos de las nacionalidades hispanoamericanas en beneficio de su ideología de vasallaje al mundo anglosajón.

Eusebio Ayala dice que fue “forzado” a entrar a la Guerra contra Bolivia a pesar de su pacifismo profundo. Pero con total desparpajo, utiliza los peyorativos “tirano” y “Napoleón Sudamericano” al Mariscal López, incluso cuando él mismo está reconociendo que Buenos Aires y el Imperio del Brasil estaban en “sólida inteligencia” para forzar su hegemonía sobre las demás naciones del Río de la Plata. ¿Qué tenía que hacer el Paraguay entonces, Dr. Ayala? ¿Entregar nomás? ¡No se esperaba otra cosa de Usted, pero aun así logra decepcionarnos!

 


Marceline Durand de Ayala, el Gral. José Félix Estigarribia y Eusebio Ayala
De izquierda a derecha: la Primera Dama de origen francés Marceline Durand de Ayala, el Gral. José Félix Estigarribia y el Presidente Eusebio Ayala, en agosto de 1935. [Extraído de: Paraguay mi País].

Desde luego, todo esto se hace con un supuesto tono doctoral, con un pretendido aire de “superioridad intelectual” por encima de los demás, criticando a aquellos que escriben la historia desde un supuesto “apasionamiento”, que se dedican nada más que a “exaltar la tradición nacional”. Así, creyendo Eusebio Ayala que está revelando alguna verdad profundamente olvidada bajo las arenas del tiempo, con toda esa pseudo-erudición que caracteriza a los liberales, progresistas e internacionalistas como él, declara: “Para elevar la Historia a la categoría de una disciplina de lógica, menester es desnacionalzarla, o sea, depurarla de prejuicios y sentimentalismos”. [3]

Esta forma de pensar del supuesto “Presidente de la Victoria” es lo que el filósofo español Gustavo Bueno denominaría como “Pensamiento Alicia”, o sea, vivir intelectualmente en un mundo de fantasías. ¿Acaso el Dr. Ayala piensa que los ingleses, salvo excepciones, no se las pasan escribiendo libros para realzar (claro que con todos los firuletes de pretendida objetividad y neutralidad academicista) a sus figuras y actos históricos mientras rebajan los de los demás? ¿No oyó el Dr. Ayala sobre la “leyenda negra”, que hasta hoy se perpetúa incluso en círculos “profesionales y academicistas” a pesar de que, mayoritariamente, se trata de embustes panfletarios hechos por anglosajones para desprestigiar al Imperio Español? ¿No escuchó el Dr. Ayala sobre la famosa frase “los vencedores escriben la historia”? Me viene a la mente Winston Churchill, quien no era un “historiador profesional y académico” y sin embargo, escribió varios libros de “historia” para justificar a sus ancestros y justificarse a sí mismo ante la posteridad. Incluso a un verdadero tirano y regicida como el protestante Oliver Cromwell, quien exterminó a 1 millón de católicos en Irlanda y Britania, Churchill (y otros “historiadores profesionales y académicos” de su país) buscan blanquearlo, presentándolo como un “idealista del parlamentarismo”, un “hombre eminentemente militar” que luchaba con “ferocidad pero honor”, etcétera. Pero bueno, estamos acostumbrados a la charlatanería de los liberales, que por compromisos de capilla hermética, son muy dispuestos a aplicar el principio de “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”, no solo en la “historiografía profesional y académica” sino en todo lo demás, mientras apuntan con el dedo a quiénes osan desafiar a las imposturas que se erigieron como una losa infamante sobre el yerto cadáver de los vencidos.

Claro que no se puede acusar al Dr. Ayala de ser incoherente con sus principios liberales y dizque patrióticos. Dijo que el Mariscal López fue poco inteligente al no haberse “rendido” y al no haber simplemente “entregado” lo que tenía que entregar contra sus enemigos. En este sentido, hay que reconocer al supuesto “Presidente de la Victoria”, quien nos demostraría cómo se tiene que actuar con verdadero intelecto y astucia: cediendo el territorio que, a sangre y fuego, los soldados del Ejército Paraguayo demarcaron con la “Línea de Hitos”. ¡Qué caradura tiene este cobarde e infame pelafustán para atreverse a criticar al Héroe Máximo del Paraguay, quien prefirió morir, junto al último de sus soldados, antes que ver a su Patria sometida y sojuzgada por sus enemigos! ¡Le hubiera valido mejor quedarse callado para que no se confirme todo lo que siempre se ha dicho de él!

Para colmo de males, los Ejércitos Paraguayos que combatían en el Chaco contra Bolivia, tomaban la inspiración patriótica de los Héroes de la Guerra de la Triple Alianza (1864 – 1870). Por decisión de los soldados y oficiales “verde olivo”, los regimientos se bautizaban adoptando nombres basados en los más célebres guerreros mártires de la Patria así como en las batallas más famosas de la mencionada contienda decimonónica. El R.I.14 “Cerro Cora” fue la primera unidad en alcanzar el Río Parapití y por su parte, cupo el honor de ser el primero en cruzar dicho río al regimiento de infantería número 16, que tenía el nombre implacable del “Mariscal López”. El ánima inmortal de Don Francisco Solano cabalgaba sobre su corcel “Mandyju”, llevando su espada fulgurante para despertar ante la batalla el fervor de todos los guerreros del Paraguay. Era el Mártir de Cerro Cora quién palpitaba en el corazón de cada soldado verde olivo. No hay escupitajo más rotundo a la cara de los parroquianos de la secta anti-paraguaya, que ese símbolo tan poderoso como irrebatible: combatía en la defensa y reconquista del Chaco el alma del Mariscal Presidente Solano López. Mientras tanto Eusebio Ayala y su dizque “Gabinete de la Victoria” buscaban la manera de desleír nuestra indudable victoria militar sobre Bolivia.

Está más allá del alcance demostrar en este ensayo las causas de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (1864 – 1870). Solamente arrojaremos a las ridículas apreciaciones del minúsculo Eusebio Ayala contra el titán Francisco Solano López, las palabras que un inglés escribió sobre el tema. Para que le duela todavía más al liberalismo paraguayo y que quede bien claro en qué lugar está ubicado el “Héroe Máximo” en comparación con el “Entregador del Chaco”:

“No puedo sino admirar la maravillosa energía y la indómita voluntad del Mariscal Presidente López y su pequeño aunque fuerte poder, que jamás ha de olvidarse ni habrán de escasearle admiradores mientras perdure la Historia… Los paraguayos sin duda lucharon por sus altares y sus pasiones, lucharon por las verdes tumbas de sus señores, su Dios, su Patria, por la reivindicación de su honor pisoteado, la garantía de su existencia amenazada y la estabilidad de sus derechos agraviados”. [4]

Solamente un obtuso o un fanático comprometido con las sectas del liberalismo puede insistir con que el Mariscal López peleó en la Guerra de la Triple Alianza simplemente por querer ser un émulo de “Napoleón”. Pero para dar remate al elevado exponente del “entreguismo” liberal paraguayo así como a todos sus hagiógrafos, veamos lo que sigue diciendo Sir Richard Francis Burton, autor de los pasajes que extraemos, sobre el Bartolomé Mitre a quien tanto idolatran los seguidores de Eusebio Ayala:

“Mi admiración por el General Mitre no me torna ciego ante el hecho de que su reciente carrera lleva la mancha de una profunda inmoralidad política al haber realizado por motivos partidarios, personales y ególatras, una alianza militar cuyo resultado es la nefasta y de ningún modo honrosa guerra actual. Posiblemente no esperaba una reacción tan enérgica de parte del Paraguay, a quien Buenos Aires menospreciaba como una insignificante potencia semi-bárbara, casi indígena. Pero el estadista y biógrafo de Belgrano debió saberlo. Si no hubiera apoyado con dinero y miles de mosquetes y dado apoyo moral al ex Presidente Flores para que este atacara la Banda Oriental, Brasil no habría encontrado la oportunidad de interferir en la política del Plata y Paraguay, el equilibrista, no habría considerado que le incumbía o era su deber romper la paz. La asistencia brindada por el General Mitre a Flores era confidencial, mientras que a Garibaldi se le otorgó la Legión Anglo-italiana, cuyas victorias atribuidas a los Picciotti tanto desconcertaban al público. Pero la acusación general es que provocó una guerra que ha convertido a Buenos Aires, al igual que a Montevideo, en una simple prefectura del Gabinete de San Cristóbal; ha colocado a su tierra nativa en la innoble posición que Lord Palmerston eligió para nosotros en Crimea, la de una lucha de segunda categoría bajo una potencia de primer orden; una república débil junto a un gigantesco imperio. Y está obligado a defender, si puede, su carácter, so pena de ser acusado de silencio contumaz”. [5]

¡Qué mazazo a la calva cabezota de Eusebio Ayala por parte de una luminaria como Sir Richard Francis Burton! Ya en 1870 este caballero británico se encargó de refutar las tonterías que, con falsa intelectualidad, dicharachera y liberal, presentaba el entreguista paraguayo setenta años después (porque el Dr. Ayala hizo en 1940 los juicios que estamos comentando acerca del Mariscal López, a cinco años de haber concluido la Guerra del Chaco). Bartolomé Mitre, el admirado por su “hondo sentido político”, fue el verdadero artífice de la Guerra de la Triple Alianza, con el único resultado de poner a su país en un papel de segundo orden detrás del poderoso Imperio del Brasil. Y que conste que Sir Richard Francis Burton declara abiertamente que su postura personal es favorable a la “misión” que “le fue encomendada” a los brasileños de abrir a cañonazos las vías ribereñas del Paraguay y además, dedica su obra al Presidente Domingo Faustino Sarmiento… ¡Solo faltaría que acusen de “lopismo” a semejante hombre!

Hablando de Sarmiento, creo que esto que se viene a continuación es quizás el último clavo que se debe insertar en el ataúd fementido del supuesto “Presidente de la Victoria”, para que se comprenda a cabalidad cuál era el verdadero pensamiento de a quién le cupo el honor de frustrar por medio de la política y la diplomacia el éxito militar obtenido por nuestros abuelos y bisabuelos en la Guerra del Chaco. Esta fue una conferencia que Eusebio Ayala dio el 11 de septiembre de 1939 en el Museo Sarmiento de Buenos Aires, de la que extraemos algunos fragmentos (las negritas y el subrayado son míos): [6]

“Nos impresionó fuertemente la posibilidad de que el maestro alcanzase un día u otro a ser Presidente de la República, lo mismo que el gran Sarmiento que acababa de sernos revelado (…). Leí a Sarmiento, leí bastante de lo mucho que acerca de él se ha publicado… En la vasta producción intelectual se descubren huellas de un alma ardiente, abrasada de pasiones altivamente superiores (…). Magnífica existencia, en verdad, pero menos rara de lo que cabe suponer. La grandeza de Sarmiento, como toda verdadera grandeza, es única, solitaria, sin precedentes ni subsiguientes. Esa grandeza no viene precisamente de su curriculum vitae, sin embargo nutrido y fecundo, ni de su combate sin tregua contra las fuerzas de la estagnación y el retroceso, ni de su visión a menudo extrañamente profética de los sucesos venideros y de la suerte de los contemporáneos. Los grandes héroes de la historia no surgen de un proceso regular y ordenado, son más bien productos del azar que pone a individuos excepcionales frente a coyunturas también excepcionales (…). En la época de su máxima actividad le tocó ser, por la palabra y por la obra, el protagonista principal del drama americano que tuvo venturoso desenlace en la afirmación definitiva de la cultura occidental en el Río de la Plata y más allá del Río de la Plata en el seno de nuestro continente. Civilización versus barbarie. ¿Puede concebirse conflicto humano más grandioso ni más preñado de la historia? Sarmiento inspiró y guio desde su atalaya el proceso revolucionario que transformó la sociedad colonial de recia textura hispánica y despótica, apenas barnizada de liberalismo, en democracias criollas instituidas bajo fórmulas, utópicas por su perfección misma, pero conservando los rasgos del medio y del origen, de pueblos sin hábitos políticos ni experiencia social (…). No merecen el nombre de ideales los deseos de un patriotismo lírico. Los ideales de un pueblo tienen que ser la viril expresión de ambiciones viables, o sea, la voluntad del propio destino (…). Sarmiento sabe que los ex colonos de España tienen que organizar la libertad conquistada si desean ser gobernados como ciudadanos. Así nace la brega contra las expresiones indígenas del despotismo y la barbarie”.

Se me retortijan las tripas del asco que me produce leer todo eso, permítanme que lo diga abiertamente. Por mil y una razones que más adelante detallaré. Pero todavía hay más y no piensen que soy masoquista, es que hay que echar todas las cartas sobre la mesa para que se entienda “de qué material estaba hecho” ese hombre cuyos restos deshonran al Panteón de los Héroes y Oratorio de la Virgen de la Asunción. Continúa diciendo Eusebio Ayala en la misma conferencia:

“Sarmiento merece un puesto de honor entre los próceres de la democracia universal (…). Una definición que tal vez parezca algo cínica pero que es real en el fondo, es que la democracia es el sistema de encontrar buenos caudillos. Y bien, el circunloquio me autoriza a decir que Sarmiento fue un caudillo y un caudillo nato, eso sí, alzado contra otros caudillos, éstos, inferiores, ignaros, simples validos de la prepotencia (…). La obra y sobretodo la vida de Sarmiento, a pesar de errores y contradicciones y tal vez por eso más, pueden considerarse modelos de civismo, de amor a la libertad y de americanismo (…). El carácter de NUESTRO HÉROE ha sido objeto de críticas severas respecto a algunas opiniones suyas en desacuerdo con la opinión contemporánea. Quiero referirme a dos de ellas porque me parecen típicas: la hispanofobia y el anticatolicismo (…). No hay que olvidar que la revolución se hizo contra los españoles… El antiespañolismo, en el fondo, no era tanto odio o rencor como sentimiento elemental de propia conservación (…). En lo tocante a la Iglesia, vinculada como ella estaba a la Corona, hubo de seguir la misma suerte. La religión católica representa por otra parte, un principio tradicionalista y conservador. He aquí dos motivos poderosos de oposición… Las llamadas fuerzas liberales, en verdad, coinciden principalmente en el hecho de negar los principios de la religión romana (…). Me dejé llevar del embrujo de esta figura rara y varonil. No se puede menos de amar a Sarmiento, por sus grandes virtudes, también por sus defectos… Sarmiento inspira emociones que nos levantan a su altura y nos inducen a creer que podemos ser más de lo que somos”.

Condenadísimo este supuesto “Presidente de la Victoria” cuya presencia en el Panteón de los Héroes y Oratorio de la Virgen de la Asunción, como ya dije, es un verdadero insulto a Dios y a la Patria. No disimula un solo segundo la admiración sin limitaciones que siente hacia Domingo Faustino Sarmiento, ese personaje vil y despreciable que consideraba a todo lo hispano como lo más repugnante que existía en la tierra. No al “Imperio Español” solamente sino a “todo lo hispano”, entendido como su cultura, su pueblo, su historia e identidad. Porque si la cuestión fuera simplemente contra el “españolismo”, ¿acaso no habría sido suficiente con imponer las instituciones foráneas, a la hechura del mundo anglosajón, que tanto admiraba el sanjuanino? Pero no, Sarmiento necesitaba víctimas sacrificiales para la pira pagana y diabólica del liberalismo y la masonería a la que pertenecía. Así (y no citaré fuentes porque muchas de estas expresiones son sobradamente conocidas por todos los entendidos del tema), Domingo Faustino escribía en una carta a Bartolomé Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos, este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humano esos salvajes”. Similares conceptos tenía sobre los indígenas, quienes bajo el Imperio Español vivieron muchísimo mejor que con los “revolucionarios liberales”. Afirmaba Sarmiento: “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los indígenas salvajes, por quienes sentimos, sin poder remediarlo, una invencible repugnancia”. ¡Así de “alto” nos elevaba el leporino sanjuanino según su hagiógrafo Eusebio Ayala!

Domingo Faustino Sarmiento, como dijimos, era liberal y masón. Uno sólo de esos dos elementos es suficiente, en sí mismo, para tener una postura anti-católica y Sarmiento los tenía a ambos. Sin embargo, Eusebio Ayala busca justificarlo diciendo que “la Iglesia estaba vinculada al poder de la Corona Española” y ese era el verdadero motivo del anti-catolicismo de su «héroe». Nada más lejano de la realidad. Sarmiento murió «haciéndole la guerra a los curas», a quienes consideraba depositarios del retraso, del oscurantismo, de todo lo que debía extirparse del mundo. Pero como es bien sabido, para los feligreses del liberalismo, la Iglesia Católica es aceptable solamente cuando esta se halla sometida a los dicterios ideológicos de la “democracia liberal”. Los únicos dogmas que siguen los doctrinarios liberales son el relativismo moral y el fundamentalismo democrático, o sea, todo lo contrario a lo que la Santa Iglesia Católica representa. El «liberalismo» tolera al «catolicismo» siempre y cuando la Iglesia no les obligue a renunciar de sus falsedades y su ideología apóstata. Es decir, para ellos, en el mejor de los casos la Iglesia Católica es un mero “club social” del que se pueden obtener cierto solaz o algunos beneficios. Y en el peor de los casos, tenemos a los Sarmiento, que con convicción masónica, se encargaron día y noche de combatir contra ella, hasta su misma muerte.

¿Y hace falta que recordemos que el “liberalismo es pecado”, que la Santa Iglesia Católica ha condenado en innumerables documentos pontificios a las ideologías liberales? ¡Esto no parece importarle a Eusebio Ayala! ¡Porque él es primero liberal, segundo demócrata-constitucionalista, tercero “sarmientista”, cuarto filo-masonería y quizás en el sexto lugar, después de su club de fútbol, católico y con muy poca convicción, como se puede inferir! [Nota: en una edición posterior descubrí que no incluí la cualidad de “paraguayo” para Eusebio Ayala en esta lista, pero quizás era mi sub-consciente el que me impidió escribirla cuando la redacté y dejé a este párrafo así como está].

Entre otras cosas que llaman poderosamente la atención en ese discurso propio de santoral que hizo Eusebio Ayala sobre Domingo Faustino Sarmiento (¡y los liberales tienen el tupé de acusarnos, a los “lopistas”, de querer deificar al Mariscal López!, ¡con la acostumbrada y malsana hipocresía de secta liberal!) es que el dizque “Presidente de la Victoria” solamente desea levantar dos acusaciones que yacen sobre su héroe argentino. Estas son su “hispanofobia” y su “anticatolicismo”. Ya hemos tratado esos puntos en los párrafos anteriores, pero aquí queda una omisión gravísima que uno no puede sino caerle encima al Dr. Ayala, con un “simbólico machete” para “cortarle simbólicamente” el legionario cuello que tiene. ¿O sea que para el dizque “Presidente de la Victoria”, todos los horribles epítetos que Domingo Faustino Sarmiento dirigió hacia el pueblo paraguayo, no solo hacia el Mariscal Presidente sino hacia el pueblo paraguayo, no le parecen dignos de ser tenidos en cuenta? ¿No le merecen comentario alguno?

Tal vez el difunto “Entregador del Chaco”, que dijo haber leído bastante sobre lo que se escribió sobre su héroe Sarmiento, consideró que no tenía importancia ese asunto, algo sumamente grave para un hombre que fue Presidente de la República del Paraguay. Hace falta que ponga aquí algunas de las “hermosas palabras” que Domingo Faustino dedicó al pueblo guaraní y que quizás, le parecieron “sin importancia” a Eusebio Ayala. El 12 de diciembre de 1877, Sarmiento publicó en su periódico “El Nacional” de Buenos Aires:

“Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto o falta de razón. En ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial… Son unos perros ignorantes…”.

¡La guerra de la Triple Alianza ya había concluido y él seguía diciendo estas cosas! Ese era Domingo Faustino Sarmiento, el hombre al que se atribuye la frase “al paraguayo hay que matarlo hasta en el vientre de su madre”. A Bartolomé Mitre le envió una carta, durante la contienda, en la que profería:

“Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que obedecen y mueren de miedo. Es providencial que se haya muerto a todo el pueblo guaraní, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.

Continúa diciendo el “Héroe” de Eusebio Ayala, en esta ocasión en una carta a Manuel R. García fechada en Buenos Aires el 12 de octubre de 1869 (mis paréntesis):

“La guerra no está concluida, aunque aquel bruto (Solano López) tiene todavía veinte piezas de artillería y dos mil perros que habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos. Ni a la compasión mueve ese pueblo, rebaño de lobos”.

Y todavía tenemos para rematar que al concluir la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, con la heroica inmolación del Mariscal López en Cerro Cora, ese “gran americano” que inspira tan “altos sentimientos” al dizque “Presidente de la Victoria”, celebraba sin disimulo escribiendo a la maestra estadounidense Mrs. Mann:

“No crea que soy cruel. Es providencial que un tirano haya hecho morir a ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana”.

¡El héroe de Eusebio Ayala trataba al pueblo de Eusebio Ayala como “excrecencia humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse” y otras linduras! ¡A uno le arde la sangre, no tanto por las palabras de un ser diabólico y vil como Sarmiento, sino por la actitud rastrera, inmunda y traicionera de un hombre que llegó a ser Presidente de la República del Paraguay y que tenía a Sarmiento en un pedestal! Entendemos que como legionario que era, Eusebio Ayala odiaba al Mariscal López. Pero ¿acaso no tenía la oportunidad de defender, al menos en una conferencia entre amigos, un poquito del honor del pueblo paraguayo, tan calumniado e injuriado por su héroe Sarmiento? ¿Acaso lo valiente quita lo cortés? ¡Dios mío, lo que tenemos que soportar los paraguayos cuando pretenden cantarnos elegías santurronas hacia un personaje como Eusebio Ayala! Quisiéramos gritar como en la profecía de San Juan: “¡Hasta cuándo, Señor Justo y Veraz!”. [7]

Pero volvamos al discurso con el que abrimos este capítulo. Eusebio Ayala seguía con su alocución en el salón de eventos del Alvear Palace Hotel de Buenos Aires, 26 de septiembre de 1936:

“La paz era nuestra finalidad y esa paz la firmamos en el mismo instante en que pudimos hacerlo sin desmedro de nuestra dignidad y nuestro patrimonio… Podríamos quizá haber ganado más territorio pero yo no sacrificaría las vidas de mis compatriotas, ni de los enemigos mismos, por unos kilómetros de tierra. Durante todo el curso de la guerra estuvimos siempre asechando el momento en que podíamos llevar a nuestro adversario a suscribir el protocolo de paz. Cuando el adversario quiso hacer la paz en condiciones que no nos eran deprimentes, en ese momento se firmó la paz en el ambiente de esta ciudad de tan hondos sentimientos y tradiciones pacifistas… Creo que eso constituye nuestro mayor título de gloria. Ese es el diploma que yo puedo exhibir, no sólo en mi tierra sino en toda la América (…) Ese sentido de vida me ha inspirado en todo momento, y la vanagloria efímera de la victoria no fue capaz de torcer mis determinaciones y convicciones”.

Claro que el Dr. Ayala se olvida que en ningún momento se trataba del “yo” al que le encantaba resaltar, como ególatra consumado que fue. ¡Era la sangre de miles y miles de compatriotas paraguayos, quienes lucharon para marcar la “línea de hitos”, quienes se inmolaron “por unos kilómetros de tierra”, la que debía ser honrada por el dizque “Presidente de la Victoria”! ¿Qué es lo que pretendía con este discurso, en el que él mismo admite que se cedió territorio en pos de hacer la paz a como dé lugar? ¿Buscaba el aplauso fácil de los internacionalistas y cosmopolitas como él? ¿Quizás pretendía justificarse a sí mismo, ante esos acuerdos de paz que terminaron siendo tan lesivos para el Paraguay? ¿Tal vez quería ser nominado al Premio Nobel de la Paz con su amigo Saavedra Lamas? Me atrevo a decir que todas son correctas. Porque a Eusebio Ayala solo le interesaba “su ego” y “su partido”, nada más.

Este fue el “espíritu del entreguismo”. Su reflejo más vívido y claro es ese hombre que por alguna razón inexplicable, es conocido como el “Presidente de la Victoria”. El que estuvo dispuesto a renunciar “a la vanagloria efímera de la victoria” y a “unos pocos kilómetros de tierra” por sus “determinaciones y convicciones”. ¡He allí, en su más hipócrita expresión, la hagiografía falsaria y hasta satírica que los liberales escriben en sus mentís panfletarios! ¡Para justificar a sus elencos, ávidos siempre de la más enjundiosa traición para darse palmaditas en las espaldas y jugar a ver quién es el más doctrinario, están dispuestos a entregar a la Patria y a sus más legítimos derechos!

¿Pero hay algo más que pueda pintar de cuerpo entero a Eusebio Ayala y el “Gabinete de la Entrega”, como correctamente debería denominarse al gobierno que presidió? Creo que incluso más que cualquier otra cosa, son estas palabras que pronunció en el mismo discurso suyo que estamos desgranando.

“El fin de esta historia es que estamos desterrados aquí. Yo desde niño he leído en prosa y en verso las infinitas penurias de los exiliados. El negro pan del destierro es un símbolo. Pues, señores, es la primera vez que me toca probar este pan; no lo encuentro ni tan negro ni tan duro; lo encuentro perfectamente sabroso y blando; lo encuentro todavía más, refinado por la levadura de la simpatía, del cariño de los argentinos… El efecto que me produce es de honda satisfacción, porque este pueblo no es de los que prodigan su amistad y sus simpatías; este pueblo es de los que seleccionan y distinguen. Tal es nuestro caso en esta ciudad de Buenos Aires (…). No nos consideramos desterrados. Nos consideramos en nuestra propia Patria…”.

No merece comentarios… ¡Esa siempre fue la “verdadera Patria” de los liberales paraguayos! ¡Ese fue siempre el espíritu entreguista que los ha animado!


FUENTES CONSULTADAS.

[1] Llano, Mariano (1998): “Eusebio Ayala”, págs. 231 – 236. Asunción, Paraguay: Editorial Ricor Grafic S.A.

[2] Ayala, Eusebio (1988): “Patria y Libertad”, págs. 390 – 391. Asunción, Paraguay: Carlos Schauman Editor.

[3] Ayala (1988) op. cit. págs. 392 – 393.

[4] Burton, Richard Francis (1998): “Cartas desde los Campos de Batalla del Paraguay”, pág. 53. Buenos Aires, Argentina: El Faro Ediciones.

[5] Burton (1998): págs. 241 – 242.

[6] El discurso completo denominado “Aspectos Americanos de Sarmiento” en: Ayala (1988): págs. 373 – 386.

[7] “Apocalipsis” de San Juan Apóstol. Capítulo 6, versículo 10. Biblia de Jerusalén.

Emilio Urdapilleta