Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VII

Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VII

VII. ESTIGARRIBIA Y LA LÍNEA DE HITOS.

Encontrándose en el exilio, un liberal a ultranza como el Dr. Benjamín Vargas Peña, publicista e investigador histórico, recopilaba su archivo personal para hacerle algunas revisiones. Entre sus papeles se encontraban unos que tenía olvidado pero cuyo valor era inmenso.

Era el mes de julio de 1938 y la firma del «Tratado de Paz del Chaco» entre Paraguay y Bolivia era inminente. Benjamín Vargas Peña había sido invitado para actuar como testigo y tomar nota de una entrevista que mantuvieron dos titanes del patriotismo. Uno de los dos protagonistas fue el tantas veces mencionado Dr. Gerónimo Zubizarreta, «Canciller de Hierro» del Paraguay que combatió con uñas y dientes para preservar, desde la diplomacia, los derechos de nuestro país obtenidos a sangre y fuego tras más de 3 años de contienda bélica internacional. El otro era, no otro, sino el mismo «Jefe Victorioso» de la Guerra del Chaco, General José Félix Estigarribia, quién acababa de llegar de Washington D.C. para participar de la fase final de las negociaciones de paz por el asunto chaqueño.

El 16 de junio de 1965, estando en el exilio en la ciudad de Corrientes (Argentina), Benjamín Vargas Peña decide publicar esta «Entrevista Histórica» que luego fue reproduciéndose en el periódico «La Tribuna» de Asunción (Paraguay) los días 7, 10, 11, 12 y 13 de diciembre de 1977.

Como introducción a este explosivo documento, escribió Vargas Peña (las negritas son mías):

«El Dr. Gerónimo Zubizarreta tenía admiración y respeto por el Gral. J.F. Estigarribia, con quien mantenía una cordial amistad. Entendió entonces que era su deber visitar al amigo y Jefe Victorioso, cuya opinión había escuchado siempre en los aspectos militares. Deseaba conocer personalmente la actitud del ex Comandante en Jefe Victorioso de la Guerra del Chaco, frente a los acontecimientos de la Conferencia de Paz y particularmente sobre el proyecto de tratado, que comprometía parte del triunfo. No quería convencerse que el glorioso General de la Victoria reuniese tan tremenda responsabilidad, máxime cuando en su poder tenía un Memorándum en que comprometía su opinión militar, en forma clara, concisa y categórica, sobre lo que entendía como indispensable para la seguridad paraguaya».

¿A qué se refiere el ultra-liberal Benjamín Vargas Peña con eso de «comprometía parte del triunfo»?

Roberto Q. Calvo, autor boliviano del clásico «Masamaklay», afirma que fue recomendación del Ministro de Guerra de la Argentina (Gral. Manuel A. Rodríguez) que se detengan las hostilidades entre Paraguay y Bolivia con el Armisticio del 12 de junio de 1935. Se sustenta en una carta escrita por el Presidente Eusebio Ayala al embajador paraguayo en Buenos Aires que dice:

«Las palabras del General Rodríguez revelan su hondo interés, que siempre ha tenido por la suerte de nuestro país y merece nuestro sincero reconocimiento. Su juicio sobre la situación coincide en todo y por todo con el mío. Nosotros, incluyendo el General Estigarribia, queremos la paz pronto. No existe propósito alguno de avanzar más ni de pretender más. Ojalá se firmara la paz mañana. Pero estas manifestaciones no las podemos hacer en público, por cuánto alentarían a Bolivia a proseguir la lucha…». [1]

¿Qué había ocurrido? Apenas el 9 de enero de 1935, el General José Félix Estigarribia había afirmado ante el periódico «El Diario» de Montevideo que:

«Ahora las condiciones han cambiado y estamos en condiciones de mantener la guerra victoriosamente el tiempo que sea necesario. Bolivia ya se había desengañado de su ilusión falsa, como todos sus cálculos, de que nuestra población o nuestra economía no nos permitían una guerra larga, pues en realidad nuestro ejército y las fuerzas auxiliares de la retaguardia han alcanzado el máximo de eficiencia y con probabilidad de mantenerse así invariablemente fuertes. Así es que ya ir tomando fortines no es más que adueñarse de un montoncito de ranchos primitivos sin población civil ni clase alguna de riqueza y ya también que el alma nacional de Bolivia no reacciona ante sus crónicas derrotas ni obedece a las ingratas novedades de su frente, no queda otro recurso que dedicarnos a la lenta, dura y sistemática destrucción del enemigo hasta herirle mortalmente en sus centros más vitales».

No obstante, pocos meses después, el 5 de junio de 1935, en una declaración hecha a la Radio Splendid de Buenos Aires que fue retransmitida por la Z.P. 9 de Asunción a todo el Paraguay, el mismísimo General José Félix Estigarribia afirmó:

«La paz vale más que cualquier victoria… Más que la consagración de nuestras victorias, la paz deberá ser el reconocimiento de nuestros derechos».

Esto golpeó como una sacudida sísmica a toda la situación bélica del país e incluso de los observadores «neutrales» que ya se encontraban en la zona dispuestos a finiquitar la obra de despojo contra Paraguay. El Capitán Ramiro Escobar, quién formó parte de una de las «Comisiones Militares del Colegio Arbitral para la Conferencia de Paz» en calidad de observador adjunto, hace severísimas críticas al «Jefe Victorioso» Don José Félix Estigarribia por esas declaraciones:

«El General (Estigarribia), en el momento preciso, perdió toda esperanza por flaqueza de espíritu y se prestó para el cochino armisticio del 12 de junio de 1935, por el que se dio por suspendidas a las hostilidades bélicas, sin consultar con los Comandos de Cuerpos de Ejército tal y como acostumbraba hacerlo en casos graves o de importancia… Cuando terminó la guerra, el Gobierno del Dr. Ayala y el Partido Liberal, para congraciarse y hacerle suyo, como ocurrió, votó en el Parlamento la suma de mil quinientos pesos oro de forma vitalicia para el General José Félix Estigarribia. Esto mientras el pueblo estaba hambreado a consecuencia de la guerra, retaceándose también el pago de haberes a los ex-combatientes por sus servicios prestados en la contienda… El que ayer miraba con desprecio a ese ejército y pueblo paraguayo con su vanidad de falso aristócrata, se presentaba luego ante ellos como un mártir que se sacrifica para salvarles su prestigio y su honor… El que no supo escuchar las justas demandas de los mutilados de la guerra para comprarse un par de muletas o una pierna de palo debido, según él, a la crítica situación del país al terminar la contienda, no tuvo repugnancias en aceptar la pensión graciable con la cual el gobierno liberal le compraba su conciencia, su honor y su complicidad para la repartija del Chaco. El que ayer hacía circular «sobres azules» para separar sin sumario ni motivo a más de la mitad de la oficialidad del ejército, demostró después que su cinismo era tan grande como su desvergüenza al pretender desviar a la opinión del ejército, erigiéndose a última hora y solamente en beneficio de sus intereses particulares, en su falso salvador. El que detuvo la victoria del Ejército Paraguayo en el Chaco con armisticios inexplicables, no titubeó después en ceder a Bolivia, mediante un tratado infame, con ayuda de oro extranjero, la parte más ubérrima, la rica zona petrolífera«. [2]

Estas afirmaciones pueden parecer impactantes, pero demasiados testimonios abundan y confirman el verdadero sentimiento de los oficiales paraguayos ante las declaraciones y actitudes tomadas por el General Estigarribia en el momento del «armisticio» del 12 de junio de 1932 hasta la definitiva firma del «Tratado de la Paz del Chaco» el 21 de julio de 1938. El General Raimundo Rolón, que entonces tenía el brevet de Coronel y ejercía la Jefatura Adjunta del Estado Mayor General en «Comanchaco», describió en su obra «La Guerra del Chaco» la sorpresa con la que reaccionaban los jefes paraguayos ante las curiosas actitudes tomadas por el General Estigarribia (los paréntesis son míos) cuando se celebró la reunión con los Jefes Adjuntos de la Comisión de Neutrales, el 18 de julio de 1935 en el Fortín de Villa Montes:

«(El General A. F. Campos, de Uruguay) pidió al General Estigarribia una indicación sumaria de las posiciones paraguayas. Este, en el primer momento, dio signos de perplejidad pero enseguida reaccionó y extendió sobre la mesa de trabajos una detallada carta de situación, con el emplazamiento de todas nuestras unidades. Era una magnifica demostración del espíritu de confianza, puesto que aún, el Protocolo de Paz no había sido ratificado por los gobiernos y de consiguiente, era factible una reanudación de las hostilidades. En este caso, la revelación de la carta podría ser un grave riesgo». [3]

El uruguayo General Campos mostró caballerosidad y dijo, al ver ese gesto extraño, que «no quería quedar en posesión de un secreto que más tarde podría pesar en nuestro albedrío», según el entonces Coronel Rolón, quien luego fue General y durante un mes, Presidente de la República del Paraguay. Según este mismo autor, el General Estigarribia se mostraba sumamente obsequioso con los oficiales bolivianos desde el momento en que se concretó el «Armisticio del 12 de junio de 1935». Tras los discursos de rigor en esta reunión patrocinada por la «Comisión de Neutrales», los Comandantes en Jefe de Paraguay y Bolivia respectivamente, Generales Estigarribia y Peñaranda, se intercambiaron palabras elogiosas y presentes. El «Jefe Victorioso» regaló a su adversario su pistola Colt personalizada, mientras que el «Jefe Vencido» por su parte, ofrendó a su par un reloj de oro grabado con las insignias del Estado Mayor Boliviano y con el nombre del General Enrique Peñaranda.

Todos estos gestos y agasajos parecían intercambios de gallarda caballerosidad luego de tres años de sangriento enfrentamiento, pero en realidad no eran sino símbolos patentes de lo que habría de ocurrir a partir de ese momento. En efecto, el General Estigarribia «entregó su pistola» como para dejar bien en claro, de forma metafórica, que Paraguay renunciaba a esa fuerza de combate y de lucha incesante con la que había conseguido vencer a su tenaz enemigo. En contrapartida, el General Peñaranda «regaló un reloj» a su rival, mensaje clarísimo de que era simple cuestión de tiempo para que el triunfo paraguayo sea dilapidado y neutralizado en las negociaciones, en los papeles sobre los escritorios diplomáticos.

Gral. Estigarribia (izq.) y General Peñaranda (der.) en la reunión de la Comisión de Neutrales.
El General José Félix Estigarribia de Paraguay (izq.) estrecha la mano del General Enrique Peñaranda de Bolivia (der.) en la reunión patrocinada por la Comisión de Neutrales, el 18 de julio de 1935 en el Fortín de Villa Montes, actualmente en territorio boliviano. Alrededor de ellos se encuentran los representantes de Argentina (Gral. Martínez Pita), Brasil (Cnel. Leyton de Carvalho), Chile (Gral. Fuentes), EEUU (Myr. Weeks), Perú (Cnel. Yañez) y Uruguay (Gral. Campos).

Así, por ejemplo, mientras todavía se celebraba la «Conferencia de Paz en Buenos Aires», Bolivia firmaba un «Convenio Ferroviario con Argentina y Brasil» que era sumamente lesivo para los intereses paraguayos. Lo explica así el Dr. Alejandro Mazacotte (mis paréntesis):

«A pesar del armisticio y del júbilo general de los pueblos de Paraguay y Bolivia, en la conferencia de paz de Buenos Aires se tropezaba con grandes intereses internacionales que incidieron sobre las gestiones… El 20 de mayo de 1936 a las 1840 horas, Germán Busch le entregó el mando provisorio de la Magistratura de la Nación al Coronel David Toro Ruiloba, quien se fue del Chaco. Busch le había esperado cuatro días en el Palacio. El Presidente Toro, en octubre de 1936, suscribió su «Decreto Supremo» disponiendo, entre otras cosas (…) concesiones petroleras de The Standard Oil Co. of Bolivia (…), en agradecimiento por la financiación indirecta que había proporcionado esa poderosa empresa durante la guerra, comprándole adicionales concesiones. Careciendo de capital y carreteras para la explotación de sus yacimientos mineros y petrolíferos, Bolivia firmó convenio ferroviario con la Argentina el 17 de septiembre de 1937. Dos meses después, el 19 de noviembre de ese mismo 1937, suscribió otro sobre «tráfico de petróleo». El ferrocarril Yacuiba – Santa Cruz de la Sierra se terminó en junio de 1949. El año siguiente, 25 de febrero de 1938, Bolivia firmó un tratado ferroviario con Brasil. Ferrocarril Corumbá – Santa Cruz de la Sierra. Argentina y Brasil, países mediadores para la cesación del fuego en el conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia, así como para la fijación de los hitos y la firma de un tratado de paz, muchos meses antes de lograrse el arreglo deseado, se pusieron de acuerdo con Bolivia para construir ferrocarriles mediante la inversión de capitales de sus respectivos Estados o países, pagaderos preferentemente en petróleo. En consecuencia, desde ese momento, teniendo en consideración sus intereses en juego, ya actuaron en su doble carácter de juez y parte, aunque parezca paradójico, en directo detrimento de Paraguay, que se vio obligado a retroceder centenares de kilómetros cuadrados y abandonar su propio territorio, recuperado por las armas mediante el valor y el coraje de sus hijos, regado de su sangre joven y jalonado de numerosas sepulturas con cruces de quebrado». [4]

Los intereses petrolíferos de la «Standard Oil» Estadounidense junto a las intromisiones de nuestros vecinos, Brasil y Argentina, echaban su peso sobre la balanza a favor de Bolivia y en contra del Paraguay. No deseamos profundizar en este asunto que ha sido largamente discutido por varios autores de relevancia, como el mismo Dr. Alejandro Mazacotte. Dígase, en resumidas cuentas, que los bolivianos supieron «jugar su carta» del petróleo para atraerse los favores diplomáticos de quiénes debieron ser neutrales pero que en realidad, no estaban sino protegiendo sus propios proyectos. Paraguay, por su parte, no supo o no quiso maniobrar adecuadamente en este sentido, incluso teniendo de su lado a la Royal Dutch Shell que se había fusionado con la Anglo Persian Oil. [5]

Para todos los fines prácticos, lo que debe tenerse en claro sobre el tema del petróleo es lo siguiente: Paraguay, al establecerse la «Línea de Hitos», ocupaba territorio con importantes yacimientos petrolíferos y la rapacidad de los diferentes actores que se sentaron en la «mesa de negociaciones» coincidió con la incapacidad o debilidad de los jefes paraguayos para sustentar sus propios derechos. El General Raimundo Rolón vuelve a darnos más detalles a este respecto:

«Se habían tomado pues fundamentales disposiciones referentes a un terreno todavía en litigio y ocupado por nosotros, antes de la conclusión del Tratado de Paz, o sea, antes del arbitraje, y sin nuestro consentimiento. Las fuerzas envueltas en estos arreglos de entretelones eran tan poderosas, que Paraguay carecía de medios para oponérseles (…). En este ambiente, las negociaciones, a principios de 1938, habían llegado a un impasse y la conferencia resolvió enviar a los gobiernos de los países litigantes sendas comisiones, a fin de explorar sus pretensiones mínimas. Las gestiones resultaron poco satisfactorias y la muerte de la mediación parecía inminente y grave el peligro de una reanudación de las hostilidades. Para evitar una nueva guerra, todos los países de América ejercieron enérgica presión sobre la conferencia con el objetivo de producir un arreglo definitivo». [6]

A pesar del lenguaje moderado y sosegado que utiliza el General Rolón, lo que queda claro es que Paraguay quedó absolutamente acorralado en la mesa de negociaciones. La victoria militar de nuestro país quedaba maniatada por la acción de la diplomacia internacional y Bolivia, gracias a la habilidad de sus políticos (nobleza obliga reconocerlo) y la mezquina incapacidad de la mayoría de los nuestros, terminó siendo enormemente favorecida.

Quedaba una última estratagema, una postrera jugada para emplearse como carta salvadora con la intención de evitar que Paraguay fuera despojado de sus legítimas posiciones establecidas en la «Línea de Hitos». Es aquí donde volvemos a la «Entrevista Histórica» recogida por el liberalísimo Benjamín Vargas Peña y con la que abríamos el capítulo. El «gambito final» con el que se pretendió romper el cerco letal en el que Paraguay había caído en el ámbito diplomático respecto al Tratado de Paz, lo llevó a cabo el Dr. Gerónimo Zubizarreta. Este hombre buscaba que el General José Félix Estigarribia, quien acababa de regresar de los Estados Unidos, «patee el tablero» y desautorice cualquier acuerdo que se haya llegado respecto a la Paz del Chaco y si fuera necesario, abandonar la mesa de negociaciones.

«Canciller de Hierro» fue el mote que le otorgaron y verdaderamente, a pesar de algunos errores que cometió (que le fueron impuestos por la inhabilidad o negligencia de sus superiores en Asunción, todo sea dicho), hizo todo lo que estuvo a su alcance para preservar a la «Línea de Hitos» que legítimamente correspondía al Paraguay. Así, Zubizarreta se reunió en julio de 1938 con el General Estigarribia, días antes de que se suscriban los acuerdos definitivos de paz.

Benjamín Vargas Peña lo recuerda de esta manera:

«Durante toda la jugada, se notaba la nerviosidad del Dr. Zubizarreta. Continuamente tocaba variados aspectos de las incidencias pasadas y las últimas de la Conferencia de Paz, de sus conversaciones con el Presidente Paiva y de su exposición en el Consejo de Ministros… En toda la conversación no se le escurría el nombre del Dr. Efraín Cardozo y cuando alguna vez le hacía una pregunta sobre el Dr. Cardozo, la eludía o simplemente expresaba: «Hasta ahora no me explico cómo pudo proceder así… Yo tenía en él tanta confianza, que al menos debió consultarme antes de tomar una decisión tan importante… En la diplomacia como en la guerra, hay que templar muy bien las decisiones antes de adoptarlas. Me parece que al Dr. Cardozo le dieron bolsas, que vueltas del revés, son bolsas otra vez». Sindicaba como responsables o presuntos culpables de la tramitación infidente al Capitán José Bozzano y al Dr. Luís Argaña que en un malabarismo político-militar, buscaba ganar posiciones. Atribuyó manifiesta indecisión y debilidad al Dr. Paiva, Presidente de la República, quien le había sorprendido con la manifestación de que la responsabilidad del tratado era de Ejército y que como Presidente, se veía en la desagradable necesidad de acatar tal resolución». [7]

Fortísimas acusaciones del Dr. Zubizarreta dirigidas especialmente a tres personajes: el Dr. Efraín Cardozo (uno de los miembros de la delegación paraguaya en la Conferencia de Paz), el Capitán José Bozzano (Ministro de Guerra y Jefe de los Arsenales Militares de Paraguay) y el Dr. Luís Argaña (Ministro de Justicia y Congresista). Benjamín Vargas Peña continúa testimoniando que, al llegar a la casa del General Estigarribia para la conferencia, luego de los saludos de rigor y demás intercambios, se empezó a hablar del tema en cuestión con una tensión que lograba que se corte el ambiente con una navaja. Luego se inició la «Entrevista Histórica», de la que Vargas Peña tomó nota como si fuera un acta labrada, con la tácita autorización de los dos protagonistas (a partir de este momento, citaremos la «Entrevista Histórica» en sus partes más relevantes).

El Dr. Zubizarreta dijo: «Los motivos de mi retiro (del cargo de Presidente de la Delegación Paraguaya en la Conferencia de Paz) Ud. debe conocerlos, General. Además, ya no vienen al caso porque Ud. ha aceptado ese cargo y apoya públicamente la tramitación del tratado de paz… Son hechos consumados».

Contestó el Gral. Estigarribia: «¿Pero cómo? El Señor Presidente de la República me manifestó que las gestiones estaban en marcha y que Ud. se negaba a continuarlas».

Sorprendido, Zubizarreta exclamó: «Me sorprende, General, al expresarse así. Ya no hay gestión que continuar. Solo resta legalizar un hecho consumado a espaldas del Presidente de la Delegación Paraguaya… Para que las gestiones puedan continuar a mi cargo, es indispensable desautorizar al Dr. Cardozo. Sería un hecho desagradable, pero necesario… Se lo he manifestado al Dr. Paiva, pero se le dio apoyo al Dr. Cardozo. A buen entendedor, pocas palabras, Sr. General…».

Luego el «Canciller de Hierro» explicó por largo espacio al «Jefe Victorioso» que no podía entender cómo era posible que el Dr. Efraín Cardozo, su subordinado, pudiera actuar a sus espaldas y que ante sus repetidas órdenes e intentos de desautorizarlo, siempre quedaba sin respaldo alguno por parte del mismo Gobierno de Asunción, que parecía dar su aquiescencia ante las acciones del Dr. Cardozo.

Estigarribia, luego de escuchar atentamente y con aire de sorpresa (según Vargas Peña), retrucó: «Ignoro la verdad… La situación de nuestro ejército es crítica. Coincido con Ud. en la gravedad, que puede ahondarse si no tratamos de orientar al Ejército que ha comenzado a anarquizarse al final de la guerra. Puede ser este el momento de exigirle una responsabilidad… Ud. sabe, Dr. Zubizarreta, que la cuestión del Chaco puede en cualquier instante tomar el giro de una nueva iniciación de las hostilidades. El Ministro de Guerra, Capitán Bozzano, así me lo hizo saber. En mi viaje por los países del Pacífico, pude recoger algunas informaciones alarmantes, sobre todo en Perú… Y la reiniciación de las hostilidades sería de graves consecuencias para el país…».

Según Vargas Peña, hubo un momento de sorpresa y mala impresión cuando el General Estigarribia empezó a acusar a los Coroneles Rafael Franco y Federico Smith, a quiénes responsabilizaba por la situación de anarquía y el desprestigio al que sometieron al Paraguay con su «revolución de febrero». Ante esas expresiones acusadoras, el Dr. Zubizarreta se mostró atónito y asombrado, pero luego expresó: «No dudo que nuestro desprestigio internacional, a raíz de los acontecimientos de febrero de 1936, están gravitando pesadamente en las gestiones… Pero creo, Sr. General, que Ud. está mal informado respecto a un inminente peligro de reiniciación de las hostilidades. Sí hubiese sido así, el Gobierno y el Ejército me habrían transmitido informaciones concretas. En cambio, las que recibíamos en la Delegación se concretaban a simples rumores y noticias periodísticas, que eran fácilmente desvirtuadas con el más sencillo análisis... No obstante, reconozco que en los últimos días de mis gestiones y como tratando de forzar nuestra posición, aparecieron noticias periodísticas en diversos países limítrofes, anunciando preparativos de Bolivia para una reiniciación de la guerra, cuya paz tramitábamos. Bien examinadas las noticias, no tuve la menor duda que todo era una simple «guerra de nervios» estimulada por algunos hombres de Bolivia y la gran confabulación de los señores José Rodríguez Alves (Embajador del Brasil en Buenos Aires), Spruille Braden (Embajador de EEUU en Buenos Aires) y otros diplomáticos. Ud. no debe ignorar y habrá sido bien informado del viaje de algunos de los miembros de la Delegación de Paz aquí a Asunción, donde mantuvieron conversaciones con el Gobierno y me dicen que también con el ejército…».

Zubizarreta afirmaba que todo se trataba de simple propaganda del enemigo y que le sorprendía que muchos hombres de valía hayan caído en ella. Luego continuó diciendo: «Sabe Ud. General que mi presencia era muy molesta para el Embajador Rodríguez Alves y el Embajador Braden, quienes tuvieron que moderar y reprimir sus desplantes ante la energía que tuve que asumir en varias oportunidades, amenazando con disolver la Conferencia. Llegó un momento en que trataron de minar mi autoridad ante los demás miembros de la Conferencia primero, y después con el Gobierno que estaba obligado a respaldar mis gestiones y de las que daba información completa. Desgraciadamente, lo consiguieron… No me quejo de mi suerte, Sr. General. Por sobre todas las cosas, me interesaba el fruto de la victoria para el país…».

El General Estigarribia asentía forzadamente (según Vargas Peña) a las intervenciones del Dr. Zubizarreta, quien empezó a relatarle cómo debió maniobrar en conjunto con el Dr. Saavedra Lamas (Canciller de Argentina) para sostener la posición paraguaya, constantemente atacada por los Embajadores de Brasil y de EEUU. Por medio de infidencias de la cancillería argentina, el Gobierno Paraguayo estuvo enterado de que Bolivia se hallaba dispuesta a aceptar, palabras más y palabras menos, que se firme un acuerdo en el que se trazaban los límites definitivos según lo establecido en la «Línea de Hitos». Jugándose a esta carta, el «Canciller de Hierro» Gerónimo Zubizarreta mantuvo una postura de absoluta intransigencia, lo que era constantemente fustigado por los delegados de EEUU y Brasil, quienes también buscaban minar la autoridad de los argentinos.

Por toda respuesta, el General Estigarribia insistía con que Paraguay ya no se encontraba en condiciones de lanzar operaciones militares contra Bolivia: «Pero en cualquier caso, Dr. Zubizarreta, nosotros tampoco estamos en condiciones para enfrentar una nueva guerra».

A lo que contestó el diplomático paraguayo: «Menos lo está Bolivia, que la ha perdido. La derrota suele ser un virus terrible que lo destruye todo…».

Acotó entonces Estigarribia: «Aquí he encontrado un ambiente franco de disposición a la Paz definitiva. La gente está cansada. Los partidos políticos se hallan en malas condiciones de comprometerse a un tratado de paz por temor a la crítica. Tengo la impresión que a los políticos les quema la responsabilidad. En cambio, el Ejército puede asumir esa responsabilidad y liberar a los partidos políticos de una posición incómoda».

Ese fue uno de los momentos clave de la reunión. El General Estigarribia, para salvar el pescuezo de los politiqueros paraguayos, estaba dispuesto a arrojar al prestigio del Ejército Paraguayo a la picota de firmar un acuerdo de paz lesivo para nuestros intereses… Pero continuemos. Estigarribia explicó que consultó con importantes políticos y oficiales y que el arreglo definitivo era aceptable. Entonces preguntó a su interlocutor sobre lo que podía hacerse dada la actual situación.

Turbado e inquieto, Zubizarreta le dijo: «Entiendo que nada. El tratado es un hecho consumado. Ud., Señor General, irá a avalar con su prestigio un arreglo en el que tendrá que dar solo su firma… No hubiéramos dado todos los pasos que hemos dado en detrimento de la paz interna y de nuestro prestigio internacional… Ud., General Victorioso que me ha acompañado con su consejo inestimable sobre la seguridad militar, se hallará en contradicción con los límites que fija el tratado«.

Con un gesto de desagrado, según Vargas Peña, el General Estigarribia espetó: «Tengo entendido, Dr. Zubizarreta, que hasta el momento no se firmó ningún tratado… Pero en caso de que así fuese, ¿cuál es su opinión?».

Respondió categóricamente Zubizarreta: «Desautorizar a toda la Delegación Paraguaya… Esto provocaría una peligrosa crisis en la que Ud., Señor General, puede ser el protagonista fundamental. Por intermedio del Gobierno Argentino, que vería de muy buen grado ser el único mediador, podría ponerse en contacto directo con el Presidente Busch (de Bolivia) y terminar definitivamente este problema… Claro que diplomáticamente, se ejercerían toda clase de presiones y hasta acepto que internacionalmente, quedaríamos abandonados, excepto de la Argentina. Le repito, que su sola presencia al frente de la Delegación Paraguaya como el Jefe Victorioso neutralizaría todo este desagrado diplomático… El Tratado es un hecho consumado, General. Los señores embajadores no van a querer perder el pedazo de gloria para su prestigio… Tengo el informe de que el Embajador Braden ya telegrafió a su Gobierno la finiquitación del problema del Chaco y que solo restan llenar meras tramitaciones para firmar el acuerdo definitivo…».

Estigarribia, sorprendido, farfulla que se informará más detenidamente sobre el asunto y luego pregunta sobre la suerte de Zubizarreta en este trance, a lo que responde el diplomático: «No importa mi sacrificio, lo que importan son los intereses del Paraguay. Ud. los ha sabido defender y confío que así será… Lo que lamento es este final, después de tanto sacrificio…».

El «Jefe Victorioso» agrega ante estas palabras: «¿No cree que la paz compensa todos estos sacrificios, los cruentos e incruentos en que nos hemos visto envueltos todos los paraguayos? Además, ya lo manifesté, que todos los hombres responsables de los partidos políticos me hicieron llegar su opinión favorable a la solución definitiva…».

Zubizarreta le contesta que, según él, no habían informaciones oficiales y certeras sobre las opiniones de los diferentes hombres de los partidos políticos y que los Jefes del Ejército fueron, precisamente, los que más le han apoyado en todas sus gestiones diplomáticas en defensa de la «Línea de Hitos». Pero finalmente, antes de despedirse, agregó: «Y por último, acabo de comprender, Sr. General, que todo está resuelto. Es un hecho consumado a pesar de cuánto se afirme en contrario… Es mi deseo, General, que tenga éxito en la responsabilidad que asume. Prefiero ser el equivocado en este asunto… ¡Dios lo quiera!».

Con las acostumbradas palabras de rigor, de mutuos reconocimientos y declaraciones de patriotismo, los conferenciantes se despidieron y el Dr. Benjamín Vargas Peña, testigo de la conversación, se retiró junto al Dr. Gerónimo Zubizarreta. Según afirma el hombre que transcribió esta «Entrevista Histórica» que es un documento fundamental para comprender lo que ocurrió en la fase final de las negociaciones del Tratado de Paz en el Chaco, la sensación que quedó al concluir el evento era de «frialdad, desagrado».

Vargas Peña da cierre al documento histórico escribiendo: «Mis sentimientos, en esta ocasión, estaban con el Dr. Zubizarreta. Lamentaba la actitud del General Estigarribia. Ignoro otras razones para que haya asumido la responsabilidad de poner su firma a un hecho consumado. Me limito a reproducir, con la mayor fidelidad, lo que escuché sin pronunciar palabra, en la conversación que mantuvieron aquellos dos grandes paraguayos sobre la paz del Chaco. Cuando volvía a mis quehaceres hospitalarios, me asaltaban reflexiones de todos los tipos. N0 alcanzaba a comprender que se malograse parte del esfuerzo puesto en la victoria. ¿Qué designios fatales pesan sobre el Paraguay? ¿Cuál era la razón para que no pudiésemos coincidir en la administración de nuestro glorioso triunfo? ¿Por qué no se escuchaba al Dr. Zubizarreta? El General Estigarribia, conductor victorioso de una guerra internacional, parecía arrojado por los acontecimientos en una nueva encrucijada del Paraguay. ¿Tendría éxito? ¡Qué Dios lo quiera!, como dijo el Dr. Zubizarreta. Un poco antes de la gran victoria en Campo Vía, dijo el General Estigarribia: «Es preferible la paz a una victoria». Queda a las generaciones futuras este testimonio, de quien fue el único testigo entre aquellos dos titanes del patriotismo, el Canciller de Hierro y el General de la Victoria».

Lo que intentó el Dr. Zubizarreta fue que el Gral. Estigarribia, ante la inminente aprobación del «Tratado de Paz del Chaco» que se finiquitó en julio de 1938, desautorice y desapruebe cualquier acuerdo que se haya llevado a cabo sin su expresa autorización y anuencia como «Comandante en Jefe del Ejército Victorioso», lo que dejaría fuera de combate a aquellos quienes, por debajo de la mesa, cometieron la más horrible y nefanda traición a la Patria que conoce nuestra historia. Pero no sabía el «Canciller de Hierro» que el «Jefe Victorioso» ya había dado su aprobación para dichos acuerdos tras las reuniones que mantuvo en Washington D.C. antes de regresar al Paraguay…

Quedarían inutilizados todos los esfuerzos paraguayos y los sacrificios de miles de nuestros soldados. La «Línea de Hitos» y sus territorios adyacentes serían sometidos a un espurio y rocambolesco arbitraje cuyo resultado ya estaba predeterminado para que quede a favor de Bolivia, enteramente. El General José Félix Estigarribia, que hablaba al comienzo de buscar un triunfo sin paliativos, ahora se conformaba con decir que «la paz estaba por encima de cualquier victoria». ¿Entonces vencimos o no vencimos en la Guerra del Chaco?

Militarmente hablando, sí. Pero en la diplomacia, como estamos viendo, se cedió y se capituló ante Bolivia… Paraguay quedó muchos kilómetros por detrás de la «Línea de Hitos» en el oscuro y funesto acuerdo que el Doctor Efraín Cardozo, entre gallos y medianoche, firmó sin autorización alguna en Buenos Aires. Sin embargo, sí es que existe un símbolo más contundente de la engañifa en la que estamos en la explicación historiográfica del asunto, es que en el Paraguay se celebra como «feriado nacional» la PAZ del Chaco el 12 de junio de 1935. No la VICTORIA sino la PAZ. ¿Extraño, no le parece?

Por estos recovecos llegamos al mes de julio de 1938, cuando se firmó el Tratado de Paz del Chaco, infausto y lesivo para el Paraguay.


REFERENCIAS.

[1] Querejazu Calvo, Roberto (1975): «Masamaclay: Historia Política, Diplomática y Militar de la Guerra del Chaco», págs. 442 – 443. La Paz, Bolivia: Editorial Los Amigos del Libro.

[2] Escobar, Ramiro (1988): «El Calvario de la Patria. La Mutilación del Chaco Paraguayo», pág. 108 y págs. 127 – 128. Asunción, Paraguay: Imprenta el Gráfico S.R.L.

[3] Rolón, Raimundo (1962): «La Guerra del Chaco: Campaña de 1934 después de Campo Vía hasta el Parapití», vol. IIpágs.  365 – 366. Asunción, Paraguay: E.M.A.S.A.

[4] Mazacotte, Alejandro (1990): «Historia de la Guerra del Chaco», tomo cuarto, págs. 604 – 606. Asunción, Paraguay: Centro Editorial Paraguayo S.R.L.

[5] Sobre el tema del petróleo y la Guerra del Chaco, aparte del brillante paraguayo Dr. Alejandro Mazacotte, véase también la interesante obra del brasileño Chiavenato, Julio José (1990): «La Guerra del Chaco: Petróleo», 210 páginas. Asunción, Paraguay: Carlos Schauman Editor.

[6] Rolón (1962): op. cit. vol. II, págs. 375 – 376.

[7] «Entrevista Histórica: Gerónimo Zubizarreta y José Félix Estigarribia, julio de 1938», publicada por Benjamín Vargas Peña. Corrientes, Argentina. 16 de Junio de 1965. La «Entrevista Histórica» completa se encuentra en: Rahi, Arturo (1988): «La Entrega del Chaco y Otros Capítulos de la Historia Paraguaya», págs. 118 – 130. Asunción, Paraguay: Carlos Schauman Editor.

Emilio Urdapilleta