Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VIII

Ensayo sobre la Paz del Chaco (1935 – 1938): Capítulo VIII

VIII. ARBITRAJE, TRIQUIÑUELAS Y PATRAÑAS.

El 6 de agosto de 1938 se llevó a cabo, en el Teatro Municipal de Asunción, una conferencia que quedaría para la historia. Habían pasado dos semanas de la firma del definitivo “Tratado de Paz y Límites entre Paraguay y Bolivia” del 21 de julio del mismo año, que puso conclusión definitiva a la más cruenta contienda bélica internacional en Sudamérica durante el siglo XX. Entre varios participantes de dicho evento, se destacaba el Ministro de Justicia Dr. Luís A. Argaña, quién evidentemente se vio consternado por las severas críticas que recibieron sus colegas de gobierno a causa de la rúbrica del acuerdo.

F. A. Bordón, un liberal recalcitrante, describe de esta manera a la situación (mis negritas):

“El Tratado de Paz del Chaco suscrito en Buenos Aires no satisfizo la aspiración nacional. Factores históricos, circunstanciales e internacionales impidieron que la ciclópea lucha y las glorias que cubrieron a nuestro ejército en los cañadones chaqueños, no fuesen coronadas con las pretensiones territoriales soñadas por nuestro patriotismo… Es de hacer constar que cuando terminó la guerra con Bolivia, el ejército paraguayo ocupaba un área de 264.150 kilómetros cuadrados. Por el Tratado de Paz se adjudicó al Paraguay, definitivamente, 232.650 kilómetros cuadrados, que representan al 88,7% del área de ocupación, y sólo se somete a arbitraje 31.500 kilómetros cuadrados, o sea, el 11,3% de la ocupación… Mal se puede hablar de entreguismo o de menosprecio de los sacrificios y conquistas de los Héroes del Chaco, ni cargar sobre los hombros del liberalismo paraguayo la insatisfacción del Tratado de Paz en lo tocante a nuestras aspiraciones patrióticas”. [1]

Lo que, en resumidas cuentas y sin ningún tipo de aditivos de índole ideológica para buscarse paliativos, es simple y llana entrega de 31.500 kilómetros cuadrados de territorio. Lo dice F. A. Bordón, quizás por un “lapsus calami”, quizás por honestidad intelectual forzada ante el hecho contundente. De todas maneras, esto tiene muchas más facetas que deberán ser desgranadas para que se comprenda el alcance pleno del asunto.

El Ministro Argaña, en la Conferencia del 6 de agosto de 1938, enumeró cuatro razones por las cuales el infame “Tratado del 21 de julio de 1938” era positivo para el Paraguay, pero como se verá en un análisis meticuloso, ninguna de ellas se sostiene por sí misma. Las citamos según recopiló el ya mencionado F.A. Bordón:

“1- Consagra una paz definitiva y evita, en consecuencia, a nuestro pueblo los horrores de una nueva guerra.

2- Salva para el Paraguay definitiva e irrevocablemente todo el litoral de su río epónimo.

3- Adjudica de un modo irrevocable al Paraguay el hinterland de su río y la Zona Hayes.

4- Adjudica definitivamente al Paraguay, sin discusión ni arbitraje, la mayor parte del Chaco Boreal (casi las tres cuartas partes) con la expectativa de acrecentar más aún, mediante el fallo arbitral, el área territorial de su soberanía”.

De los cuatro puntos que señaló el Ministro Argaña, solo el primero se cumplió significativamente, pues Paraguay y Bolivia han olvidado todos sus rencores y actualmente viven en un paz y amistad que, esperemos, siga durando largos y largos años. Pero los demás tres puntos son una simple y llana mentira. Vayamos por partes.

En el segundo, hay que señalar al Dr. Argaña que no fue el “Tratado de Paz” el que salvó para el Paraguay a su río epónimo. Ese es un simple papel que solamente se sostiene por la buena voluntad de las partes y que puede violarse con la facilidad con la que uno puede romper a un documento en mil pedazos, quemarlo y tirarlo a la basura. Los que salvaron el litoral del Río Paraguay fueron los soldados de nuestro ejército, quienes ofrendaron sus sangres y sus vidas en defensa de nuestra heredad. Es importante recordar aquí, empero, las palabras categóricas del mismísimo General José Félix Estigarribia respecto a la verdadera postura que tenían los políticos y altos mandos paraguayos al comenzar la Guerra del Chaco:

“Y de este desconocimiento derivaba la teoría, tan densamente sustentada por todos, de que había que organizar la defensa del Chaco sobre la costa del Río Paraguay, o en otras palabras, que había que defender el Chaco después de haberlo entregado al enemigo”. [2]

No fueron los “políticos” ni los “diplomáticos”, ni siquiera los altos mandos de 1932 los que decidieron salir al combate en el Chaco y recuperar los territorios perdidos ante Bolivia luego de varios años de humillaciones, al contrario, la tesis que todos ellos defendían era que debía «abandonarse el Chaco» para defenderlo «sobre el Río Paraguay». Fueron los jóvenes oficiales y soldados del Ejército Paraguayo quienes «patearon el tablero» para rescatar a nuestra heredad que estaba a punto de ser hollada, esto debe quedar clarísimo.

Por lo demás, debemos preguntarnos a qué se refiere el Ministro Argaña con las palabras “salva para el Paraguay…”. ¿Será que estábamos en una situación tan desesperada que se debió utilizar en ese sentido una palabra tan dramática? ¿Será que nuestra supuesta “victoria militar” no fue siquiera tal cosa, es decir, en realidad ocurrió eso que tantas veces dijo el mismo Eusebio Ayala, que “no hubo ni vencedores ni vencidos”? Aquí vuelve a suceder eso que señalamos en capítulos anteriores: uno no puede tener el pan y la torta al mismo tiempo. Solamente dos posibilidades reales pueden explicar lo que ocurrió: Paraguay “venció en el campo de batalla pero fracasó en la mesa de negociaciones”, o verdaderamente “no hubo vencedores ni vencidos”.

Son los liberales paraguayos quiénes deben hacer un ejercicio de coherencia y sinceridad intelectual en este sentido, porque por cada vez que afirman que “Paraguay estaba en una situación militar desesperada”, que nuestro país “ya no estaba en condiciones de combatir”, que el Tratado de Paz “fue una salvación para nosotros”, que nuestro heroico Ejército “no logró imponerse plenamente en el campo de batalla y no se obtuvo un triunfo decisivo”, pues caballeros, son ustedes mismos quienes están desluciendo y desprestigiando a lo que se logró durante la Guerra del Chaco. ¿Ganamos, empatamos o perdimos? Sean sinceros de una buena vez y no se oculten detrás de recovecos impracticables.

Firma de la Paz del Chaco en Buenos Aires, 1938.
En la Ciudad de Buenos Aires, se firmó el «Tratado de Paz y Amistad entre Paraguay y Bolivia», también conocido como el «Tratado de Paz del Chaco», el 21 de julio de 1938. En el centro de esta imagen se puede ver al Ministro de la República Argentina, Dr. Saavedra Lamas, con su prominente bigote. [Imagen: Periódico El Nacional Digital (Paraguay)].

Resaltemos que aquellos que afirman que “se ganó la guerra pero se perdió en la mesa de negociaciones” no están sino diciendo la pura verdad, algo que ni los más recalcitrantes liberales (con honestidad intelectual) terminan admitiendo a la larga. Porque de lo contrario, queda la otra opción: ni se ganó, ni se perdió sino todo lo contrario, que es más o menos lo que el mismo Eusebio Ayala llegó a afirmar y volvemos a repetir: “ni vencedores ni vencidos”. ¿Cuál de las dos es la verdad, liberales paraguayos? ¡No pueden ser ambas al mismo tiempo, son afirmaciones mutuamente excluyentes!

Pero el examen meticuloso de la realidad nos revela con total transparencia que las motivaciones politiqueras de las partidocracias pudieron más que el sano nacionalismo y las correctas aspiraciones patrióticas del país. El Partido Liberal de Paraguay hizo todo lo posible para sostenerse en el poder tras el fracaso de la “Revolución Febrerista”, lo que implicó llegar a un Acuerdo de Paz a como diera lugar con tal de garantizarse la “seguridad interna” para la preservación del régimen. Los respectivos burócratas y “hombres de partido” se refugiarían detrás del prestigio del Ejército y de su legítima victoria, a pesar de que ellos se encargaron de escamotearla a cambio de que el “liberalismo paraguayo” siguiera en el poder. ¡Hasta crearían una “Nueva Constitución” en 1940 con la que darían poderes dictatoriales al General José Félix Estigarribia, quién no tuvo tiempo de gobernar a causa de su accidente de aviación!

Fue así, por los imponderables de la Divina Providencia, que les fracasó el plan y todo el fastuoso armatoste de patrañas que construyeron terminó aplastándolos. Una de las más tremendas acusaciones que recayeron sobre los liberales paraguayos, precisamente, fue que durante las “negociaciones de paz”, cuando muchos de sus líderes se hallaban en el exilio mientras gobernó el General (póstumo) Rafael Franco, se habrían reunido con el Ministro de Bolivia Enrique Finot ante la presencia del Embajador estadounidense Spruille Braden. El yanqui escribió en sus reportes publicados en la obra “La Conferencia de la Paz del Chaco 1935 – 1939” que:

“El Doctor Finot adujo que los deportados paraguayos habían solicitado la ayuda boliviana para derrocar al régimen de Franco, pero observó que quizá sería una buena política para Bolivia prestar su apoyo a este particular”.

Ante tamañas revelaciones que se dieron a conocer en el Paraguay en el año 1942 (poco tiempo después de la publicación del informe escrito por el Embajador Spruille Braden), toda una polémica, que incluso alcanzó los estrados judiciales, se desató en el país. El 14 de julio de 1942, luego de que se le pidiera una respuesta sobre el tema, el boliviano Don Enrique Finot mandó una carta a Asunción en la que no negó que durante las negociaciones del Tratado de Paz del Chaco, mantuvo charlas con “elementos extremistas” del Paraguay pero supuestamente “no les concedió mayor importancia” porque esas personas “no le inspiraban confianza”. A su vez, Finot afirmó que en las afirmaciones de Mr. Spruille Braden no se hablaba del Partido Liberal del Paraguay. [3]

Brotan aquí dos cuestiones que hasta hoy, no han sido respondidas. La afirmación tremenda de Spruille Braden podría tomarse como uno más de sus dicharacheros disparates, propios de su actividad de sicofante, sí no fuera porque el boliviano Enrique Finot no dijo, en ningún momento, que esas charlas no existieron. A su vez, Finot tiene toda la razón cuando afirma que en el informe de Spruille Braden no se hizo referencia al Partido Liberal del Paraguay, verdad de Perogrullo que se puede discernir con una rápida leída del contenido del texto en cuestión. Por lo demás, no creemos que tanto el embajador estadounidense como su par boliviano estarían preguntando y pidiendo “carnet de afiliación” a aquellos “extremistas” que se reunieron con ellos para hablarles de planes revolucionarios con los cuáles derrocar al gobierno de turno en Asunción. Para todo lo demás, se aplica el famoso refrán italiano “se non è vero, è ben trovato” (sí no es verdad, es un descubrimiento). Las acusaciones hechas contra estos “elementos extremistas” (según Finot) y “deportados paraguayos” (según Spruille Braden) cargan con enorme verosimilitud y llama poderosamente la atención que los liberales de nuestro país se hayan preocupado tanto por un tema que, de haber sido un simple rumor de poca monta, no habría cobrado tanta importancia y quizás, ni siquiera se habría mencionado en los reportes oficiales. No obstante, los acontecimientos que fueron dándose durante y después de la firma del “Tratado de Paz del Chaco” solamente refuerzan la idea de que quizás esas acusaciones arrojadas sobre la cara del Partido Liberal Paraguayo tuvieran mucho de realidad, incluso a pesar de la falta de mejores datos al respecto.

El tercer punto del Ministro Argaña habla de que se otorgaba, al fin y de manera irrevocable, el hinterland del Río Paraguay y de la Villa Hayes a nuestro país. ¡Oh cielos! ¿Es que eso alguna vez estuvo en dudas? El Chaco Boreal siempre fue del Paraguay y este “Tratado de Paz” solamente nos otorgaba algo que ya era una realidad consumada. Cierto es que Bolivia quería hacerse de “todo” el territorio disputado empleando la fuerza, pero eso no quita ni cambia el hecho de que Paraguay era legítimo dueño del “hinterland” del llamado Río Paraguay. En pocas palabras, con este “Tratado”, lo único que conseguimos es “ganar algo que siempre fue nuestro”, lo que sencillamente significa, “ganamos nada”.

Ahora, podría darse el hecho de que el Ministro Argaña u otro liberal recalcitrante vengan a decir que “en realidad el Chaco Boreal nunca fue nuestro”, lo que tiene dos gravísimos inconvenientes para el relato de su propio partido. Primero, esto iría en contra de toda la documentación histórica con la que se cuenta al respecto además de que se pondría en directa contradicción con todos los tratados y acuerdos previos a la guerra (nunca olvidemos que el único oficialmente aprobado fue el de Eusebio Ayala y Ricardo Mujía el 28 de agosto de 1913) e incluso contra el mismo Laudo Hayes, con los que se afirmaba tajantemente que Paraguay fue siempre dueño del Chaco Boreal. Segundo y todavía más grave, de afirmarse que nuestro país “nunca tuvo derecho sobre el Chaco Boreal”, ¿entonces cómo podría siquiera explicarse el hecho de que se hayan cedido 31.500 kilómetros cuadrados de territorio legítimamente ocupado por nuestro Ejército?

Sí Paraguay no tenía derecho alguno sobre el Chaco Boreal, haber entrado en la contienda estaba injustificado y todavía peor, era imperdonable el abandono de la “Línea de Hitos” cuando finalizó la misma. Pero como esta afirmación no se sostiene con hechos historiográficos demostrables, queda la segunda opción y en este caso, de nuevo, no hay justificación alguna que sea razonable como para explicar por qué Paraguay debió renunciar a aquello que le pertenecía de pleno derecho. Esto dijo el mismo Eusebio Ayala, el 3 de octubre de 1935 ante el Congreso Nacional, sobre el tema en cuestión:

“La cuestión capital se refiere a la definición de las fronteras. En la reclamación de Bolivia a este respecto ha involucrado un elemento extraño: la necesidad de un acceso al Río Paraguay. Los límites serían determinables con relativa facilidad si el contrario no exigiese una zona ribereña. El Paraguay, por sus títulos coloniales y por su posesión efectiva y pública consagrada en tratados con potencias linderas, es soberano indiscutible de todo el litoral al sur de la Bahía Negra hasta el Pilcomayo. Contra este derecho, reconocido por la ley de las naciones, no son invocables los argumentos especiosos extraídos de la confusa historia jurisdiccional de la época primitiva de la ocupación española. Aun menos admisible como título es la pretensa ley de la necesidad. Mientras la discusión no logre emanciparse de falsas premisas, será estéril el empeño de conciliación. Vano es el esfuerzo enderezado a componer términos incompatibles”.

Es llamativo que Eusebio Ayala afirma que no son «admisibles» las «falsas premisas» que los bolivianos pretendían llevar a discusión sobre puntos sin sentido alguno y sin embargo, a renglón seguido, declara que la negociación de paz se ve complicada por la exigencia boliviana de tener un acceso al Río Paraguay, lo que fue concedido con la firma definitiva del “Tratado de Paz del Chaco”. En guaraní se utilizaría en este caso la famosa palabra “¡ipahápe!”. Pero de cualquier forma, queda neutralizado el argumento esgrimido por el Ministro Argaña, pues su propio jefecito está diciendo en un solemne mensaje oficial ante el Congreso, que Paraguay es dueño y soberano absoluto del “hinterland” chaqueño. O sea que el tan mentado “Tratado” que defienden los liberales, al final, solamente terminó otorgando al Paraguay algo que siempre fue suyo. ¡Gato por liebre!

Pero aquí continúa diciendo Eusebio Ayala (y las negritas son mías):

“La guerra fue una realidad. La llaman inútil. No ha sido tal cosa para nosotros, que ella mediante hemos salvado nuestra integridad, tal vez nuestra existencia de nación. Cualquiera sea su valor político e histórico, no cabe negarlo como un acontecimiento con derivaciones y corolarios en la vida de los beligerantes. No hay guerra blanca. La del Chaco ha creado una situación “de facto” que en el orden territorial está consagrada y amparada por el Protocolo de Buenos Aires. No analizamos si esa situación favorece a uno más que a otro. Ella fue aceptada libremente por los interesados y es la condición que debe tenerse en cuenta. Toda la construcción de la paz futura tiene como cimiento la frontera militar consentida por Paraguay y Bolivia. El Paraguay no ocupa ciertamente, todo el territorio a que tiene derecho según sus títulos. Pero se abstiene por ahora de formular reivindicaciones, movido por el deseo de no trabar la ardua labor de la Conferencia. La aspiración boliviana de salir al Río Paraguay no puede ser materia del debate de fondo. La examinaremos con espíritu cordial y comprensivo en el estudio de las convenciones económicas…”. [4]

La famosa “Línea de Hitos”, según el mismo Eusebio Ayala, debía ser el cimiento de la frontera entre Paraguay y Bolivia. Pero esto no ocurrió, al igual que la afirmación del dizque “Presidente de la Victoria” de que no se aceptaría que Bolivia tenga acceso al Río Paraguay, como se verá más adelante cuando se examinen los términos del Tratado de Paz del Chaco firmado el 21 de julio de 1938 y que se hizo efectivo luego del infame “arbitraje”. Pero queda más claro, con estas declaraciones, cuál era el verdadero “espíritu” que motivaba a la diplomacia de los liberales paraguayos respecto al asunto del Chaco. Llegarse a un acuerdo, a toda costa, sin que importe ni se tengan en cuenta los legales y legítimos títulos que nuestro país tenía sobre el Chaco Boreal. ¿Qué tendría que decir al respecto el Ministro Argaña? Absolutamente nada, porque al fin y al cabo, lo que les importaba a los tan mentados “caballeros liberales” del supuesto “Gabinete de la Victoria” no eran los derechos paraguayos sino los acuerdos que pudieran firmarse, a tambor batiente y como dé lugar, para que pudieran concentrarse de una buena vez en consolidar su poder político contra las amenazas de irrupción internas.

Nos viene a la mente una pregunta sobre cuestiones diplomáticas que creo, tiene fácil respuesta. Sí un país pone por exigencia, por ejemplo, que su enemigo “no tenga acceso al Río Paraguay” y que el acuerdo definitivo se debía basar en las “fronteras militares” o “hitos”, pero al final, ninguna de esas exigencias terminaron cumpliéndose… ¿Acaso podría afirmarse que se obtuvo una victoria diplomática o en realidad, estaríamos hablando de una derrota sin paliativos en la mesa de negociaciones? La honestidad intelectual, ese atributo que tanto escasea últimamente, ayudará bastante para responder a dicha pregunta.

El cuarto argumento dado por el Dr. Luís A. Argaña habla de que Paraguay termina siendo adjudicado de la mayor parte del Chaco Boreal (casi tres cuartos del territorio) y que al fin y al cabo, se podía acrecentar más dicho territorio tras el arbitraje. Pero aquí, aparte de todas las demás objeciones que brevemente hemos presentado, se suma otro hecho que destruye en mil pedazos a este pretendido beneficio del acuerdo.

Ciertamente, se resolvió la figura del arbitraje “ex aequo et bono”, algo rarísimo para el caso en que se estaba definiendo, nada más y nada menos, que los límites de Paraguay y Bolivia tras una guerra sangrienta. De hecho que dicha figura ha caído en desuso, especialmente tratándose de diferendos internacionales, por las severísimas injusticias que se han cometido por medio de ella. Su utilización ha sido siempre controvertida, como ha señalado el legista Alonso Gómez-Robledo Verduzco, porque sí bien con el “ex aequo et bono” existe la posibilidad de una solución equitativa, también se brinda a los “árbitros” la potestad de “apartarse totalmente de las reglas de derechos existentes” lo que significa, ni más ni menos, que se otorga una relativa discrecionalidad a los mismos. Por esa razón, según el mexicano Robledo Verduzco, se llegó a afirmar que el “ex aequo et bono” era una fórmula “oscura y controvertida” y que para llegarse a una solución equitativa en las delimitaciones, el procedimiento debe realizarse en conformidad con el derecho internacional vigente, por lo que quedaría excluida cualquier posibilidad de soluciones por medio del obsoleto “ex aequo et bono”.

Robledo Verduzco, quien escribió sobre derecho marítimo, sin embargo señala uno de los pocos ejemplos que existen sobre la utilización de un arbitraje “ex aequo et bono” en cuestiones limítrofes o territoriales: la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia. Así, en una nota al pie de página, describe:

“Incluso por lo que refiere a los tribunales de arbitraje, también es sumamente raro que se les confiera tal facultad. Durante el presente siglo solamente se registran dos casos: el arbitraje James Pugh en el año 1933 entre Panamá y Reino Unido, y el arbitraje en el caso del Chaco entre Bolivia y Paraguay en el año de 1938. En el caso del Chaco, el artículo 2° del Compromiso de Arbitraje establecía que la línea fronteriza en la región del Chaco entre Bolivia y Paraguay sería determinada por los Presidentes de Argentina, Brasil, Chile, Estados Unidos, Perú y Uruguay en su calidad de árbitros según la equidad, los cuáles actuando ex aequo et bono, formularían su decisión arbitral”. [5]

Lapidario es el juicio que realiza el mencionado leguleyo mexicano contra el mecanismo «ex aequo et bono», basándose en la opinión del Juez Jiménez de Aréchaga:

“La idea de justicia… no puede ser separada de la noción de la equidad ni oponerse a ella. El hecho que un tribunal tenga la facultad de aplicar principios equitativos, le confiere el mandato de dictar, no una decisión sometida a los caprichos del azar, sino de encontrar la decisión que, de conformidad con las circunstancias propias del caso, sea justa para el diferendo en cuestión”.

Por otra parte, según la investigadora Catharine Titi, la solución “ex aequo et bono” casi siempre se ha sustentado en el principio de la “equidad absoluta”. También cita al caso de la Guerra del Chaco como un ejemplo notable por haber sido quizás, la única ocasión conocida en la que se empleó dicho procedimiento para resolver un asunto limítrofe, pues realmente, este sistema de arbitraje muy pocas veces ha sido utilizado por ser fuente de interminables controversias. De cualquier manera, en todos los casos el procedimiento debía tener como base, se reitera, la “equidad” a la hora de tomarse las decisiones y es eso mismo lo que se señala en el Acuerdo firmado por Bolivia y Paraguay para emplearse dicho mecanismo. [6]

Lo que nos lleva a la obligatoria pregunta: ¿fue equitativo el “ex aequo et bono” del arbitraje entre Bolivia y Paraguay? Todo depende, desde luego, de la interpretación que cada árbitro tiene sobre el concepto de “equidad”, pero en líneas generales, diríase que para dicha palabra se aplica el famoso principio de Ulpiano en sus “Tres Preceptos Jurídicos”: suum cuíque tribuere (a cada cual lo suyo). De cualquier manera, es evidente que la fórmula, que excluía al “derecho” para imponer a una supuesta “equidad” que nadie tenía bien en claro qué podía significar, era problemática desde el principio. Pero inventando cualquier tipo de excusas, por ejemplo, el hagiógrafo Manuel Peña Villamil afirma que “todo compromiso arbitral incluye forzosamente la materia en litigio a ser laudada, aequo et bono, es decir, de equidad y no de derecho”. [7]

Es un mentís descarado que tal condición sea “forzosa”, pues en la misma Historia del Paraguay tenemos el caso del “Laudo Hayes” en donde el Presidente de EEUU no dictaminó “en equidad” sino en “derechos legítimos” en favor de nuestro país. Pero Peña Villamil, a pesar de que intentó vender pescado podrido con dicha afirmación, en el fondo sabía que el arbitraje “ex aequo et bono” al que Paraguay fue sometido, se trató de una injusticia tremenda y por esa misma razón, a renglón seguido afirma que Eusebio Ayala, su ídolo, nada tuvo que ver con la decisión tomada para que se lleve adelante dicho procedimiento, pues ya había sido derrocado mucho antes, en 1936… Claro, habría sido la coartada perfecta de no ser por todas las declaraciones hechas por el dizque “Presidente de la Victoria” en las que se daba a entender que el Gobierno de Asunción renunciaba a hacer un estudio sobre derechos y sobre posesiones reales…

Igual, demos el beneficio de la duda al Ministro Argaña y al supuesto “Gabinete de la Victoria” que aceptó el arbitraje “ex aequo et bono”. Quizás ellos pensaron, como ilusos, que los “árbitros” se encargarían de hacer justicia y de que Paraguay obtendría más ganancias. Al fin y al cabo, dicho mecanismo fue rarísimas veces utilizado en la historia de las relaciones internacionales (de hecho, como ya hemos señalado, fue la primera y única vez conocida en que se empleó para resolverse un diferendo de límites entre dos países que fueron a la guerra). ¿Qué ocurrió? ¿Cuál fue el resultado?

Pues cómo lo ha dicho el liberal recalcitrante F.A. Bordón, que transcribimos al inicio, Paraguay perdió el 11,3% de territorio que nuestro ejército había ocupado con sangre, sudor y lágrimas. De los aproximadamente 324.000 kilómetros cuadrados disputados durante la Guerra del Chaco, es cierto que Paraguay se quedó con el 72% del total mientras que Bolivia se llevó el 28%. Pero a ese resultado final se llegó después del arbitraje «ex aequo et bono» de unos 35.000 km2, equivalentes a casi el 11% de lo que se tenía en discusión (aprox. 31.500 km2 del Paraguay y unos 3.500 km2 de Bolivia, según la “Línea de Hitos”).

Muchos creen que lo que se llevó a “arbitraje” fue “todo el territorio chaqueño”, es decir, los aproximadamente 324.000 km2 en disputa. Esto es absolutamente incorrecto. Antes de dicho procedimiento, a Paraguay ya se le otorgó 110.700 km2 (que ocupaba antes de la contienda) más 121.950 km2 (hasta la línea neutral donde se ubicó al Ejército Paraguayo). A Bolivia, por su parte, se le concedió 56.350 km2 (también, hasta la línea neutral donde se ubicó su Ejército). Quedaban para el diferendo unos 35.000 km2 y solamente esta franja territorial se sometió al arbitraje. Recalcamos, el 90% de la misma estaba ocupada por Paraguay (31.500 km2) mientras que el 10% por Bolivia (3.500 km2), siempre según la Línea de Hitos. Al concluirse el procedimiento “ex aequo et bono”, toda la zona arbitrada quedó en manos bolivianas. Toda. Todita. El 100% de la misma. De esta manera, finalmente, Bolivia quedó con 91.350 km2 de territorio chaqueño mientras que Paraguay, desplumado, recibía los 232.650 km2 que ya le fueron adjudicados anteriormente. ¡Linda farsa que algunos tratan de justificar aún!

¿Qué ganancia se obtuvo entonces con el arbitraje? ¿En qué quedó el alegato de Luís A. Argaña, presentado por F.A. Bordón como sustento irrefutable de que el Tratado de la Paz del Chaco “no fue lesivo” para el Paraguay? Porque había dicho el Ministro Argaña que “había posibilidad de ganarse más en el arbitraje”, pero no solo no se ganó, sino que se perdió el territorio demarcado por la “Línea de Hitos”. ¿No me creen? Pues demos de nuevo la palabra al mal llamado “Presidente de la Victoria”, quien en una dedicatoria hecha a la obra del historiador “mitrista” Ramón Carcano, escribió lo siguiente:

“Sí una fracción del Chaco continúa en poder del Paraguay contra las estipulaciones del tratado (de la triple) alianza, es por obra de la diplomacia brasileña, que supo maniobrar de modo que el Chaco Boreal no fuese transferido a la República Argentina, sino sometido en su parte principal al arbitraje del Presidente de los Estados Unidos (Rutherford Hayes), que falló en favor del Paraguay. Esta misma región fue ulteriormente reclamada por Bolivia, cuyas ambiciones de convertirse en ribereña del Río Paraguay fueron en su tiempo fomentadas por la Argentina y el Brasil. Después de tres años de lucha, el ejército paraguayo recuperó una gran parte de las usurpaciones bolivianas, pero por inexplicable generosidad, se devolvió por medio de un tratado de límites una importante zona de las tierras reconquistadas”. [8]

Lo dice el autor de la frase “ni vencedores ni vencidos”, Don Eusebio Ayala: “inexplicable generosidad” con la que “se devolvió importante zona de la tierra reconquistada”. ¿Quiénes son ustedes para cuestionarle, liberales paraguayos?

Hemos descrito aquí, brevemente, a las triquiñuelas y patrañas en torno al “arbitraje” que surgió a partir del Tratado de la Paz del Chaco, el 21 de julio de 1938. Pero aún no hablamos en específico de este acuerdo, cómo surgió, cómo se firmó y qué hubo detrás de su confección. Ese será el último capítulo de esta serie antes de la conclusión final.


REFERENCIAS.

[1] Bordón, F.A. (1962): “Las Verdades del Barquero”, págs. 204 – 205. Asunción, Paraguay: Editorial el Gráfico.

[2] Estigarribia, José Félix (1989): “Memorias del Mariscal José Félix Estigarribia”, págs. 37 – 38. Asunción, Paraguay: Editorial Interncontinental.

[3] Artaza, Policarpo (1946): “Ayala, Estigarribia y el Partido Liberal”, págs. 207 – 209. Buenos Aires, Argentina: Editorial Ayacucho.

[4] Discurso del Presidente Eusebio Ayala ante el Honorable Congreso Nacional. Asunción (Paraguay), 3 de octubre de 1935. Citado en Ayala, Eusebio (1988): “Patria y Libertad”, págs. 257 – 284. Asunción, Paraguay: Talleres Gráficos Comuneros S.A.

[5] Robledo Verduzco, Alonso Gómez (1989): “Jurisprudencia Internacional en Materia de Delimitación Marítima”, pág. 27. México: Editorial de la UNAM.

[6] Titi, Catherine (2021): “The Function of Equity in International Law”, págs. 141 – 147. Britania: Oxford University Press.

[7] Peña Villamil, Manuel (1993): “Eusebio Ayala y su Tiempo”, pág. 409. Asunción, Paraguay: Graphis S.R.L.

[8] Ayala (1988): op. cit. págs. 391 – 392.

Emilio Urdapilleta