La época de oro del liberalismo: Presidencia del doctor Eligio Ayala

La época de oro del liberalismo: Presidencia del doctor Eligio Ayala

El Paraguay se rearma para la guerra

Como herencia, un país prácticamente en bancarrota financiera y productiva cuya población acababa de ser participe y testigo de enfrentamientos armados. Habíamos mencionado in extenso la crisis política en los años 1921/1922, debido al enfrentamiento irreconciliable entre las dos fracciones del Partido Liberal gobernante, los saco mbyky (chaqueta corta) o conservadores liderados por Eduardo Schaerer y los saco pucú (sobre todo o chaqueta larga) o radicales liderados por el presidente electo Don Manuel Gondra. Esta guerra civil que duró desde 1922 a 1923 desangrando las arcas del Estado y que llegó a interrumpir un año lectivo educativo, comercial, y la producción agrícola, sumió al país en un verdadero caos.

Los combates se efectuaron a lo largo y ancho del país. En determinado momento el presidente provisional Eusebio Ayala es sucedido por el doctor Eligio Ayala, con quien no estaba emparentado. Una vez desbaratada la fracción schaeristas, y tras la disolución del Congreso decididamente efectuada por el presidente Ayala acababa con la campal revolución y echaba por tierra las últimas aspiraciones schaeristas de retornar al poder por la fuerza. Viendo el Partido Liberal un potencial candidato para el próximo periodo presidencial (1924-1928) Eligio Ayala para preparar su candidatura, delega la presidencia provisoria al doctor Luis A. Riart quien concluye el rocambolesco periodo.

Para peor, los desfalcos de viejos préstamos anteriores, mal utilizados o peor utilizados para enfrentamientos armados entre facciones de un mismo signo político, mantenía al Paraguay las puertas cerradas para más créditos internacionales. Amén de un contexto internacional más que complicado con movimientos y partidos totalitarios (fascismo-nazismo-comunismo) emergentes en Europa, un capitalismo en crisis que terminaría con la caída de la bolsa Wall Street al finalizar la década del 20 con la subsecuente gran depresión que se extendió a todo el orbe y para colofón lo que más preocupaba al futuro estadista, la inminente guerra con Bolivia. Las frecuentes revoluciones y conflictos políticos armados restaron capacidad al Paraguay de contrarrestar la estrategia de ocupación silenciosa usada por el país vecino.

Este era el panorama general del país después de la última conflagración, y constituía la herencia que, sin beneficio de inventario, recibía el doctor Eligio Ayala para su periodo constitucional de aquel año 1924.

Hombre de indiscutido talento como de extraño carácter; de probada honradez y firme personalidad, era el encargado de poner la casa en orden. De humilde origen campesino – de Mbuyapey, pueblito del Paraguay rural profundo – poseía un arsenal cultural poco común en su época – y para otra cualquiera – ganada con el esfuerzo del sacrificio personal. Poseía el método de la formación académica y los destellos originales del autodidacta. Su cultura era vasta, sin llegar a las exageraciones de los traga libros; intuiría que el exceso de erudición, mata el genio.

Era extremadamente lo contrario a ese otro intelectual y político que fuera Don Manuel Gondra; quien a pesar de su cultura enciclopédica, fue sin embargo poco prolífico en lo intelectual, y con poco carácter y determinación como hombre de estado.

El doctor Ayala estuvo casi diez años en Europa, donde nutrió su intelecto con largas jornadas de lectura y meditación; produjo luego obras de enjundia como “Migraciones” y “La cuestión social”, otras de alto contenido filosófico, como un ensayo sobre el materialismo histórico.

Vuelto al país, se entregó de lleno a la política en las filas del partido liberal radical – nos gusta más hablar de radical que de liberal, cuando nos referimos al presidente Eligio Ayala – donde alcanzó todas las dignidades en una brillante carrera política.

Conformó su gabinete en este cuatrenio que compartía con la vicepresidencia del doctor don Manuel Burgos – abuelo de los Irala Burgos (Adriano y Jerónimo), figuras brillantes de nuestra intelectualidad – con el señor Belisario Rivarola, en la cartera del Interior; con el doctor Manuel Peña – quien falleció poco después siendo reemplazado por el doctor Manuel Benítez, siendo luego reemplazado por el Licenciado Rodolfo González – padre del doctor Carlos Alberto González, eminente laboralista y político de nota en el Partido Liberal Radical Auténtico – ; en Justicia, Culto e Instrucción Pública, el doctor Enrique Bordenave; y en el ministerio de Guerra y Marina, el doctor Luis A. Riart, quien de esta suerte hacía el “enroque” ente la presidencia de la nación y este ministerio clave. En esta designación ya se hace ver la personalidad del flamante presidente Ayala, quien confía la cartera a un civil de quilates antes que en la tradicional designación de un oficial del ejército.

En toda la década del veinte, el doctor Eligio Ayala fue el insobornable centinela del tesoro público. Fue, como ya habíamos dicho, antes de presidente, ministro de Hacienda del señor Manuel Gondra, luego de su tocayo de apellido, el doctor Eusebio Ayala; y finalmente de su antecesor en el mando de la república, el doctor Luis A. Riart. A pesar de las enormes erogaciones cuando la contienda del veinte y dos al veinte tres, el país se recuperó rápidamente en términos relativos. Gracias a su ejecutoria, talento y honradez, el país salió de su postración financiera crónica de décadas.

Enseñaba con el ejemplo, como los grandes maestros. Madrugador, sobrio de costumbre, exigente consigo mismo y con los demás. Ponía a raya a cuanto beduino cartaginés se acercara a los caudales públicos. Se cuentan de don Eligio anécdotas que lo pintan de cuerpo entero; como cuando se le presentó el general Manlio Schenoni con el presupuesto militar que incluía un sueldo de chofer. El presidente Ayala lo miró con sus ojillos furibundos y le espetó al pundonoroso general: “Si quiere chofer general, páguese de su bolsillo”.

Solitario y solterón; sin embargo gustaba de amoríos. En una de ellas, encontró la muerte tempranera, en un lance a pistolazo limpio con su rival en las cercanías del “Parque Caballero”. Genio y figura hasta la sepultura, como dicen. Si bien algunos autores y testigos de la época la razón de su muerte “en duelo” se trató más bien de una maniobra para sacarlo de una futura carrera política. ¿Cuánto habría ganado el país con una nueva administración de este hombre en la primera magistratura de la nación?
Su periodo presidencial es fecundo en todos los aspectos, pero su preocupación principal y acaso obsesiva, es la cuestión de la preparación militar del país para su inminente conflicto con Bolivia por el Chaco Boreal.

Prevalecido por nuestra negligencia y los continuos entuertos bélicos del partido de gobierno, la nación del altiplano metía su avanzada en nuestras propias narices. El presidente, apercibido hacía ratos de esta situación, con paciencia de almacenero minorista, juntaba los pesos para la adquisición de armamentos en Europa, para lo cual, comisionó al general Manlio Schenoni Lugo. Las cañoneras de río “Paraguay” y “Humaitá”, hasta hoy (o hasta hace unos pocos años) buques insignias de nuestra Armada Nacional, fueron frutos de esa misión en Italia, a más de la adquisición en Bélgica de otros materiales que luego serían decisivos en la definición en los campos de batalla.

Libras, peniques y chelines; con puntillosidad absoluta, el pundonoroso militar rindió al presidente de la república las cuentas de su cometido. No era para menos el comitente. Contralores eran los de antes; se nos ocurre con estos ejemplos de probidad y honradez, comparando con nuestra realidad actual. No en vano el coronel Arturo Bray, hombre de armas, pero de una pluma exquisita escribió de manera tajante y sin ruborizarse; “fue este Ayala (por Eligio) y no el otro (por Eusebio) que Paraguay ganó la guerra”.

Funda fortines en los confines de nuestras avanzadas, a fin de evitar mayores penetraciones de los invasores. Crea los Arsenales en el Ejército y pone al frente del mismo a un egresado de una universidad extranjera – el capitán José Bozzano – para toda la tarea de la parafernalia bélica.
A pesar de marcar el acento en estas cuestiones prioritarias del momento, no desatiende las otras, como el equilibrio del presupuesto nacional de gastos, lo que no ocurría en decenios; coronando su esfuerzo descomunal en las finanzas nacionales, estabilizando el valor del signo monetario nacional.

Tal vez, se le podría criticar a la falta de agresividad en cuanto hace relación a la concreción de obras de infraestructuras, necesarias para acelerar el proceso productivo nacional y sacar definitivamente al país de su típica modorra. Pero, hay que tener presente, que el país hacía poco había salido de una costosa revolución. Con frugalidad espartana, jugándose el pellejo ante corsarios y filibusteros, eternos merodeadores del dinero público de industria nacional y extranjera, fue logrando poco a poco el milagro y la resurrección económica, presupuesto básico para la defensa.

En el campo puramente político se puede apuntar un hecho auspicioso en el sentido de la participación activa del Partido Republicano – por lo menos de un vasto sector – lo que epilogó en las postrimerías del mandato del presidente Eligio Ayala, en la primera postulación de dicha nucleación política en los comicios para renovar la chapa presidencial para el siguiente período constitucional, a más de la representación en las cámaras del parlamento nacional, todo esto auspicioso y gracias al presidente Ayala, porque; como consecuencia del levantamiento “chirifista” a la eclosión del pensamiento anti democrático y anti parlamentario se sumó el abstencionismo del principal partido opositor, que desde 1922 no participaba en las elecciones.

Luego de cambios en la conducción republicana – “los intransigentes” – son sustituidos por los “conciliadores” y por un pacto colorado-liberal se traza la reforma electoral, y se promulga la Ley 929 de 1927, que establecía la proporcionalidad de la representación y “cerrada” las listas de candidatos, lo que permitió el acceso de los republicanos a los escaños parlamentarios ese año.

Además, es de apuntar la aparición formal de agrupaciones de izquierda marxista, el partido Comunista se funda en 1928. Aparte de un grupo de caracterizados políticos de la época, quienes sin conformar un club político definido, salían a la arena con aspiraciones y propuestas, la Liga Nacional Independiente. Fueron sus primeros dirigentes, connotados intelectuales de la época, como Adriano Irala – “El gran presidente”, de la polca del club Cerro Porteño – y el doctor Juan Estefanich, quienes postulaban lo que se dio en llamar el “solidarismo”, quienes se agrupaban en el órgano periodístico “La Nación”. El espectro político se complejiza, y entre 1927-8 se forma el primer núcleo nazi en Colonia Independencia, entre agricultores alemanes, y el Fascio “Sebastiano Gaboto” entre inmigrantes italianos en Asunción.

Daba la impresión, que la revolución general del país despertaba las esperanzas de un proceso de institucionalización; ciertamente un poco tardío – lo que caracteriza un poco a países chicos y marginales como los nuestros que se desarrollan a pasos de tortuga – . Éramos, por decirlo de alguna manera, la última estación del último ramal de la civilización es estas latitudes.

Era la poca democracia que podía aspirar un país, que como el nuestro, vivía bajo un régimen internacional de doble interdicción. Por un lado, el ya decadente pero siempre arrogante Imperio Británico, y por el otro, su “alter ego” en esta parte de América, la Argentina, convertida en factoría agro ganadera, ejerciendo una suerte de capatazgo sobre las naciones más débiles. Esquema que se repite de conformidad a los vaivenes de los liderazgos de cada coyuntura mundial.

Por primera vez, un presidente liberal cumplía su mandato sin necesidad de capear planteos, asonadas, rebeliones y revoluciones campales. El recio carácter del presidente Ayala, puso a raya a los eternos encabritados y a buen resguardo los caudales de la nación. El país se aprestaba no solo a la renovación presidencial, sino a responder al gran desafío de la hora, la inminente guerra con Bolivia.

Dejaba el país mucho mejor que cuando lo recibió, que es lo que debería aspirar todo gobernante sensato, prudente y honrado. No hace falta hacer cosas espectaculares que dejen boquiabierto a nadie, y en ciertos casos para mal; como viaductos inundables ante la más mínima lloviznita y mal construidos o peor, obras a medio terminar fruto del desfalco politiquero en un claro atentado contra el bolsillo del honorable contribuyente. Los presidentes son simples mandatarios del pueblo; no son magos obligados a sacar de su chistera albricias que maravillen, y Eligio Ayala como todo estadista tenía clara esa película.

La “cuestión social” fue tratada radicalmente a través de algunas medidas legislativas: una ley de Creación, Fomento y Conservación de la pequeña propiedad agropecuaria impulsada por el gobierno radical en 1926 dio origen al Departamento de Tierras y Colonias. Ese mismo año el Ejecutivo sancionó una Ley de Accidentes de Trabajo, y otra de Pensiones y Jubilaciones de Empleados Bancarios: el “estado gendarme” liberal empezó a intervenir en las relaciones laborales y tentó soluciones para el secular problema de los campesinos sin tierras.

En el plan educativo, se adoptaron las reformas de educación primaria propuestas por el pedagogo Ramón I. Cardozo, y se creó la Facultad de Ingeniería, con un importante material de matemáticos y físicos rusos emigrados al país. Formación de una Escuela Agropecuaria, propiciando a la vez la transformación de la Universidad. Creía Don Eligio que solo mediante el ejercicio de una pedagogía ciudadana sería posible clarificar el porvenir político. “Las democracias incultas – dijo – por lógica de la menor resistencia caen en los unicatos dictatoriales”.

Hombre robusto, sobrio, decisivo, nada hacía suponer una ausencia tan sorpresiva como trágica. Murió un 24 de Octubre de 1930. Las circunstancias de su “caída” no interesan para el juzgamiento de sus ideas y obras.

Los pueblos pobres en recursos tienen desde luego un tronco más lento y un nivel estadístico modesto. No hay que estar tan prendidos a los “grandes números” ni a los encandilamientos de la “macro economía”. Cumplir con la gente, con el pueblo llano, con niveles aceptables de trabajo, alimentación, educación y salud. Si hay remanente, pues vendrán las añadiduras.

Y después, otra cosa; las élites de nuestros países también tienen estas características. Ndai ipori la ivalé itereía, ni la i rico demava. Así como no hay que ser tan exigente con la gente humilde, no habría que serlo con los pueblos humildes. Progresar en la medida de lo posible.
Diego Giménez.

Fuentes:

  • “Del 14 y 15 al 2 y 3´´ Una interpretación de la Historia política del Paraguay”. Eduardo J. Giménez Rabito.
  • “Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay” Tomo III. Milda Rivarola.
  • “Síntesis de los Presidentes del Paraguay”. Raúl Amaral.
  • “Eligio Ayala: Liderazgo Moral desde el Gobierno”. Beatriz González de Bosio.
  • “Eligio Ayala: El pensador”. Francisco Bazán.
  • “Militares y Civiles”. Coronel Arturo Bray.

Diego Giménez

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