Las Pestes en el Paraguay Supremo (1810-1870)

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En la historia de la humanidad, uno de los factores que impulsa el avance de las ciencias fue (y sigue siendo) el intento humano, inútil por lo demás (lo que no le quita lo provechoso), de prolongar lo más posible la propia vida y espantar a la muerte, que siempre asecha y siempre está lista para dar un parcazo. Así, podríamos ver al devenir de la humanidad desde sus albores como una guerra entre la salud y la enfermedad, la lozanía y la decrepitud, lo floresciente y lo decadente.

A finales del siglo XVIII, la viruela era una de las enfermedades más temibles que enfrentaba el ser humano. Alcanzaba tasas de mortalidad de hasta el 30% y las pandemias sólo podían ser contrarrestadas con medidas de aislamiento y control severísimas. Pero en España, Francia y Gran Bretaña los médicos ya habían observado que los granjeros que trabajaban con vacas infectadas con un tipo de viruela más leve (a la que llamaban «viruela animal») no contraían los casos más graves (los denominados «viruela humana»). A un inglés ingenioso, el médico Eduardo Jenner, se le ocurrió pues inocular a sus amigos (y a sí mismo) con una dilución del pus que brotaba de las costras de las vacas que tenían «viruela animal». Estos luego recibieron una dosis de «viruela humana» y no desarrollaron la enfermedad.

Así nació la primera «vacuna», término que proviene del español y que se adaptó internacionalmente a las demás lenguas modernas gracias a la celebérrima «Real Expedición Filantrópica de la Vacuna» (nombre que al comienzo causaba risa pues, ciertamente, suena gracioso incluso hoy y habría que imaginar lo que parecería antes). En efecto, fue el Imperio Español, ni más ni menos, el que hizo a las «vacunas» populares y famosas a nivel mundial (en inglés, la primera expresión utilizada era «variolic injection» que luego quedó en «injection», lo que era imitado en Francia; los españoles, con la gloriosa lengua de Cervantes y Góngora, simplificaron el asunto y le dijeron «vacuna»). El Dr. Francisco Javier Balmis, por autorización del Rey Carlos III, recorrió en gran parte de las provincias españolas en América y Filipinas e incluso pasó un tiempo por la China fabricando e inoculando las «vacunas». El mismo Eduardo Jenner llegó a escribir con fascinación que la Expedición del Dr. Balmis fue el «ejemplo de filantropía más noble y más extenso que conoce los anales de la historia». Considerando los tiempos en que nos encontramos, finales del Siglo XVIII y principios del XIX, en que las comunicaciones y las técnicas no eran aún lo que son hoy, probablemente esa opinión del médico británico sigue siendo bastante respetable.

Postales conmemorativas de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna dirigida por el Dr. Balmis. [Postales de España].

La importancia de este evento para el Paraguay Independiente radica en que, si bien el Dr. Balmis aparentemente no estuvo por nuestras tierras, sí dejó varios aprovechados discipulos en la zona y el conocimiento de la manera rústica de preparar vacunas llegó al país ya en tiempos de lo que mal llamamos «la Colonia».

Así, en tiempos del Primer Supremo, Don José Gaspar de Francia (1814-1840), en el país se fabricaron según el método antiguo las vacunas contra la viruela, lo cuál requería que hubiera vacas que desarrollen la «viruela animal», cosa que no ocurría mucho en el país. De todas maneras, el Regente de Paraguay creó en el año 1819 la entonces denominada «Dirección de Sanidad Militar» que luego se llamó simplemente la «Dirección de Sanidad». Fue el antecedente de lo que hoy conocemos como el «Ministerio de Salud» y su primer director fue el guaireño Dr. Juan Vicente Estigarribia (médico personal de Don José Gaspar). La mayoría de los miembros de la «Dirección de Sanidad» eran enfermeros y cirujanos llamados «empíricos». Pero entre ellos también existían personas muy preparadas como el Dr. Antonio de la Cruz Fernández, quien junto al mismo Dr. Estigarribia fabricaría en el país las vacunas anti-variólicas siguiendo los métodos antiguos. [Ramírez de Rojas, Elena (2017): «La Salud en el Paraguay Independiente: 1811-1862», pp. 10-11. Asunción, Paraguay: Dirección de Documentación Histórica del Gobierno Nacional].

Otros médicos y enfermeros sirvieron al país en esos tiempos. Las epidemias de viruela, escarlatina, sarampión, tiña y disentería, si bien eran raras y nunca se extendían (pues los gobiernos de Francia y los López actuaban con severidad implacable al mínimo rumor siquiera de que existiera un brote, aislando totalmente a los afectados y proveyéndoles medicamentos y alimentos), existían y generaban de tanto en tanto inquietudes a la salud pública.

Pero si hubo una enfermedad que fue característica de tiempos del Dr. Francia, esa fue la lepra. El Supremo Dictador fundó varios leprocomios y a los enfermos que eran descubiertos los mandaba prácticamente sin contemplaciones hasta dichos lugares. El mismo médico francés Amadeo Bonpland, quien quedó en el Paraguay por varios años, fue enviado a atender en esos leprocomios por órdenes del Supremo. Allí, el célebre naturalista utilizó varios tipos de tratamientos con las plantas medicinales y siguió la sabiduría herbórea de los guaraníes que era preservada por los médicos paraguayos. También él transmitió los nuevos conocimientos que venían de Europa al igual que otros viajeros que estuvieron en el Paraguay como los médicos suizos Rengger y Longchamps, así como posteriormente Alfred Demersay. Un médico británico, el Dr. Joseph Barlett, también ayudó al país en tiempos de Don José Gaspar y quedó a vivir en el país, teniendo larga descendencia. [Wisner von Morgenstern (1996): «El Dictador del Paraguay: José Gaspar de Francia», pp. 183-187. Asunción, Paraguay: Instituto Cultural Paraguayo Alemán].

Vamos llegando a tiempos de los López. En el año 1844, el Segundo Supremo había ordenado una campaña de inmunización masiva contra la viruela, que apareció con algunos casos que fueron prontamente aislados. Para ese fin se contrató al médico inglés George Robert Gordon quien traía nuevas técnicas de vacunación, pues casi un siglo después del desarrollo de las primeras vacunas, la ciencia había cambiado. No obstante, ora porque la población no aceptaba los métodos del médico británico, ora porque este y Don Carlos tuvieron malos entendidos de índole personal, la campaña de inmunización se suspendió y el inglés fue expulsado del país. Todo esto quedó largamente documentado. [Archivo Nacional de Asunción: Colección Río Blanco (Archivo Histórico del Paraguay) – 307, 1-4].

Sin embargo, la ciencia médica más avanzada llegaba al país por varios medios. Una nueva epidemia de viruela se había reportado en el Campamento de Paso de Patria y las inmediaciones de Pilar. El Supremo Don Carlos Antonio creó la «Administración de Vacunas» y la puso bajo dirección del Dr. Luís Cálcena Echeverría, paraguayo que había estudiado ciencias médicas en el extranjero y que ejercía como Profesor de Medicina y Cirugía en el Cuartel Hospital y la Dirección de Sanidad creada por Don José Gaspar, para atender la situación. Con duras medidas de aislamiento e inmunización con nuevas vacunas, el brote se difuminó prontamente. [Ramírez de Rojas (2017) op. cit. pp. 17-18].

Famosa máscara anti-plagas usada por los médicos varios siglos atrás. En el Paraguay de Francia y los López existieron brotes aislados de pestes que fueron severamente combatidos y controlados con medidas de aislamiento y vacunaciones. [Ancient Origins].

Se conoce además con gran detalle la llegada de varios médicos europeos, especialmente ingleses, que aportaron de gran manera para la modernización de la medicina en el país. De manera breve mencionaremos a algunos, que fueron enviados directamente desde la Universidad de Edimburgo por solicitud de Don Carlos Antonio: los doctores John Banks, Harry Wilson, el famoso Frederick Skinner (quien fue médico personal de los López padre e hijo), George P. Barton, James Wilson, etcétera. Estos, en el famoso «Hospital Potrero» (fundado por el Dr. Francia) crearon la «Escuela de Medicina y Cirugía» en 1858, de donde egresaron al menos 60 médicos paraguayos, todos ellos de heroica participación durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).

Un dato curioso y poco conocido es que el médico británico William Stewart, quien fue uno de los jefes de la sanidad paraguaya durante la Gran Guerra, desertó de manera muy ignominiosa en plena Batalla de Lomas Valentinas y se llevó consigo una parte del tesoro nacional que le había confiado Doña Elisa Lynch, junto a todo el equipaje del Mariscal López y varios documentos. [Gaylord Warren, Harris (2009): «Paraguay y la Triple Alianza: La Década de Postguerra 1869-1878», p. 27. Asunción, Paraguay: Editora Intercontinental].

Desde luego, Stewart posteriormente haría leña del árbol caído para rehabilitarse a sí mismo, escribiendo todo tipo de sandeces y cuentos chinescos contra el Mariscal López. Procedimiento que seguirían muchos quienes le sirvieron, quizás de manera entendible dada la situación difícil en que habrían vivido… La mayoría de estas sandeces fueron publicadas recientemente por Editorial Intercontinental, lugar donde encuentran espacio todo tipo de diátribas disfrazadas de «historia seria» en contra del Paraguay de Francia y los López.

Durante las guerras combatidas por Paraguay en ese período, la «Guerra contra Rosas» (1845-1852) y la «Guerra de la Triple Alianza» (1864-1870) también se dieron brotes de enfermedades en medio de las tropas paraguayas, más que común para la época.

En la primera de ellas se conoce el caso de un brote de disentería y de gripe. Mientras el joven Gral. Solano López desalojaba a las fuerzas rosistas (que pretendían ocupar las islas de Atajo, Yacyreta y Apipé) en breves pero intensos combates, la disentería apareció en el campamento paraguyo y fue lo suficientemente grave como para tener que levantar las trincheras del Campamento de Cerrito, donde se hallaban luchando los soldados paraguayos y regresar hasta Paso de Patria. Muchos hombres fueron licenciados en ese proceso y cuando regresaron a Asunción, llevaron no sólo la disentería sino también un brote de gripe. Afortundamente, la gripe no fue grave, pero la disentería requirió de medidas sanitarias severas por parte del Gral. Solano López en el sur, que logró controlarla con muchos esfuerzos.

Durante la «Guerra Guasú», se sabe que surgieron enfermedades devastadoras que afectaron enormemente a paraguayos y aliados. La más terrible de ellas, por lejos, era el cólera. Según datos de la Alianza, alrededor de 10 a 15 mil de sus soldados murieron por ese «Azote del Dios de la Guerra» sólo en la gran epidemia de 1867, sin contar ocasiones anteriores o posteriores. Como era estilo de los paraguayos, por órdenes del Mariscal Presidente Solano López se tomaron drásticas medidas higiénicas para reducir los contagios y se sufrió menos que los aliados, pero de igual manera morirían cerca de 5.000 entre soldados y civiles. [Cancogni y Boris (1977): «El Napoleón del Plata», pp. 164-165. Barcelona, España: Editorial Noguer].

El temible «Azote de Dios» en las guerras: el Cólera. Durante la Guerra de la Triple Alianza, sólo a inicios 1867 los Aliados habrían perdido más de 15 mil hombres y los paraguayos 5 mil a causa de esta enfermedad. Imagen del periódico británico The Lancet (1858).

Una de las repudiables tácticas de guerra bacteriológica que utilizó la Triple Alianza contra Paraguay fue dejar a sus enfermos de viruela y especialmente cólera para que fueran hechos prisioneros por los paraguayos. Esto ocurrió principalmente en la «Campaña de Mato Grosso» (1864-1868), que fue victoriosa de punta a pértigo por las tropas del Mariscal Solano López. En la catastrófica «Retirada de Laguna» de los brasileños dirigidos por el Cnel. Carlos de Moraes Camisao y el Vizconde de Taunay, masacrados por las emboscadas paraguayas y azotados por todo tipo de carencias y enfermedades, huyeron despavoridos dejando al menos 3.000 cadáveres y varios centenares de prisioneros. Pero los paraguayos no sabían que los brasileños que eran capturados venían con un «presente griego»: tenían cólera y viruela. Muchos de estos fueron enviados a la Fortaleza de Nueva Coimbra en dónde se hallaba el Cap. Hermógenes Cabral. Allí se desató un súbito brote y los brasileños, enterados, atacaron y ocuparon brevemente el fuerte pero luego se retiraron cuando a ellos mismos se les hizo insostenible la situación y cuando se supieron que los refuerzos paraguayos se aproximaban.

También es muy conocido el episodio relatado por el Duque de Caxias al Emperador Pedro II en el que se acusa al Gral. Bartolomé Mitre de arrojar los cadáveres contagiados con cólera y demás enfermedades a las aguas de los Ríos Paraná y Paraguay. Así también, de idéntica manera a lo que hicieron los brasileños en Mato Groso, el Gral. Mitre habría ordenado que fueran enviados en lo más cercano del frente de batalla a los enfermos argentinos para que fueran capturados por los paraguayos. [Castagnino, Leonardo (2011): «La Guerra del Paraguay: Triple Alianza contra los Países del Plata», pp. 273-274. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Fabbro].

Estas no fueron las únicas penurias que debieron soportar los paraguayos durante la sangrienta contienda. La población civil también sufrió enormemente, esto porque según el químico inglés George Masterman, las únicas afecciones relativamente comunes eran las neumonías y la tuberculosis entre los más pobres. Pero los Ejércitos de la Triple Alianza, dice el británico, introdujeron en el país la fiebre tifoidea, la fiebre amarilla y el cólera. Sólamente el tifus habría causado la muerte de por lo menos 60.000 paraguayos en 1865-1868. [Masterman, George (1869): «Seven Eventful Years in Paraguay: A Narrative of Personal Experience Amongst the Paraguayans», pp. 310-311. Londres, Inglaterra: Sampson Low, Son and Marston].

La fiebre tifoidea, la fiebre amarilla y el cólera fueron introducidos en el Paraguay por la Triple Alianza, causando estragos en la población civil incluso durante la postguerra. [New York Archives].

A muchos no les gusta admitir este hecho, pero las pestes y carencias mataron más gente en ambos bandos durante la Guerra de la Triple Alianza que las mismas balas y cañones (y en Paraguay estas penurias se mantuvieron durante toda la ocupación aliada). Todo aquel que ignora este hecho y todo aquel que afirma que Paraguay sólo tendría 400 a 500 mil habitantes en 1864 demuestra un terrible sesgo anti-paraguayo.

En 1872 se hicieron varios censos en el Paraguay, todos de pésima realización y ejecución, de los que se puede concluir que en el país habrían unos 55.000 extranjeros y aproximadamente 200.000 nativos. A fines prácticos, como siempre se afirmó, sobrevivieron unos 250 a 300 mil paraguayos a la contienda, mayormente mujeres, niños y ancianos. Según el censo oficial del Gobierno Paraguayo realizado en 1862 (conservado en el Archivo del Ministerio de Defensa Nacional), el país tendría alrededor de 1.300.000 habitantes al estallar la guerra. Sólo en Asunción en 1869-1878 (durante la ocupación aliada) morían de hambre un mínimo de 30 personas y casi tantas en San Pedro, pueblo situado a 190 kilómetros al norte de la capital. Desde luego, no había buenos hospitales ni médicos para atender semejantes necesidades y los Aliados a duras penas podían sostener su ejército, mucho menos tenían capacidad para ayudar a los desamparados, famélicos y dolientes paraguayos. [Gaylord Warren (2009) op cit. pp. 45-70]

Si sumamos a todo esto las pestes como la fiebre amarilla, tifus, cólera y otras fácilmente podemos concluir que en la postguerra continuaron los sufrimientos atroces de la población del Paraguay. Esto sin mencionar los levantamientos militares y civiles contra la ocupación aliada, las matanzas políticas y los miles de paraguayos que fueron enviados como esclavos al Brasil.

Así, brevemente, hemos repasado las pestes y el estado general de la sanidad paraguaya en 1810-1870. Todavía queda mucho por investigar sobre este tema apasionante y en este tiempo en el que la pandemia del Coronavirus afecta a todo el mundo, viene muy a cuento recordar todos estos temas para tenerlos en cuenta y quizás aprender algunas cosas del pasado.

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