El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Ensayo Especiales Guerra de la Triple Alianza Historia del Paraguay Posguerra Guerra Guazú

Los españoles y la epidemia

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Hace unos años fijé mi residencia en Galicia, España. Ustedes están al tanto: aquí el Coronavirus golpea fuerte, de momento más que en otros lados. Bien, un debate que se está teniendo en España va sobre cómo los medios de comunicación presentan la colaboración solidaria de las grandes empresas en la lucha contra el virus. Algunos dicen que los hospitales no estarían tan saturados si ciertas multinacionales hubieran pagado sus impuestos cuando tocaba hacerlo. Y tanta solidaridad, por muy loable que sea, solo hace falta ahora porque la sanidad pública española acaba de padecer una década de recortes sin tregua.

Este debate no es el tema que voy a tratar. O sea, el tema que me interesa sí está relacionado: los españoles solidarios durante una epidemia. Pero aquí se trata de una cuestión histórica de la cual me acordé, por casualidad, mientras veía las noticias a la hora de comer y hablaban de los terribles combates librados en Twitter (singularmente el peor lugar para un sensato debate político) acerca de todo lo que está pasando. Concretamente, voy a hablar sobre una epidemia que la población paraguaya tuvo que soportar entre diciembre de 1870 y enero de 1871.

El primer día de enero, 1871. El gallego Victorino Abente y Lago, sobre el cual yo escribí en otra ocasión (enlace), cuenta cómo le fue la fiesta de Año Nuevo. Los lectores de la “Mesa Revuelta”, la sección que Abente redacta todos los días en el periódico asunceno El Pueblo (p.2), no se la envidiarán:

—¿Ustedes lo pasan bien, señoritas de Urdapilleta?

—No muy buenas, pues hemos tenido la peste.

—Pero no les ha dejado rastro en esos blancos y hermosos rostros.

—Estamos muy delgadas.

—¿Y Vdes., amables Recaldes, cómo la han pasado?

—No muy buenas; hemos tenido nuestro susto. ¿Y a V. cómo le ha ido?

—¿Pero no me ven Vdes. que parezco que ando con licencias del sepulturero?

—Pues no se le advierte mucho, sin duda Silvia le ha mejorado.

Silvia, la novia de Abente, una extraña mezcla de realidad y ficción. Tendré que escribir sobre ella algún día. Mientras tanto, el gallego sigue dando vueltas por el salón, y cada familia tiene un “susto” que compartir con él. Finalmente, se harta:

Pues señor, me vuelvo á mi casa, porque temo que me den un patatus tantas manifestaciones. No concluyo mi revista, no me atrevo á pasar hasta las de Bareiro, Franco, Caballeros [sic], Velilla, Casares, Escato, Decoud, Rojas, Román, y demás amigas, pues temo que algún fatal ¡se nos fue la pobrecita! me tumbe.

La peste, entonces, amargaba las que de otro modo habrían sido las primeras fiestas desde que terminara la Guerra Guazú. La economía estaba en ruinas y el nuevo Estado paraguayo en pañales. Para su población brutalizada, casi no había medios para lidiar con la nueva enfermedad. En El Pueblo (4 de enero, p.2), bajo su pseudónimo de “Látigo”, Abente comentaba lo siguiente:

COSAS QUE SE DICEN

Se dice que varios médicos han comprado varias boticas con el objeto de especular con la humanidad doliente.

Se dice que algunos médicos caritativos cobran hasta 20 pesos fuertes por visita.

COSAS QUE SE PREGUNTAN

¿Porqué no se llaman á examen á los médicos, boticarios &&. y se hace cumplir el Reglamento del Consejo de Higiene?

¿Porqué no se aplica el castigo á los infractores de dicho Reglamento?

Resultaba que el Consejo de Higiene estaba teniendo sus propios problemas. Dos de sus miembros —el escocés Stewart y el argentino Biedma— dimitieron porque los otros tres médicos brasileños —Chaves, Barreto y Sinfronio, “militares y al servicio de su nación”— siempre votaban en su contra. Entonces, el Ministro del Interior Rufino Taboada nombró a tres nuevos miembros: los doctores Morra, Zubiaga y Barrandon. El Consejo se resistió al nombramiento. En parte, el problema giraba en torno a la cuestión de si lo que provocaba la epidemia era la fiebre amarilla. Los brasileños decían que no, los demás médicos “italianos, franceses, españoles, [y] argentinos” alegaban que sí. El francés Barrandon hasta acusaba a los militares de sabotaje, de pretender hundir al Paraguay para facilitar su sometimiento al yugo imperial:

¿Qué hizo el Consejo? En vez de agradecer al Gobierno esa solicitud y á los tres nuevos miembros su filantrópica cooperación, insulta de una manera bien impropia tanta al uno como á los otros. ¡Qué bella filantropía! ¿No es claro, pues, que ese nombramiento venía á trastornar proyectos de dominio absoluto? (El Pueblo, 17 de enero, p. 2)

Como vemos, la respuesta oficial a la epidemia fue entorpecida por la situación desesperada de la inmediata posguerra. Faltaban recursos, prácticamente todas las personas formadas en medicina eran extranjeras, y el país todavía contaba con muy pocos de estos inmigrantes. Además, en los días violentos de la ocupación aliada, hasta se podía cuestionar la lealtad del mismo Consejo de Higiene, el encargado de sortear la crisis. Que conste que Paraguay no era totalmente excepcional en este sentido. Como en el resto del planeta, ningún país de América tenía un Estado de Bienestar fuerte allá por 1871, y durante las décadas posteriores cada uno de ellos se beneficiaría de los conocimientos científicos de ciertos inmigrantes europeos. Sin embargo, sí podemos decir que la situación desgarradora que los paraguayos vivían después de la Guerra Guazú hacía que el país fuera particularmente vulnerable, y que dispusiese de menos medios para combatir la epidemia.

Una de las maneras que los inmigrantes encontraban para prevenirse contra una posible desgracia era el asociacionismo étnico, regional o nacional. Los números de El Pueblo que utilizo para esta pequeña investigación están llenos de anuncios y avisos de organizaciones como la Asociación Estrangera de Protección Mútua o la «Sociedade de Beneficência Portugueza “D. Fernando 2˚”. Este tipo de asociaciones de protección mutua fueron las primeras asociaciones extranjeras en aparecer en los países americanos; solo más tarde se crearían las que profesaban fines políticos, culturales o recreativos[1], como por ejemplo el Centre Català de Asunción.

IMAGEN: Convocatoria de la Sociedade de Beneficência Portugueza. Durante los tiempos de la ocupación brasileña, era habitual encontrar anuncios redactados en portugués. Se ve otro efecto de la ocupación en la portada del presente artículo: dada la falta de moneda propiamente paraguaya, nótese que la suscripción mensual de El Pueblo se pagaba con dos pesos argentinos, o se podían comprar números sueltos por dos reales brasileños.

La conocida Sociedad Española de Socorros Mutuos se fundó en el 1873, inauguró su panteón en la Recoleta un año después, y originó lo que hoy en día es el Sanatorio Español de Asunción. Sin embargo, lo que es menos conocido es que esta asociación ya tenía antecedentes en la lucha solidaria contra la fiebre amarilla de 1870-1871. La Sociedad Filantrópica Española se formó a mediados de diciembre, un mes entero antes de la polémica desatada por el Consejo de Higiene que ya vimos; este enorme adelantamiento ejemplifica la insuficiencia de los medios oficiales por aquel entonces.

Á LA POBLACIÓN ESPAÑOLA

Habiéndose formado una Comisión compuesta de los señores D. Miguel Macías [presidente], D. Victorino Abente [vocal], D. Eduardo Caamaño [secretario], D. Juan Montaner [tesorero] y D. Cayetano Pérez [vocal]; con el objeto de asistir á los compatriotas que se hallen atacados de la epidemia reinante; se suplica á aquellos compatriotas que aún no hayan contribuido, lo hagan; bien en la imprenta de «El Pueblo» á D. Victorino Abente, ó bien en la calle de la Asunción número cuatro, á D. Eduardo Caamaño. (El Pueblo, 14 de diciembre 1870, p. 4)

En la misma página, el secretario Caamaño se dirigía a “todo español que se halle atacado de la epidemia reinante y sin los suficientes recursos para su curación” para que acudiese a las susodichas direcciones, donde se daban órdenes para la Botica Universal y se repartían medicamentos gratis. De esta manera, los miembros más afortunados de la colonia española prestaban servicios de socorro a la parte más humilde de su comunidad. Entre estos inmigrantes ya exitosos, Macías era el propietario de El Pueblo; Abente era periodista, y poco después abriría una casa de remates junto al catalán Gaset; Caamaño era procurador, involucrado es esos momentos en el caso notorio de “La noche triste de los italianos” (el episodio violento que había precipitado el cierre de La Regeneración en septiembre); Montaner y Pérez, por su parte, probablemente fueran comerciantes, como muchos de los extranjeros que llegaron a la Asunción ocupada durante la primera posguerra. Por cierto, Abente, Montaner y Pérez también serían socios fundadores de la Sociedad Española de Socorros Mutuos en 1873[2].

IMAGEN: Anuncio pagado por el jurista gallego Eduardo Caamaño, y una convocatoria de la Asociación Estrangera de Protección Mútua — una de las primeras entidades de socorros mutuos en el Paraguay.

Una de las voces que celebraban la creación de la Sociedad Filantrópica Española era la del mismísimo João Adrião Chaves, miembro del citado Consejo de Higiene. El galeno brasileño y su socio (¿hermano/primo?) João Chaves Ribeiro firmaron una declaración para felicitar a Miguel Macías su “objeto de socorrer á los Españoles pobres […] Comprendiendo que tan bella idea, digna de hombres como Vdes. debe ser coadyuvada”, motivo por el cual ofrecieron sus servicios “á cualquier hora que se nos solicite, en la calle del Atajo número 11” (El Pueblo, 14 de diciembre 1870, p. 2). El día siguiente: “un nuevo aliado se presenta, á robustecer el pensamiento de humanidad que nos es obligatorio á todos los que sintamos palpitar en nuestro seno un corazón sensible” (El Pueblo, 15 de diciembre 1870, p. 2). Esta vez, fue Bartolomé Ceppi el que prometía el apoyo de su Botica y Droguería Oriental (c/ Palma 32) a la Sociedad Filantrópica Española.

Finalmente, la mayor movilización fue la organizada por la logia masónica “Fe” — fundada en 1869 bajo los auspicios de la Gran Oriente de Rio de Janeiro y presidida por Cirilo Rivarola[3]. Quizá motivados por el reciente fallecimiento de uno de sus miembros, Juan José Decoud, a causa de una enfermedad sin especificar, los masones organizaron comisiones de higiene para los tres barrios asuncenos de Encarnación, Catedral y San Roque. Además, consiguieron la colaboración de distintos médicos y boticarios, mayormente brasileños, pero también otros extranjeros como Ceppi, Guillermo Stewart o el español Antonio Aladern. En este caso, las ayudas estarían destinadas a cualquier persona indigente sin importar su nacionalidad (El Pueblo, 18 de diciembre de 1870, p. 3 — casualmente, el mismo día en que Rivarola dimite como presidente de la república). Y sí, es muy llamativo que las respuestas privadas y públicas a la crisis estuvieran en manos de las mismas personas. Yo hipotetizaría que, en parte, las gestiones privadas se realizaban con más agilidad al estar más alejadas de la lucha por el poder político.

Entonces, resumiendo todo lo visto, lo que vemos en la posguerra es una falta de recursos, infraestructuras y organización oficiales para combatir la fiebre amarilla. Por este motivo, la autodefensa del pueblo dependía de los lazos de solidaridad, pero era una solidaridad sobre todo nacional o étnica durante esta primera etapa: los portugueses ayudaban a los suyos, los españoles y los italianos hacían lo mismo etc. Afortunadamente, ya había algunos proyectos que agrupaban a inmigrantes de diversa procedencia y a los propios paraguayos, como era la logia masónica “Fe” que he citado.

Y aquí es donde termina la historia. Obviamente, la Historia no termina para nada, pero más o menos termina el episodio concreto que yo quería contar. A mí la posguerra de la Triple Alianza me parece un período tan interesante (e históricamente determinante) como la propia guerra; espero haber trasmitido un poco de ese interés en estas líneas. Realmente no voy a buscar demasiadas similitudes entre la solidaridad de los españoles ante la epidemia de 1870-1871 y la pandemia de 2020, a pesar de ser esto la excusa inicial para escribir mi artículo. Los contextos son demasiado distintos y la Historia no es un manual de instrucciones.


[1]Blanco Rodríguez, Juan Andrés (2010). Identidad y asistencialismo mutual y beneficiente: el asociacionismo español en la emigración a América. Polígonos: Revista de Geografía, 20, pp. 35-36. [Acceso abierto en Google Académico]

[2] Morales Raya, Eva (2015). La emigración catalana a Paraguay entre finales del siglo XIX y principios del XX: sociedad, cultura, política. Tesis doctoral inédita, Universitat de Barcelona, p. 345.

[3] Báez Allende, Amadeo (1970). La masonería paraguaya a travez de sus hombres (influencia europea a travez del continente latinoamericano), Destellos de Luz, 12, p. 20. [Disponible en la Biblioteca Nacional de Asunción]

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Historiador. Inglés. Estuve en Paraguay unos pocos meses hasta febrero del 2018. Llevo desde entonces sin probar mbeju.