San Fernando: la Conspiración y sus Preguntas

San Fernando: la Conspiración y sus Preguntas

Mucho se ha hablado sobre la Conspiración de San Fernando, sobre todo se han publicado innumerables panfletos y escritos de poca monta que han ingresado consagrados como verdades indisputables en el terreno de la historiografía sobre la Guerra de la Triple Alianza. Dado el contexto de conflicto bélico internacional, entendida la situación en la que el Paraguay se encontraba, completamente aislado e incapacitado para responder a las difamaciones, calumnias e injurias propagandísticas que se emitían en su contra, poco o nada se pudo hacer y hasta la fecha se hizo para desmentir esto que, según lo que se impuso, ocurrió de una forma y esta es: la que relataron los Aliados y sus esbirros legionarios.

En este breve esbozo no pretendemos hacer un análisis pormenorizado sino simplemente dejar algunas líneas conductoras para quienes, en el futuro, pretendan desmitificar las versiones impuestas sobre el episodio universalmente conocido como la Conspiración de San Fernando.

1- NO FUE UN «TRIBUNAL DE SANGRE».

Cuanto uno más se aproxima al tema y más desapasionadamente lo analiza, más se comprende que toda la actuación llevada a cabo por los Tribunales Militares del Paraguay se ajustó estrictamente a las leyes vigentes y al derecho. Se puede criticar la severidad de la legislación de esos tiempos, ciertamente, pero no se puede decir que se haya hecho algo que no estuviera claramente estipulado y definido en esa época.

Muchos autores paraguayos (y sólo ellos podían haber dilucidado esto que escapa totalmente al pensamiento puritano anglosajón y sus subsidiarias luso-porteñas) llegaron al fondo de la cuestión, señalando que en el Paraguay de Francia y los López, la legislación española estaba plenamente vigente. Se actuó bajo el influjo de las Siete Partidas del Rey Alfonso el Sabio, así como el Catecismo del Obispo San Alberto, las Leyes del Toro, las Leyes de Indias y todo ese majestuoso cuerpo de avanzadísimo criterio jurídico desarrollado por el Imperio Español para sus antiguas provincias americanas. Es ampliamente conocido hoy en día que España, en sus relaciones con sus territorios ultramarinos en América, ha sido pródiga en bondad, leyes justas, criterio misericordioso y cristiano en su aplicación, con amplísimas posibilidades de reparación del error por parte del acusado, quien además podía recurrir a la compasión de los Tribunales del Santo Oficio (la Inquisición) para escapar de la severidad de los Tribunales Civiles con un simple «auto de fe». Siempre era considerado «extremo recurso» la aplicación de una pena severa, como la confiscación de bienes o incluso la muerte.

Fuera de la literatura panfletaria y propagandística de los enemigos del Paraguay y sus adláteres legionarios, nada hace pensar que no se haya actuado siguiéndose la tradición legalista y misericordiosa del antiguo Imperio Español, cuyo más leal y dulce hijo fue siempre el Paraguay, a pesar de una que otra rebeldía que no viene al caso recordar en esta ocasión. De hecho, si consideramos los pocos documentos confiables con que se cuentan y relatan los procedimientos durante la Conspiración de San Fernando, todo indica que se siguió el estilo y las formas españolas en tiempos del Imperio. Incluso en las supuestas torturas, estas no eran sino adaptaciones de los métodos que venían de antaño (y que por lo demás, se siguieron utilizando en varios países del mundo hasta el año 2020, aunque Ud. no lo crea).

Hablar de «Tribunales de Sangre» es, pues, una exageración novelística y teatrera. Fueron Tribunales Militares en donde se aplicaron todas las de la Ley, en su plena extensión, compasión y severidad según lo que fuera necesario.

2- «RUSE DE GUERRE».

Sir Richard Francis Burton, cuando visitó los Campos de Batalla del Paraguay en 1866-1869, tuvo tiempo de profundizar respecto al asunto de la Conspiración de San Fernando. No deja de poner en duda en sus «Cartas», a cada instante, a ese tema que nació mayormente de la pluma de los escribas Aliados. Burton llega a decir, palabras más palabras menos, que se reservaba absolutamente hablar en detalle sobre las «supuestas atrocidades de López» y que gran parte, si no todo, lo que se ha dicho sobre ese tema no es más que un «ruse de guerre», ardid propagandístico a los que el británico estaba peculiarmente acostumbrado por sus experiencias en la Guerra de Crimea.

De hecho, Burton todavía nos da más detalles: antes de regresar a su tierra natal, tuvo tiempo de visitar los talleres editoriales de la prensa en Buenos Aires. Específicamente, al escritor Héctor Varela, fabulista consumado de los panfletos porteños quien fue uno de los primeros en difamar, calumniar e injuriar a la imagen de Doña Elisa Lynch, incluso antes de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Es en la prensa de este mismo Varela que empiezan a surgir los llamados «Papeles del Tirano», supuestamente pertenecientes a los Tribunales del Mariscal López, capturados en la Batalla de Ita Yvaté. Como dijimos, Burton trata a todo esto como mera panfletería de poca monta, especialmente tras haber conocido a todos los personajes que estaban detrás de la publicación y difusión de estas obras que, hasta hoy, son tomadas como «ciertas» por quienes aun se hallan despistados por la propaganda liberal y progresista de la Triple Alianza.

Otro testimonio de enorme peso es del siempre ignorado (al menos para los adoradores de la mentira oficial) Gral. Martin T. McMahon.

Este bravo héroe condecorado del Ejército de los Estados Unidos y brillante jurista neoyorquino, en testimonio bajo juramento durante la «Paraguayan Investigation», hace unas afirmaciones muy parecidas a las realizadas por su colega el Capitán Burton respecto a las supuestas atrocidades cometidas por los Tribunales del Mariscal López.

Fusilamientos del 2 de Mayo, de Goya
Fusilamientos del 2 de Mayo de 1808, de Goya, pintor español. La «Conspiración de San Fernando» sigue siendo un tema poco estudiado pero muy controvertido en la Historia de la Guerra de la Triple Alianza. [Imagen: Wikimedia Commons].

Para McMahon, en todo ha existido demasiada exageración. Que se ha dicho en la prensa, especialmente de Buenos Aires y Río de Janeiro, que López había hecho morir a varias personas y que estas, por alguna razón, siempre estaban vivas y que él mismo tuvo la oportunidad de comprobarlo. Las «perlitas» que el Gral. McMahon deja en todo su interrogatorio respecto a la Conspiración de San Fernando son de un valor inapreciable para todo aquel que quiera escuchar la «otra versión» de la historia.

En los interrogatorios, McMahon siempre se refirió a las supuestas atrocidades como «rumores». Que sobre las alegadas torturas, si estas existieron, habrán sido similares a las usadas incluso en el Ejército de EEUU (el «cepo uruguayo» llamado «buckling» por los yanquis). Llega a decir que el Dr. William Stewart fue quien engañó a muchos británicos respecto a las supuestas atrocidades y acciones del Mariscal López y también afirma que conoció al Cnel. George Thompson, quien en su propia presencia, cuando el agente británico Worthington le preguntó sobre las supuestas atrocidades cometidas por López, negó haber tenido conocimiento de que ellas hayan existido siquiera. Y sobre los «Papeles del Tirano» que se presentaron como un «Diario del Gral. Resquín», afirma que está incorrecto, que fue un panfleto que las autoridades porteñas presentaban como supuesta evidencia de las alegadas atrocidades y que una sencilla prueba de su falsedad se encuentra en el hecho de que en ellos se presenta como muerto al Vicepresidente Domingo Sanchez, quien estaba vivo hasta el 1 de Marzo de 1870.

Otra famosa prueba de la llamada «crueldad del Mariscal López» es siempre presentada en torno al caso de Juliana Insfrán de Martínez, que hasta hoy en muchas obras de reputados escritores aparece como «víctima de la crueldad del tirano, muerta por haber rehusado a condenar a su esposo», el desertor y posterior legionario Cnel. Francisco Martínez.

Sin embargo, lo gracioso es que ella nunca fue torturada y mucho menos muerta, sino encontrada viva y en buen estado en la Villa de Yvytymi por las fuerzas brasileñas dirigidas por el Conde D’Eu, quien lo reporta en uno de sus diarios de campaña. El mismo Vizconde de Río Blanco, Don José María da Silva Paranhos, tuvo tiempo de visitarla y entrevistarla. No sabemos qué ocurrió posteriormente con ella, pero según las versiones que circulan en la tradición oral, terminó migrando a Buenos Aires, según algunos junto a su antiguo esposo, según otros sin él.

Pero panfletarios magnicidas como Juansilvano Godoi, autores volanderos de poca monta como «Perico de los Palotes», boletines de prensa satíricos y bufonescos de bajísima ralea como «El Argos» y demás pasquines surgidos por los plumíferos a sueldo de la Legión Paraguaya, aun son considerados como «fuentes sólidas» respecto a estos asuntos que, por toda la apariencia, no son sino una más de las invenciones del mitrismo.

3- ¿QUIÉN MATÓ A QUIÉN?

Nos queda una última pregunta, entre varias más que podríamos hacer pero por el momento evitamos, y que nos sorprende sobremanera que ni siquiera los más intensos apologistas de la causa paraguaya durante la Guerra de la Triple Alianza no se hicieron, al menos, no nos consta que la hayan realizado:

¿Quién mató a quién?

Sí. Porque es muy fácil acusar a los paraguayos, quienes abandonaron el campo en Ita Yvaté luego de intensísimas batallas que duraron una semana, que fueron ellos y nadie más que ellos los que dieron muerte a muchos de los acusados durante la Conspiración. Y aunque los testimonios paraguayos sobre el tema (Aveiro, Centurión, Maíz, Resquín) coinciden todos en que se tomaron medidas más o menos severas contra los conspiradores, ninguno brinda detalles meticulosos sobre las supuestas muertes que habrían existido. Las relatan, en algunos casos, de manera puntual o general, pero no hablan de cifras, no hablan de números reales ni pretenden controvertir en esos puntos, quizás porque no tuvieron parte directa en el momento de aplicar las condenas, quizás porque no conocían con detalle esos asuntos. Pero lo cierto es que toda la «numerología» respecto a la Conspiración de San Fernando proviene de fuentes aliadas o de legionarios. Si algún paraguayo habló de su actuación en los Tribunales Militares inmediatamente tras la culminación de la contienda bélica, fue en estado de prisionero de los Aliados, como lo fueron precisamente los casos de Aveiro, Centurión, Maíz y Resquín.

Otro ejemplo es la mitología sobre la muerte del Obispo Manuel Palacios. Absolutamente toda ella está relatada desde la «leyenda negra» anti paraguaya, desde las ya citadas fuentes de pésima confiabilidad «El Argos» y Juansilvano Godoi el «archivero» quien, como descubrió Manuel Domínguez, falsificó e introdujo varios documentos de contenido falso dentro del Archivo Nacional. Fidel Maíz, quien acusaba a Godoi de ser un verdadero injuriador y calumniador, aunque nunca negó su participación como Fiscal General del Tribunal, siempre afirmó que todo lo que se decía desde las coordenadas de la «Legión Paraguaya» respecto al Obispo Palacios era una impostura, a pesar de que toda la panfletería propagandística de la Triple Alianza difundió versiones y versiones que, como ya vimos, muchas más veces de las que se quieren admitir, no eran sino embustes. De hecho, el Padre Fidel Maíz, quien fue excomulgado por el Vicario General Fidelis D’Avola por ser considerado el principal responsable de la supuesta ejecución del Obispo Palacios, obtuvo la absolución de Su Santidad el Papa Pío IX. ¿Acaso la muerte de un Obispo, descendiente de los Apóstoles, no debería ser una falta gravísima y casi imperdonable (a pesar de que, sabemos, la Iglesia Católica es misericordiosa) y sin embargo, el Papa, con una brevísima entrevista, decide levantar la excomunión al principal responsable? Evidentemente, algo raro hay detrás…

¿Qué podría ser eso? Que quizás no fueron los paraguayos quienes dieron muerte a los supuestos conspiradores…

Esa es la pregunta: ¿cómo sabemos si no fueron los mismos Aliados quienes, al haber capturado a algunos paraguayos notables tras concluir la Batalla de Ita Yvaté, quienes se encargaron de matarlos a mansalva para «no tomar prisioneros» (take no prisoners)? ¿Tal vez los que cometieron las «atrocidades» de eliminar a los paraguayos capturados, entre ellos varios acusados de Conspiración, fueron los mismos soldados de la Triple Alianza y luego estos «echaron el fardo» sobre el Padre Fidel Maíz y los Tribunales Militares del Mariscal López?

¿Pudieron haber fallecido los acusados de conspiración por el fuego enemigo y no por los verdugos del Tribunal Militar? ¿No pudo haber sido un disparo de artillería aliada el verdadero causante de sus muertes y luego estas, para seguir manchando más a la causa paraguaya, fueron atribuidas al Mariscal López y sus hombres?

Hay demasiadas preguntas que podrían hacerse y sin embargo, como dice el vocalista de rock argentino Luca Prodán, algunos solo quieren responderlas con un «Pero no… Mejor no hablar de ciertas cosas…».

Emilio Urdapilleta

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