El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Biografías Guerra de la Triple Alianza Historia del Paraguay

Tres Niños de Acosta Ñu

Se conocen muchas historias sobre el heroico y trágico sacrificio de los combatientes paraguayos en la Batalla de Acosta Ñu (que también es conocida como Batalla de Barrero Grande). En esa tremenda «Diagonal de Sangre» que partía desde la Ciudad de Asunción, el Ejército de la Triple Alianza dirigido entonces por Gaston d’Orléans, el Conde D’Eu, seguía al pie de la letra los consejos, muy en boga, del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz, quien consideraba que la máxima expresión de la victoria militar se hallaba en el absoluto aniquilamiento del enemigo.

Así, cuando se reanudaron las operaciones, las marchas del Ejército Aliado no solo buscaban desarmar y doblegar a las bravas guerrillas paraguayas dirigidas por su indomable líder, el Mariscal Presidente Don Francisco Solano López Carrillo. La intención era dejar al Paraguay aplastado, incapaz de seguir ejerciendo resistencia: aniquilado, que es la palabra correcta. Y si este aniquilamiento requería, como diría el historiador militar británico Sir Basil Liddell Hart «tener 13 soldados contra 8 del enemigo, perdiendo 3 por cada 2 del enemigo para poder vencer, dejando al menos 1 de los propios en el campo», pues se aplicaba. Era la más brutal manera de ejecutar el «Principio de Aniquilamiento» de Clausewitz.

Fue lo que hizo el Conde D’Eu: aniquilar. Así, sin tomar prisioneros paraguayos (y los pocos terminaban esclavos y enviados a los cafetales brasileños), se arrasó con Tobatí, se exterminó a los defensores de Ybycui y destruyó para siempre la Fundición de Metales, se quemaba vivas a las 40 mujeres que trabajaban y defendían la fábrica de pólvora y azufre en Valenzuela, se cometieron las inmensas barbaridades de Piribebuy y Caacupe… Era la doctrina militar de la época, era el método que estuvo en boga (¿y cuándo no lo estuvo, en el fondo?) en la segunda mitad del siglo XIX.

Desde luego, eso nunca será suficiente justificativo para las atrocidades cometidas y que terminarían de coronarse en la Batalla de Acosta Ñu, el 16 de Agosto de 1869. En ese día, aureolado por la épica y hagiografía, unos 5.000 paraguayos (500 soldados «regulares», 1.000 mujeres y 3.500 niños) se enfrentaron a aproximadamente 20.000 soldados aliados, la mayor parte de ellos del Imperio de Brasil. No entraremos en detalles sobre esta batalla, que está llena de mitos y leyendas. Simplemente diremos: los niños lucharon por sus vidas y siguieron con honor el camino de sus padres y madres. Paraguay sufrió 4.000 bajas entre muertos (casi todos) y prisioneros. Los Aliados unas 2.000 bajas.

Aunque no es lo deseable ni lo adecuado, no es nada extraño que los niños combatan en distintos conflictos bélicos. Ocurre hoy, ocurrió ayer, y lastimosamente seguirá ocurriendo. Pero el caso de Acosta Ñu es quizás único por la terrible mortandad: prácticamente ningún niño sobrevivió. Se dice que dos de los adultos supervivientes de la batalla, el legendario Cnel. Florentín Oviedo (quien fue enviado de esclavo a los cafetales por algunos años, pero regresaría al Paraguay y siendo anciano, actuaría como Coronel Reservista del Ejército Paraguayo en la Guerra del Chaco) y el Alférez Juan de la Cruz Cuenca, al ser interrogados por los oficiales aliados sobre la cantidad de combatientes paraguayos, simplemente respondieron: «cuenten el número de prisioneros y el número de muertos y allí tendrán la respuesta».

Pero en este artículo hablaremos particularmente de tres niños que sobrevivieron la guerra. Los tres tuvieron la oportunidad de representar al país en reconstrucción, fueron el Paraguay que resurgía de las cenizas y se destacaba en el lugar que le correspondía. Tres Niños de Acosta Ñu nos cuentan que nuestra Patria preservó la llama de los Héroes de la Guerra de la Triple Alianza y la verían ser transmitida, con sus luces y sombras, hacia el futuro lleno de esperanzas.

1- EMILIO ACEVAL (1853-1931).

Fue Presidente de la República del Paraguay en 1898-1902, por el Partido Colorado. Aunque en la primera parte de su gobierno tuvo gran éxito, sobretodo por su gabinete de ministros que pertenecían a los más diversos sectores y eran lo mejor en calidad intelectual con que se contaba en esas fechas, las internas políticas que terminarían fracturando (y eventualmente acabando con la hegemonía de la ANR en favor del Partido Liberal) se acrecentaron, ya hasta un punto de no retorno, en 1902 cuando fue derrocado por un cuartelazo, algo muy común en esos tiempos.

Don Emilio Aceval (1853-1931) luchó en Acosta Ñu y llegó a ser Presidente de la República del Paraguay por la ANR en 1898-1902. [Imagen: Getty/RDN].

Sin embargo, Don Emilio Aceval, quien a la edad de 13 años formó parte del Ejército Paraguayo en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) como ayudante en la lógistica. Participó ya en calidad de combatiente en la llamada «Campaña de las Cordilleras». Fue herido gravemente en el Combate de Pirayu, estuvo convaleciente en el Hospital de Caacupé (fue testigo de las atrocidades cometidas por los Aliados en dicha ciudad al igual que en Piribebuy) y finalmente, combatió en la Batalla de Acosta Ñu con el rango de Mayor a los 15 años. Finalmente, fue capturado en las cercanías de Caraguatay, aunque tuvo la suerte de no haber sido enviado de esclavo.

Como el país estaba destruido, la única esperanza de muchos era emigrar a la Argentina. Fue lo que hizo Emilio Aceval, quien estudió brevemente ingeniería, aunque por dificultades económicas y de salud no logró concluir esa carrera. Se dedicó a la vida de marinero y viajó por Europa y EEUU hasta que decidió regresar al Paraguay. Se afilió a la ANR y como ya hemos señalado, llegó a alcanzar la Presidencia de la República. De hecho, es uno de los Mandatarios más jóvenes que tuvo el país post-1870.

2- MANUEL DOMECQ GARCÍA (1859-1951).

Nacido en Tobatí en 1859, estaba por cumplir 11 años cuando le tocó ver las sangrientas batallas en Piribebuy y Acosta Ñu. Su padre fue el médico militar Don Tomás Domecq, quien fue uno de los últimos defensores de la Fortaleza de Humaitá, pereciendo poco antes de que el baluarte paraguayo sea capturado. Su madre, Doña Eugenia García, fue una de las «Mujeres Defensoras» de Piribebuy, donde cayó muerta por la caballería brasileña.

Manuel Domecq, como muchos otros «niños-soldado» del Ejército Paraguayo, se hallaban trabajando para transportar las provisiones y convoyes pero tras la Batalla de Piribebuy, este esfuerzo era absolutamente sobrehumano. Cientos de heridos, civiles que escapaban de la destrucción en la Cordillera, escaso número de adultos sanos, medios de transporte cada vez más deficientes, falta de abastecimientos y medicinas… Y el 16 de Agosto: el diluvio. Las tropas dirigidas por el Conde D’Eu, con toda la furia por las inesperadas bajas sufridas en días previos, caían sobre la retaguardia paraguaya en Acosta Ñu. Los «niños-soldado» como Domecq lucharon denodadamente por su libertad y sus vidas… Pero nada se pudo hacer. Manuel cayó prisionero y ya había sido enviado como esclavo al Brasil pero ocurrió un milagro: los parientes de Domecq, enterados de la situación, escribieron a los oficiales brasileños solicitando su libertad. Fueron episodios muy confusos en los que la familia debió pagar «8 libras esterlinas» por el niño más cuando este debía regresar, no se sabe muy bien lo que ocurrió pero lo cierto es que volvió a quedar en manos de los brasileños. Sin embargo, quiso la fortuna que su «dueño» en esta segunda ocasión fue el Duque de Caxias, quien escuchó los desesperados ruegos de su familia y se encargó de devolverlo, esta vez ya de manera definitiva.

Domecq emigró junto a sus tíos a Buenos Aires, donde se enroló en la Armada Argentina y terminaría teniendo una carrera de enorme éxito. Se hizo experto en la construcción de buques navales en Inglaterra y con el rango de Capitán, en 1904, participó como attaché militaire de la Guerra Ruso Japonesa (1904-1905) pues los dos buques acorazados que hizo construir en Gran Bretaña terminarían siendo vendidos al Imperio de Japón (fueron rebautizados Kasuga y Nisshin), y él se encargó de entregarlos e instruir a las tripulaciones en plena contienda e incluso ayudar en los arsenales nipones y hasta participar de algunas batallas, ganándose la admiración de los japoneses.

El Almirante Manuel Domecq García (1859-1951), paraguayo de nacimiento, argentino de adopción, luchó en el Ejército del Mariscal López y fue capturado en la Batalla de Acosta Ñu. En su adultez, se convertiría en marino de increíble trayectoria. [Imagen: Wikimedia Commons].

Llegó al rango de Almirante en 1908 y fue Ministro de Guerra de la Argentina. Además, dirigió el grupo que hoy llamaríamos de «extrema derecha» llamado Liga Patriótica Argentina, de tendencia nacional-católica.

Unido por lazos de sangre al Paraguay, que siempre amó y que incluso visitaba cuando podía, apoyó activamente desde Argentina al esfuerzo bélico paraguayo durante la Guerra del Chaco (1932-1935). Fundó la «Asociación Fraternal Paraguaya de Buenos Aires», luego llamada «Asociación Pro Cruz Roja Paraguaya», que se encargó de enviar al Paraguay miles de toneladas de provisiones, medicamentos, vestimentas y alimentos. Incluso utilizaba sus influencias para introducir en tierras guaraníes armamento de contrabando dentro de buques argentinos (cosa que fue denunciada por los bolivianos y desde luego, negada siempre por Paraguay). Mantuvo una muy cercana amistad con el Mariscal José Félix Estigarribia y formó parte de la comisión argentina para la pacificación del Chaco, aunque siempre se sospechaba de él por su nada neutral postura pro-paraguaya, que era notoria y de público conocimiento.

Falleció luego de vivir de manera modesta y austera (muy como los paraguayos antiguos, que él representó dignamente sirviendo con amor a su Patria de Sangre y a su tierra adoptiva) a los 92 años en Buenos Aires.

SILVESTRE FERNÁNDEZ (1856-1952).

A los 13 años, al igual que los anteriores, tuvo que ver las etapas más sangrientas de la llamada «Campaña de Cordillera». Trabajaba en una chacra llamada Villa Iriarte, en las cercanías de Yvytymi, junto a varias «Residentas» y luego fue llamado para tomar las armas. Al igual que su camarada de armas Domecq, vio a su madre combatir contra los soldados brasileños, más ella terminaría siendo capturada, violada y luego muerta a golpes…

Pero Silvestre Fernández no solo combatió en Acosta Ñu logrando escapar por el camino del Arroyo Yuquerí, sino que también hizo las fases finales de la guerra. De hecho, fue testigo de la Batalla de Cerro Corá, donde luchó (y sobrevivió con su primo Apolinario Fernández) con las últimas huestes del Su Excelencia, el Mariscal Presidente del Supremo Gobierno del Paraguay Don Francisco Solano López Carrillo.

Tras la guerra, vivió un tiempo en la Ciudad de Concepción (que estaba completamente deshabitada) y luego se trasladó a Asunción, donde por casualidad se encontró con el Gral. Bernardino Caballero, quien lo reconoció y le ofreció trabajo como carpintero y obrajero en el Ejército. Silvestre aceptó, yendo con su oficio a varios lugares del país. Logró juntar suficiente dinero como para comprarse una chacra en Yvysunu, Ciudad de Guarambaré.

Silvestre Fernández, niño-soldado superviviente de Acosta Ñu y que llegó a ver la última batalla en Cerro Corá, fue padre del poeta popular Emiliano R. Fernández (en la imagen) quien también sería héroe en su propia regla durante la Guerra del Chaco. [Imagen: Diario Última Hora].

Y a partir de aquí, para «no herir susceptibilidades», simplemente diremos que en «algún lugar del Paraguay» nació la creación más importante de Don Silvestre Fernández: su hijo Emiliano R. Fernández, el gran poeta popular de nuestro país junto a otros tremendos exponentes como su contemporáneo, Manuel Ortiz Guerrero. Emiliano R. Fernández (hijo del citado Silvestre y Doña Bernarda Rivarola) es uno de los símbolos del Paraguay, luchó la Guerra del Chaco y sus versos sobre la historia de nuestro país hasta hoy despiertan pasión y lágrimas, al punto tal que muchas de nuestras ciudades se disputan ser el verdadero lugar donde nació Emiliano R. Fernández (a eso nos referimos con «no herir susceptibilidades»).

En todas las obras del gran poeta popular paraguayo en las que habla del Mariscal López, podemos estar segurísimos, simplemente nos relata lo que su propio padre, Don Silvestre Fernández, vio con sus propios ojos. Así pues, Emiliano R. Fernández fue digno hijo de un gran soldado de la Patria.

Y con esa historia… Con estas grandes historias… Queríamos rendir homenaje a los niños de Acosta Ñu. Pues no solo fueron héroes y titanes en la guerra, sino que también se encargaron, para bien y para mal, de reconstruir nuestro país. Acosta Ñu es por estas razones muchísimo más que lo que nos suelen decir. ¡Feliz día del niño paraguayo, heroico en la guerra y en la paz!

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