El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Ciencia Historia Contemporánea Historia del Siglo XX

75 Años de Hiroshima y Nagasaki: Macabro e Imperdonable

Luego de los «Acuerdos de Quebec» en donde el Imperio Británico y los Estados Unidos de Norteamérica concordaron en que podían utilizar tecnología nuclear y armas de destrucción masiva en contra de sus eventuales enemigos en la Segunda Guerra Mundial, se dio marcha plena al llamado «Proyecto Manhattan» (1942-1946) en el que varios de los más prestigiosos científicos del mundo se pusieron bajo las órdenes de Robert Oppenheimer para desarrollar de manera secreta lo que entonces se llamó «armas atómicas». El plan original de los «Acuerdos de Quebec» habilitaba a los Aliados Occidentales a utilizar los dispositivos de destrucción masiva contra cualquier enemigo, en Europa o Asia.

Pero el 8 de Mayo de 1945, las últimas fuerzas del Tercer Imperio Alemán bajo el mando del Almirante Doenitz (pues el Fuhrer Adolfo Hitler había fallecido el 30 de Abril en su búnker) se rinden ante los Aliados y esto significaba que las «armas atómicas» no serían utilizadas en Europa, pues recién se logró desarrollar y hacer estallar al primer dispositivo nuclear de la historia el 16 de Julio de 1945 en el Campo de Pruebas del Desierto de Alamogordo, en EEUU.

La explosión atómica en la ciudad japonesa de Nagasaki, en donde murieron unas 100.000 personas que se sumaron a los 200.000 fallecidos de Hiroshima. [Imagen: Noticias de Israel/US Army].

Por esa razón, el Imperio del Japón quedó signado por el destino: le tocaría ser el único país en la historia (pues estas atrocidades nunca más volvieron a ocurrir) en sufrir no sólo uno, sino dos ataques nucleares con fines bélicos sobre sus poblaciones civiles.

De hecho, las Fuerzas Aéreas de los Aliados se habían encargado de bombardear poblaciones civiles de los «Países del Eje» de manera absolutamente indiscriminada durante toda la Segunda Guerra Mundial. Ya en 1940, Winston Churchill había ordenado los «bombardeos nocturnos» sobre ciudades de la Alemania Nazi sin ningún solo objetivo militar, como Colonia (en donde su legendaria Catedral quedó hecha ruinas luego de resistir varios ataques). La «Luftwaffe» bajo el Mariscal Goering, que durante la «Batalla Aérea de Inglaterra» sólo se enfocó en blancos militares, a partir de ese momento respondió a las agresiones británicas lanzando bombas nocturnas sobre Londres.

Pero en 1944-1945, bajo la dirección del Gral. Arthur «el Carnicero» Harris, la Real Fuerza Aérea de Gran Bretaña arrasó con bombas incendiarias nocturnas las ciudades alemanas de Dresden, Hamburgo y Frankfurt. Fue el famoso «Miércoles de Ceniza» de 1945 (15 de Febrero), especialmente trágico en la primera ciudad citada, Dresden, la llamada «Venecia Germánica» por su belleza. Las fuentes aliadas y pro-aliadas hablan de 20 mil a 50 mil muertos. Fuentes de la Cruz Roja Internacional calcularon en 150.000 los civiles alemanes fallecidos por esos ataques aéreos nocturnos. Las radios de Alemania Nazi dijeron que hubo al menos 300.000 muertes por los bombardeos de esa jornada… ¡Vae Victis!

Japón también sufrió la lluvia de fuego y fierro en la llamada «Operación Meetinghouse» el 9-10 de Marzo de 1945. La Fuerza Aérea Estadounidense arrasó con la capital nipona, dejando 100 mil muertos (según fuentes aliadas, pues los japoneses hablaban de 400 mil sin contar heridos). La intención norteamericana, aparentemente, era socavar la moral de los civiles japoneses y buscar acelerar la rendición. Cabe recordar que cuando Japón atacó Pearl Harbor el 7 de Diciembre de 1941 (contrario a lo que se ve en la famosa película de Hollywood), nunca los imperiales hicieron daño ni dispararon sobre civiles: todos sus blancos fueron militares.

Pero nada, absolutamente nada sería equiparable a Hiroshima y Nagasaki…

El Gral. George Marshall, Jefe de Estado Mayor del Ejército Estadounidense, transmitiendo las ordenes del Presidente Harry Salomon Truman (sucesor de Franklin Delano Roosevelt, quien había fallecido mientras ejercía su cuarto mandato) mandó que se seleccionen los blancos militares que serían arrasados por las Bombas Atómicas en Japón: el blanco debía ser suficientemente grande, en un lugar donde se cause suficiente daño expansivo, que no fuera una ciudad particularmente dañada por bombardeos previos y que pudiera ser alcanzado para Agosto de 1945. Se barajaron muchas opciones, pero finalmente se tomó la decisión: Hiroshima y Nagasaki. La primera de ellas fue seleccionada por tener un puerto de almacenamiento de materiales de relativa importancia muy pocas veces atacado anteriormente, por estar cerca de uno de los principales Ejércitos Nipones del Sur y por el gran impacto psicológico que generaría la terrible explosión en una ciudad de costumbres más «cristianizadas»: en Hiroshima se hallaba una de las más florecientes Diócesis de la Iglesia Católica en Japón y de hecho, según algunos censos, concentraba al 43% de los católicos japoneses, sin contar a los extranjeros. En el caso de Nagasaki, como blanco militar e industrial era mucho más importante: era uno de los principales centros de producción de armamento y artillería naval del país.

El Presidente Truman aprobó las decisiones del Estado Mayor Estadounidense y desde la base militar de Tinian, en las Islas Marianas, se congregó el «Escuadrón Especial 393D» para la «Misión Especial 13». Eran 7 aviones, seis de ellos de observación e intercepción. El séptimo era la Nave Insignia, un Superfortaleza B-29 tristemente célebre: el «Enola Gay» dirigido por el Cnel. Paul W. Tibbets, comandante del escuadrón.

El Presidente N° 33 de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman, fue quien autorizó como Comandante en Jefe los ataques nucleares en Hiroshima y Nagasaki. [Imagen: Freemasonry/Truman Museum].

El escuadrón partió el día 6 de Agosto, cuando el escuadrón se encontraba exactamente a 6 horas de vuelo de Japón. A las 6 de la mañana, los estadounidenses dieron señal de que las condiciones atmosféricas eran optimas y se confirmó el ataque por parte del Comando Superior.

Los aviones de observación y reconocimiento sobrevolaron por casi 1 hora la zona haciendo señales y garantizando que no habría ningún inconveniente, ningún «intruso» japonés, ningún avión nipón que intentara interferir. Luego, a las 8 de la mañana, luego de dos horas de sobrevolar la zona, el Cnel. Tibbets ordenó que la bomba fuera arrojada sobre Hiroshima. A las 8 horas y 15 minutos, hora de Japón, salió del Enola Gay el «Little Boy», la primera bomba atómica en ser utilizada con fines bélicos, hecha de Uranio.

«Little Boy» voló por exactamente 44,4 segundos, tiempo suficiente para que el escuadrón del Enola Gay pudiera alejarse a máxima velocidad. Finalmente, la explosión… Una luz que «cegó» a los pilotos del escuadrón, quienes desconocían qué tipo de armamento fue el que arrojaron sobre los nipones. Solo Tibbets sabía a la perfección de qué se trataba el «Little Boy». Incliso a la distancia, volando a gran velocidad, sintieron el fuerte impacto de la onda expansiva de choque, según lo que contaron los mismos pilotos, que estaban sencillamente estupefactos ante lo que veían.

En Japón, la cosa fue mucho más dramática, imposible de describirlo con palabras sencillas. Los nipones simplemente le llaman «pikadón» (pika: relámpago; don: estruendo). Muchos ciudadanos quedaron vaporizados al instante, literalmente «desaparecieron» de la existencia. Varios hombres y mujeres dejaron sus marcas en los lugares en que se hallaban al momento de la explosión, las «Sombras de Hiroshima» como les llaman y que son lo único que quedó de ellos… Algunas personas y animales se arrojaban a los arroyos y ríos que pasaban por la ciudad para tratar de escapar del intenso, indescriptible calor y onda térmica del estallido… Pero «Little Boy» evaporó hasta a los cauces hídricos cercanos…

Hiroshima tenía cerca de 400.000 habitantes al darse el ataque y sólo a causa de la explosión murieron unos 100 mil, casi al instante. La ciudad quedó literalmente destruida, borrada del mapa. Y los supervivientes, la gran mayoría de ellos… Eran muertos en vida, algunos con las pieles colgando del cuerpo, derretidas, ulceradas, magulladas e incluso mutadas por el fuego radiactivo, la carnicería atómica de esa fecha atroz, la danza macabra inolvidable del 6 de Agosto de 1945. Aproximadamente 200 mil personas fallecieron directa o indirectamente tras la explosión de «Little Boy» en Hiroshima.

Y al tercer día, Nagasaki… El 9 de Agosto del mismo año, en una ciudad que estaba menos poblada y que tuvo menos víctimas fatales (unas 100 mil directas e indirectas) pero cuya destrucción terminó siendo mucho mayor pues la bomba que se lanzó allí, el «Fat Man», estaba hecha de Plutonio, que demostró ser más potente que el Uranio. El Emperador Hirohito, espantado y recibiendo todo tipo de amenazas (como que Estados Unidos tenía varias de esas bombas y que las utilizaría sobre las principales ciudades de Japón), decidió inmediatamente la rendición tras los dos «pikadón» en Hiroshima y Nagasaki.

Robert Oppenheimer, científico estadounidense que dirigió el «Proyecto Manhattan» donde se lograron desarrollar las primeras bombas atómicas. [Imagen: Pulitzer/Getty].

La «Gran República del Norte» cometió dos actos de terrorismo y masacre que siguen siendo inigualados en la Historia Universal. Pues no existen películas de propaganda hollywoodense ni historiografía anglosajona de tinte hagiográfico que puedan justificar suficientemente el atroz exterminio de 300 mil personas con solo dos bombas que se han convertido en símbolo de la cobardía y atrocidad humanas.

En el 75 aniversario de Hiroshima y Nagasaki, es justo recordar a sus víctimas y mártires. Porque nadie merece ser utilizado como «conejillo de indias» para semejante despropósito… Ni siquiera la Guerra es suficiente excusa…

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