El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Historia del Siglo XX Segunda Guerra Mundial

El Yamato, la desintegración de un símbolo

El acorazado más imponente y poderoso de la historia, el arma letal del imperio japonés y de su armada victoriosa y orgullosa, la invencible, con la tecnología más avanzada, con los hombres más capacitados, convertía su negativa a la desaparición final en una de las epopeyas más grandes de la Segunda Guerra Mundial.

La última batalla del Yamato sería librada frente a Okinawa, se llamaba la misión “Operación Ten-Go”; era de vital importancia para la Marina Imperial Japonesa navegar hasta las islas Ryûkyû y aportar lo que podía, todo lo que tenía, lo que le sobraba, literalmente el gran acorazado terminaría atrapado adrede en la gran escaramuza para la que había sido construido, sus órdenes eran las de destruir todo el material enemigo posible, acabar con la última munición y encallar el gran monstruo del pacífico. 72 800 toneladas, hacían de esta mole flotante un guerrero de metal pesado y dominante, el Bismarck alemán sólo fue una efímera figura delgada frente a este verdadero coloso de los mares.

Explosión de los almacenes de munición del Yamato. La nube de hongo, de 6 km de altura, se pudo ver en Kyūshū, a 160 km de distancia.

En esta épica batalla que duró poco tiempo, participaron aviones bombarderos y torpederos lanzados desde portaaviones operativos de la Armada de los Estados Unidos; macabro plan que resultó exitoso para hundir de una vez a este titán del océano. Pero nada por lo general sale como uno lo planeó y más, cuando esta misión suicida solamente provocaría más tiempo perdido para la final conquista de Tokio, la capital Imperial japonesa y miles de muertes de soldados aliados.

Para las 14:00 hs., del 7 de abril, el Yamato, que había soportado los bombardeos incesantes de la fuerza aérea estadounidense que le provocaron heridas imposibles de cicatrizar, la sangre del gigante de los mares desbordaba a borbotones los miembros de los valientes y honorables guerreros, unos 3700 en total, (2700 hombres solo de la tripulación del Yamato) incluyendo a Seiichi Itō, comandante de la flota, que otorgaron el último saludo al Emperador y a su bandera del Sol Naciente, que se teñía de rojo. En parte, muchas de esas muertes se debieron a órdenes tardías de evacuación.

De a poco, las almas de los muertos se esfumaban a través de las olas del mar, formando una fila de cadáveres destrozados, testimonio de esta cruel guerra de exterminio, se hundían con la enorme bola de metal chirriante que como una ballena dejaba sus últimos suspiros ante la mirada asombrada de los héroes del cielo americano.

El último recuerdo de la grandiosa gallardía japonesa moría, a partir de allí, morir o morir, para los japoneses, por el emperador, sería la única salida antes que dar su brazo a torcer y aceptar la derrota, escarnio lamentable para el espíritu guerrero nipón.

El Yamato en el dique seco hacia el final de su proceso de acondicionamiento, el 20 de septiembre de 1941.

Una verdadera carnicería provocada por los malos cálculos de los comandantes japoneses, el gran fracaso que faltaba para ahondar aún más el derrotismo…los enemigos con una extraña sensación, mezcla de alegría por eliminar al buque insignia de los japoneses pero por el otro, una tristeza por saber que muchos buenos marineros japoneses fallecían ahogados por la ambición de un solo hombre, un pequeño hombre que al finalizar las hostilidades de la guerra, y firmar la paz, aparecía como débil y sin culpa ni pena ni siquiera, poder.

La catástrofe de la II Flota Imperial Japonesa significó que buques como el Yamato, el crucero Yahagi y los cuatro destructores Hamakaze, Isoakaze, Kasumi y Asashimo, fueran hundidos; a costa únicamente 10 aviones estadounidenses derribados y 12 pilotos muertos. Hasta el día de hoy recordamos a tantos muertos, que por un lado y otro de la villanía o el heroísmo, dieron sus vidas por las convicciones que tenían; porque aún creían que ese mundo al que se habían aterido con máxima gallardía, los sobreviviría, pero no: nada fue igual, nada pudo ser, de alguna forma, semejante…

Conclusión: Cambió la visión sobre la guerra en el mar, descartándose la utilización de estos gigantes; a partir de aquí, los acorazados serían simplemente arte y parte de la historia de la guerra, porque los portaaviones tomaron su lugar con efectividad, potencia y operatividad.

El Yamato durante sus pruebas de mar.

La destrucción y el hundimiento del Yamato no sólo significaron la pulverización total y completa de la Armada Imperial Japonesa, que en la práctica, ya estaba deshecha, sino algo peor para el espíritu japonés, pues hasta ese momento seguían pensando que si el buque insignia continuaba «vivo» la derrota japonesa sería imposible:

La desesperación de una derrota inminente y ésa desesperación por resultar derrotados, era superior incluso, al miedo a la muerte. Su último eslabón con la gloria pasada de su orgullosa flota terminaba para siempre, el símbolo genuino de su poder, desintegrado, el epítome de su capacidad, abolido, sus esperanzas, suprimidas.

Vicealmirante Seiichi Itō, muerto en combate.

Luego de las encarnizadas batallas de Iwo Jima y con esta terrible muerte del Dios de la Guerra de la Armada Imperial Japonesa, y tras saber que los japoneses morirían antes que rendirse, la ignominiosa decisión del Presidente Truman, de arrojar las bombas atómicas sobre la poblaciones civiles indefensas de Hiroshima y Nagasaki, fue simplemente, el corolario de la Segunda Guerra Mundial; la muestra palpable del horror humano.

Fuentes:

–Los Secretos del Yamato. El final de sus días de gloria. Documental de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=UsvuN6Qi4Us

–Secretos de la II Guerra Mundial 2 La batalla de Okinawa. Documental de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=C1yUm3-YcWs

https://www.eurasia1945.com/…/batalla-de-okinawa/…

https://es.wikipedia.org/wiki/Yamato_(1941)

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