El Parlante

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La erupción del Monte Santa Helena

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Hace 40 años una serie de temblores (actividad sísmica de baja intensidad), gases volcánicos expelidos por la boca del monte Santa Helena, alertaban a la comunidad científica sobre el evidente desarrollo de los acontecimientos futuros, era el momento para medir y observar, para predecir. Los volcanes han producido en el genio humano un ambivalente sentimiento, por un lado de respeto hacia las fuerzas de la naturaleza y por el otro, la curiosidad por saber por qué se originan y por qué provocan tantos daños. También, cómo predecir dichas erupciones, cosa que hasta el momento es casi imposible, a pesar de los avances en la medición y los conocimientos modernos que se tienen sobre su formación.

Pero antes de continuar para los que no están acostumbrados a la geología: ¿Qué es un volcán?

Un volcán es el resultado de las fuerzas interiores de la corteza terrestre (litósfera) que provocan grietas por las que sube la roca fundida a altas temperaturas y presiones, abriéndose camino con enjundia hacia la superficie. Este magma, o “sopa rocosa” tiene varios factores que lo hacen buscar una salida al exterior, como ser los gases disueltos y productos volátiles como anhídrido carbónico, ácido sulfhídrico, agua, entre otros que se abalanzan por un conducto en forma de tubo que asciende hasta llegar a la chimenea del volcán.

Vista desde el lago Spirit de Mount Saint Helens antes de la erupción volcánica en 1979 en el estado de Washington. El volcán sufrió una catastrófica erupción el 18 de mayo de 1980. De esta forma, las agencias de turismo vendían el paquete para visitar esa zona con una belleza natura exuberante; nadie podría imaginar lo que sucedería un año después. Crédito:  USGS / Alamy Foto de stock

El magma entonces se comunica con la superficie terrestre mediante una zona de fractura, en donde se produce el ascenso. Cuando se produce dicha reacción violenta el magma se solidifica en las inmediaciones desde donde fue emitido para originar una acumulación que va creciendo a medida que sus partes visibles se comprometen formando un sistema complejo que producen los distintos ciclos de las erupciones volcánicas.

Desde allí, se expulsan los materiales piroclásticos y lava, estas erupciones pueden ser habituales o separadas por largos periodos de inactividad en medio de los cuales se forman las famosas formas volcánicas. Esta fisonomía propia de los volcanes en sus cimas, es la que conocemos por el nombre de cráteres o cuencos, que son depresiones de sus paredes, de carácter empinado y que reflejan las características peculiares que cada volcán manifiesta a lo largo de su vida activa; los mismos, fueron convirtiéndose con el paso del tiempo y de las sucesivas erupciones en su “huella dactilar” más evidente, pues, conforman estratos fácilmente definibles por medio de los cuales los vulcanólogos aprecian su historia y que determinan en gran medida, la violencia con la cual se arrojaron los fragmentos plutónicos al exterior alrededor de la chimenea.

Monte Santa Helena el 17 de mayo de 1980. Crédito: Harry Glicken, USGS/CVO – USGS photo of Mt. Saint Helens

La adquisición de la forma de los volcanes se debe exclusivamente a las condiciones de presión y temperatura pero por sobre todas las cosas por la composición química del magma. Algunos volcanes no son “perfectos” como se los suele esperar encontrar, porque presentan depresiones demasiado grandes llamadas calderas, o estructuras de hundimiento. Alrededor de los volcanes a veces podemos encontrar las fumarolas que permiten a los expertos controlar las emisiones de gases volcánicos que anuncian erupciones.

La violencia con que el magma asciende a la superficie de la Tierra depende en gran medida de su contenido en sílice, haciéndose más viscosa o menos viscosa de acuerdo a su composición química. Un magma poco viscoso y con baja concentración de gases presenta al ser expulsado al exterior, coladas y otro, con mayor proporción de sílice y abundante cantidad de gases disueltos que al desprenderse provocan flujos piroclásticos, aunque como veremos, por la experiencia del Santa Helena, pueden presentar ambas facetas en un mismo proceso. En los magmas extremadamente viscosos las explosiones dependen directamente de la cantidad de gases disueltos que se desprenderán en la erupción[1].

Hay dos tipos de volcanes, activos y apagados o “dormidos”. Los primeros, son los considerados aquellos que presentan actividad volcánica con erupciones en fechas recientes o históricas y los apagados aquellos de los cuales no existen registros históricos de actividad reciente. Sin embargo, esta clasificación es menos que inexacta y no tiene un valor real fuera de la categorización para hacer más fácil su estudio ya que en geología, los periodos de tiempo de actividad o inactividad se calculan en miles a millones de años, fuera del alcance histórico humano por lo que sería incorrecto afirmar que un volcán “dormido” en la actualidad no comience de nuevo, una fase de actividad[2].

Fotografía que muestra el «bulto» de la cara norte del Monte Santa Helena. Crédito: Peter Lipman – CVO Photo Archives Mount St. Helens: A General Slide Set

Baste esta pequeña introducción para poder proseguir.

Así pues, la comunidad científica apostada cerca de la gran Montaña colectó datos y los analizó para ir compartiendo información con otros expertos en Estados Unidos, y predecir el desenlace del movimiento en el interior del volcán. Era evidente que el desenlace, tras tanta actividad debería ser el mismo de todos los anteriores volcanes, erupcionar, pero esto todavía tendría otros aditamentos que harían de este volcán un legendario dios de la destrucción. ¿Pero qué podrían predecir los vulcanólogos? Pues se creía que podrían entender más sobre este plutónico mundo, que se yergue boca abajo para nosotros y que conlleva la existencia de pliegues, fracturas, placas, fallas y los consiguientes temblores que afectan a la corteza terrestre que forman las cordilleras y las grandes cadenas montañosas. Solo observar y anotar las lecturas de los instrumentos geofísicos de medición para saber con qué violencia podría la Madre Naturaleza juzgar el entorno circundante y los pocos humanos que pudieran continuar en los alrededores.

Una nube de ceniza se eleva desde el cráter en la cima del Monte St. Helens, horas después de que comenzó su erupción el 18 de mayo de 1980, en el estado de Washington. La columna de ceniza y gas alcanzó 15 millas en la atmósfera, depositando ceniza en una docena de estados.
Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP

Esta erupción sorprendió a los vulcanólogos de todo el mundo ya que se creía que la forma en que se expulsarían los elementos presentes en el magma sería la estrambólica o con flujos de lava tal y como siempre se presentaban en los volcanes pero esta vez fue por un flujo piroclástico que arrasaría todo a su alrededor. El Monte Santa Helena forma parte de la famosa Cordillera de las Cascadas, que desde la Columbia Británica, Washington, Oregón hasta el norte de California convergen en una serie de volcanes activos. El Monte Santa Helena está ubicado en el estado de Washington, al sur de Seattle, ciudad más poblada y el noroeste de la ciudad de Portland, estado de Oregón)

Luego de una semana pequeñas cantidades de cenizas y gases subieron hasta la cima, la actividad volcánica empezó continuar en periodos más o menos esporádicos, produciéndose erupciones de ímpetu relevante para los vulcanólogos presentes que estudiaban el comportamiento de la montaña. Todo hacía presagiar que esta actividad tendría un pico máximo de peligrosidad y más aún, cuando los testigos vieron atónitos cómo una parte lateral del volcán comenzó a generar una especie de bulto en el flanco norte que iba en franco crecimiento, como un quiste en el cuerpo de un hombre que crece y crece hasta explotar o ser extraído quirúrgicamente. Evidentemente, este bulto tendría gran parte del protagonismo en el mes subsiguiente.

Erupción del volcán Monte Santa Helena, el 18 de mayo de 1980. Crédito: Austin Post – Huge tif converted to jpeg and caption from USGS Mount St. Helens, Washington May 18, 1980 Eruption Images

Las autoridades de las localidades aledañas fueron advertidas sobre el riesgo eminente de las coladas de barro o lodo comúnmente llamadas lahares que podrían ser de catastróficas consecuencias para los habitantes del lugar que fueron obligados a evacuar la zona roja de alta peligrosidad; antes de la formación de ese bulto extraño el principal peligro era la posibilidad cierta de que el hielo de la montaña se fundiese por el calor provocado por el magma desde el interior del volcán. Todos los ciudadanos huyeron del lugar en el inicio de este drama, pero al final, muchos requirieron volver a sus hogares para retirar enseres personales y cosas de valor que habían dejado por el apuro.

El control del constante crecimiento de la protuberancia presagiaba una erupción en breve lapso si es que ésta cambiaba con abrupta velocidad, pero esto no ocurrió, por lo que desconcertó a los geólogos, antes de la explosión violenta, se produjo “la calma antes de la tormenta”.

Momento en el que el bulto se desintegra expulsando lateralmente (de manera horizontal, algo nunca antes visto) el flujo piroclástico que arrasó todo a su paso a la derecha, en la cima vemos el humo y las cenizas en la erupción vertical. Crédito: Archivo del Servicio Geológico de los Estados Unidos – USGS

Los sismómetros arrojaban resultados extraños poco antes del suceso, ya que la actividad sísmica disminuyó claramente poco antes del 18 de mayo, los gases producidos y expelidos al exterior desde el volcán se mantenían en niveles no preocupantes, inclusive, según los expertos, la protuberancia parecía no crecer más, quizás se había estabilizado, nadie se imaginaba lo que eso significaba. Todo era una gran fiesta desde el punto de vista científico porque el monte Santa Helena estaba siendo una gran mina de conocimientos in situ gracias al cual hoy en día, tenemos otra visión del poder de estos gigantes hijos de Plutón que escupen el fuego de las entrañas de la Tierra.

Pero el 18 de mayo a las 08:32 del año 1980, ocurrió un terremoto que desmoronó todas las observaciones previas, en un gran estallido que ensordeció kilómetros a la redonda con la fuerza energética de varias bombas de Hiroshima (27.000 en total) el volcán por fin lanzó a la atmósfera toda su ferocidad contenida en forma de humo y cenizas a 19 kilómetros de altura y un flujo piroclástico que arrasó toda la ladera de la montaña y lo que se encontró a su paso.

Lahar tras una erupción. Crédito: Tom Casadevall, USGS

Esto se debió a que los gases encerrados se liberaron de manera automática en un abrir y cerrar de ojos, este terremoto eliminó una parte del cono, así, el magma que estaba confinado a una gran presión empezó a “desperezarse” cuando la presión decreció rápidamente originando una evaporación y expansión vertiginosa que logro destruir toda la ladera del volcán. 4 kilómetros cúbicos de material fueron arrojados durante todo el proceso, según los cálculos.

David A. Johnston, verdadero héroe de la ciencia, fotografiado en su campamento 13 horas y media antes de morir en la erupción del volcán Santa Helena en 1980. Crédito: Harry Glicken – CVO Photo Archives – Mount St. Helens – 1980-2004

Pero esto no fue todo, el bulto estaba por debajo de la cima, éste ni bien comenzó toda esta batahola natural todo el material piroclástico fue expulsado de manera lateral antes que vertical, totalmente nuevo para los científicos que entendían hasta ese momento que las erupciones en volcanes del tipo del Monte Santa Helena se producirían de manera vertical, cosa que no ocurrió; si sobrevenía lo que todos los científicos esperaban, la erupción hubiera sido mucho menos destructiva como al final fue.

Una operación de tala a lo largo del río Toutle, Washington, a unas 20 millas del Santa Helena, en ruinas después de que una inundación de hielo y nieve se derrite de la montaña, en mayo de 1980. Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP
Las laderas del valle Smith Creek, al este del Santa Helena, muestran árboles derribados por la explosión lateral del 18 de mayo de 1980. Dos científicos del Servicio Geológico de los Estados Unidos (abajo a la derecha) dan escala. La dirección de la explosión, que se muestra aquí de izquierda a derecha, es evidente en la alineación de los árboles caídos. Más de cuatro mil millones de pies de tabla de madera utilizable, suficiente para construir 150,000 casas, se dañó o destruyó. Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP

Era la primera vez que se poseía registro de un volcán teniendo dos tipos de erupciones al mismo tiempo. Este flujo lateral se tomó su primera víctima fatal, el geólogo del servicio geológico de los Estados Unidos, David A. Johnston, cuyo cuerpo jamás fue encontrado ni los restos de su camioneta. Sus últimas palabras fueron «¡Vancouver, Vancouver, está aquí[3].

Las autoridades dejaron volver a muchos ciudadanos justo antes de que la erupción sea una realidad, los mismos, que aún estaban por el lugar, murieron por el flujo piroclástico o por las riadas de barro y ceniza, producido 28 minutos después de la explosión a las 08:50. Este inmenso lahar terminó por desintegrar todo lo que aún pudo quedar en pie y posteriormente, otros de mediana intensidad pero no menos peligrosos fueron sucediéndose a medida que las horas pasaban.

Dos camiones después de una erupción explosiva muestran un camión y un tractor sobre orugas destrozados entre cenizas y árboles caídos cerca de la Montaña. Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP
Las calles de Yakima, Washington, están oscuras a las 3:00 pm después de una erupción del del volcán el 18 de mayo de 1980. Las cenizas volcánicas cubrían las calles cuando las personas usaban máscaras para evitar respirar las partículas. Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP
Vista aérea de la voladura de la madera, destruida por la erupción del 18 de mayo del volcán en el condado de Skamania, Washington, el 8 de junio de 1980. Crédito: USGS – Cascades Volcano Observatory / AP

57 víctimas fatales, ciervos, alces y peces por doquier, desintegrados, múltiples destrozos, una pérdida calculada en 1100 millones de dólares, casi la misma cantidad provocada por el famoso tornado del condado de Moore en Oklahoma a fines del siglo veinte que dejó un saldo de 1400 millones de dólares en pérdidas materiales.

Muchas carreteras fueron cerradas tras la erupción porque la visibilidad disminuyó considerablemente debido a la cantidad de ceniza en el ambiente, varios puentes destruidos por los lahares, el tráfico aéreo suspendido, residentes de los alrededores a pesar de haber pasado sin problemas la propia erupción mostraron signos de depresión y estrés postraumático luego de la erupción, ya que muchos perdieron fuentes de trabajo o directamente se volvieron desempleados pero no fueron demasiados, el turismo decreció considerablemente lo que recrudeció el estado de incertidumbre posterior a esta catástrofe.

Posteriormente, con el paso del tiempo, el Monte Santa Helena resurgió de sus cenizas y su fama mundial, hizo posible volver a ganar dinero con los miles de turistas interesados en conocer no solo a través de las fotos o los vídeos, al Monstruo de las Cascadas, evolución progresiva del Anillo de Fuego del Pacífico que la lleva, 4500 años de actividad.

Fuentes Principales:

  • Meléndez, Bermudo, Fuster, José María. Geología. 4ª Edición. Paraninfo. Madrid. 1978.
  • Tarbuck, Edward J., Lutgens, Frederik K. Ciencias de la Tierra UNA INTRODUCCIÓN A LA GEOLOGÍA FÍSICA. Octava Edición. Pearson. Prentice Hall. Madrid. 2005.
  • Huang, Walter T. Petrología. Primera Edición. UTEHA. México. 1968.

Otras fuentes escritas y digitales:

Fuentes documentales:

La erupción del monte Santa Helena. Channel Online 2. Link: https://www.youtube.com/watch?v=qSZjoRY_7GY

La erupción del volcán Santa Helena. Graphics Films Corporation. Link: https://www.youtube.com/watch?v=7G4fVYujkWs

Volcanes – Cuenta atrás para una catástrofe. Tve 2 Link: https://www.youtube.com/watch?v=ffNJEtLS4tU

La noche temática. Los volcanes más mortíferos. Tve 2 Link: https://www.youtube.com/watch?v=32bpZPSq7P8


[1]Meléndez, Bermudo, Fuster, José María. Geología. 4ª Edición. Paraninfo. Madrid. 1978. (pp. 545-546)

[2]Ibid.

[3]Tarbuck, Edward J., Lutgens, Frederik K. Ciencias de la Tierra UNA INTRODUCCIÓN A LA GEOLOGÍA FÍSICA. Octava Edición. Pearson. Prentice Hall. Madrid. 2005. (pp. 138-139)

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