El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Historia Universal Roma Eterna

El asesinato de César

Hace aproximadamente 2064 años, en los Idus de Marzo del año 44 a. C., en la apacible tranquilidad bulliciosa de la ciudad eterna, un conjunto de voluntades alentadas por lo que ellos creían, era la vuelta a la República, convocó a Cayo Julio César para hacerle conocer una petición urgente, en esta solicitud encarecida, el poder debería indefectiblemente volver al Senado.

Estatua de bronce de César, en Rímini.

De nada sirvieron las ahora casi mitológicas advertencias de sus coetáneos y cercanos, los oídos del gran político estaban ensordecidos por el ruido de su grandeza. La leyenda afirmó bastante tiempo los augurios, las premoniciones, los consejos de sus amigos, pero la vista enceguecida por el poder extremo que corrompe extremadamente el sentido común, convirtiéndolo en contrasentido, ganaron desde su interioridad la batalla final, Ferrero[1] menciona:

“Inútil fue que Hircio y Pansa le excitaran a velar por sí mismo. Licenció a todos sus guardias, hasta a sus españoles; en sus paseos sólo quiso ir acompañado de los lictores. Advertido de que en toda Roma se celebraban reuniones nocturnas, que en ellas se hablaba mal de su persona y que quizá se tramaba alguna conjuración, se limitó a publicar un edicto en el cual decía que estaba al tanto de todo, y a dirigir un discurso al pueblo, aconsejando a los que hablaban mal de él que procuraran callar en adelante”[2]. (p. 298)

Conviene hacer un breve paréntesis antes de seguir mencionando el momento en que se da este quiebre de la historia que generará a la humanidad el mayor cambio en la antigüedad clásica luego de la conquista del mundo conocido por Alejandro Magno en la pluma de Syme:

“La política y la actuación del pueblo romano estaban guiadas por una oligarquía; sus anales fueron escritos con un espíritu oligárquico. La historia nació del archivo de las inscripciones de consulados y triunfos de los nobiles, de las tradiciones relativas a los orígenes, alianzas y disputas de sus familias; y la historia nunca renegó de sus comienzos. Por necesidad, la concepción era estrecha: sólo la clase gobernante podía tener historia de algún género, y sólo la ciudad gobernante: sólo Roma, sólo Italia. Durante la revolución, el poder de la vieja clase gobernante resultó quebrantado y su composición transformada. Italia y las clases no políticas de la sociedad triunfaron sobre Roma y sobre la aristocracia romana. Y, sin embargo, el viejo encuadre y sus categorías subsisten y una monarquía impera a través de una oligarquía”[3]. (p. 17)

Marco Antonio, el segundo al mando de César, ya con certeza y sin dudar, raudamente corrió al Senado para evitar que el Dictador Máximo fuese a caer en la trampa, pero tardíamente, sus impulsos se convirtieron en acciones.

Cercano al Teatro de Pompeyo, César fue interceptado por los conspiradores y lo obligaron a entrar a una habitación cercana donde le entregaron la petición.

El gran General romano tomó el documento y lo leyó con cautela pero no sin miramientos ulteriores de sospechas bien fundadas, ¿por qué tanta premura? ¿Por qué esa explosión sin igual y virulenta de republicanismo de la noche a la mañana?

Julio César. Obra de Nicolas Coustou.

Pero antes de terminar de leer, Tulio Cimber, el que le había entregado dicha solicitud, tiró de su túnica sagrada de manera violenta y brutal. César desnudó en su rostro una mueca despectiva y sobrenadante de superioridad por un lado, y un ligero tick nervioso que marcaba el terror que vendría después, dijo: «Ista quidem vis est?» ¿Qué clase de violencia es esta?, pues el más importante de los romanos era a la vez Pontifex Maximus y mantenía la sacrosantidad de la tribunicia potestas, lo que lo convertía en prácticamente, intocable, desde el punto de vista jurídico, pero poco importaba ya lo jurídico o lo sagrado a esas alturas.

El sacrilegio de portar armas en el Senado romano podía ser inculpado posteriormente, ahora había que hacer lo necesario para destruir al Monstruo que vestía de púrpura, (es un decir, ya que había rechazado la púrpura de manos de Marco Antonio) a pesar de vestir siempre, con la solemnidad del político y el religioso, a la vez.

Servilio Casca, uno de los primeros conspiradores tomó su daga y la empuñó con salvajismo inconmensurable y una rabia acumulada, asestándole un corte en el cuello; tirándose para atrás en un movimiento intuitivo de resguardo, que no pudo superar la propia firme sorpresa del agredido, que espetó ya en el trance de la muerte lo siguiente: «¿Qué haces, Casca, villano?»

Recibiendo 23 puñaladas según Suetonio, el cuerpo del gran César, aquel que llevó al ejército de Roma a las mayores victorias y conquistas, ese personaje siniestro que llevó a la capital del mundo a la peor guerra civil, años después, que había quitado la vida a eminentes patricios e incluso parientes, se desvanecía y caía con violencia sobre el charco de sangre que se iba formando en el piso.

Vercingétorix depone sus armas a los pies de César. Cuadro de Lionel Royer, c. 1899.

Si hacemos caso a Patérculo, César se consideraba a sí mismo como digno de seguir viviendo a pesar de sus enemistades claras y a la proclividad del antiguo partido conservador que observaba con fulgurante animadversión todas las reformas y actos públicos del vencedor de las Galias[4], ya pensando en su próxima gran campaña que lograse emular las pasadas glorias del espejo alejandrino en que solía verse reflejado, como dios civilizador de las tierras persas.

Se han tejido y retejido muchas leyendas sobre el minuto donde la exhalación final provocó el mayor de los silencios posibles hasta ese momento. Entre las más conocidas figuran las que siguen y a la que yo valoro como la de mayor historicidad, evidentemente es la que sale al final de esta lista, la de Plutarco:

Καὶ σὺ τέκνον. Kai sy, teknon? (en griego: ‘¿tú también, hijo mío?’). Suetonio.

Tu quoque, Brute, filii mi! (‘¡Tú también, Bruto, hijo mío!’).

–¿Et tu, Brute? (Latín, ‘¿Tú también, Bruto?’, versión inmortalizada en la pieza de Shakespeare)

–Plutarco nos cuenta que no dijo nada, sino que se cubrió la cabeza con la toga tras ver a Bruto entre sus agresores.

¿Qué ocurrió después de este asesinato?

Pues, una de las guerras civiles más bárbaras dentro del mundo civilizado. Syme, Ronald (2014) comenta sobre esta posteriordad que se yergue en este presente como el pasado más sangriento:

Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty.

“Era el final de un siglo de anarquía, coronado por veinte años de guerra civil y de tiranía militar. Si el precio era el despotismo, no era demasiado alto; para un romano patriota, de sentimientos republicanos, incluso la sumisión a un poder absoluto era un mal menor  que la guerra entre ciudadanos. La libertad se había perdido, pero sólo una minoría había gozado de ella en Roma alguna vez. Los supervivientes de la vieja clase gobernante, descorazonados, abandonaron la lucha. Resarcidos por las ventajas reales de la paz y por la evidente terminación de la época revolucionaria, estaban dispuestos, si no a participar activamente en su formación, sí a aceptar el nuevo gobierno que una Italia unida y un Imperio estable exigían e imponían”. (p. 10)

¿Se pudo evitar esta muerte? Pues sencillamente no. César sería advertido días antes sobre la peligrosidad de asistir a este tipo de reuniones durante estas fechas, pero sin embargo, ocurre con todos los seres humanos lo mismo cuando se encuentran con el poder más grande en sus manos mortales. La sensación de ser inalcanzable y a la vez invencible. Es el error común, entre los que cometen los mayores crímenes y las mayores hazañas, y se sienten seguros de no ser atrapados por los órganos de seguridad ni señalados por los ciudadanos.

En este caso específico conviene recordar la reflexión de Ferrero en este punto sobre la inevitabilidad del cumplimiento del hado: “Esa conjuración era efecto de un movimiento importantísimo de los espíritus y de los intereses, y debe considerarse como una verdadera alianza de los restos del partido conservador con el ala derecha del partido cesarista para evitar la expedición a Persia. Los adversarios de César no estaban tan preocupados de la situación presente como de la que se crearía cuando César volviera victorioso de su conquista”[5]. (p. 309)

(En Paraguay también tuvimos un Dictador Perpetuo, al que llamamos cariñosamente y con seriedad histórica «EL PADRE DE LA PATRIA», algo extraordinario para el mundo, que murió por las puñaladas de las enfermedades que lo aquejaban, apaciblemente en este enclave mesopotámico, llamado Paraguay).

Hoy domingo 15 de marzo, caluroso, tenebrosamente lapidario en torno a los 45 grados podemos observar como en su tiempo, el gran charco de sangre grumosa que se evapora por las mejillas de los conjurados, esa sangre que entrará por sus poros finalmente será el virus que los llevará a la extinción y el clamor eterno de ser traidores de su señor.

La muerte de César, por Vincenzo Camuccini.

Esa ironía histórica que con el pecho desgarrado y expirando mientras a borbotones la sangre se decantaba por los pisos de la Curia del Teatro de Pompeyo[6], a sus pies, yacía su ejecutor, su adversario más temible y a la vez, su amigo más prominente en las victorias y en la altura de los hombres verdaderamente poderosos, momento en que los conjurados sin saber por qué, escapaban despavoridos, obnubilados por el acto atroz, eliminando al tirano es cierto, pero corriendo por sus vidas a causa del murmullo que comenzaba a levantarse en las mazmorras donde las cenizas de las guerras civiles acampaban por cierto tiempo, esperando la llegada del mesías, para resurgir y tomar con determinación a la historia por sus extremidades todas.

Porque ese señor, ese César, primero y único, ha de convertirse en el pivote de un principado que habrá de establecerse y llevar a la antigua República, a las más grandes glorias en las guerras, a las truculentas intrigas de la nobleza romana y a una caída estrepitosa bajo el signo de la cruz que pergeña el destino humano desde el Gólgota, en la mediatriz de la duración del mes de nuestro dios Marte, testimonio histórico del asesinato brutal del más brutal de los romanos y a la vez, el más genial de los generales de su época, un hombre en el que la ambición y la sed de poder lo llevó a realizar las mayores empresas de los grandes héroes del pasado con sus luces y sombras. Conviene recordarlo siempre aunque no estés de acuerdo con su violencia.

Para finalizar con el testimonio de uno de los grandes historiadores transcribimos para los amantes de las peculiaridades de esta faena el epitafio sobre el gran general y político romano:

“Preséntanse allí ante nuestros ojos, tales como César las ha trazado para su edificio, las líneas sobre las que él mismo ha edificado y sobre las que, siguiendo atentamente y durante siglos las miras de este grande hombre, procurará la posteridad edificar a su vez, si no con el mismo genio y energía, al menos con la devoción y las intenciones del maestro. Aunque se ha preparado mucho, se ha terminado muy poco; pero ¿era completo el plan? Para contestar a esta pregunta se necesitaría la audacia de un pensamiento rival; porque, en efecto, ¿dónde encontrar, en lo que tenemos a la vista, una falta de alguna importancia? Cada piedra colocada es bastante elocuente para inmortalizar el nombre del obrero, y las fundaciones presentan un conjunto lleno de armonía. César no ha reinado más que cinco años, la mitad menos que el grande Alejandro; de este tiempo, no ha residido en la capital sino quince meses, durante los intérvalos de sus siete grandes campañas, y en ese corto plazo ha sabido organizar los destinos presentes y futuros del mundo, poniendo aquí las fronteras entre la civilización y la barbarie, ordenando allí la supresión de los canalones que vertían las aguas a las calles de la ciudad y teniendo bastante tiempo y libertad de espíritu para seguir los concursos poéticos del teatro y para poner por sí mismo la corona al vencedor, cumplimentándole con una improvisación en verso”.

“La rapidez y la seguridad de la ejecución dan testimonio de un plan largamente meditado, completo y ordenado en todos sus detalles, por cuyo motivo no nos admira la ejecución menos que el plan. Echados los cimientos, confió el nuevo Estado al porvenir, que sólo y sin limitación alguna podía concluir la obra comenzada. En este sentido, César tenía razón al decir que él había realizado su fin, y quizá fuera aquél su pensamiento cuando muchas veces salieron de sus labios estas palabras: «Bastante he vivido»[7].” (p. 1102-1103)


Senātus Populusque Rōmānus: Larga vida al César.


[1]No pretendemos llenar de notas a pie de página este breve ensayo sobre la muerte de César pero sí apreciar algunos testimonios históricos por sobre otros. Por ejemplo, de Dion Casio no diremos nada, ya que en otros lugares de publicaciones anteriores o posteriores, lo usaremos y no conviene molestar al lector con demasiados ejemplos. Solo usaremos lo que al autor de estas líneas pareció conveniente compartir.

[2]Ferrero, Guglielmo. Grandeza y Decadencia de Roma. Ediciones Siglo Veinte. 1952

[3]Syme, Ronald. La Revolución Romana. Crítica. (2014)

[4]Veleyo Patérculo en su “Historia romana”  expresa: “Según prueba la experiencia, merece elogio la opinión de Pensa e Hircio, que siempre habían dicho a César que un principado obtenido por las armas sólo con ellas se podía mantener, a lo que él contestaba siempre que prefería morir antes que vivir temeroso” [En otras traducciones se lee «Prefiero morir antes que vivir como un Tirano»]. (p. 163-164) Patérculo, Veleyo. Historia romana. Biblioteca Clásica Gredos. (2001). Se entiende que con este tipo de expresiones en el ámbito público o privado, César, inteligentemente buscaba apaciguar los ánimos de sus enemigos y calmar las sospechas de sus más cercanos sobre sus acciones futuras. Independientemente de cuáles hubiesen sido esas acciones todo fue al traste con su asesinato y la posterior guerra civil que enfrentó a las facciones políticas. El mayor oportunista fue Octavio pero también el más inteligente, viendo cómo estaban las instituciones romanas luego de la dictadura perpetua del César, cómo las familias patricias, algunas extintas, otras en franco declive y desintegración, ya no representaban la alta moral de la República sino la corrupción homologada por la sed de poder y los intereses personales y oligárquicos, mal podría haber tenido como misión enfrentar a la realidad sin pragmatismo, como de hecho, la efectuó.

[5]De hecho, César había perdonado la vida, devuelto sus posesiones a los partidarios de Pompeyo luego de la victoria final que lo colocó al frente de todo el Estado. Seguramente el lector tendrá poco menos que una desconfianza total sobre esta acción, humana y misericordiosa por donde se la mire, pero extraordinariamente peligrosa. Las muertes aún eran recientes, las traiciones, ignominiosas, apenas superadas, la división romana era evidente por donde se la mire, pero César, fiel, aparentemente a esas cosas del carácter y el destino que se unen en un todo, provocaron lo que todos conocemos.

[6]Recientemente los arqueólogos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, grupo hispano-italiano afirmaron descubrir el lugar exacto donde el César había expirado. En el siguiente link podemos ver las imágenes del sitio arqueológico de importancia histórica capital: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/hallan-lugar-exacto-donde-fue-apunalado-julio-cesar-roma_6640/4

[7] Mommsen, Theodor. Historia de Roma. Aguilar. (1956)

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